Bellas durmientes

Cada vez que veo una mujer trajinando en la cocina, me da la sensación de que voy a acordarme de algo. De algo triste y angustioso. Algo que probablemente tiene que ver con la muerte.
B.Y
No obstante la ingenuidad casi indolente de su expresión, Yoshimoto Maiko, mejor conocida como Banana, es todo un acontecimiento en su natal Japón y, de paso, en el mundo entero. “Tsugumi soy yo”, ha revelado, flaubertianamente, refiriéndose a la contradictoria protagonista de su más reciente novela traducida en español, Tsugumi (Tusquets, México, 2008, traducción del japonés de Alberto Nolla y Bibiana Morante), una jovencita que ha crecido con la vida pendiendo de un hilo a consecuencia de una enfermedad no especificada y por consiguiente ostenta una peculiar filosofía de la vida y sobre todo, del amor: “(…)el amor es una guerra y más vale no mostrar nuestras debilidades hasta el final.” (p. 178)
Nacida en Tokio, el 24 de julio de 1964, hija del legendario filósofo Yoshimoto Ryumei (1925), cuyos libros inspiraron el movimiento radical de las juventudes universitarias en la década de los 60, particularmente en la Universidad de Nihon, donde Banana Yoshimoto se graduara en escritura creativa, ha dejado establecido desde su primera novela, Kitchen, que la hizo conocer la fama mundial a los 22 años, que escribe para decir una sola cosa y, en efecto, todos sus libros parecen ser variantes de una misma historia: la reacción ante la muerte de los que amamos y hasta qué punto tales pérdidas nos orillan a la búsqueda incansable de la verdad sobre nosotros mismos, aunque el tema más recurrente sea la compleja relación entre mujeres (amigas, hermanas), donde, si bien no todo es miel sobre hojuelas, prevalece la solidaridad y el afecto profundo.
Aunque el hecho de ser hija de Ryumei influyó en su precoz acercamiento a las letras, poco tiene que ver con el éxito alcanzado. Banana fue criada en libertad junto con su hermana menor, Haruno Yoiko, conocida diseñadora de mangas o mangaka. Sus padres no tuvieron inconveniente en que se mudara con su novio de la escuela secundaria, aunque tuvo que apañárselas para alcanzar su sueño de vivir de la escritura sin servirse del prestigio de su progenitor como plataforma. Como Sakumi, protagonista de la fascinante Amrita, trabajó como camarera en el restaurant de un club de golf, con un sueldo de $480 dólares mensuales, para costearse sus estudios. Aquella, nos deja entrever en la página de agradecimientos de Kitchen, no fue para nada una experiencia desagradable, entre otras cosas porque su jefe la desembarazaba disimuladamente de algunos deberes para que pudiera sentarse a escribir. Dos de sus compañeros de trabajo diseñarían la cubierta de Kitchen, que dio a luz por entonces. Adoptó el “Banana”, "porque es una linda palabra y suena andrógina, según ella misma declara. “Además adoro las flores de banano", explica la joven camarera que habría de recibir por la mencionada obra el Newcomers Writers Prize en 1987, cuando todavía era una estudiante universitaria, así como el Premio Literario Scano, de los más prestigiados del mundo, otorgado asimismo a John Updike y Mario Vargas Llosa.
Kitchen fue un suceso mundial, particularmente en Estados Unidos, no obstante que la traducción del japonés al inglés de Megan Backus acusa, a decir los críticos, serias deficiencias. Deficiencias hasta cierto punto razonables pues de alguna forma, el realismo de Banana, traducido a cualquiera de las lenguas romance es susceptible de confundirse con realismo mágico. En realidad, la excesiva formalidad del discurso japonés, así como su cáustica visión del mundo, resulta casi imposible de traducir textualmente. En japonés, la prosa de Banana se lee como poesía, y tanto su ritmo como su onomatopeya se pierden en la traducción, por lo que uno no puede evitar la sensación de haber leído una obra maestra a medias. La traducción española de Januchi Mattsuura y Lourdes Porta, dicen, es infinitamente superior.
