Épica del adulterio




Cogí estas rosas porque parecían tan asquerosas, ahí, esperando que llegaran las abejas a follárselas.
¿Puede el amor mantenerse lejos de las necesidades?
E.S
Los pícaros y los canallas van al cielo

Nacida en Ottawa, Canadá, el 27 de diciembre de 1913, hija de Russell Smart, exitoso abogado de patentes, y de Louise, una influyente socialité, famosa por sus exquisitos gustos y aficiones, Elizabeth Smart, que en el apellido llevaba la penitencia –Smart, “elegante” en español. También: “escozor”- estudió en los mejores colegios de Canadá e Inglaterra y llevó la vida de lujos, trapos, limusinas, fiestas y novios, acorde a su privilegiada condición de niña rica, pasando los veranos en la fastuosa residencia de veraneo de sus padres en Kingsmere. A los diez años, sin embargo, ya había publicado su primer poema y soñaba con una vida aventurera y llena de retos. A los quince publicó una primera reunión de poemas cuyo título se desconoce.
Siendo una joven atractiva, sensual y encantadora, no tardó en verse asediada por lo que pudiéramos llamar “excelentes partidos”, los mejores de Ottawa y sus alrededores, que a ella, sin embargo, le resultaban sosos, carentes de ingenio y de pasión. Confiada en que el destino le tenía reservado un genuino príncipe azul, despreció a todos y cada uno de ellos.
En 1937, a los veinticuatro años –edad “avanzada” para una mujer soltera de la época- habiendo recorrido mundo en calidad de secretaria y dama de compañía de la escritora, ya anciana, Margaret Watt, y estudiado música en Londres, París, Suecia y Alemania. Durante un periodo vacacional de verano de la exclusiva universidad privada a la que asistía, la joven socialité entró en una librería de Notting Hill, en Londres, y se topó con un libro que habría de transformarla. No se específica el título del citado libro, pero de sobra se sabe que el autor era el inglés George Barker (1913-1991), nacido el mismo año que ella y discípulo de T.S Eliot. Elizabeth quedó tan impresionada con la poesía de Barker, que no solamente salió de la librería con el libro bajo el brazo, sino que además se juró a sí misma que se casaría con el autor (cuya fotografía, por cierto, no aparecía en las solapas); que lo buscaría hasta por debajo de las piedras para proponerle matrimonio… no, no: le propondría algo mucho mejor: huir juntos, acción más afín al temperamento volcánico de la rubia.
Nunca contó con que había dos impedimentos para realizar su sueño: el primero, que el poeta inglés vivía en Japón. El segundo y más grave: era casado y con hijos, que sumarían cuatro en total. Elizabeth pudo haber dicho entonces: “Desde el recodo donde el cerro le da la espalda al mar para internarse en el secreto, en la humedad de las cosas prohibidas, contemplo desinteresada los instrumentos y el perfil de mi destino.” (En Gran Central Station, me senté y lloré, Femenino Lumen, Segunda Edición, 1996, Prólogo, traducción del inglés y notas de Laura Freixas).
Lejos de desenamorarse, cuenta Laura Freixas en el prólogo a la edición española de la primera novela de Elizabeth Smart, la entonces futura novelista, que para entonces era amante del escultor griego Jean Varda, realizó una colecta entre los colonos de una residencia de artistas de Big Sur, California, donde ella radicaba en ese momento, para pagar el pasaje desde Japón a E.U de Barker… y de su esposa. Logró contactarlo a través del gran escritor Lawrence Durrell, y aún cuando el poeta no resultó el príncipe azul que ella esperaba (era bastante común y corriente, más bajito de ella), y a las pocas horas de conocerlo, Elizabeth no cejó en su necedad de fugarse con él… y ese sería el principio de un interminable escándalo que culminaría en la escritura de En Grand Central Station, me senté y lloré, considerada, junto con Nuestra señora de las flores, de Jean Genet, la única novela lograda del movimiento surrealista; movimiento que, como bien señala Freixas, abominaba de este género literario –la novela-por considerarlo incompatible con el precepto bretoniano de la escritura automática.
