Pudor y celos


Para Patricia de Souza

Muchos de los dramas humanos, a mi juicio, nacen de esta confusión que hay entre el deseo sexual y el amor.
C.M
Entrevista con Mónica Maristain, Milenio Semanal, 2009

Catherine Millet es una mujer discreta, pudiera decirse: elegantemente tímida. Es directora del más prestigiado mensuario de artes plásticas de Europa: Art press, y ha escrito varios libros sobre crítica de arte. Según revela en su segunda novela, Celos, publicó sus primeros textos en este tenor a los veintipocos años, sin estudios profesionales de por medio, guiada por un empirismo nutrido de ávidas lecturas que contribuyeron a paliar una vida familiar llena de hipocresía y vulgaridad. “Nada forja tanto un carácter como un disimulo constante dentro de la familia”, es la frase de Balzac que la joven Catherine copió en algún cuaderno.

Su oficina, en la que predomina el color crema, está decorada con sencillez y buen gusto. La elegancia de Catherine M. se debe mucho menos a la marca de sus prendas que a la soltura propia de los cuerpos liberados que caracteriza cada ademán suyo. Lo mejor de su rostro, además de los rasgados ojos pardos, es la maravillosa sonrisa por la que, se jacta, no ha tenido que invertir un centavo: Su dentista se esmeró a cambio de algunas buenas venidas y a ella le pareció un trueque razonable. Si un desconocido abordara en un ascensor a Madame M., ella reaccionaría con indiferencia: no es amiga de bofetadas, a menos que le sean solicitadas para incrementar el placer de un acto sexual fortuito, como en su caso son la inmensa mayoría de sus encuentros. Cuando publicó su autobiografía La vida sexual de Catherine M., muchos esperaban fuera una broma kantiana, pero no: Catherine M., la prudente, la discreta, abrió de golpe el telón de su tumultuosa intimidad.

Nacida el 1 de abril de 1948, en Bois Colombes, Francia, Catherine M., más bien tímida, reacia a los escotes y a los estornudos estruendosos, pertenece a la primera generación de mujeres sexualmente emancipadas en Europa; las que conocieron la píldora anticonceptiva perfeccionada y no requerían comprometerse emocionalmente para acostarse con alguien. Casada ya con el poeta, novelista y fotógrafo aficionado, Jacques Henric (1938), optó por narrar al detalle su vida sexual, es decir: su vida, con la objetividad de un entomólogo, lo que debe haberla forzado a anular su ego y contemplarse como algo ajeno a ella, sin siquiera experimentar la euforia estética del fotógrafo ante su objeto o sujeto de contemplación. La autobiografía de Catherine M. no podía escribirse al margen de su sexualidad, porque la vida de Catherine M. es su sexo. No por eso deja de apabullarnos con una inteligencia desbordante, una prosa precisa y no obstante poética, con todo y la frialdad, exenta de pasión o violencia, con que entra en detalles escabrosos. En la contraportada de Celos se lee una afirmación para nada exagerada: “¿Qué pasaría si Montaigne o Rousseau hubieran sido libertinos y mujeres? ¿Habrían sido las Catherine Millet de su tiempo?
La vida sexual de Catherine M., es, en efecto, un libro profundamente obsceno… y la obscenidad, reflexioné tras leerlo, sin acudir a una fuente secundaria que sustentara mi “teoría”, es el punto intermedio que nadie cree exista entre erotismo y pornografía, si bien para la propia Catherine no existe diferenciación alguna entre uno y otro, la obscenidad lo abarca todo. Porque el erotismo, al igual que la pornografía, puede ser obsceno y la obscenidad no necesariamente tiene que ser vulgar. Catherine M. tiene la elegancia de un marqués de Sade. Me refiero concretamente al estilo, no al contenido: Catherine M. no concibe el sufrimiento. No infringirlo, al menos. Tampoco el placer es el fin, como en la abrumadora mayoría de los personajes sadianos. Su llaneza para referir los resquicios del cuerpo, sin embargo, es equiparable a la del Marqués, aunque el que todos esos términos –verga, coño, mierda, etc- provengan de una voz femenina pareciera exacerbar la idea de obscenidad. Esta mujer desmitifica de una vez por todas, la creencia generalizada de que La Mujer, en tanto género, necesariamente involucra los sentimientos con la sexualidad. Contradice también el argumento más habitual para denostar la pornografía: imposible que un ser humano, menos una mujer, practique una sexualidad animal, instintiva. Todo lo anterior, sin embargo, no impide a Catherine experimentar amor o celos. Lo insinúa en su primer libro. Lo confirma –dolorosamente- en el segundo. Es perfectamente racional y crítica, incluso para explicarse a sí misma, sin justificarse: “(…) Mi libertad no era de las que se ejercen al albur de las circunstancias de la vida, sino la que se expresa en forma contundente, en la aceptación de un destino al que te entregas sin reservas: ¡como una religiosa que profesa sus votos” (…)” (La vida sexual de Catherine M., p. 70).

