Attraversiamo

Comer, rezar y amar es el título de una de las más taquilleras películas hollywoodenses del verano de 2010, protagonizada nada menos que por Julia Roberts y Javier Bardem. Es también el título del libro testimonial en que está basada, de la autoría de una mujer extraordinariamente culta y sensible llamada Elizabeth Gilbert, que, inspirada en una experiencia personal –e insólita- narra este periplo físico, espiritual y vital de una mujer común y corriente que sufre una transformación radical tras comer en Italia, rezar en la India y amar en Indonesia.
Nacida el 18 de julio de 1969 en Waterbury, Connecticut, dueña de un espléndido sentido del humor que no cae jamás en la irreverencia, Elizabeth narra en esta autobiografía erótica-culinaria-espiritual, aspectos de su infancia y adolescencia harto ilustrativos para entender a la mujer en que se convirtió. Hija de un ingeniero químico y de una enfermera, menor de dos hijas –Catherine, su hermana mayor, la que prometía ser una exitosa y viajera profesionista, opta por una tradicional vida de ama de casa- se cría en una granja en Lichtfield, también estado de Connecticut, donde se dedican a la plantación y cuidado de árboles de Navidad. Al criarse sin televisión, ni radio ni tocadiscos, las hermanas Gilbert encuentran en la lectura la máxima fuente de conocimiento y diversión y, un poco al estilo de las Hermanas Brontë, se entretienen escribiendo pequeñas novelas y obras de teatro; obras para adultos, hay que señalar, con títulos como “Diario de una reina” o “La princesa Ben”.
Elizabeth, la chica granjera, nunca imaginó que terminaría obteniendo un doctorado en ciencias políticas en la Universidad de Nueva York en 1991, menos aún que viajaría por todo el mundo, lujo que pudo darse gracias a sus adicional talento como cocinera, aunque, según ha dicho ella misma, cada experiencia emprendida ha tenido por objetivo ser plasmada en algún libro, caso de su compilación de relatos Pilgrims, previamente publicados en la revista Esquire, siendo la primera escritora en publicar relatos inéditos en dicha publicación después de Norman Mailer. Publicó su primera novela, Stern men, la historia de una brutal guerra entre dos remotas islas de la costa de Maine, en el 2000 y ya entonces New York Times reparó en ella. Su ensayo The last american man, biografía de un hombre llamado Eustace Conway que abandonó un cómodo suburbio a la edad de 17 años para quedarse veinte años en los Montes Apalaches, nominado al National Book Award y elegido libro notable en 2002 por el New York Times. Eat, pray and love no ha constituido, por cierto, su primer acercamiento al cine. Un artículo suyo publicado en la revista GQ en 1997, titulado “La musa del Salón Coyote Ugly”, donde narra su experiencia como camarera en Manhattan, inspiró el guión de la película Coyote ugly.
Publicada originalmente en 2006, Comer, rezar y amar es un libro intermedio entre novela y ensayo, siendo la más ensayística la parte de “rezar”, que transcurre en la India. La novela empieza con una mujer arrodillada en el baño, llorando en silencio mientras su esposo duerme tranquilamente y diciéndose, o diciéndole a un dios al que hacía mucho no invocaba: “No quiero estar casada”, situación harto familiar para muchas lectoras que de pronto caen en cuenta de que el matrimonio las ha limitado como profesionistas y seres humanos, sin importar cuánto amen al hombre que ronca mientras se desgarran en busca de respuestas. Elizabeth –o “Liz”, como la llaman sus amigos- describe su relación conyugal, y las que ha tenido, de la siguiente manera: “…Todo comienza cuando el objeto de tu adoración te da una dosis embriagadora y alucinógena de algo que jamás te habías atrevido a admitir que necesitabas –un coctel tóxico-sentimental, quizá de un amor estrepitoso y un entusiasmo arrebatador-. Al poco tiempo empiezas a necesitar desesperadamente esa atención tan intensa con esa ansia obsesiva típica de un yonqui. Si no te dan la droga, tardas poco en enfermar, enloquecer y perder varios kilos (por no hablar del odio al dealer que te ha fomentado la adicción, pero que ahora se niega a seguirte dando eso tan bueno, aunque sabes perfectamente que lo tiene escondido en algún sitio, maldito sea, porque antes te lo daba gratis…” (Editorial Aguilar, México, 2007, traducción de Gabriela Bustelo, p. 31). Tras tomar la determinación de solicitar el divorcio a su esposo, quien no parece dispuesto a tolerar tamaña afrenta -¿Cómo pensar siquiera en dejarlo a él, que ha sido un buen esposo…y un afamado actor?