Ahora bien: se ha puesto en duda el que esta primera novela de Elizabeth Smart sea realmente una novela, pues, dice Freixas, “la simplicidad del hilo argumental, la estilización o distorsión de los elementos propios de la novela, como el diálogo, el escenario o los personajes, la preponderancia de las imágenes, todo ello apunta a la poesía.” Lo mismo, sin embargo, podría decirse de su segundo libro, Los pícaros y los canallas van al cielo, todavía menos novelístico, sobre el que hablaremos más adelante. Los críticos olvidan a menudo –o sencillamente no lo saben-que la novela es descendiente directa de la poesía, y todo cuanto hace Elizabeth, presiento que sin proponérselo, es retornar al génesis del género novelístico: único medio que le permitía trastocar una vulgar historia adulterina en toda una épica de la pasión entre un hombre y una mujer. A mí no me queda la menor duda: estoy ante un roman, misma que hizo escribir al implacable Cyrill Connolly: “Con demasiada frecuencia los escritores de prosa poética pierden el sentido de la forma, pero la historia de la señorita Smart tiene un principio y un final. Recomendamos este libro no sólo por su uso del lenguaje, apasionado y sensual, sino en tanto que conmovedor soliloquio sobre el amor y el mundo contemporáneo.” El novelista español Enrique Vila-Matas no titubea en calificar la primera novela de Elizabeth Smart como “una obra maestra” “(…) gracias a su capacidad de diálogo con la tradición poética y a su elegante inspiración surrealista (…) perfecto ejemplo de novela en comunicación directa con el gran espectro poético.”
La primera consecuencia de la aventura adúltera de Elizabeth y Barker fue la cárcel, episodio que recrea admirablemente en esta novela, intercalando ingeniosamente los burdos interrogatorios policiales con fragmentos de El cantar de los cantares. Desde el título mismo de la novela, que remite al Salmo 137 (“junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos recordando a Sion”), se advierte la obsesión estética, ¿religiosa? de la autora con la Palabra de Dios. “La matrona dice: Déme esa pulsera, no están permitidas las joyas (El amado mío…) Démela inmediatamente. Y el anillo (El amado mío…) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contexto).” (p. 68).
Elizabeth abandonará la prisión un par de semanas después que su amante, que sólo permaneció ahí tres días, y no demoró un minuto en reencontrarse con él para continuar donde se habían quedado, solo que ahora con diferentes consecuencias: el embarazo de su primera hija, Georgina. La hermosa y culta Elizabeth terminaría siendo la “casa chica” de Barker que jamás se divorciaría de Jessica, a quien Elizabeth tanto compadece en su primera novela, “y sus flacos pechos dan lástima, como santuarios de virgen saqueados”; incluso en la segunda, que deja entrever su historia con Barker. Se escondió como una delincuente en Pender Harbour para parir a su primer hijo, en 1941. Engendraría un total de cuatro hijos con su amante, aunque solo aceptó ocultar el primero para no avergonzar en sociedad a su distinguida familia. Fue durante el encierro que desplegó lo que ella denomina “mi pequeña maestría” en el poema “Tratando de escribir”, e inició la redacción de la novela que nos ocupa, la cual habría de publicarse en 1945 con un tiraje inicial de 2000 ejemplares, “Y el día de hoy, mi único hoy, lo derramo inútilmente en mi cuaderno de diez centavos, con los ojos arrasados por las lágrimas.” A la inestabilidad del amante, que ciertamente no le es más fiel que a su esposa legítima (vuelve a embarazar a Jessica y tendrá un total de quince hijos con tantas otras mujeres), se suma la ira de la madre de Elizabeth que se empeña en hacer desaparecer cada uno de los ejemplares de la escandalosa novela de su hija, comprándolos todos para quemarlos. Afortunadamente para sus lectores, no consiguió arrasar con todos.
