La rosa más pequeña


Quiero ser libre: por eso no me importa el noble estilo.
E.S

Cuando Edith Södergran nació, el 4 de abril de 1892, la patria de sus padres, “esa lejana Finlandia cubierta de estrellas”, como la nombra en su poema “¿Cuál es mi patria?”, era un gran ducado incorporado al imperio ruso desde 1809, cedida por Suecia, que había dominado estas tierras durante los siglos XII y XIII, a los zares. Sus padres no podían ser más incompatibles: Matts Södergran era un técnico finlandés, alcohólico, que que apenas sabía escribir y, por supuesto, desdeñaba los libros, aunque su inteligencia natural le permitió asumir la responsabilidad y el salario de un ingeniero pese a ser solo un mecánico. Helena Lovisa Holmroos, en cambio, provenía de una adinerada familia suecofinlandesa para la que el arte era parte fundamental de su estructura. Imposible entender como dos seres tan antagónicos pudieron coincidir, más aún, casarse y engendrar a la que estaba destinada a ser la más grande poeta escandinava: aquella muchacha de tupida cabellera dorada, que se vio forzada a llevar quevedos desde muy jovencita, llamada Edith Södergran.
A juzgar por los violentos conflictos conyugales entre los padres de Edith, detallados por sus biógrafos, no debe haber sido nada fácil para ella seguir una educación con la que el padre no podía estar menos de acuerdo, aunque el que este cayera prematuramente enfermo porr la tuberculosis que le contagiaría a su hija pudo haber facilitado las cosas. Todo parece indicar que la señora Södergran estaba empeñada en que su única hija trascendiera en medio de aquel mundo sin identidad ni cultura propias, por lo que le procuró la mejor educación posible.
A decir de Jesús Pardo; traductor y prologuista de Antología poética (Visor libros, Madrid, 1992), la única concesión infantil para la pequeña Edith, criada con rigidez de adulto, era dormir abrazada a un álbum con retratos de gatos, tomados por ella misma, luego que sus vecinos envenenaron al suyo. Amedrentada y triste, optó por no adoptar otro más. Fue a partir de ese acto tan estúpidamente cruel, que la pequeña Edith cayó en un pozo de melancolía del que jamás volvería a asomar entera.Esto, y la afición de su madre por el tabaco, compartida por otros amigos con quienes la dama charlaba animadamente en torno a un samovar que hervía sobre la mesa central del cuarto de estar, pudieron influir en el decaimiento de la salud de la niña, a quien no se le impedía convivir con los adultos. Sus achaques habrían de acentuarse a comienzos de 1918, cuando Ráivola se convirtió en territorio de guerra y la joven se entregó de lleno al ejercicio poético, forzada a beber la leche que le vendían a precio de oro los mismos vecinos que mataron a su gato.
Impactada por el asesinato de su mascota, la muerte de su querida abuela materna cuando contaba diez años, sus propias dolencias que iban minando sus fuerzas, sin contar la pérdida de la fortuna familiar en 1917 a consecuencia de la guerra, son el origen de su permanente interlocución con la muerte ; esto y no una moda como insisten en afirmar algunos:

NADA
Calma, niño mío, nada existe,
y todo es como tú lo ves: el bosque, el humo, el vuelo
de los raíles.
En algún lugar, muy lejos, en un país remoto,
el cielo es más azul y hay una pared con rosas
o una palmera y un viento más cálido,
y eso es todo.
No hay nada más que nieve en las ramas del abeto,
No hay nada más que besar con labios cálidos,
y todos los labios, con el tiempo, se enfrían.
Pero tú dices, niño mío, que tu corazón es fuerte,
y que vivir en vano es peor que morir.
¿Qué quieres de la muerte? ¿conoces acasi el hedor que
exhalan sus prendas?
Nada es más repulsivo que el suicidio.
Hay que amar las largas horas de dolor que brinda la vida,
los angostos años de anhelo
cuanto los cortos instantes en que el desierto florece.
De “La Tierra Que No Es”(1925)