- Liz comete el error de involucrarse sentimentalmente con otro hombre sin haber sanado del todo la herida de la ruptura matrimonial…y su vida interior se vuelve un caos que reclama una radical transformación de los patrones que hasta el momento han regido su vida. Así entonces, al mismo tiempo que pelea en los tribunales para no verse obligada a mantener de por vida a su ex esposo, Liz se enfrenta con la indiferencia del otrora apasionado David, su amante. Se entrega por un tiempo al dolor, pero un buen día despierta resuelta a darle sentido a su vida y planea un curioso itinerario de viaje: Italia/ India/ Indonesia: “…Quería explorar el arte del placer en Italia, el arte de la devoción en India y, en Indonesia, el arte de equilibrar ambas. Fue después, tras admitir que tenía ese deseo, cuando descubrí la feliz casualidad de que todos estos países empiezan por la letras I” (p. 41)
En Italia, Liz –que no menciona su vocación alternativa como cocinera. Solo habla de sí misma como escritora- se consagra a comer y a aprender italiano. Con una voluntad que ella misma ignoraba poseer, particularmente en asuntos de amor y sexo, se propone no involucrarse con alguno de esos “ridículamente, peligrosamente, estúpidamente guapos” hombres italianos, y aun sin ella saberlo, inicia, a través de la comida, su camino hacia la espiritualidad. Liz no come por gula. Tampoco para llenar un hueco emocional. Da perfecta cuenta de todo lo que come, al grado de poderlo enumerar y describir meticulosamente, y lo transforma en una aventura gastronómica tan fascinante como una aventura sexual con un italiano “ridículamente guapo”. Liz es muy consciente de todo cuanto se lleva a la boca y aumenta once kilos como si cada uno de ellos lo ganara a pulso, sin más preocupación que la de tener que comprar unos pantalones nuevos, lo que nos habla de que, después de todo, Liz no está tan enferma de sus emociones como llega a suponer. Descubre además que hay una palabra italiana que le encanta y aparentemente no tiene sentido por sí misma: Attraversiano, que significa “Crucemos del otro lado”. Cuando Liz recorre la península de pe a pa –y nosotros con ella- más atraída por las delicias culinarias que la aguardan hasta en inhóspita Sicilia y en la fantasmal Venecia –que no es como la imaginamos-, Liz se marcha a la India con la idea de recluirse en un ashram donde emprenderá otra búsqueda, sí, de tipo místico y espiritual…que no deja de ser tan artística como la de comer en Italia.
Y si bien la parte de Rezar en la India es la más ensayística del libro, es también –y paradójicamente- la más divertida, porque asistimos a un continuo choque de culturas. No solo de dos, de muchas, que son las que cohabitan en el ashram sin llegar a colapsar -¿gracias a Liz?-; gente de todo el mundo, de todas las religiones e ideologías, de todas las profesiones imaginables…desde veteranos de guerra como el encantador Richard el Texano –de quien la autora conserva su nombre real-pasando por poetas fontaneros, monjas católicas, secretarias, etcétera. Liz, que hubiera deseado ser una chica morena y callada, y en cambio es rubia y extrovertida a más no poder –y a pesar de sí misma- reúne en torno suyo a seres humanos nada extraordinarios que, como ella misma, anhelan contactarse con las dos llamas azules que constituyen el alma y que, según dice Liz haber leído en un artículo del New York Times, fueron detectadas por unos neurólogos al pasar un escáner por el cerebro de un místico en estado de meditación profunda. Curiosamente es en el ashram donde Liz se siente más cercana a Santa Teresa, cuya modestia era, ante todo, un parapeto para guardarse para sí misma el más hermoso secreto. Las mujeres, parece decir Liz, siempre tenemos que estar recurriendo a trucos para salirnos con la nuestra sin que los demás se percaten de que han perdido:

