Almuerzo socialista

De haber sido niña, Reynaldo Arenas se hubiera llamado Reyna. O Reynita de la Caridad. Sería rubita, menuda, con cara de ingenua y una lengua de miedo. Malhablada, pues, rubia con la lengua negra. Habría sido, Reynaldo, ni duda cabe, una escritora genial. Incomprendida, eso sí. Quizá sus historias serían ligeramente distintas, más apegadas a lo cotidiano y a lo doméstico. La vida de las mujeres en Cuba, aunque dura, no lo es tanto como la de los homosexuales que, por el hecho de serlo, incurren en un delito. Su capacidad para la ironía sería la misma de todo ser que encubre un dolor ancestral y su “cachondeo” estaría salpicado de detalles infantiles como “el ardor en el pipí”. El manejo del lenguaje de la hipotética Reyna sería casi el mismo. Reyna de la Caridad hubiera sido como Maricari… o como Teresa de la Caridad… Terecari… Caritere… Carirreyna…Teresa Dovalpage, vaya nombrazo, en realidad una composición del real apellido de la escritora,  Doval, con el de su primer esposo norteamericano, ya finado, Page. Cada autor forma parte de una genealogía y en ese sentido, Teresa es descendiente directa de Arenas, su hija de pluma. Como este, combina una visión ferozmente contraria a la solemnidad, una renuncia a acatar la vida y el discurso que la representa tal como viene, así como una destreza impresionante para mimetizarse en el lenguaje… para volverse lenguaje y fusionar lo popular y lo culto en un discurso muy personal, “Ella sin dudas será  consultada a la hora de escribir la verdadera historia de la Cuba de hoy”, afirma Ena Columbié, editora de Ediciones Entreoíos, en el epílogo de ¡Por culpa de Candela!, el más reciente libro de relatos de Teresa.
Nacida en La Habana, el 1 de octubre de 1966, Teresa no refleja en su sonrisa amplísima y la traviesa chispa de sus grandes ojos haber atravesado momentos tan penosos como los de sus heroínas. Narra, sin embargo, desde la personal vivencia de haber tenido que paliar la sed con agua endulzada con azúcar prieta y oscilar entre aferrarse a la posibilidad de un mejor futuro, o satisfacer la necesidad inmediata, cancelando aquella. Teresa fue afortunada pues consiguió salir de la isla. Fue, de hecho, la única de su familia que lo consiguió, “lo intentaron, sin éxito, durante el éxodo del Mariel- me cuenta-. Por mala fortuna (o buena, quien sabe) la lancha que mandaron las medio hermanas de mi abuela iba con bandera de la Republica Dominicana y no se les permitió entrar al puerto cubano. Aparte de esas parientas lejanas, a quienes no llegué a conocer, no tenía otros familiares en los Estados Unidos, de modo que no se me ocurría ninguna otra forma de salir, aunque estaba harta de pasar trabajos, de los camellos, del picadillo de soya y del período especial”
“En 1994 –continúa risueña Teresita- conocí a Hugh Page, un psicólogo americano que viajó a Cuba con los Pastores por la Paz. Dios lo tenga en la gloria. Nos casamos en el 95 y en el 96 ya estaba yo en San Diego.” Actualmente, la escritora cubana radica en Taos, Nuevo México, en cuya universidad ejerce la docencia y cursa un doctorado en Literatura Latinoamericana. Está casada con Gary James, mecánico de aviones, my blue collar, lo llama Teresa, “¡ah, pero lee muchísimo, y le encanta que lo mencionen…!” Teresa hizo su honroso debut en la literatura en 2004, aunque en inglés y bajo la firma de Teresa de la Caridad Doval, con A girl like Che Guevara (Soho Press Inc., Soho, New York), que obtuvo muy buena respuesta por parte de los lectores anglos, aunque sin haber sido traducida todavía al español, “si algún editor se interesa en ella, ¡adelante!”, exclama ella. En la contratapa de Posesas de la Habana, su primera novela escrita y publicada en español, Teresa reconoce haber sido como “Elsa”, una de las tres narradoras de la historia, profesora de Inglés en La Habana. Es posible que, como Elsa, Teresita haya sido objeto de apodos por parte de los demás alumnos, que la caricaturizaban en papelitos que se pasaban unos a otros, “papeles con mi triste caricatura”, aunque viéndola tan guapa, sonriente y tintineante de collares y pulseras, resulta difícil asociarla con la desesperanzada Elsa:
“Aquí (en Cuba) se podría haber filmado otra película. La de Charlot acubanado, bien flaco, consumido, abriendo trescientas sesenta y cinco veces la puerta de un refrigerador vacío. Una puerta que se volviera a cerrar sola, dejándolo con la boca abierta y mordiéndose, de pura hambre, el bigotito negro. Charlot en horario de almuerzo socialista, sin nada que almorzar.” (Posesas de la Habana, Pureplay Press, Albuquerque, N.M, 2004, p. 62) La Habana… ¿qué mejor escenario para la picaresca contemporánea, neoliberal e imperialista? Donde la situación no es precisamente justa ni feliz, aunque por lo mismo sus moradores explotan al máximo su ingenio o el más nimio talento. Teresa nos sitúa en La Habana más por la lengua y la ideología que por referencias turísticas… aunque claro, no puede faltar la internacionalmente célebre Nevería Coppelia, inmortalizada por Senel Paz en Fresa y chocolate. Posesas de La Habana se introduce, de manera llana y sin pedir permiso –como de hecho se mete uno en la casa del vecino, allá en La Habana- en la “intimidad” de una familia en la que predomina el sexo femenino. El único varón, Emy, hermano mayor de Elsa, es homosexual, pero no un homosexual simpático sino uno que con singular alegría abusa de la madre, la abuela y la hermana. Recurre, incluso, a un oficio que estas han abominado: la prostitución. Esto, hay que señalarlo, no las hace mejores que el muchacho. No, al menos, a la hipocritona Abuela y a la interesada Madre. Elsa, con cuya narración abre esta novela, es la más honesta de las tres.
