Inmolación de la inocencia

Para Elena Méndez
Foto: Huberto Bátiz

Quiero decir todo lo que se ha acumulado en un alma provinciana, que lo pule, lo acaricia y perfecciona, sin que lo sospechen los demás.I.A

Inés Arredondo fue de las pocas mujeres destacadas dentro de una corriente eminentemente masculina conocida como Generación de la Casa del Lago -o de la Revista Mexicana de Literatura-, conformada, entre otros, por Tomás Segovia, Sergio Pitol, José de la Colina, Salvador Elizondo, Huberto Bátis, Juan Vicente Melo y Juan García Ponce. En un arranque de sinceridad, el escritor mexicano Eloy Urroz, autor del prólogo de Las palabras silenciosas, primera edición española de los relatos de Inés, reconoce haberla leído pasados los treinta años, no obstante que a otros distinguidos miembros de este grupo –cita específicamente a Melo, Elizondo, Pitol, José Emilio Pacheco, Jorge Ibargüengoitia, Segovia y García Ponce- los había leído ya a los veinte años, ¿machismo literario, distracción, olvido, prejuicio?, se pregunta Urroz: “(…) en un mundo literario regido por los hombres, ser una escritora genial, ser una escritora rigurosa como Inés, equivalía –y sigue equivaliendo- a ser simplemente una “buena escritora”, una autora “decente” y nada más, cuando lo cierto es que no estamos frente a una “buena cuentista” o una “autora decente” o “ de valía”, sino ante el mejor autor de cuentos que ha dado México en el siglo XX al lado de Juan Rulfo (…)” (Algaida, Col. Calembe, Madrid, 2007).A García Ponce, en particular, la unió una entrañable amistad y una empatía absoluta en cuanto a su visión del quehacer literario, amén de una pasión amorosa momentánea, inmediatamente posterior a su divorcio del poeta Tomás Segovia de quien, dicen las malas lenguas, no soportó que Juan Carlos Onetti llegara a casa de los Segovia no en busca del gran poeta, sino de la esposa de este refundida en la cocina, la escritora mexicana Inés Arredondo por quien el narrador uruguayo afirmó sentir gran admiración, “El comentario de Onetti—narra Claudia Albarrán, biógrafa de Inés —fue para ella sol de verano en medio de ese crudo invierno (el de su desdichado matrimonio); para Tomás y su ego, una despiadada tormenta de nieve.” (Luna menguante, Vida y obra de Inés Arredondo, Juan Pablos, 2000). Junto con Melo, Bátis y García Ponce, la entonces joven divorciada con tres hijos pequeños conformó el ya legendario Taller de la Casa del Lago.
Nacida en Culiacán, Sinaloa, el 20 de marzo de 1928, Inés Amalia Camelo Arredondo, que siempre llevó el corte de moda (a la garcón en su etapa más prolífica) y conmovía por la elocuencia de sus grandes ojos, dio vuelo a sus demonios a través de impenetrables pero impecables relatos, tan exactos y redondos que uno no puede evitar preguntarse si la autora se extralimitaría en la búsqueda de sí misma. Aunque la mayoría de sus protagonistas son mujeres, casi todas victimizadas por un padre, un hermano, un tío, un esposo o un amante, en su narrativa brillan por su ausencia elementos perpetuamente ligados a lo femenino, imponiéndose la pasión, la muerte y la perversión, filtradas a través de una desmesurada mirada femenina que grita lo que la voz calla. Directa, incisiva, incluso cruel, pero siempre sutil, maliciosamente sutil. “El verdadero fuego quema sin anunciarse”, escribe Evodio Escalante respecto a la narrativa arredondiana, haciendo hincapié en su empleo magistral del understatement (sobreentendido) como técnica literaria. (“La poética de lo siniestro”, Lo monstruoso es habitar en otro, encuentros sobre Inés Arredondo, Luz Elena Zamudio, coordinadora, UAM, Juan Pablos, 2005). Como García Ponce, Inés restringe al máximo el devaneo con la metáfora, lo que no la exime de ser poética y vagamente filosófica.
Primogénita de un ginecólogo llamado Mario Camelo y Vega y de una señorita de la sociedad culiacanense, Inés Arredondo, la escritora decidió tomar el nombre de su madre no tanto por homenaje a esta sino al hombre más importante de su vida, su abuelo materno, Francisco Arredondo. También por rebeldía contra un padre que nunca dejó de engañar a su madre y ni siquiera se molestó en respetar a sus hijos a quienes hizo testigos de sus galanteos a las mucamas con quienes engendró tantos otros hijos. Fue el padre, sin embargo, quien despertó en Inés el interés por la literatura, según ella misma narra: “(…) a los seis años, tomando nieve bajo un flamboyán, oí a mi padre recitar para mí, de memoria, lo que después supe que era el Romancero del Cid. Quizá ese fue mi primer contacto real con la literatura (…)” (La verdad o el presentimiento de la verdad, DIFOCUR, INBA, CONACULTA, 2008).No obstante ser personas cultas, los padres de Inés manifestaron una total incomprensión hacia la inquietud artística de su hija que ya a los ocho años se encerraba en su habitación para ponerse a salvo de sus salvajes hermanos varones y leer hasta arder los ojos. Se evadiría asimismo a través de enfermedades imaginarias que con el tiempo se tornarían