Edith se crió en Ráivola, a unos 60 kilómetros de San Petersburgo, en una encantadora dacha con habitaciones suficientes para una familia pequeña y unos cuantos sirvientes, en medio de una gélida Babel donde se hablaba sueco, finlandés, inglés y ruso; a veces todo mezclado, aunque ella elegiría el sueco arcaizante, empleado apenas por una minoría, para escribir su poesía adulta. Estudió en la escuela Petrischule, la misma a la que acudió Lou Andreas Salomé, y aprendió una lengua más: el alemán, que le permitió acceder a Nietsche y fascinarse con sus ideas, las cuales se reflejan nítidamente en sus primeros poemas y aforismos: “En la corrupción está la más alta belleza, y el diablo es la más alta bondad de Dios”(1922). Varios de sus poemas podían calificar como “panteístas” y esto la lleva a cuestionarse respecto a la muerte desde una óptica mucho más amplia: para la joven Edith Sódergan la muerte no tiene nada que ver con el espíritu; es un descanso físico; el ansiado final de los dolores y las penas. Trascender en la naturaleza. Hay algo casi festivo cuando la invoca, no así como se refiere a un Dios por el que acaso experimenta una duda teñida de pálida esperanza. Nietzsche, al que solo conoce a través de sus escritos, es lo más próximo a una figura tutelar intelectual que habrá de tener en su corta e incomprendida vida:

ANTE LA TUMBA DE NIETZCHE
El gran cazador ha muerto…
Y yo cubro su tumba con cálidas cortinas de flores…
Besando la fría losa, digo así:
He aquí a tu primera hija con lágrimas de alegría.
Burlona me siento sobre tu tumba
como un ultraje… más bella que en tus propios sueños.
¡Extraño padre,
Cuyos hijos no te olvidan!,
pisan la tierra a paso de dioses,
frotándose los ojos: ¿dónde estoy yo?
No, en serio…éste es mi sitio,
ésta es la tumba decaída de mi padre…
Dioses: guardad eternamente este lugar.
(Septiembre, 1918)
De “La lira septembrina”
(1918)

En aquella prestigiada institución, cuyo idioma docente era el alemán, el aprendizaje de la literatura y de las lenguas era tan importante como las de baile, impartidas por una bailarina del Ballet Imperial Ruso. Ahí, la jovencita escribió sus primeros poemas en la lengua más tardíamente aprendida, es decir, el alemán. Unos 250 redactados entre 1907 y 1909 , conservados en un diario que, durante la evacuación de Raivola en la guerra ruso-finesa, la joven poeta suplicó a su madre que los quemara, cosa que, por fortuna, .la señora Södergran no hizo. Curiosamente, se afirma que en su obra redactada en sueco se detectan imperfecciones y germanismos, debido acaso al casi nulo estímulo sueco recibido por la joven que sin embargo llegó a entusiasmarse por autores suecos y suecofilandeses como Runeberg y Topelius, si bien sabía poco finlandés. Los autores de cabecera de Edith: Moliére, Víctor Hugo, Maupassant y Musset, todos ellos francófonos. En alemán leyó a varios autores por exigencias académicas, pero solo Nietzsche la cautivó. “Edith Södergran tiende a no mostrar sus influencias literarias absorbiéndolas hasta hacerlas parte de su propia intuición poética”, señala Jesús Pardo. Se dice, sin embargo, que la razón por la que Edith optó por cambiar el alemán por el sueco fue un fugaz pero trascendente encuentro con el filólogo Hugo Bergroth (1866-1937)
En 1918, la tuberculosis forzó a Edith a interrumpir sus estudios para internarse en Nummela, el sanatorio donde había sido atendido su padre, quien muriera por la misma afección. El sitio le inspiraba verdadero horror a Edith, pero también la impulsó a escribir una serie de cartas donde relata esta triste vivencia a la que nunca imaginó sobrevivir, “(…)Mis poemas son descuidados esbozos a lápiz. En cuanto a su contenido, dejo que mi instinto construya lo que ve mi mente. Mi aplomo se basa en que he descubierto mis dimensiones. Y no tengo porqué hacerme menos de lo que soy”, escribiría la propia Edith para du advertencia premiliminar a su segundo libro, Lira Septembrina. . Dos años después se encontraba en Davos-Dorf, el escenario que Thomas Mann inmortalizó en La montaña mágica. Se dice –aunque sin certeza absoluta- que la poeta fue enviada ahí por “prescripción” del doctor Ludwig Von Muralt, con quien ella había iniciado una inconveniente relación amorosa pues él era casado. En 1917, aquel médico murió tuberculoso, pero se dice que Edith, quien casi milagrosamente se repuso a la enfermedad, siempre conservó su fotografía en la cabecera de su cama. Jesús Pardo, sin embargo, sugiere que mantuvo una relación afectivo-erótica con la crítica y rescatista de su obra póstuma, Hagar Olsson, a quien debemos el libro post mortem de Edith, La Tierra que No Es, poemas que, se dice, fueron localizados bajo la almohada donde dormía la joven poeta. Otros afirman que se enamoró de prácticamente todos los poetas suecos de su tiempo, cosa que es una exageración mal intencionada si tomamos en cuenta que no tuvo oportunidad de tratar a muchos, ni de viajar demasiado. Con Hagar Olsson, por otra parte, Edith mantuvo una larga e intensa correspondencia que deja perfilar una profunda afinidad espiritual, y es que Hagar fue la única verdadera amiga que tuvo Edith.
La poeta regresó a Finlandia justo antes de estallar la revolución rusa hasta que, al tomar los bolcheviques el poder, los finlandeses reivindicaron su soberanía y se declararon independientes en diciembre de 1917. Algo de su discreta ideología se refleja en éste poema suelto titulado “Imagen instantánea”

