Sentido del demonio


...Jesús es como Don Quijote arremetiendo contra ese Retablo de las Maravillas que es el mundo.
F O’C

“De los ocho a los doce años tenía la costumbre de encerrarme en una habitación de vez en cuando y, poniendo cara fiera (y diabólica), dar vueltas con mis puños cerrados, pegando al ángel. Se trataba del ángel de la guarda, que las monjas aseguraban que teníamos. Nunca lo dejaba. Mi antipatía por él era malsana...”, le confía Flannery O’Connor a una lectora (El hábito de ser, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2004, trad. Javier Molina de la Torre, p. 119).
Y este párrafo, extraído de una de sus cartas, define la esencia de su literatura, tan terrorífica como conmovedora, donde el bien y el mal mantienen una pugna encarnizada y sin tregua. La bondad, parece decir Flannery, es como el rostro de la pequeña Mary Ann, uno de sus personajes emblemáticos: dulce de un lado, deforme del otro. Un hombre caritativo como el Sheppard de Los lisiados entrarán primero, termina siendo un contemporáneo Abraham que sacrifica su hijo a un dios equivocado: “Había ignorado a su propio hijo para alimentar una imagen de sí mismo.”
Cuando en uno de sus ensayos Flannery asegura que la narrativa, como el ser humano, está hecho de polvo, “y si desprecias cubrirte de polvo, entonces no debes intentar escribir narrativa”, lo sustenta con su propia vida, tan injustamente breve y a un tiempo prolífica. Salvo por un par de estancias efímeras en residencias para escritores y un intento por vivir en Nueva York como huésped del poeta Robert Fitzgerald y su esposa Sally –quienes se encargarían de publicar póstumamente varias de sus obras-, sus treinta y nueve años sobre la tierra, empiezan y terminan en el estado de Georgia, el llamado “cinturón bíblico de los E.U”. Hija de católicos irlandeses, nace en Savannah el 25 de marzo de 1925 y sus cartas, reunidas en El hábito de ser, genuino monumento a la vocación literaria, reflejan un temperamento feliz y luminoso que ni el terrible lupus, enfermedad que matara a su padre, logró doblegar. “El bastón me otorga distinción”, dirá cuando a los 29 años le detectan la artritis en la cadera que no es sino uno de los primeros síntomas del lupus, el cual le será diagnosticado en 1951.
Antes de que su mala salud la postre, Flannery vivirá en Yaddo, una residencia para escritores en Nueva York donde, antes de los 25, redactará la que será su primera novela: Sangre sabia (de la que existe una versión castellana de Manuel Barranco en Cátedra Letras Universales, 1999), llevada al cine por John Huston en 1979, en una de las adaptaciones más fidedignas de las que se tengan noticia. La crítica, sin embargo, es casi unánime cuando afirma que es el terreno del relato donde se mueve como ningún otro contemporáneo suyo: no existe uno solo relato que no sea una pieza maestra, más grande o más pequeña, pero poseedoras de incalculable valor literario. Se le ubica dentro del género negro, pero créanme: cuando Flannery asegura ser una “escritora católica”, podría afirmar con la misma enjundia no ser “escritora negra”. No es sino una sencilla verdad. “Cuando la gente me ha dicho que no puedo ser artista porque soy católica, he tenido que responder que porque soy católica no puedo permitir ser menos que artista.”
Sus relatos y ensayos compilados en El negro artificial y otros escritos (Jus, 2005, trad. María José Sánchez Calero), nos explican al ser humano con mucha más claridad y llaneza que los libros sagrados o a la horda de sabios que han pretendido descifrarlos a semejanza de sus propias consciencias; Flannery nos enfrenta a Dios en lugares y circunstancias inesperados, y nos ubica en el centro de conflictos tan emotivos como violentos. Es capaz de descifrar con la misma sensibilidad con que se pinta una rosa perfecta, la oscuridad del alma de un psicópata, incluida la luz al remoto final del túnel. La víctima e interlocutora del personaje que da título al relato Un hombre bueno es difícil de encontrar, una ancianita mentalmente confundida, escucha a lo lejos la masacre de su familia a manos de los cómplices de un interlocutor, como si se tratara de una radionovela, no del todo convencida de que ese hombre que tan afectuosamente se dirige a ella es un asesino despiadado…y sin embargo lo perdona apenas comprende, si bien sabe morirá a sus manos. Esto de inmediato remite a A sangre fría de Capote (autor que, por cierto, Flannery detesta), aunque en la que nos ocupa los polos opuestos son expuestos en forma más descarnada: bondad y maldad terminan por liarse en un abrazo desesperado. Una mutua súplica de ayuda. Como en la misma A sangre fría, el psicópata considera la posibilidad de la piedad porque experimenta simpatía por una de sus víctimas, pero esa piedad no lo exime de frenar su impulso de matar Pudiera decirse que el verdugo desea matar en la misma medida que la viejita desea morir, pero la situación se desarrolla con la naturalidad de las cosas que la naturaleza puso allí para desencadenarse de repente, sin aviso, como un tsunami. La naturaleza del hombre, parece decirnos Flannery, es bestial, querámoslo o no. La diferencia estriba en la domesticación, que muchas veces no hace sino exacerbar la bestialidad como en La buena gente del campo. Dios ha hecho al ser humano a su imagen y semejanza, conformado por una compleja red de emociones que han de bordarse con el transcurso del tiempo y de las circunstancias, y muchas veces, no puede modificar: una idea típicamente roussianana, empática con el cristianismo. El hombre es bueno por naturaleza…cuando bien podría ser lo opuesto. La abierta confesión de Hulga de no creer ante Dios, desata en Pointer una furia irracional, más típica del depredador que del fanático religioso.