fatalmente reales. Quien la apoyó incondicionalmente en su deseo de estudiar una carrera universitaria, para lo cual debía salir por fuerza de Culiacán, fue su abuelo materno, un ranchero analfabeto pero de extraordinaria sensibilidad… y es que como la propia Inés, don Pancho era inventor de su ciudad: Eldorado, pueblo al que hoy se llega por una carretera asfaltada, a media hora de Culiacán, que habría de convertirse en el paraíso de la niña y escenario emblemático de sus futuros cuentos. Los críticos y estudiosos que se han lanzado a la aventura de recorrer el escenario de la narrativa arrendodiana han manifestado su desilusión al no encontrar el menor rastro del pueblo imaginado, ¿prometido?, y es que Inés nunca se declaró reinventora de Eldorado, del que virtualmente se apropió para fundar su oscuro reino de ficción, ése por cuyos algodonales, ríos y huertas ruedan amantes adolescentes. Ahí, donde la pequeña Inés prescindía de la etiqueta, de los moños y de la corrección en la mesa: “Eldorado fue creado, construido, árbol por árbol y sombra tras sombra. Dos hombres locos, padre e hijo, en dos generaciones, inventaron un paisaje, un pueblo y una manera de vivir. Mi abuelo fue cómplice de los dos, y trazó y sembró con sus manos las huertas que yo creí que habían estado allí siempre. Él ayudó con toda su vida a lograr la realidad inventada que yo viví. Y que fue hecha para eso, para vivirla y no para hacer literatura, lo sé. Pero cuando uso esa realidad es con la conciencia de que tiene un peso real por sí misma aparte del que puede tener en mi vivencia”, escribe en su breve autobiografía, incluida en sus obras completas. La miseria, la miseria extrema quiero decir, esa que limita al individuo en todos los sentidos, no la descubriría hasta llegar a la ciudad de México: “(…) Eso, y que ser mexicano limitaba terriblemente en todos los sentidos: Teotihuacan excluía a Chartres, Tenochtitlán a Florencia, Cuauhtémoc a Cortés, lo católico a lo liberal, lo moreno a lo blanco (…)” (La verdad o el presentimiento de la verdad. P. 19). Inés supo de obstáculos, reglas, ideologías y supersticiones solo de oídas. Supo desde siempre que para escribir era necesario prescindir de temores y prejuicios, retornar a la infancia que, en su caso particular, es acceso a lo innombrable.
Con la anuencia de don Pancho, Inés marchará a estudiar la preparatoria a Guadalajara y de ahí saltará a la UNAM en el D.F para ingresar a la carrera de filosofía que dejará trunca para pasarse a Letras. Elsa Cecilia Frost, una de sus más queridas amigas, la recuerda “(…) tejiendo en clase de introducción a la filosofía: el golpeteo de sus agujas poniendo un obstáculo más a una exposición que de cualquier manera era ininteligible.” En la facultad de Letras conocerá a su futuro esposo, el poeta Tomás Segovia. Pese a resultar dicha unión muy desgraciada para la joven provinciana, dado que Tomás era ya un poeta laureado amén de apuesto y acosado por las mujeres, fue durante su matrimonio que Inés empezó a escribir, más concretamente, tras la muerte de su segundo hijo, recién nacido, llamado José. El membrillo, aquel relato que ella insiste en designar como “el primero”, no obstante haber publicado textos que considera fallidos en algunas revistas, no exhibe, no al menos de manera muy evidente, el trance por el que pasaba al instante de escribirlo. Aborda la primera decepción amorosa de una muchacha que podría ser ella misma, “(…) y por más que esto entristeciera a todos —escribiría Inés en un texto de 1982 reproducido en el extinto suplemento Sábado el 29 de marzo de 1997—, mi dolor era mío únicamente. Sólo yo sentía mis entrañas vacías, únicamente a mí me chorreaba la leche de los pechos repletos de ella.”.
Inés tuvo tres hijos en total: Inés, Ana y el poeta Francisco Segovia, llamado así en honor al abuelo cómplice de la escritora. Según narra Claudia Albarrán, Inés, que no había recibido un ejemplo propiamente feminista de su madre, pretendió hacer oídos sordos ante las fehacientes pruebas de las infidelidades de Tomás, aunque llegaría el momento en que, joven aún, optaría por librarse de su prisión, “De regreso del juzgado, Inés se sentó al piano y tocó por última vez el concierto número 2 de Chopin. Acababa de cumplir 38 años.” (Luna menguante, p. 122). Para mantener a sus hijos, desempeñará diversos trabajos como periodista, profesora y guionista. Años más tarde conocería al que sería su segundo esposo, el médico Carlos Ruiz Sánchez, durante lo que ella dio en llamar “la visita a mis hospitales”, siendo ya una escritora respetada pero consumida por diversas dolencias físicas y mentales: padecía insomnios, alucinaciones, irritabilidad, combinados con largos periodos de hipersomnia, sin contar sus problemas de la columna y la vesícula que la hicieron pasar por cinco intervenciones quirúrgicas. Había pasado ya por una clínica psiquiátrica. Había tocado el fondo que se advierte en sus relatos donde la protagonista perenne es la mirada, no importando sea la mirada inmediatamente posterior a la pérdida de la inocencia o la última mirada de la mujer estrangulada, “(…) aquellos ojos que miraban sin misericordia, por encima de la vergüenza, vivos y abrasadores más allá de la renuncia (…)” (“Olga”).