Difícil llamarle “hogar” a un montón de gente retacada en un departamentito. Abuelonga lo dice de esta forma: “(…) En lugar de avanzar, hemos retrocedido como los cangrejos. Ahora nos obligan a estar nariz con nariz. Arracimados unos con otros, oliendo el peo que los demás se tiran. ¿Cómo no vamos a fajarnos, por Dios?” (p.p 108 y 109). La narración reproduce con fidelidad la desesperación de no poder estar con uno mismo. De no encontrar un resquicio para reflexionar respecto al futuro, algo, por cierto, muy conveniente para un régimen como el castrista. Todas las mujeres de esta familia, excluyendo a Elsa, e incluso Beiya, hija de esta, se caracterizan por su mezquindad que pudiera justificarse en la problemática relación de cada una con la madre y las penurias de orden moral y material a las que están sujetas; también por un odio mutuo que la forzada convivencia obliga a disfrazar, cuando no de burlón cariño, de tolerancia. Se percibe también una profunda misoginia que degenera en autodesprecio. Con todo y su homosexualidad, y en un lugar donde dicha condición se estigmatiza en forma despiadada, Emy es el favorito de su abuela y de su madre por el simple hecho de ser varón. Elsa, en cambio, y no obstante su alto nivel intelectual, es despreciada por carecer de belleza o, mejor dicho, de lo que en la isla se entiende por tal –curvas, redondeces… tetas… nalgas…-y, más despreciable se vuelve a los ojos de su madre y abuela cuando queda embarazada de un profesor universitario… y casado. El manejo de una doble moral se acentúa hasta el absurdo en la sociedad cubana, donde solo el provecho económico “lava” ciertos pecadillos como la homosexualidad de Emy, el que más desprecia a su hermana. Elsa ha sido abandonada por el padre de la criatura, quien a su vez la ha traicionado con su mejor amiga. Esto hace de ella “una tonta”, “una tarada”. Lo peor es que la actitud de la abuela y la madre es transmitida a la hija de Elsa, producto de aquella relación, “la única bonita de la familia”, quien termina despreciando también a su madre.
La realidad que exhibe Teresa en esta novela, sería intolerable sin el subterfugio del humor negro que, como buena Reynalda, maneja con excepcional maestría. El maltrato del que son sujeto las tres narradoras por parte de sus respectivas madres indignaría a cualquiera –los padres son presencias débiles u ornamentales-. Tanto la abuela como la madre parecen regodearse con los episodios violentos, como si al rememorarlos ejercieran una suerte de conjura, que no exorcismo: tanto Abuelonga como la madre tienen en el rencor contra la respectiva progenitora la tabla que les impide zozobrar en la autocompasión. En el caso de Abuelonga, a quien le tocó la Habana anterior a Castro, exhibe en el rostro la terrible huella de la violencia maternal. Y si bien justifica el ataque sacando a relucir la esquizofrenia de su progenitora, más adelante la Abuelonga joven encuentra el medio para desquitarse, denunciando la infidelidad de la madre ante el padre. Abuelonga, a su vez, ejercerá violencia sobre su hija, fruto de su aburrido matrimonio con Rafael, que prefiere dormir con su nieto Emy que con ella, y lo engaña alegremente con cuanto varón cruza por su camino. Elsa, a su vez, aplicará la misma ley contra su abuela y su madre. La forzada convivencia entre cuatro mujeres que se odian, contando a Beiya, hace que la mínima circunstancia sirva de reducto para ejecutar pequeñas venganzas domésticas, “(…) la verdad que vivir aquí es morirse a trozos.” (p. 50).
El discurso político es latente en las tres mujeres, aunque de forma muy diversa: para Abuelonga, que hubo de renunciar a sus escasos privilegios, la Revolución le produce rencor y nostalgia de lo abolido. La madre, la más apolítica de las tres, se distrae fantaseando respecto a la posibilidad de vivir otra vida. Elsa, por su parte, es la más reflexiva, la que le busca sentido a la carencia, aunque finalmente no le encuentra ninguno: “(…) Yo desde siempre quise salir de Cuba. No por gusanería, si a mí la política me importa menos que el sexo de las moscas, sino por ver la nieve (…) Si ser comunista consistía en gritarles que se vaya la escoria a los que se iban por el Mariel o desgañitarme berreando viva Fidel en las manifestaciones, entonces yo era comunista. Pero no porque lo sintiera, sino porque era lo que había que hacer (…)” (p. 19).