Catherine desciende a lo más profundo de su pasado, justo al origen de todos sus vicios y virtudes: la infancia. Nada extraordinario, pareciera decirnos Catherine. Ni siquiera mi nombre escapó de lo común: Catherine, promiscuamente extendido entre francesas e inglesas nacidas en la pos guerra… acaso por nominar a una santa que gozara de especial popularidad por entonces. Porque, ¡claro!, Catherine nació en el seno de una familia católica… y más bien pobre. Cinco eran los miembros repartidos por aquel diminuto apartamento. No fueron más porque los padres optaron por dormir en camas separadas, lo cual no significa que el padre haya optado por una vida casta, en lo absoluto. Como tampoco su madre, a quien la joven Catherine sorprendió en pleno escarceo con un “amigo”. Catherine, la más pequeña y única mujer, tuvo que compartir la cama con esta. La absoluta ausencia de intimidad, señala, marcaría su vida. El hecho es que Catherine fue una niñita ejemplar, que incluso alimentó ideales piadosos… hasta que descubrió lo excitante de aguardar que su madre cayera rendida para entregarse al recreo descubierto entre sus muslos: “(…) ¡A qué paradójica pericia no habré tenido que recurrir yo para lograr darme placer en una cuasi inmovilidad, casi en apnea, para que el cuerpo de mi madre, que me tocaba al darse vuelta, no notase que yo vibraba! Quizá la obligación de excitarme con imágenes mentales que con caricias explícitas propiciara el desarrollo de mi imaginación (…) cuando abrí mi cuerpo, aprendí ante todo a desplegarlo.” (p.p 144 y 145).

Nadie la sorprendió jamás. Sus padres no imaginaban siquiera que su delgaducha hija fuera una criatura sexuada. Perdería la virginidad a una edad bastante promedio: dieciocho años. Hasta aquí, Catherine M. es una francesita proletaria con un nombre corriente. Lo extraordinario comienza cuando decide escaparse de casa y lo primero que hace para subrayar su libertad es acostarse con un amiguito libertino que no llegaba ni a novio, aunque en Celos reconoce que con Claude fue más importante de lo que parecía; que a su lado conoció algo más que el arte, la libertad y el sexo:

…Mordí el polvo cuando tuve que reconocer que en uno de sus aspectos aquel cuerpo topaba con un límite, es decir, que como no era la más bonita podían preferir a otra –algo que yo no era tan tonta como para ignorarlo, pero una mujer, sobre todo muy joven, tiene mil recursos para disolver esta evidencia en el ilusionismo de los juegos de la seducción -, y que por primera vez me lo habían dado a entender claramente. Mordí las sábanas de la cama donde me hundí sollozando, y algunas respuestas de Claude consistían en arrojarme sobre la maqueta (Celos, Anagrama, traducción de Jaime Zulaika, Barcelona, 2010, p. p 26 y 27)

Conoció la violencia... y los celos, aunque nunca se atreve a nombrarlos como tales. Al instante de escribir este testimonio, ya en su madurez, Catherine asume que la violencia de Claude contra ella, que llegó a ser física, tenía que ver con un sentimiento de celos no reconocido por ninguno de los dos. Los celos no podían tener cabida en una relación “civilizada” y “moderna”.