¿Cómo pudo una mujer tan joven y tan enferma, que vivía en una granja con su madre a la que adoraba, y que la adoraba; que cuando no escribía alimentaba pavos —“Hay diecinueve pavos gritando en un árbol cada noche, y suena como si todo el coro estuviese siendo asesinado lenta, repetida, formalmente”— y escribe cartas deliciosamente irónicas y maliciosas, crear caracteres tan complejos y configurar escenarios tan angustiantes? Pienso en Johnson, el niño torvo y lisiado que destruye la existencia de quien le ha brindado techo y comida. La propia Flannery responde: “Tengo un gran sentido del demonio.”
Pienso particularmente en el último de sus relatos traducidos al castellano, La buena gente del campo (Nórdica libros, Col. Minilecturas, traducción de Marcelo Covián, Madrid, 2011) cuyo título, como el de Un hombre bueno es difícil de encontrar pudiera parecer no solo poco prometedor, sino hasta anodino y aburrido…para quien ignore que esta genial escritora -¿modestia? ¿estrategia? ¿guiño? ¿pudor? –zambute toda la crueldad del mundo tras esos títulos que huelen a Biblia, a campo, a silbidos de granjeros. Nadie que lea Un hombre bueno...podrá quitársela de la cabeza jamás, como tampoco podrán quitarse La buena gente del campo. Nadie que lea estos dos monumentales relatos olvidará que tras la ternura y la bondad puede agazaparse el mismísimo demonio, en un sentido más práctico que bíblico. Lo más atractivo de este relato, es que se le anuncia como semi-autobiográfico pues, en efecto, la protagonista tiene muchos puntos en común con su autora: es una joven de treinta y dos años que aparenta diecisiete, emplea gafas, es rubia alta y espigada…y tiene una pierna artificial a razón de un accidente. Además ha cursado estudios universitarios de Filosofía –Flannery asistió a Georgia State College for Women, hoy Georgia College and State University y obtuvo un Máster en Creación Literaria en la Universidad de Iowa gracias a sus cuentos que la eximieron de realizar una tesis- lo que despierta admiración y desconfianza en torno a ella por parte de los vecinos de aquella pequeña zona rural de Georgia, como sin duda debió ocurrirle a la propia Flannery. La escritora tenía inservible una pierna, pero no empleaba prótesis.
Aunque sea el más tardío de sus relatos traducidos al castellano, en realidad fue el primero que publicó, en el año de 1955, en la revista Harper’s Bazaar. La protagonista se hace llamar Hulga, aunque su verdadero nombre es Joy –que significa “Alegría”- y su madre, la señora Hopewell, es la única que se niega a nombrarla como Hulga ha gestionado por sí misma ante un registro civil. Aquí se advierten otra divergencia entre la verdadera Flannery y Hulga: si sus cartas no nos engañan –y dudo que lo hagan porque transpiran una sinceridad conmovedora- la relación de la escritora con su madre distaba de ser tan conflictiva como la de sus personajes….aunque sí se advierte una cierta co dependencia madre-hija, producto, seguramente, de la enfermedad de esta. El relato se desarrolla en perfecta calma campirana, alterada apenas por los chismes y diretes de la señora Freeman –la ayudante de la señora Hopewell-, pero la anodina existencia de la asexuada Hulga, que rechaza la felicidad lo mismo que a su nombre, comienza a alterarse con la inesperada llegada de un atildado vendedor de biblias en quien Hulga, con ese cierto “sentido del demonio” del que habla la propia Flannery, empieza a ver una oportunidad para darle un giro interesante a su vida. Y ella que no es precisamente una femme fatale, se propone seducir a ese “buen hombre de campo”, como reiteradamente lo llama la señora Hopewell a Mantley Pointer.
Hulga es cruel, acaso porque está demasiado habituado a ser centro de la crueldad de los demás –aunque Flannery tiene el excelente tino en no regodearse en compasión respecto a su personaje-: no hay una inquietud sexual en su plan con Pointer, solo una curiosidad nacida de sus estudios de filosofía, algo, digamos, “científico”. Pointer es su conejillo de indias. Lo considera un tonto y un fanático como a la mayoría de la gente que la rodea –Hulga es atea, otro rasgo que no comparte con Flannery-y los sentimientos son todavía más insondables que su súbita necesidad de “retozar” con alguien que ni siquiera le resulta atractivo. Lo que le atrae de Pointer es que representa todo lo que ella más desprecia: el vendedor de Biblias que se hace amar contando sus penurias y cómo Dios lo rescató de ciertas circunstancias: sí, “esa buena gente de campo” con la que tanto simpatiza su madre, a la que Hulga también parece odiar, aunque muy soterradamente y sin preguntarse al respecto.