Kitchen es una hermosa historia de amor que tiene por eje a un personaje inolvidable: Eriko, la bellísima madre del mejor amigo de Mikage, la protagonista narradora, y que resulta ser transexual, aunque dicho término no se menciona jamás. Eriko, que trabaja de bar tender en un antro gay de Tokio, no es, entonces la madre de Yuichi, sino su padre. Las razones por las que decidió cambiar de sexo resultan por demás sorprendentes pues, en primer lugar, Eriko era un hombre heterosexual que adoraba a su esposa y no fue capaz de enfrentar la muerte de esta. Convencido de que nunca volvería a enamorarse, ni a desear intimidad con nadie; enojado acaso con ciertas imposiciones sociales que no le permiten llorar públicamente a su esposa muerta, decide cambiar de sexo y transformarse en una madre para su hijo. Banana no justifica la peculiar psicología de Eriko, como la de ninguno de sus personajes (aunque ninguno tan complejo como este), simplemente nos lo deja ahí, imponiendo su curiosa filosofía y su impresionante presencia aún cuando es asesinada a mitad de la trama. Como dice Mikage: “Las palabras son siempre demasiado explícitas y apagan todo el valor de una luz tenue como aquélla.” (p. 105). Esta frase encierra, me parece, la estética de Banana Yoshimoto. Curiosamente, en el relato que acompaña a Kitchen titulado “Moonlight shadow”, aparece otro personaje de nombre Shu que tras perder a su novia en un terrible accidente, opta por ataviarse con el vestido marinero con que aquella asistía a la escuela. Su explicación es del todo similar a la de Eriko: “(…) al llevar faldas, tengo la sensación de comprender mejor los sentimientos de las mujeres.” (p. 161). Tanto Eriko como Shu son hombres que se rebelan a las convenciones sociales que estrangulan la parte tierna y vulnerable del varón, pero no toman consciencia de ello sino hasta que la muerte les arrebata repentinamente a las mujeres que aman y experimentan la necesidad de ponerse en el lugar de estas.
Al igual que Kitchen, Amrita (TusQuets, Col. Andanzas 481, 2002, traducida directamente del japonés de acuerdo con Kadokawa Shoten Publishing, Premio Murasaki Shikibu 1995), mezcla lo cotidiano con lo milagroso. En la primera, tal como denuncia el título, es la cocina el espacio significativo donde se desarrollan las conversaciones más trascendentes y se desvelan los secretos familiares; es también el rincón donde la huérfana Mikage experimenta las reminiscencias del afecto materno encarnado en la abuela muerta recién, lo más parecido a un útero que puede existir, cálido, húmedo y amable. “¿Por qué amo tanto las cosas de la cocina? –se pregunta Mikage –Es extraño. Las quiero como un anhelo lejano grabado en la memoria de la mente. Cuando estoy aquí, todo regresa al punto de partida y hay algo que vuelve a mí.” (p. 80). En Amrita, Sakumi, la chica cuya vida cambia tras golpearse la cabeza, tiene mucho en común con Banana, como prácticamente todas sus heroínas: es camarera y ha tenido una educación liberal, en este caso de parte de su madre, a quien Sakumi ama y odia a un tiempo. La historia arranca con la muerte de Mayu, hermana menor de Sakumi, que goza de una promisoria carrera como actriz de cine. Pero el éxito no parece suficiente para la veleidosa Mayu, que a todas luces se ha suicidado con una sobredosis de droga.
Definir la causa de la muerte de Mayu deja de ser leit motiv de la novela, a partir de la transformación de Sakumi en el proceso. Días más tarde sufre un aparatoso golpe en la cabeza que la lleva por diversos estadíos, desde la amnesia hasta la experiencia paranormal, otra constante de la novelística de Banana Yoshimoto y en los mangas y animes: la obsesión con la memoria. En medio del jaleo se descubre enamorada de Ryuchiro, escritor de mediano prestigio y amante de su hermana muerta, y confronta lo que pareciera la incipiente esquizofrenia de Yoshio, su hermanito de nueve años, personaje entrañable con el que establece una especie de puente psíquico. "Tengo la sensación de que escribiendo muchas cosas sobre muchas personas también comprenderé claramente lo que yo siento." (p. 46).