Elizabeth ejerció el periodismo y la publicidad para mantener a sus hijos. Colaboró, entre otras publicaciones, en Vogue, y fue editora de la revista canadiense Queen. La pensión de sus padres apenas alcanzaba para procurarse los hermosos vestidos a los que estaba acostumbrada. Barker, naturalmente, nunca le dio un centavo. Aunque llegó a publicar tres celebrados libros de poesía, Elizabeth no volvió a publicar novela sino hasta 1978, a la edad de 57 años, Los pícaros y los canallas se van al cielo que ni remotamente tuvo los alcances de la primera, ni en calidad literaria ni en recepción de la crítica, pero vale mucho la pena leerse. ¿Aludía en el título de esta a Barker, quien en 1950 había publicado una novela titulada La gaviota muerta en la que narra su propia versión de los hechos y describe a la madre de sus cuatro hijos como una criatura frívola y superficial, insinuando incluso que ella le plagió En Gran Central Station?
Aunque no sea exactamente una continuación de En Grand Central…, los lectores de esta no podrán evitar asociarlas. Una misma mujer en dos etapas muy distintas de su vida, la autora de Los pícaros y los canallas van al cielo refleja decepción –sobre todo decepción-, un cinismo ni remotamente encantador como el que refleja su primera obra, y un perpetuo encogimiento de hombros ante el destino que ella misma eligió. Ahora es la mujer de Lot quien sale a relucir en su discurso: “Oprimidos bajo una increíble obediencia, yacen deseos deformes, desnutridos, hambrientos, maltratados; bajo una sonrisa social. Ni una lágrima: hay años y años más allá de esa sentimental estatua de sal que mira hacia atrás.” (Editorial Periférica, Col. Largo Recorrido 12, España, 2010, Traducción y notas de Laura Salas Rodríguez, p.44).
Esta segunda novela de Elizabeth se aproxima mucho más al aforismo que a la anécdota. Justo como ella misma señala en las últimas páginas, es producto del irrefrenable deseo de liarse con la desafiante página en blanco, “(…) Tras haber gritado buscando distracción soy conducida a la terrible página en blanco, (irracionalmente) temblando todavía por si alguien mira por encima de mi hombro; aunque no hay nadie, no, nadie en absoluto ahí, y por esa razón soy conducida. Conducida a la evasiva saliva… ¡Signos de parto!” (p. 127).
La narradora de estas escenas tiene poco o nada que ver con la de En Grand Central…, cuya escritura vibraba de pasión. Se describe como una mujer de 31 años con piojos en el pelo y un amante infiel. Describe su sitio de trabajo como un lugar infame que nadie asociaría con la redacción de una revista glamorosa y menciona su maternidad como un hecho que le produce resignación, pero ninguna satisfacción evidente...por mucho que los demás alabaran la buena educación de las niñas y sus rizos de Blancanieves. Solo en los bares encuentra alguien que la hace reír, personajes cuyas existencias mediocres –desde intelectuales hasta fontaneros- parecen más dignas de ser comentadas que la propia. Se percibe un profundo autodesprecio en su tono, pero también una implacable visión de una sociedad a la rechaza en la misma medida en que esta la rechaza a ella. Ni un rasgo de la hermosa y desdeñosa señorita que aguardaba un príncipe azul, menos aún cuando menciona a sus padres, por quienes parece experimentar cariño…muy particularmente por su padre, al que bellamente equipara con un bosque de jacintos. Es en la hermosa prosa de Elizabeth, así como en algunas de sus contundentes, despiadadas, poéticas y a veces terriblemente sarcásticas afirmaciones sobre la naturaleza humana y la clase social que “la tolera” –siendo mutua la tolerancia, hay que señalar- lo que hace de Los pícaros y los canallas van al cielo un libro que no debe pasar inadvertido…aunque no posea los alcances poéticos y dramáticos de su primera novela.