Algunos de estos aspectos, el político en particular, son retomados en su tercera novela, Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, narrativas hispánicas, Barcelona, 2006) finalista del Premio Herralde de Novela), más ambiciosa que Posesas… por lo que respecta al manejo del dominio del lenguaje de magistral alcance que nos remite a otro grande: Guillermo Cabrera Infante: “(…) para que unos hombres salgan así a la calle –perfumados y maquillados, con tacones de tres dedos de alto y collares de brillo-, para que se atrevan a tanto aquí en La Habana tienen que tener los cojones bien grandes y muy puestos en su lugar, aunque sean maricones (…)” (p. 96). Presenta además una ingeniosísima puesta de enredos, hilarante de principio a fin, que como en Posesas…expone a detalle una serie de acontecimientos que solo el humor consigue atenuar. la protagonista, tiene en común con Elsa rehusarse a “jinetear” y tener una madre que ve en ella una mercancía defectuosa que de poco servirá para sacarla del apuro. También Maricari es flacuchita, aunque su carita, a decir de Mercedes/ Teófilo, es preciosa, idéntica a la infanta de “Las meninas” de Velázquez. Contrario a Elsa, que cuenta con estudios profesionales, Maricari elabora muñequitas de tela para vender a los turistas. Es en medio de uno de sus paseíllos por el malecón, que coincide con Pío, empresario murciano de unos sesenta años que ha ido a la isla en plan de negocios. Durante el inocente intercambio comercial entre la niña y el extranjero, este se ofrece llevarla a su casa… ¡en automóvil! La madre de Maricari, la Mandonsísima, ve en el viejo la oportunidad que tanto imploró al cielo.  Como la madre y la Abuelonga de Posesas, La Mandonsísima desprecia profundamente la condición femenina, en especial la de su hija. La culpa incluso de haber incitado al vejete que la violó a los siete años, como culpa Abuelonga a su hija de incitar a uno de sus amantes que toqueteó a esta siendo una púber: “Que se deje de santurronerías, que no está el horno para galletitas. Que no se venga haciendo la inocente. Jimmy y ella estaban mojando el pan en la salsa desde hace meses. Un día los sorprendí engrapados en mi propia cama haciendo cochinadas y a Maricari desde que era niña le gustaban las porquerías… ¿no se dejó templar por un vecino un viejo asquerosísimo, cuando no había cumplido los siete años?, ¡zorrita de mierda!” (cursivas del original, p. 47). De esta manera, la Mandonsísima se justifica por lo que pretende que la niña haga: seducir al viejo murciano para que las saque de ese cuchitril y, de ser posible… ¡de Cuba!
Como en Posesas…, el odio de la madre hacia la hija es plenamente correspondido: se trata de dos seres obligados a soportar su mutua compañía y a “olerse los peos”. La madre deposita en la hija el peso de su frustración. Maricari, sin embargo, es convencida por la Mandonsísima de que Pío es la solución a todos sus problemas… comer a diario, por ejemplo. A Maricari la sola idea de acostarse con alguien por dinero le enferma el estómago, pero ante aquella pobreza, de la que su madre la hace sentir responsable, no puede darse el lujo de ser terminante. Acude entonces donde “Mercedes”, un travesti que con todo y su flamante título de filólogo se ve obligado a ganarse la vida como “espiritista”: “(…) La certeza de que tendría que recurrir otra vez a mi título de licenciado en filología para ganarme ciento noventa pesos, sentado detrás de un buró cojo, me aterraba.” (p. 131). Mercedes/Teófilo termina convirtiéndose en el confidente de Maricari, niña más sola, y esta termina viviendo bajo el techo del empresario murciano, rodeada de comodidades nunca soñadas, dándole buena vida a la Mandonsísima, que en el fondo no se explica qué vio el viejo en aquella muchachita escuálida, es decir, envidia a su hija: “(…) ¡si siquiera hubiera heredado aquel culo mío que no cabía en los sillones! (…)” (cursivas del original, p. 118). El elemental afecto madre/hija brilla por su ausencia. Maricari no perdona a la Mandonsísima el no defenderla del violador de su infancia. En cambio, no tiene nada contra Pío, hacia quien experimenta una gratitud sincera… lo que no le impide enamorarse de Teófilo, quien la trata con enorme ternura.
El que Teo sea abiertamente homosexual y cohabite con el Toro, un mulato de aspecto viril, debiera cancelar toda probabilidad de que Maricari se vea correspondida… pero el asunto de la sexualidad, parece decirnos Teresa, es harto complejo, incomprensible. Como el amor. Baste el recuento de la vida erótica de Teófilo, que se granjea fama de maricón tras un incidente ridículo que, sin embargo, despierta en él una inclinación dormida pese a que hasta entonces “templaba” normalmente con una noviecita. La convivencia con Maricari le hace recordar su orientación inicial –lo que no significa que deje de sentirse atraído por el Toro- y terminan enredándose. Contrario a lo que pudiera pensarse, la sobrada fama de maricón de Teo no los libra de sospechas en una isla donde tiende a creerse que los gustos sexuales son a gusto del interesado. La madre de Teo cree ver una “conversión” milagrosa en su hijo, la prueba de que diosito ha escuchado sus suplicas. En medio de esta sociedad de moral ambivalente, pudiera decirse que Maricari y Teo son los personajes más nobles de la historia. Por otra parte, Maricari, Teo y Pío son algo tontos, hasta inocentes. El viejo no ha hecho otra cosa que lo que se espera de él, como buen rabo verde y con dinero: hacerse de una chiquita. Los tres protagonistas son víctimas de las imposiciones y estereotipos sociales.
Quizá haya sido esa misma ingenuidad la generadora de la tragedia. Sí, también la escasa inteligencia práctica de quienes conforman el peculiar triángulo. Una escritora de la isla, que estudia en el extranjero, se topa a su retorno con esta historia de la que cada habitante ofrece su personal versión. Decide entonces escribir al respecto. Por supuesto, se trata de una intervención de la propia Teresa de la Caridad como personaje: “¿Eh?, ¿Que quieres hacer una novela sobre Teófilo y Maricari? ¿Tú estás loca? ¿A quién le interesa leer sobre depravados y bandidas? No, chica, no. Si quieres escribir, inventa algo bonito, romántico, no de crímenes ni de santería ni de la mierda con la que anda lidiando una todo el día. ¡Oye, se nota que los escritores ya no tienen material para sus historias cuando echan mano a tanta pudrición! (…)” (p.p 177 y 178).
“Es una broma que le di a mi mamá –responde riendo Teresa cuando se le pregunta si en efecto basó su historia en hechos reales-. Yo quería meterla en la historia de alguna manera, pero ella insistió en que, en tal caso, yo debía aparecer también. Sus palabras (es decir, las palabras de “la mamá de Teresa”) son tomadas literalmente de las que me dirige la autora de mis días cuando lo estima pertinente. La historia no se basa en un hecho real aislado, pero sí ha habido casos de extranjeros liados con cubanas que han terminado asesinados por ellas, o por los amantes de las chicas... Bueno, a mí no me creas, son rumores que me han llegado por Radio Bemba”.