Para las narradoras de Banana, lo que sienten los demás está por encima de sus propios sentimientos; existe una necesidad latente por comprender las acciones de los demás llegando a veces tan lejos en esa expedición por el corazón y la mente del otro, que no es raro que derive en enamoramiento. Sakumi se encuentra a sí misma a través de las historias de los demás, especialmente en la de los muertos como Mayu. Aquí, encuentros aparentemente casuales con personajes de su infancia y adolescencia, como la alocada Eiko, o la vecina que asesina a su marido, habrán de cobrar una importancia insospechada. Y es que Banana es maestra en trastocar los eventos más banales en episodios memorables: "Cuando veo a alguien, recupero cierta sensación de unidad y, a través de la historia de mi relación con esa persona, consigo en parte volver a encontrarme conmigo misma (...) Y quizá por eso, a veces, cuando llega el momento de la separación, se apodera de mí una angustia inexplicable e incontrolable." (p. 65). Impecable y cristalina se desliza la prosa que de continuo se refleja en algún río y emula su vaivén impregnado de ecos y piedritas de colores. Sakumi, bien le dice la médium de ofensivo nombre, Saseko (que significa Puta), posee la plenitud de los muertos a medias, ese estado que los yoguis tardan toda una vida en alcanzar (p. 158). La sensación de irrealidad, proyectada en el discurso onírico de las protagonistas narradoras, va corroyendo la trama, que arranca con talante costumbrista.
En Sueño profundo (Tusquets, 2006, traducción de Lourdes Porta), que reúne tres magistrales relatos largos o nouvelles, Banana regresa al punto de partida: la fusión de la muerte y el sueño y el proceso de duelo interrumpido por la conexión con los muertos. A nadie debiera extrañarle la constante incursión en el devenir onírico en una autora que ha confesado soñar sus historias: “Los sueños son las semillas de mi trabajo. Cuando no tengo qué escribir, encuentro las historias en mis sueños”, confiesa en entrevista con Rowan Riley. En “Sueño profundo”, relato que abre el libro, se plantea la posibilidad de que penetrar en los sueños de otros. Terako, que prefiere vivir dormida que despierta y solo es arrancada de su profundo sueño por el timbre del teléfono que anuncia la voz de su amante, un hombre casado con una mujer en estado de coma, se entera de la muerte de su mejor amiga de la universidad llamada Shiori. Aunque hacía tiempo Shiori y ella no se frecuentaban, a Terako le cae pésima la noticia, particularmente cuando los indicios apuntan hacia que la muchacha se dedicaba a la prostitución. Terako se dará a la búsqueda de algún medio a través del cual comunicarle a Shiori sus sentimientos y descubrimos que si bien era cierto que Shiori dormía con hombres a cambio de dinero, literalmente dormía, es decir, penetraba en sus sueños para enderezarlos. Por alguna misteriosa razón, Terako adquirirá el poder de su amiga y empezará a invadir los sueños de su amante y descubrir cosas de sí misma que la sorprenden: “Cuando duermes al lado de una persona tan cansada, empiezas a acompasar tu respiración a la suya, y es una respiración tan profunda que, en fin… es posible que acabes inhalando toda la negrura que hay en su corazón (…)” (p. 27). Terako logra que sueño y realidad se confundan, premisa de los tres relatos que componen Sueño profundo. Sueño y vigilia como sinónimos de vida y muerte. En “La noche y los viajeros de la noche”, Shibami acaba de perder a su seductor hermano en un accidente: casi todas las muertes en la novelística de Banana son accidentales y repentinas, nunca se les ve a los personajes convalecer por una enfermedad, como no sean la antes citada Tsugumi (que convalece en rebeldía, sin la menor intención de morir); o personajes incidentales como la esposa de Eriko o la comatosa de “Sueño profundo”. Casi siempre mueren en el cenit de la juventud y la hermosura, como el hermano de Shibami, Yoshihiro, que en vida se involucró al mismo tiempo con su prima Marie y con una norteamericana de nombre Sarah que desaparece misteriosamente de sus vidas tras quedar encinta. Shibami, que experimenta hacia la rubia de ojos azules algo parecido a la nostalgia –su amistad fue breve pero muy profunda-comparte el duelo con la extraña Marie que en cierto modo parece haber muerto junto con Yoshihiro. En el vestíbulo de un hotel, Shibami tendrá un encuentro conmovedor con un niño increíblemente parecido a su hermano que resulta ser hijo de una turista estadounidense que se hace acompañar de su esposo, tan rubio como ella misma. Yoshihiro regresa fugazmente en la persona de ese pequeño pero también en la mirada sonámbula de Marie. Una vez más tenemos al muerto que regresa para alterar las vidas de sus seres amados, aunque no sea este un regreso material: “(…) Uno nunca puede permanecer quieto en un lugar, ¿comprendes? Tiene que vivir siempre, siempre mirando a lo lejos.” (p. 86)