Catherine se había preparado a conciencia desde que compartía la cama con una madre ajena al erotismo de su hija. Pudorosa, más allá de lo imaginable, aunque “mi pudor está en otra parte”, Catherine necesitaba confundirse entre la multitud para ejercer su sexualidad: perderse, despersonalizarse, cosificarse: “(…) me sentía ansiosa a la vez por la idea de los desconocidos que pronto me obligarían a despertarme de mí misma (…) Era un estado próximo al que me embarga siempre antes de dar una conferencia, cuando sé que deberé concentrarme por entero en mi tema y consagrarme al auditorio (…)” (p. 30) Que no siempre es deseo lo que la empuja al pulpo humano –los muchos brazos… las muchas manos cuya procedencia poco importan- que, de hecho, el deseo casi nunca tiene que ver con sus impulsos, sino con los impulsos de otros, cosa que relaciona más con una postura democrática y/o pródiga, más cercana a la santidad que a la lujuria. Asimismo, es perfectamente capaz de sumergirse en su trabajo con la entrepierna húmeda. La auténtica excitación, por lo general, la lleva más a estar consigo misma. Es entonces que se entrega a su voraz imaginación, la cual toma, de aquí y de allá, visiones y sensaciones recogidas de la intensa actividad sexual compartida con otros y otras –aunque hacerlo con mujeres no le entusiasma gran cosa-; avivada por una asombrosa capacidad de observación que ha hecho de ella una de las más prestigiadas críticas de arte en Europa… don que le permite describir con sorprendente belleza y nitidez lo que alguien menos curioso y atento narraría de manera burda: “(…) La cama estaba colocada cerca de un ventanal, y unos rótulos arrojaban sobre él reflejos amarillos, a lo Hopper (…) El lector quizá se haya percatado: planto enseguida el decorado. Allí donde mi fisura íntima ha consentido acceso, abro de par en par los ojos. Cuando era muy joven aprendí de esta manera, entre otras, a orientar en París (…)” (p.p 138 y 140). A decir de la propia Catherine, uno de los aspectos más emocionantes de llevar una vida promiscua, era despertarse cada día en un lugar distinto que le presenta aspectos diversos de la arquitectura. No se considera, sin embargo, una artista, ni siquiera una esteta: simplemente una perfeccionista.

Cuando Jacques Henric entra intempestivamente en la vida de Catherine M., ésta ya está al frente de Art press y ha obtenido parte de su prestigio actual. Es una mujer en sus treinta y tantos que se desarrolla con gran profesionalismo y mantiene prudentemente apartadas su vida íntima y su trabajo. Unos errores detectados por él en una guía de fotografías de unos poemas de su autoría, próximos a publicarse en el mensuario, lleva a la directora a solicitar su presencia en la oficina. Juntos realizan la revisión del material sin siquiera rozarse, intercalando algún chascarrillo. Muy educadamente, él termina invitándola a salir y Catherine, que no ha desarrollado gran habilidad para comunicarse sin palabras –en ella el lenguaje corporal es lo que predomina- comprende que se trata de una propuesta de tipo amistoso, y acude sin más expectativa que la de disfrutar de la charla erudita del escritor.

Ya entrados en confianza, Jacques le pregunta si sostiene alguna relación amorosa, a lo que ella responderá con naturalidad, casi con inocencia, que mantiene relaciones “con una cantidad de gente”, a lo que el escritor responderá, desconcertándola todavía más que ella a él: “Es raro escuchar a la mujer de la que uno se empieza a enamorar que se acuesta con una cantidad de gente.”

A Jacques no parece afectarle la realidad de Catherine, más allá de la sorpresa inicial. Este hombre pronto se convertirá en su primera “pareja oficial”, por llamarlo de algún modo. Y Catherine revela, no sin azoro, que pese a que Jacques no es exactamente un mojigato, comparten un rechazo visceral a presenciar sus actos sexuales con terceras personas. Ella es lo bastante precavida para nombrarlo “amor”. En cambio, la palabra “celos” sale a relucir una y otra vez, reemplazando a aquella. Casi es posible escuchar la entonación perpleja con que Catherine la enuncia: “(…) el tabú es para mí utilizar la vivienda que compartes con alguna otra persona cuando ésta está ausente y lo ignora (…) La habitación común, el lecho “conyugal”, representa una prohibición absoluta (…)” (p. 183).

Sí, señoras y señores: Catherine M. tiene tabúes. Los celos son síntoma de que hay un tabú. No se trata de prohibirse el sentimiento, que ella razona y analiza como cualquier otro, sino de actuar en consecuencia para prevenir alguna situación lamentable. Catherine y Jacques tienen una vida sexual externa a su relación de pareja. Pero su relación se mantiene encristalada, como dentro de un nicho, sagrada… y al margen de “lo otro”, Catherine vive con Jacques sus mejores experiencias estéticas, que involucran, claro, el sexo, ámbitos en los que ambos se desenvuelven como peces en el agua. El álbum-libro de la autoría de Henric, Légendes de Catherine Millet, además de exponer sus teorías respecto a la exhibición del cuerpo, presenta fotos de la propia Catherine, tomadas por él mismo, donde ella expone en su esplendor un cuerpo común y corriente que nada tiene en particular, excepto albergar una inteligencia maravillosa y ser el sujeto del amor y la admiración del hombre detrás del lente. En entrevista para el suplemento cultural de El mundo, la autora afirma que la exhibición de su intimidad no tiene nada que ver con protestar contra lo políticamente correcto, es decir, la hipocresía de una sociedad que es, en el fondo, una gran cama redonda: “…quise en cierto modo enmendar los clichés sobre la libertad sexual. Hay un discurso puritano y, contra este, otro de los militantes de la libertad sexual. Pero hay también otra serie de argumentos mucho más simples y creí que era conveniente aportar una experiencia de la libertad sexual, algo que versa sobre la vida y la realidad.”