Por entonces Teresa me habló de un proyecto que me entusiasmó y al parecer no ha abandonado, una novela que llevaría como título  “La rumba de Jane Eyre”, además de dos más; una en inglés titulada “This Childhood under Castro” y otra más, en español, que llevaría por título tentativo “De señora casera a jinetera. Lo que ha publicado posteriormente, sin embargo, es un libro de relatos titulado “Por culpa de Candela” y una novela breve, merecedora del V Premio Novela Corta de Rincón de la Victoria 2009, “El difunto Fidel” (Iduna, Colección Cobra, 2010), adaptación de una obra teatral de su propia autoría y se representó bajo el título “Hasta que el mortage nos separe”, en el Aguijón Theater, de Chicago. No se deje llevar el lector por la inclusión del nombre “Fidel” en la historia pues, como bien lo explica el singular narrador que nos narra su vida y muerte desde el Más Allá, “Fidel” es el nombre más común entre los varones cubanos desde que el hoy provecto dictador se convirtió en perpetuo adalid de la Patria.
Los relatos de ¡Por culpa de Candela!, reproducen una vez más la atmósfera asfixiante y sin embargo cargada de humor negro de sus novelas, pero sin por ello resultar repetitiva en cuanto a la esencia y la dinámica de sus historias. Se me ocurre que, como Ángeles, la protagonista del relato “De cómo el espíritu de mi tía- tatarabuela se fue de Nueva York”, el espíritu de Teresita abandona su cuerpo por las noches para dedicarse a errar por la isla que la vio nacer  y desarrollarse contra corriente. No es mera nostalgia la que transporta a Teresita en el tiempo y en el espacio mientras escribe, y, por consiguiente, traslada al lector junto con ella, en esta suerte de viaje astral, al ritmo de la euforia de Celia Cruz. Según se advierte en el relato que abre el libro, asimismo titulado “Por culpa de Candela”. Es muy propio de los emigrados cubanos llevarse la isla con ellos; hurtársela, como a un anillo en su estuche o una lámpara Tiffany, últimos vestigios de riqueza a los que las familias de la isla se aferran como a un salvavidas en medio del naufragio.
Otro aspecto en común entre las novelas de Teresa y sus relatos, es la habilidad, fruto supongo del hábito de resguardarse en el humor contra la tragedia del hambre y la ausencia total de intimidad propias de esa inmensa cárcel con playa que es Cuba, de hacer armonizar la hilaridad con la tragedia. Más allá de la picaresca, de la que se advierte una fuerte tendencia en la prosa de Teresa, expone situaciones que resultarían inadmisibles narradas bajo otra óptica: abuso de confianza, venganzas femeninas, niños violados, y lo asombroso es que nos mueve a la carcajada sin recurrir más que a sus dotes de prestigiadora del lenguaje, sin nunca caer en lo grotesco. Su tono parece decir: “es normal que estas ocurran aquí, así es la vida en esta isla”. Así entonces, entre un aborto y una paliza; entre una rumbera de la tercera edad que inicia sexualmente a un adolescente gringo y un niñito que se masturba contemplando en retrato de su abuela cuando era joven, no resultan ajenos los elementos mágicos y fantásticos, batidillo que se plantea también como parte de la cotidianidad cubana. La familiaridad de la autora con lo mexicano, por otra parte, sale a relucir en varios de sus relatos, como el de la indita zapoteca que, al ser adoptada por unos cubanos desde bebé, se reencuentra con sus raíces de forma poco amable –“Cubanoteca”-, o aquel en el que una joven afectada por la lectura de la obra de Elena Garro opta por matar al marido maltratador –“Con Elena en la corte”-, aunque en todo momento su principal objetivo es poner en entredicho los dogmas sociales y las prácticas derivadas de las mismas que generan actitudes misóginas, racistas y clasistas, tanto en Cuba, como en Estados Unidos y, por supuesto,  en México.
Por su parte, “El difunto Fidel” es la primera de sus novelas que sale de Cuba y se desarrolla en un ámbito harto ingrato –aunque paradisíaco, comparado con la isla-cárcel- para los cubanos fugitivos: Miami, Florida. Ya Reynaldo Arenas dejó en su extraordinaria biografía, Antes de que anochezca, testimonio del desprecio con que son tratados los nuevos emigrantes cubanos por quienes los precedieron, y Teresa menciona este aspecto a través de la voz de Fidel Carballo que tuvo que cambiar su nombre por “Phillip”, pues “”Ser Fidel en Miami es como ser Adolph en Jerusalém” (p. 82).