Echen un vistazo a las mujeres decoradoras, tranquilamente sentadas en el cojín del tiempo. Tienen el corazón tapizado con toile-de-jouy; tienen biombos de Coromandel alrededor de su sexo; sutilezas eau-de-nil confunden sus facultades intelectuales, que se expanden y contraen con educación en el momento adecuado. ¿Y qué si no se asoman sospechosamente por debajo de sus velos? Sus guantes están impecables, no tienen carreras en las medias y llevan los zapatos nuevos. Alfombrillas de baño, toallas limpias y crema de champiñones las esperan en casa a horas fijas. Incluso aunque la lluvia pueda repiquetear sobre la base de maquillaje Elizabeth Arden, el viento nunca aúlla con desolación cerca de tan alegres encantos (…) Serena junto a un obelisco, y al borde de la muerte, una vida de contención y atropellos femeninos deja tan sólo una máscara arrugada como un pañuelo de papel. (p.p 44 y 45)

Barker jamás legitimó su relación con Elizabeth, de hecho, al morir su mujer, Jessica, se casó con la también escritora de origen escocés, y casi treinta años menor que él, Elspeth Barker (1940). Cuando en 1980, Elizabeth y su ex amante coincidieron en un encuentro de escritores en Edimburgo, él no se tocó el corazón para declarar a voz en cuello que lo que su ex amante escribía se podía leer en cualquier revista femenina, sin embargo, y como bien señala Freixas, En Gran Central Station me senté y lloré fue, diría Carlos Fuentes, long seller, mientras que la novela de Barker jamás volvió a editarse. Pocos años después de la publicación de Los pícaros y los canallas van al cielo, Elizabeth se recluyó en una residencia para escritores de la Universidad de Alberta. Póstumamente se publicarían su Diario (del cual, se descubrió entonces, había extraído algunos fragmentos para su primera novela) y una colección de relatos tempranos titulada Juvenilia (1987).
Elizabeth Smart, a quien muchos y muchas podrán tildar de tonta por entregarle su vida y su reputación a un ególatra que se limitó a recibir sin dar nada a cambio, tenía, sin embargo, que cometer esa enorme tontería para escribir una obra maestra de las letras inglesas. “Contemplo vagamente los instrumentos del amor, y con frío asombro me pregunto. ¿De veras se estremeció el planeta cuando él acercó la mano?” (p. 123) Murió el 4 de marzo de 1986, de un ataque al corazón, en su casa de Suffolk, Inglaterra, donde vivía desde la década de los sesenta.




Un poema de Elizabeth Smart en edición bilingüe

Blake's Sunflower

1

Why did Blake say

'Sunflower weary of time'?

Every time I see them

they seem to say

Now! with a crash

of cymbals!

Very pleased

and positive

and absolutely delighting

in their own round brightness.



2

Sorry, Blake!

Now I see what you mean.

Storms and frost have battered

their bright delight

and though they are still upright

nothing could say dejection

more than their weary

disillusioned

hanging heads.


El girasol de Blake

1


¿Por qué dijo Blake

que los girasoles están “cansado del tiempo”?

Cada vez que los veo

parecen decir ¡Ahora! Con un chocar

De platillos

Muy complacidos

Y optimistas

Y absolutamente deleitados

En su propia luminosidad


2


Lo siento Blake

Ahora entiendo lo que tratas de decir

Tormentas y heladas han maltratado

su brillante alegría

y aunque parezcan tan verticales

nadie podría decir que están abatidos

aunque sí más que cansados

decepcionados

con sus cabezas colgando.

Traducción: Eve Gil

1 comentario:

La Anacoreta dijo...

¡Cordiales saludos!

Reabrí mi blog:

http://sofiatudela.blogspot.com/