Casada desde hace veintitantos años con Jacques, Catherine narra en Celos la crisis por la que atravesó su matrimonio cuando tuvo la ocurrencia de abrir el diario de su esposo –que, por otro lado, no se molestó en no dejarlo fuera del alcance de su mujer- y descubrió, primero, las fotografías de una mujer que debía ser la misma sobre la que escribía Jacques. Naturalmente, y si bien experimenta una salvaje oleada interna, Catherine se mantiene en una especie e inicia una profunda reflexión, no tanto acerca de las razones de Jacques para engañarla –ninguno de los dos ha renunciado a las aventuras extramaritales, aunque con el tácito acuerdo de no mencionarlo siquiera- sino de su propia tormenta interior. Celos se convierte, pues, en una narración casi detectivesca pero al mismo tiempo intimista, porque la narradora hurga desesperadamente en su psique, en sus emociones, en sus recuerdos y va extrayendo toda clase de descubrimientos sobre ella misma y el hombre que ama, no necesariamente gratas. Lo insólito del asunto es que esta detective de las andanzas de su esposo nunca manifiesta odio por él o su amante en turno. Las otras mujeres en la vida de Jacques no habían tenido rostro, ni nombre. Eso es lo que diferencia a Blandine de las demás…lo que desata en Catherine unos celos desnudos y casi tan obscenos como una masa sudorosa y jadeante. Celos, más que patológicos, adictivos:

He visto trabajar a arqueólogos. Con la ayuda de unos cordeles cuadriculan el terreno en unidades de menos de un metro de lado, y cada uno rasca su cuadrado con una cuchara. No se les escapa un residuo de cerámica del tamaño de una uña. Así trabajé yo en el espacio habitado por Jacques. Poco ordenado, siempre ha diseminado por la casa papelitos arrugados, más o menos garabateados. Esto siempre me ha irritado. No me atrevo a tirarlos por miedo a que contengan un número de teléfono, notas que buscará más tarde. Adquirí la costumbre de desarrugarlos y leerlos (…)No me pasó inadvertido que el encarnizamiento inquisitorial se volvía una adicción. Los síntomas eran la repetición más frecuente de los actos, la necesidad de dolores más cáusticos. (pp 108 y 109).

Así entonces, el dolor de Catherine es real…pero le brinda el placer de reconstruir una historia. Quienes han experimentado celos –supongo que nadie está exento de ello- saben que fantasear forma parte de la tortura. No puede uno dejar de imaginar al sujeto de sus celos en compañía del tercero en discordia. Catherine no es la excepción, y escribe abundantemente sobre cómo Jacques le hará el amor a Blandine, describiéndolos en las más complejas posturas. Y pareciera disfrutarlo más que padecerlo, pese a que el sufrimiento palpita en varios de los pasajes. Pero así como fue capaz de reflexionar objetivamente sobre su sexualidad, escrutándose sin tapujos, así, Catherine es capaz de desafiar la subjetividad que caracteriza a ese sentimiento que algunos califican de “irracional” y, sin embargo, queda claro, no lo es tanto, y ahondar en su propio dolor con una mirada casi científica; casi saliéndose de sí misma para convertirse en espectadora de sí misma…y lo hace, sin embargo, con una prosa deliciosamente poética que llega a conmover más por su belleza que por la detallada descripción del sufrimiento silenciosa de la mujer. Finalmente, como ella misma narra, su salvación, su “terapia” consistió en concentrarse en redactar la que sería su primera y polémica novela, La vida sexual de Catherine M, “…ahora sé que cada cual puede, si no le asusta la mirada retrospectiva, descubrir que su pasado es verdaderamente una novela y que este descubrimiento es una dicha, por episodios dolorosos que contenga.” (p. 220)