Hay diversos pueblos en Europa,
pero benditos sean los que se nos asemejan.
La victoria del volchevismo es rapidísima,
pero la nuestra lo será más aún, porque es la última.
Perderemos las riendas de la vida.
Quitaremos el bozal a la humanidad:
¡Espléndido animal salvaje, ahora eres tú el que manda!


A la edad de veinticuatro años (1916), en medio de la guerra, la enfermedad y el hambre publicaría su primer libro, Dikter (Poemas), donde representa a su querida Raviola como algo casi soñado; una tierra imaginaria donde la comunicación se vuelve especialmente difícil. Se dice que los exclusivos circulos literarios de Helsinski se complacieron en destazar su libros, posiblemente más movidos por cuestiones políticas que literarias.Ése ámbito venerador de bellezas vanas, no toleró el discurso “patético” de una muchacha joven y enferma. Su segundo libro, Septemberlyran (1918), de fuerte influencia nietszchiana, daría pie a un estéril debate sobre una posible locura. Casi todos sus críticos coinciden en que sus dos grandes libros son los quue siguieron a éstos: Rosenaltaret (1919, El altar de las rosas) y Framtidens Skugga (1920, Sombra del futuro), donde deja atrás su pasión por Nietzsche e intenta explicarse a sí misma el insondable misterio de Dios. Viajó finalmente a Helsinski exclusivamente para cenar con los poetas Hemmer y Grotenfelt, y se presentó intempestivamente en casa del crítico Hans Ruin, que había elogiado su primer libro de poemas. Edith hablaba con admiración de los expresionistas alemanes y los futuristas rusos, ahí notó Hemmer que sus raíces eran diferentes a las de los poetas que conformaban el círculo al que ella quería pertenecer, lo que hacía de ella una poeta sin rótulo: única.

EL SIGNO
¿Es Dios un malvado?
¿Expulsó del cielo a su ángel más audaz?
No, yo digo que no:
A mí me dio miel y amargor,
y vomité por toda la tierra la masa espumeante. La
forma resistió.
Me dio una rosa rojinegra,
la más pequeña del mundo
Y ésa me distingue de todos los demás seres humanos,
se ve desde muy lejos sobre mi vestido blanco.
(Septiembre, 1918)
De La Tierra Que No Es
(1925)

La aventura intelectual duró poco: cuando Edith retornó a Raivola, tuvo que enfrentar la cruda realidad de la pobreza junto con su madre. Para subsistir, la poeta se dedicaba a hacer traducciones y crítica literaria, incluso fotografía, pero llegó un momento en que se le vio tratando de vender productos tan ínfimos como un frasquito de perfume y una tira de encaje. En esa circunstancia la encontró Rudolf Steiner (1861-1925), padre de la antroposofía, quien habría de convertirse en su guía espiritual de los últimos años. Gracias a aquella búsqueda metafísica, Edith escribe La sombra del futuro, su libro más influenciado por Steiner, publicado en 1920. Sin embargo, a medida que profundizaba en el misticismo, Edith descubrió maravillada la lectura de los Evangelios y muy específicamente la figura de Cristo, mientras que su salud se deterioraba de nuevo, la tuberculosis retoñaba, y aún así, en medio de los cañonazos de la rebelión de Kronstad y escupiendo sangre, ayudó a los refugiados hambrientos y promovió la intervención de la Cruz Roja sueca, “El prejuicio contra Dios es el más difícil de vencer”, escribiría.
Una mezcla de factores –tuberculosis, mala alimentación, depresión y cansancio –terminaron cn la vida de Edith Södergran, el 24 de junio de 1923, a los 31 años de edad, sin imaginar que su voz menospreciada llegaría a ser la más importante del ámbito poético suecofinlandés del siglo XX, donde, afirma Jesús Pardo, ningún otro poeta sueco ha sido más admirado y venerado que ella: “Anhelo la tierra que no es,/ porque estoy cansada de anhelar las cosas que son…”