Al principio me encontraba desorientado, luchando con el inglés y con la incomprensión de los compatriotas que llevaban cuarenta años aquí. No querían entender que uno fuese también, carajo, tan exiliado como ellos. Los que vinieron en los sesenta trataban a los recién llegados como a unos apestados. Y hasta los marielitos, fíjese usted, que ésos sí tenían fama de maleantes y drogadictos, los marielitos aplatanados (o enmiamados) también nos miraban por encima del hombro. Nosotros, los que vinimos en los noventa, resultamos ser la última carta de la baraja, los contaminados por una larga permanencia en el sucio suelo patrio, que tanto ellos dicen querer….” (p. 46)
Así se expresa Fidel o Phillip ante la médium que han contratado su esposa e hija para conocer la verdadera causa de la muerte del padre que, están convencidas, se suicidó al verse cercado por las deudas. Pero Fidel no se dirige a una médium cualquiera: Encarnación repite por escrito todo cuanto los muertos le dictan y permanece en profundo silencio aún cuando el “muertito” no deja de alabarla por su atractivo y forma de moverse a pesar de contar más de sesenta años. Encarnación, muy profesional ella, no corresponde a los descarados coqueteos de Fidel y se limita a escribir -¿en taquigrafía?- todo cuanto él tiene que decir, incluyendo lo que nunca se hubiera atrevido a reconocer en vida: su amor por una esposa adicta a las telenovelas, en especial a Sex on the city; su tristeza por el desamor de una hija ultra feminista con quien rivalizó abiertamente en vida –aunque no puede decirse que haya sido un padre autoritario, o por lo menos él no se percibe como tal –y su ternura por el hijo varón en quien depositó todas sus esperanzas…y resultó ser gay, cosa que ya no le resulta tan calamitosa como cuando estaba vivo. Se refiere también con gran afecto –y una lascivia que su condición de espíritu no consigue apaciguar- a su secretaria-amante, la también cubana Dalila, que, de espaldas al lugar común, es el personaje más noble y leal de la novela
Teresa Dovalpage afirma que odia la política, sin embargo resulta imposible abordar Cuba y no caer en esas aguas pantanosas, que ella maneja como todos los demás, como algo cotidiano. Imposible no hablar de la experiencia en Cuba sin asociarla con las barbas de Fidel: “(…) la Navidad fue desterrada por contrarrevolucionaria, el pavo por burgués y el champagne por materialista (…)” (“Del primer objeto de su lujuria”, ¡Por culpa de Candela!, p. 95). Pero no importa lo que escriba Teresa, ni que tan terrible sea: inevitablemente sale a relucir la ternura hacia los niños que se resisten a perder la inocencia, no importando cuántas veces se les golpee, se les inyecte y se les viole. No extrañe, por tanto, que Teresita de la Caridad, con todo y su flamante doctorado y un genio literario que no ha sido debidamente reconocido, sea como una niña traviesa a la que se antoja abrazar y cubrir de caramelos.


Un cuento de Teresa Dovalpage
¿Corruptora de menores, yo?
A la memoria de mi abuela, que habría disfrutado este cuento
Dices que tu marido quiere que me vaya. Pues me voy, chica. Me voy ahora mismo. Regreso a Cuba en el primer avión que salga para allá. Total, de mejores lugares me han botado y luego me han pedido que regrese. De rodillas me lo han pedido, para que sepas. Ah.
Ahora, no creas que me voy a largar muy calladita. No, señor. Yo me iré, pero a mí hay que oírme antes y mi lengua tiene más de tres cuadras de largo, eh. Porque eso de que me vengan a acusar de vieja dama indigna es una calumnia y no tengo por qué aguantarla. Por mis ovarios te lo juro, que a mí me van a oír en la mismísima Casa Blanca, vaya.
No te confundas. El hecho de que me llamen vieja puta me vale. Sí, me vale madres, como dicen en México. Lo que me molesta no es la palabra, es la acción. ¿Tú crees que no es para molestarse que me vengan a decir: pues te tienes que ir ahora mismo a tu país, o te metemos en la cárcel por corruptora de menores? Y todo por tratar de hacer un favor.
Sí llego a saber esto no me muevo de Cuba. O me quedo en Morelia, que la gente me adora por allá. Yo ya había viajado cuanto tenía que viajar y recorrido medio mundo. Desde que en los años cincuenta me fui a España y casi vuelvo a poner de moda la zarzuela con aquello de
Al marido después de la boda
Nada, nada se debe negar
Pues con él en la casa entra toda
Entra toda su autoridad.
¿Que no conoces esa música? Parece mentira que seas hija mía, carajo, y que te hayas criado en medio de la farándula habanera. Es de la zarzuela La corte de faraón. Si no hubieras estado en la luna, comiendo mierda, como siempre, te acordarías porque mira que la he cantado veces cuando tú eras chiquita. Pero a ti siempre te ha importado un pito lo que yo hago. Hija como tú, ni que la hubiera parido por las narices. Y digo las narices por no decir algo peor.
¿Pero cómo, a ver, cómo tu marido me va a acusar ahora de pervertir a Joe? No me quedaba que oír. Lo único que hice fue ayudar al desgraciao chiquillo a encontrar su camino al centro de la tierra. A conocer la verdad de la vida, no fueran a salirle plumas. Y en lugar de agradecérmelo, me...
¿Eh? ¿Qué una social worker está ahí para hablar conmigo? Pues que pase. Ni que me fuera a comer. Yo estoy muy cujeá pa tenerle miedo a nadie. Que pase y bien.

Buenas tardes. ¿Usted es la trabajadora social que está atendiendo el caso de Joe? No, de mi nieto no. ¿Cuántas veces lo tengo que repetir? Ese muchacho es el hijo del marido de mi hija, nacido en Iowa y criado en Chicago. Y yo acabo de llegar a este país, prácticamente, y le vi la cara por primera vez hace dos meses. Así que de grandma, nananina.
Sí, soy cubana. Del barrio Cayo Hueso, en Centro Habana. ¿Qué? No, no, a mí no me enrede en política. Al de la barba déjenlo en el Comité Central. Si está vivo o si ya estiró la pata, allá él y su alma. Yo no sé nada de eso ni me importa. Por mí, que lo entierren mañana mismo.
Yo soy de la opinión de la difunta Celia Cruz, que está en el cielo cantándoles salsa a los ángeles. ¿Usted no sabe lo que dijo la que gritaba azúcaaa? Que donde entraba la política por la puerta, el arte se iba por la ventana. Y yo soy una artista, no una politiquera.
¿Feminista? Desmaye eso... ¿Qué feminismo ni qué ocho cuartos? A ver, ¿el feminismo es lo que se traen las mujeres en este país, mi hija por ejemplo? Se pasa el día trabajando la muy pendeja. Se levanta a las cinco y media de la mañana, se zumba para la oficina y regresa ya oscurecido. Oiga, que ni sol hay en este Chicago a las seis de la tarde. ¡Caballeros, lo que es salir de la casa y regresar a la casa y no ver ni un salao rayito de luz en todo el trayecto! Le zumba el merequetén.