….Llevo tantos años intentando hallar la satisfacción, histéricamente, probándolo todo, acumulando cosas, triunfando profesionalmente, que al final sólo he conseguido estar agotada. Si corres para intentar atrapar la vida, morirás en el intento. Si persigues al tiempo como si fuese un bandido, se acabará comportando como tal; siempre te sacará muchos metros o kilómetros de ventaja, se cambiará de nombre o de color de pelo para esquivarte, se escabullirá por la puerta trasera del hotel justo cuanto tú entras por la puerta principal con una orden de cateo, dejando una colilla humeante en el cenicero para molestar. En algún momento no te quedará más remedio que dejarlo, porque el tiempo no se va a parar nunca. Tendrás que admitir que no puedes darle caza. Y que, además, tampoco tiene por qué hacerlo. (p. 170).

Y si pasar de Italia a la India parece un cambio demasiado radical, pasar de la espiritualidad del ashram –Liz se va casi sin haber recorrido este país-a la exuberancia y voluptuosidad de Indonesia, un país que inevitablemente la remite a los fabulosos descubrimientos en cuestión de género y sexualidad de Margaret Mead, habría resultado casi traumático de no ser porque busca refugio con el gran maestro espiritual Ketut Liyer, que puede tener cualquier edad entre los 60 y los 100 años y con quien planea continuar su aprendizaje espiritual. Pero el propio Ketut la presenta con una “doctora” que en efecto realiza verdaderos milagros sirviéndose de hierbas y cocimientos, llamada Wayan, una bella mujer de edad aproximada a la de Liz y madre de una encantadora niñita de ocho años que, sin embargo, carga el peor estigma para una mujer: ser divorciada. Liz ha sido instruida para no mencionar su estado civil ante los extraños y responder “Aun no” cuando alguien le pregunte si es casada. El divorcio, al parecer, es lo peor que puede suceder en aquel paraíso que, dicen, ocupa el primer lugar a nivel mundial en corrupción, y se caracteriza, además, por sus poco ortodoxas prácticas sexuales. Wayan es un caso excepcional dentro de la sociedad balinesa de una mujer que prefiere la deshonra a continuar siendo golpeada y vejada por su marido. Pero apenas conocer a Liz, Wayan sabe que está ante una hermana divorciada, y a partir de ese momento se convierten en entrañables amigas y se regalan mutuamente lo que cada una más desea en el mundo. En el caso de Liz, quien ya ha empezado a hacerse a la idea de que lo mejor es pasar sola el resto de su vida –que podría ser demasiado para una mujer de 35 años- recibe por parte de los mantras de Wayan al que podría ser el amor de su vida, un empresario brasileño de 52 años, residente en Bali, llamado Felipe.
Y si bien el amor es asunto más que trascendental para Elizabeth Gilbert la autora y Liz, la protagonista, que ha decidido curarse de él como si de una enfermedad –o canalizarlo de otra manera, en todo caso- aborda el tema con notable inteligencia, sensibilidad y sentido del humor. Sinceramente no imagino mejor actriz para caracterizar a esta elocuente y sociable mujer que Julia Roberts. Nada es banal en el periplo vital de Elizabeth Gilbert, aunque no faltarán los solemnes que consideren que se ríe con frecuencia de cosas demasiado serias…eso sí, sin caer nunca en la irreverencia. Si una cosa nos queda clara, sin que la autora haga gran alarde de ello, es que estamos ante una mujer orgullosamente culta, políglota y con un mundo interior que valía la pena estampar en un libro…y todavía más: zambullirse en él, llorar y reír con la narradora y, ¿por qué no?, identificarse con ella: “…Estoy harta de ser una escéptica; la prudencia espiritual me fastidia y la controversia empírica me aburre y agota. No quiero oír ni una palabra más. Me importan un bledo las evidencias y las pruebas y las demostraciones. Lo único que busco es a Dios. Quiero tener a Dios dentro de mí. Quiero que Dios corra por mis venas como el sol corretea la superficie del agua.”(p. 191) Será hacia el final que la palabra favorita en italiano de la autora cobrará un enorme significado que nos hace pensar que bien pudo haber sido empleada como título del libro.


2 comentarios:

Yenny Dulces Creaciones dijo...

estoy totalmente enamorada de esta película, me atrapó de principio a fin!!!

laura dijo...

esta pelicula, llego a mi en un momento extraordinario... paso por un muy mal momento y esta pelicula hizo q tomara mayores fuerzas para enfrentar mis desafios... la veo cada vez q mis fuerzas se debilita... a llegado a mi como una entrada