El relato “Una experiencia” varía en este sentido pues aquí sí se nos enfrenta a un literal regreso del más allá. Fumi-chan ha de compartir a su amante con otra mujer de nombre Haru. No se trata, naturalmente, de un convenio que las haga muy felices, pero ambas parecen considerar que el hombre vale eso y más. Cuando ya la aventura ha terminado y Fumi-chan mantiene una relación estable con su novio de siempre, Mizuo, con el que ya andaba cuando formaba parte de aquel trío –y Mazuo parece estar enterado al respecto-, comienza a escuchar un extraño pero hermoso canto en sueños que la hace preguntarse si su almohada canta. El extraño fenómeno coincide con la repentina muerte de Haru, hecho que trastorna por completo a Fumi-chan. ¿Cómo es que si Haru era su odiada rival ahora experimenta un dolor tan profundo y una necesidad casi dolorosa de hablarle, de verla por última vez? En su desesperación acudirá a un enano espiritista que le traerá de vuelta a Haru con su larga cabellera y una mirada que nunca había tenido para con Fumi-chan: “(…) el pasado quedaba muy lejos. Más lejos que la muerte, más lejos aún que la distancia insalvable que hay entre una persona y otra.” (p.p 165 y 166). Las relaciones entre mujeres se encuentran permanentemente entre el amor fraterno, la rivalidad y el enamoramiento. En algunos casos, como en Kitchen, lindan el tipo de relaciones de amistad romántica de las novelas de Jane Austen, aunque en “Una experiencia” alcanza proporciones de delirante amor-odio.
Tsugumi es la protagonista de la más reciente novela de Banana, asimismo titulada, pero no la narradora. Quien ofrece los pormenores de la existencia y el carácter de este fascinante personaje que detesta a los perros y termina vengando el asesinato de la muerte del perro del hombre que ama, es Maria, su prima; inesperado nombre para una japonesa que a su vez afirma llamarse así en “honor a la Virgen” (en Japón existe un culto a una diosa equivalente a la Virgen María, la diosa Kannon) y narra sus experiencias en la isla turística donde la familia de su madre regentea un hotel. Tsugami puede ser realmente odiosa, incluso cruel…al tiempo que te roba el corazón, y “Tsugumi soy yo”, afirma Banana, a quien uno asociaría más con la sensata María: “He escrito esta novela porque quería plasmar las sensaciones que colman esos días; un dulce ocio en el que suceden los paseos, los baños y los atardeceres, con el mar siempre presente. Así, si yo o alguien de mi familia perdiera la memoria, sólo tendrá que leerla para recordar ese lugar. Y otra cosa: Tsugumi soy yo. Con ese carácter, no podía ser de otro modo.” Tsugumi, como ningún otro de los personajes fantásticos de Banana, vive en el límite entre la vida y la muerte: ella misma es la encarnación de La Vida (el ser que ríe desaforadamente con cualquier tontería y saborear intensamente un “polo”, un dulce) y La Muerte (un impulso irrefrenable de hacer daño a quienes ama, de matarlos simbólicamente con sus abruptos cambios de carácter, como le ocurre con el hombre del que está locamente enamorada y no imagina hasta qué punto lo ama)
Penetrar la domesticidad mágica de las novelas de Banana Yoshimoto es una experiencia deslumbrante. Entre sus libros sombríos destaca uno inspirado en Kurt Cobain que la crítica norteamericana no recibió con el mismo beneplácito que a los otros, aunque no resulta extraño en lo absoluto que Banana se haya interesado en este personaje del rock, un auténtico borderline que vivió en los límites del sueño y la realidad. De cualquier manera, ella afirma con sonrisa de niña que ha hurtado caramelos de la alacena (este y el gesto de puchero de niña regañada son sus expresiones más habituales) que tarde o temprano será Premio Nobel de Literatura: “Siento que soy cada vez más pura, intercambiando saludos con los demás. Debo vivir mirando cómo fluye el río.” (“Moonlight shadow”, Kitchen, p. 201). Actualmente vive con su hijo pequeño en Tokio, de donde nunca piensa mudarse aunque adora viajar y viajar.

Escenas de la película inspirada en Kitchen, de Banana Yoshimoto

2 comentarios:

Lilyán de la Vega dijo...

Maravillosas reseñas!! Gracias por presentarme a Banana! Conseguiré alguno de sus libros ya!
Un abrazo!

Paulo Sempre dijo...

Interessante.