El doctor Ruiz se enamoró perdidamente de ella a pesar de que las enfermedades, las penas y la afición al alcohol le habían arrebatado su belleza juvenil. Su genio, todavía más bello, permanecía intacto. Ni siquiera la madre del médico, que parecía un personaje salido de los cuentos de la propia Inés y terminó suicidándose tras la celebración del matrimonio de su hijo único, impidió que el destino se cumpliera. La biografía de Claudia Albarrán abre en forma tan poco convencional como la vida misma de la escritora, con el instante de la muerte de Inés, acaecida el 2 de noviembre de 1989 a causa de un paro cardíaco mientras miraba una película rusa en televisión acompañada por su esposo. “Escribir es un acto místico, es un rito —escribirá bellamente el doctor Ruiz en un texto a la memoria de su esposa —. No se puede celebrar un rito con una máquina de escribir, y menos con una computadora, Inés escribe a mano, en una tabla de clip y con un lápiz o bolígrafo, sobre papel revolución.” (“El ámbito literario de Inés Arredondo, Lo monstruoso es habitar en otro, p. 19). Diría Juan José Gurrola, otro de los grandes amigos de la escritora: “Si la vida se retroalimenta en algún lado, donde seguramente toma fuerza es en los corazones como el de Inés: sutil indicación, profunda conjetura, inesperado asombro. La finísima cortina que nos separa de nuestro otro, Inés la corría con tan sólo reflexionar un poco sobre el acontecimiento y transformarlo en su literatura.”
La producción cuentística de Inés Arredondo consta apenas de tres libros: La señal (1965), Río subterráneo (1986) y Los espejos (1988), los cuales fueron reunidos en 1988, junto con su excelso ensayo sobre Jorge Cuesta, en el volumen titulado simplemente Inés Arredondo (Siglo XXI, 2002).Aunque las temáticas varían notablemente, y van de lo dramático a lo siniestro, existe una concordancia entre los textos que sugieren un punto de partida para su análisis: lo subterráneo a lo que alude su segundo libro, lo no dicho; el enfoque simbólico de sus personajes y una constante necrofilia. Sus cuentos poseen reglas internas estrictísimas, jamás se constriñen a lo que los personajes hacen, viven o piensan sino que contrapuntean la vivencia con el transcurrir de un pensamiento contrastante. “El mismo camino en diferentes direcciones” al que se refiere Juan García Ponce. Abundan los seres deformes, física pero, sobre todo, moralmente; seres grotescos, pervertidos, siniestros, convulsos, más como descripción de su naturaleza que de un comportamiento específico. Las mujeres son víctimas o verdugos o ambas cosas. Depositarias de la depravación, casi nunca ejercitadoras voluntarias de la misma. En el universo arredondiano no existe pasión más grande que la devastación de la inocencia, leit motiv asimismo de la obra de Sade, autor al que sin embargo no leyó con tanto entusiasmo como a Bataille. En “Los inocentes” señala algo que pudiera explicar el mecanismo intrínseco de engendros de Inés: “(…) los hombres entregados a sí mismos gozan con la destrucción de la belleza”.
Otra constante es, asimismo, Cuentos como “Apunte gótico”, “En Londres”, “En la sombra”, “Las mariposas nocturnas”, “Mariana” y, el más popular de todos, “La Sunamita”, son representativos de este afán. La víctima no siempre será una doncella, puede ser también un ama de casa que ante la perturbadora visión de unos vagabundos que parecen invitarla a un acto obsceno, descubre de pronto la salida de emergencia a su existir monótono. La sunamita inicia con una chica bella e inocente que visita a un tío moribundo por el que siente un tibio afecto y algo de asco debido a la naturaleza de su enfermedad, que la autora tiene a bien nunca nombrar. La compasión, más que la mera ambición, la orilla a casarse en artículo de muerte con el hombre que desea hacerla su heredera universal, pero cuando el moribundo se revitaliza gracias a la lujuria que la simple visión del cuerpo juvenil le incita, la joven se enfrenta a un lento proceso de degradación física y moral.
Inés supo traducir como nadie el lenguaje de la mirada. Asistiremos no pocas veces a diálogos extraordinariamente mudos donde son los ojos quienes apelan y se gritan entre sí. Las atrocidades que desfilan ante estos mismos ojos, y que el lector solo puede ver a través de estos, resultan terriblemente nítidas, inquietantes. Nos resulta muy fácil recapturar emociones transmitidas y no descritas, aunque los personajes se nos presenten tan despojados de cara como la niña mutilada del estremecedor relato “Orfandad”. Las atmósferas irrepetibles, donde el erotismo se confunde con la muerte, son producto de una íntima especulación de Inés quien llegará a la conclusión de que “la única mirada de amor imperecedera sólo puede ser la última.”