Luego se pone a cocinar. Porque el manganzón del marido se las de liberal y de que we all have the same rights pero dígame usted qué hace él por la patria. Ni hostia. Mete las cucharas en el lavaplatos y se cree que hay que ponerle una medalla de trabajador vanguardia. Y luego escacha el culo delante de la tele y no hay quien lo levante.
Mientras, mi hija es la que se manda el cocinao, y el arreglo de la casa y el repasarles la lección a los muchachos. ¿Eso es triunfo del feminismo? No, mi amor, eso es mucho achantamiento de los hombres, que son unos aprovechados, y mucha comemierdería de las mujeres, que se dejan coger de bobas.
En mi tiempo las mujeres atendían la casa y no tenían que andar lidiando con pesadeces de los jefes. O de las jefas, que también son de anjá. Se tomaban una tarde para ir de compras con toda calma y andaban de mejor humor. Ahora se han buscado jornada doble: en la casa y en el trabajo. No digo yo si tienen que estar tomando pastillitas para dormir, el valium que le llaman. No digo yo.
Y los muchachos más malcriados no pueden ser. Se lo pasan berreando el día entero. Hasta que se sientan delante del televisor como el padre. ¡Pláfata! Eso es otra cosa: la tele prendida desde que llegan de la calle. Estos chiquillos se van a volver idiotas, hipnotizados por horas delante de una pantalla. Por eso cuando crecen tienen problemas con el aparatico, como el stepson de mi hija. (El aparatito de abajo, no el de la tele.) Porque no salen ni media hora a un parque. No juegan, ni corren ni toman sol. Lo único que mueven es el dedito este, mira, pa cambiar el selector de canales. Fu.
Vamos al grano, sí. Como las gallinas. A ver, ¿qué me quería decir usted? Claro que Joe no me acusa. Noticia fresca. ¿De qué me va a acusar? ¿De meterme en su cama y bajarle los pantalones? Ni que fuera el casto José. ¿Usted no ha oído la entrada de José en La corte de faraón? Pues dice así:
Yo tocaba la flauta
y el caramillo
y a mi lado triscaban
los cabritillos
No pensaba en amores
por ser pecado
y además porque estaba
muy ocupado
en que no se me fuera
ni un corderito
y no se me perdiera
el pobrecito.
Está bien, dejo el canto. Pero sí le voy a contar cómo empezó todo. Para que no me llame a mí pervertida ni lo ponga a él de casto José.
Lo que yo hice fue tratar de ayudar a Joe. Lend him a hand como dicen aquí. Más que una mano, claro. Lend him mi chocha, ésta, la peludita, que buena falta que le hacía.

Hace dos meses yo estaba muy tranquila en mi apartamento de Centro Habana. Avenida Carlos III entre Espada y San Francisco. Al lado del hospital de Emergencias, por más señas. Ahí tiene su casa. Y no estaba comiéndome un cable como los viejitos del Buena Vista Social Club cuando los descubrió Ry Cooder, ni limpiando zapatos ni nada de eso.
Es que yo tengo fe, ¿comprende? No, nada de religión. En Cuba eso quiere decir familia en el exterior. Alguien que le mande a uno dólares, porque sin ellos La Habana se te vuelve un páramo peor que el de Pedro, vaya. Con lo que mi hija me mandaba yo hacía la lucha. Vendía la pacotilla de K-Mart que ella me enviaba por Cubapacks. Gracias a mis negocios y a los dólares que también me hacía llegar de cuando en cuando me compraba mi café (café-café, de pilón, no la mierda que dan por la libreta allá ni el café aguado americano, que es otra porquería) y mi pedazo de puerco en el mercado y mi picadillo en las shoppings. Las shoppings son las tiendas por dólares, mija. Y tenía un marinovio, un cincuentón que no se parecerá a George Clooney pero tampoco está pa echárselo a los perros.
Y de pronto, sin esperarlo, me llaman de Morelia. Yo había actuado allá en Michoacán en los sesenta. Hice una jira por la tierra azteca y dejé a los mexicanos, perdón por la inmodestia, locos conmigo. La mera mera, me decían cuando bajaba del escenario después de cantar eso de
Ven, José.
Ven acá.
¿Qué es amor?
Yo te voy a explicar
porque creo
que el amor debe ser cosa rica.
¡Ay! ¡Hebreo!
debe ser un bichito que pica.
La más chingona, me aplaudían. La Pepita Embil cubana, me llamaban. Arrebaté al público.
Pues resulta que a un empresario del Teatro Morelos se le ocurre hacerme un homenaje a estas alturas de la vida. Dice que una noche vio los recortes de periódicos de aquellos años y que soñó conmigo un ocho de septiembre. Fue Ochún quien me concedió la gracia del viaje, porque ese día es su fiesta. Ochún es la virgencita de la Caridad del Cobre, la orisha del amor. ¿Ve esta medalla de oro con su imagen? La tengo desde los quince años aquí, colgándome entre las tetas, y no me la quito ni para bañarme. Lo que habrá visto esta medalla troquelada, mija....Si le da por hacer historias no termina en una semana. Historias en vivo y a todo color. Sin censura ni beeps. De ellas sale un best-seller, vaya.
Estando ya en Morelia, entre cantos y bailes, mi hija me llama y pregunta que por qué no me doy el salto para el norte. Un salto de ampanga, porque zumbarse de Morelia a Chicago no es ir de aquí a la esquina. La primera vez le dije que no, que con pasaporte cubano no me iban a dar visa de entrada en Estados Unidos, pero ella dale que dale.