Hulga es la primera en revelársenos como un personaje siniestro, que alberga demasiada amargura y desprecio en su corazón, algo que nadie esperaría de la tierna y paciente Flannery O’Connor que escribe largas cartas a sus admiradores y amigos. Lo primero que vuela por nuestra mente es que Pointer será víctima de un capricho de una joven que de pronto quiere probar a ser “mala”. Pero con Miss O’Connor NUNCA sucede lo que el lector espera…mucho menos lo que el más ateo de sus lectores ruega al Cielo que NO suceda, y lo que empieza como un rústico acto de seducción por parte de la joven de la prótesis, termina convirtiéndose en una auténtica pesadilla…para ella y no para el morigerado Pointer, que al igual que el protagonista de Un hombre bueno…parece tierno, comprensivo e inocuo. Los malos son los otros, y muchas veces en los otros podríamos encontrar la salida a los callejones por donde nos lleva nuestra incapacidad de escuchar atentamente la voz del corazón, esa que nos alerta contra la buena gente del campo…y puede ser tan deshumanizada y rústica como los más sofisticados habitantes de las grandes ciudades, y sin anestesia que valga: “-¡Eres un cristiano! –susurra Hulga/ Joy cuando ve venir algo peor que un ultraje sexual a manos de Pointer…algo que le arrancará su último jirón de libertad -¡Eres un buen cristiano! Eres como todos ellos…; dices una cosa y haces otra. Eres un perfecto cristiano, eres un…
A lo que “el Perfecto Cristiano” responde: “Puede que venda biblias, pero sé como son las cosas….
Sin embargo, no puede explicar la creación literaria de determinados autores –y Flannert O’Connor es una de ellas- en otros términos que no sean estrictamente teológicos…y la propia Flnnery lo hace con tal convicción que parecería que ningún escritor lo ha dicho mejor. Ella ve en la escritura una prueba y una esperanza: “(...) la gente sin esperanza no escribe novelas. Escribir una novela es una experiencia terrible, durante la cual a menudo se cae el pelo y los dientes se carian (...) Si el novelista no está sostenido en una esperanza de dinero, entonces debe estarlo en una esperanza de salvación.” Nuevamente afirmo que los relatos de Flannery son congruentes con lo que predica. En ellos hay un sufrimiento intenso, una especie de compromiso con el dolor humano, aunque también hay mucho humor negro, inherente a la personalidad de su autora, según consta en sus cartas. “Hay –dice Joyce Carol Oates –algo de magnitud irreversible, a menudo la muerte por medios violentos”. A todo esto, ella le llama misterio. La misión del escritor, de hecho, parece entrar en contradicción con el ser católico, para quien el misterio debe ser eliminado, mientras que el escritor, nos dice Flannery, intenta redescubrirlo en disciplinas que exigen menos que la religión. Define al pecado como una contradicción: el abandono de un bien mayor por otro menor, y en ese sentido, sus personajes “buenos” son los que más pecan. El mayor “pecado” de Flannery: la vanidad. Continuamente se lamenta de salir tan mal en las fotos, y su mejor amiga y compiladora de su correspondencia, Sally Fitzgerald, admite que Flannery era mucho más atractiva en persona. Su mayor virtud: la seguridad en sí misma. Sin falsa modestia admite sentirse orgullosa de su trabajo y releerse con placer. No obstante, a la escritura la llama don.
Debido a su enfermedad, la vida social de Flannery fue casi totalmente por escrito, no por nada llama a sus cartas “visitas”. Aspira a lograr la sutileza de su muy admirada Eudora Welty, pero termina por resignarse a que la sutileza con va con ella; menciona una y otra vez a Henry James y a Joseph Conrad, influencias visibles en su escritura. Como Hawthorne, otro autor multicitado en sus cartas, es tan fervorosamente cristiana como reacia a cualquier restricción de la libertad creadora: “Yo también fui criada en la tradición de la novena y el rosario, pero o te libras de ello o de algún modo pereces.”
El negro artificial y otros escritos incluye los dos relatos que Flannery escribió durante los últimos días de su vida, en la cama de un hospital: “Revelación”, que transcurre en la aparente modorra de la sala de espera de un consultorio médico y tiene un desenlace sumamente violento, y “La espalda de Parker”, donde un hombre aficionado a tatuarse como una salida desesperada contra la invisibilidad social, se tatúa en la espalda el rostro de un Cristo iracundo que se convertirá en su peor pesadilla: en su persecutor. Días previos a su muerte, acaecida el 3 de agosto de 1964, Flannery se lamentará en sus cartas de que no se le permita escribir demasiado y mencionará a El tambor de hojalata de Günter Grass, que la acompañará mientras se le realiza la siguiente transfusión.

No alcanzará a leerlo.