Orfandad,
cuento de Inés Arredondo

Creí que todo era este sueño: sobre una cama dura, cubierta por una blanquísima sábana, estaba yo, pequeña, una niña con los brazos cortados arriba de los codos y las piernas cercenadas por encima de las rodillas, vestida con un pequeño batoncillo que descubría los cuatro muñones.
La pieza donde estaba era a ojos vistas un consultorio pobre, con vitrinas anticuadas. Yo sabía que estábamos a la orilla de una carretera de Estados Unidos por donde todo el mundo, tarde o temprano, tenía que pasar. Y digo estábamos porque junto a la cama, de perfil, había un médico joven, alegre, perfectamente rasurado y limpio. Esperaba.
Entraron los parientes de mi madre: altos, hermosos, que llenaron el cuarto de sol y de bullicio. El médico les explicó:
-Sí, es ella. Sus padres tuvieron un accidente no lejos de aquí y ambos murieron, pero a ella pude salvarla. Por eso puse el anuncio, para que se detuvieran ustedes.
Una mujer muy blanca, que me recordaba vivamente a mi madre, me acarició las mejillas.
-¡Qué bonita es!
-¡Mira qué ojos!
-¡Y este pelo rubio y rizado!
Mi corazón palpito con alegría. Había llegado el momento de los parecidos, y en medio de aquella fiesta de alabanzas no hubo ni una sola mención a mis mutilaciones. Había llegado la hora de la aceptación: yo era parte de ellos.
Pero por alguna razón misteriosa, en medio de sus risas y su parloteo, fueron saliendo alegremente y no volvieron la cabeza.

Luego vinieron los parientes de mi padre. Cerré los ojos. El doctor repitió lo que dijo a los primeros parientes.
-¿Para qué salvó eso?
-Es francamente inhumano.
-No, un fenómeno siempre tiene algo de sorprendente y hasta cierto punto chistoso.
Alguien fuerte, bajo de estatura, me asió por los sobacos y me zarandeó.
-Verá usted que se puede hacer algo más con ella.
Y me colocó sobre una especie de riel suspendido entre dos soportes.
-Uno, dos, uno, dos.
Iba adelantando por turno los troncos de mis piernas en aquel apoyo de equilibrista, sosteniéndome por el cuello del camisoncillo como a una muñeca grotesca. Yo apretaba los ojos.
Todos rieron.
-¡Claro que se puede hacer algo más con ella!
-¡Resulta divertido!
Y entre carcajadas soeces salieron sin que yo los hubiera mirado.

Cuando abrí los ojos, desperté.
Un silencio de muerte reinaba en la habitación oscura y fría. No había ni médico ni consultorio ni carretera. Estaba aquí. ¿Por qué soñé en Estados Unidos? Estoy en el cuarto interior de un edificio. Nadie pasaba ni pasaría nunca. Quizá nadie pasó antes tampoco.
Los cuatro muñones y yo, tendidos en una cama sucia de excremento.
Mi rostro horrible, totalmente distinto al del sueño: las facciones son informes. Lo sé. No puedo tener una cara porque nunca ninguno me reconoció ni lo hará jamás.