Que te voy a buscar, me insistía. Que te consigo un pasaporte falso. Que cruzamos la frontera en un carro por Juárez, porque allí miran los papeles menos que en los aeropuertos. Que cómo vas a regresar a Cuba sin conocer a tus nietos. Tanto amoló que al fin me convenció.
Así que terminando mi última presentación en tierra de Morelos me puse mi peluca rubia, con la que lucía igualita a la mujer de la foto que aparecía en el pasaporte falso. Me vestí bien elegante. Me di una ducha de Chanel No. 5 detrás de las orejas y entre las piernas y así cogí mi avión haciéndome pasar por U.S. citizen. Facilito.
No, el idioma no me asustaba. ¿Cómo me iba a asustar? Si yo cantaba My fair lady,
I could have danced all night
And still have begged for more.
I could have spread my wings
And done a thousand things I've never done before.
que no había quién me discutiera que una servidora había nacido en pleno Broadway y merendado un ceremil de veces en el Parque Central de Nueva York.
Al llegar a Chicago con mi hija (que estuvo todo el viaje con el corazón en la boca, aunque la idea de pasarme de contrabando había sido de ella) nos esperaba mi yerno. Por cierto, desde que le eché el ojo encima el tipo ya me pareció medio sanaco. Para empezar, se cagaba de miedo por tener una illegal alien, como dice él, bajo su responsabilidad. Para eso, me hubieran dejado tranquila en Morelia. Al fin es que yo no pedí que me trajeran ni na de na.
El terror de ellos era que me enfermara. Como yo no tenía seguro médico ni manera de conseguirme uno....Hasta que un día les dije: no jodan más. Si me enfermo, me ponen en un avión aunque vaya pal Medio Oriente. Y si me muero, me tiran en la nieve pa que no apeste. Qué tanta bobería.
Mi hija, después de tanto luchar para que yo viniera, se pasaba más tiempo en la calle que al lado mío. Se iban los dos a trabajar y me dejaban sola como un perro. Mis nietos estaban en la preschool y ni me permitían cuidárselos. Yo creo que mi yerno tenía miedo de que los contaminara con mi ilegalidad cubana.
El único que se acercaba a mí y trataba de entretenerme era el hijo de mi yerno, que entonces nos visitaba una vez o dos por semana. Sí, el mentado Joe, el hijastro de mi hija. Así que de incesto nada. Que en los genes de ese muchacho yo no tuve arte ni parte, gracias a Dios.
Joe y yo conversábamos muchísimo. La primera semana yo lo miraba como a una criatura, aunque es más alto que su padre. Pero me daba gusto que alguien me prestara atención, ¿comprende? Lo que más nadie hacía. Nos poníamos a hablar desde las dos y media que él salía de la high school hasta las cinco y pico que llegaban mi hija con el marido y los niños.
¿Que qué otra cosa hacía? Pues no mucho. Estarme aquí encerrada todo el tiempo. Ah, y ver la tele. Pero ni eso me entretenía. Dios mío, esas chiquillas anémicas que salen en MTV, qué bichos más feos, no tienen carne ni pa una empanada. ¿Ésa es la belleza de hoy día? Si lo que hace falta es que las inflen con un aparato de llenar las llantas de aires. Ni tetas tienen, ni culín.
Volviendo a Joe, yo le repasaba español. Que cuándo se usa ser y cuándo estar porque en inglés siempre es to be. Claro, como lo mío es la música, yo le enseñaba con las letras de las canciones. Le cantaba, por ejemplo:
Yo estaba muy triste
y llorosa estaba
porque sin saberlo,
algo me faltaba.
Para explicarle que estar se usa para la cosa emocional, que cambia de un momento a otro. Mientras que ser es para las cuestiones más permanentes, como el origen:
De Tebas soy yo,
en Tebas nací .
La Virgen de Tebas
me llaman a mí.
Aunque yo en vez de Tebas le decía Cuba, para darle color local a las lecciones. Y el muchacho torpe no era, porque enseguidita aprendió. Un día me dijo: “eres linda.” Yo andaba maquillada y bien arreglada porque me iban a llevar a un Estarbú y quería lucir presentable. Así que le dije que “estaba” linda por una noche pero que normalmente no lucía tan bien. Entonces el muy pícaro me soltó: Oh, no. You are always beautiful por eso digo que eres linda.
Mira qué parejero ha salido al americanito, pensé. Pero nada, no le hice más caso hasta la noche de Aguijón.
Unas amigas de mi hija habían oído de mi gira por México y me pidieron que hiciera una actuación aquí, en un teatro que se llama Aguijón. Chiquito, pero bien situado y con público fijo. Para no hacerme de rogar, les dije que sí, aunque yo no había venido pensando en más farandulismo.
Di función única una noche. Me puse arriba tos los hierros. Y canté y bailé como en mis buenos tiempos. Y les meneé las nalgas al ritmo de
Ven aquí. Mírame.
no te sientas tan casto, José.
Cuando se acaba la función y yo salgo a mezclarme con la gente... ¡alabao, pa qué fue aquello! Joe estaba encandilado. Me trajo una copita de vino y me regaló un ramo de rosas enorme. Pero enorme. No sé de dónde las sacó ni si las compraría antes de entrar al teatro, pero ahí estaba el ramo. Monumental. Y me lo dio con un beso que me resonó desde la oreja izquierda hasta el ovario derecho. En eso se nos acerca su señor padre y lo primero que le dice a Joe es: “¿Qué haces tomando? ¡Mira todavía no tienes drinking age!”
Era para matarlo. ¿Usted sabe lo que es decirle eso a su hijo delante de un montón de gente? No hablo por mí, que al cabo soy de la familia. Pero allí había cantidad de muchachas, amiguitas de él de la high school y vecinos y conocidos. La vergüenza que le hizo pasar. Que falta de delicadeza, coño.
Entre las muchachitas estaba una tal Ashley. Muy espigada por cierto, muy graciosa y bastante salida del plato. Enseguidita me di cuenta de que le gustaba el Joe. Así que al día siguiente, cuando el muchacho viene a sacarme conversación y me dice que qué bonita quedó la función de anoche y que qué bella yo lucía y bla bla bla, le pregunté por la Ashley. “Ella es linda también,” me contestó, “pero no como tú. Además, we don’t have chemistry.”
“¿Desde cuando la química ni la física ni la astronomía tienen que ver con las cuestiones del amor?” Le pregunté. Y en vez de contestarme, el escuincle, el chiquillo, el comebolas me da un beso. En la boca esta vez. Así empezamos.
Sí, nos dimos un revolcón, pero nada serio. Yo tenía mis escrúpulos, para serle sincera. ¿Cómo me iba a acostar con un muchacho que podía ser mi nieto? Hasta que me di cuenta de que el infeliz no lo había hecho nunca. Imagínese eso. A los diecisiete años y no había metido su rabito en ningún lugar ni conocía la verdad de la vida. Qué atraso, por Dios. Nadie diría que estamos en el primer mundo.
Claro, por eso le daba pena con las muchachas. Porque un hombre que no lo ha hecho nunca (y lo mismo una mujer, lo mismito) está falto de algo. Está incompleto, como si dijéramos. ¿No lo cantó el poeta Machado?
Dicen que el hombre no es hombre
Mientras que no oye su nombre
De labios de una mujer
Puede ser.
Y yo me dije: nada, vamos a hacer una obra de caridad y...
¿Que si es la primera vez que estoy con un menor? Oiga, debería darle pena llamar “menor” a un tipazo con una cabilla de ocho pulgadas y seis pies de estatura. Déjese de pujos, caramba.
¿Cómo a los diecisiete años cumplidos un hombre no va a poder templar con quien lo quiera? ¿Por qué eso va contra la ley? Mire, la primera vez que me acosté con mi novio yo tenía quince años y él dieciséis. En esa época la gente no se ponía con semejantes idioteces. Y estoy hablando de hace casi sesenta años. Nada, que este mundo va para atrás como el cangrejo. Luego hablan de la evolución.
No, en Cuba no hay problemas con la edad. Todo está prohibido, menos eso. El día que prohíban templar, la gente se alza en armas. Lo que no han logrado el período especial ni las brigadas rompehuesos ni el picadillo de soya a media libra por persona lo hace una ley de ese estilo, mi palabra.
Bueno, yo quería entusiasmar a Joe para que se le declarase a la Ashley, la invitara a un café, cualquier cosa. Pero él, aferrado a mí. Todos los días, desde aquel primer achuchón, la cogió con venir directo a la casa a pasar un rato conmigo. Como era la primera vez que probaba el mantecado, le cogió el gusto y ya no había manera de que me soltara. Y yo le decía: hijo, aguanta un poco, que ya yo no soy una quinceañera y hasta la florimbamba se desgasta con el mucho uso, eh.
El problema fue que antes de nuestro...affair, como dicen aquí, él visitaba la casa dos veces por semana cuando más. De hola, hola pal carajo, un ratico a ver a su padre y ya. Pero luego se aparecía todos los días en cuanto salía de la escuela. Ahí fue cuando mi yerno parece que empezó a sospechar. Aparte, habría sacado sus conclusiones por la forma en que me miraba Joe. Incluso cuando había gente delante, que la criatura, con su santa inocencia, no sabía ni disimular.
Mi yerno se puso a velarnos y nos agarró una tarde asando maíz. No le voy a dar detalles pero fue bastante... embarazoso, vaya. Lo que aquí llaman compromising. Encueros en pelota los dos, y el muchacho con esa gloria de rabo más parada que un asta de bandera. Figúrese usted.
Entonces se formó el brete. Llamaron a la counselor y a usted, y a la madre del muchacho y a la madre de mi yerno y a la madre de los tomates. El desmadre fue aquello, vaya. Y ahora mi hija me dice que salgo bien que no meten en la cárcel por entrada ilegal al país y por corruptora de menores. Que lo mejor que puedo hacer es largarme antes de que el escándalo llegue a los periódicos o a la televisión.
A la televisión, cucha pa eso....Quién me ve a mí en Cristina o en Oprah (bueno, a Oprah tendrían que llevarme con traductora) con tremendo letrero: Abuela cubana comete incesto con nieto americano. En rojo y en mayúsculas. Azúcaaa.
Anda, anda, no me jodan. Que ni el muchacho es nieto mío, ni yo voy a ir programa ninguno a lavar ropa sucia en público como hacen aquí. Una tiene mucha dignidad para eso.
Ahí viene mi hija de nuevo así que terminamos. Sanseacabó. Les dije que me iba y me voy. Dame acá la maleta, niña. Lo único que siento es que no me dejen despedirme de Joe a quien, según tengo entendido, metieron de cabeza en el psicólogo. Eso es lo que lo va a traumatizar, no los restregones conmigo. Y también me dijeron que lloraba por verme y que decía que él no me iba a acusar. Noticia fresca.
Mira, lo que tienen que hacer es que ocuparse de cosas más importantes. A ver si meten a los homeless donde no se congelen cuando empieza a nevar, y si le dan health care a todo el mundo en lugar de andarse preocupando por lo que la gente hace con sus partes privadas.
Y ya me voy. Pa Cuba. O pal carajo, que no es lo mismo, como diría Silvio Rodríguez, pero es igual.
¡Ay, Ba ...Ay, Ba...
Ay, babilonio que marea.
Ay, va. ..Ay, va. ..
Ay, vámonos pronto a Judea.
Adiós.

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2 comentarios:

Marlene Moleon dijo...

Excelente artículo. Me encanta el humor de Teresa Dovalpage y la maestría en el uso del lenguaje en sus personajes.

Lady Diana dijo...

Muy buen artículo!!
:D