Sin aliento

 Excéntricos, vagos, medio locos, eso lo que la gente piensa de los escritores, a menos que no estén muertos y embalsamados en vida, que es lo mismo.
MSF

“Soy mujer, negra, caribeña y quien sabe qué otras cosas que me colocan al margen”, dice la escritora puertorriqueña Mayra Santos Febres, nacida en Carolina, Puerto Rico, el 26 de febrero de 1966. Como ha ocurrido con otros tantos escritores, su llegada sin retorno a los libros está directamente relacionada con la enfermedad. Hija de maestros, empezó a escribir a los cinco años porque el asma le impide expresarse con la elocuencia propia de las niñas. Tampoco le es posible trepar árboles o montar bici. En cierto modo, la enfermedad la fuerza a madurar más pronto de lo habitual, lo que pudiera explicar las infancias truncas que pueblan su narrativa.
Aunque en la adultez logró superar su mal, conservó el aliento de la escritura y del silencio desarrollados a la par, gracias a su única maestra y mentora, Ivonne Sanavitis: “(...) me dijo por primera vez que había una profesión-oficio-vocación, que le podía dar cauce a ese juego sin el cual ya yo no podía respirar.” Aunque parezca incongruente, la niña Mayra estaba destinada a conquistar el aliento para quitárnoslo a sus lectores, embelesándonos como Selena Sirena embelesa con la voz del ángel corrupto aferrado a sus entrañas como un doble, aunque en este caso el cuerpo a ataviar sea la página en blanco y su escenario, el alma del lector. La perturbadora intensidad de la mirada de la autora, mirada negra y envolvente, se perpetúa en textos que prístinamente exhiben la crueldad y la hipocresía de una sociedad que no duda en apalear a los prófugos de sus normas.
Tras publicar sus poemas y relatos en diversas revistas de Puerto Rico, debutaría en 1991 con dos poemarios: Anamí y manigua y El orden escapado, trabajos en los que exhibiría un colorido dominio del lenguaje, una clara tendencia hacia lo lúdico: reproducción del entretenimiento infantil de jugar con las palabras, fieles compañeros de juego de la niña que no podía correr. Ambos poemarios recibirían una mención por parte de la prensa de su país entre los mejores libros del año, no obstante ser la poesía género casi de culto. Hasta 2000, la editorial mexicana Trilce le publicaría un tercer poemario: Tercer mundo y en 2005 sacaría a la luz el cuarto: Boat people. Tres años más tarde obtendría el Premio Letras de Oro (Miami/España) con una primera colección de cuentos, Pez de vidrio, y en 1996, con el relato “Oso blanco”, que forma parte de su segundo libro de relatos titulado El cuerpo correcto, ganaría el codiciado Premio Juan Rulfo, convocado por Radio Francia Internacional. Treinta años de edad apenas y nos deparaba lo mejor que son sus novelas: Sirena Selena vestida de pena (2001), finalista del Premio Rómulo Gallegos, obtenido en ese año por El viaje vertical, de Enrique Vila Matas, y Cualquier miércoles soy tuya (2002), ambas en editorial Mondadori. En 2005 publicaría una selección de ensayos bajo el título Sobre piel y papel, y en 2006 resultaría primera finalista del Premio Primavera con su tercera novela, Nuestra señora de la noche, donde se plantea el antagonismo entre la loca María Candelaria Fresquet y la triunfadora y fuerte Isabel “La Negra”. Mayra se doctoró como literata en la Universidad de Cornell, Nueva York. Actualmente es catedrática de y dirige el taller de narrativa de la Universidad de Puerto Rico.
Mayor contraste no puede existir entre las dos primeras novelas de Mayra Santos Febres: mientras que Selena Sirena vestida de pena transcurre en esa mezcla de inframundo y sueño que es la cotidianidad de los travestis y las drag queens y es narrada coralmente por todos los personajes, en Cualquier miércoles soy tuya, que con su trasfondo de intriga plasma la esencia de la negritud, otro sector marginado de nuestras sociedades, cede la voz cantante a un personaje todavía más lejano a ella: un varón blanco de nombre Julián Castrodad, joven periodista desempleado que por necesidad acepta emplearse como recepcionista en un motel, sin imaginar que esa circunstancia lo pondrá ante la historia que siempre ha querido escribir. Si bien la primera es más lúdica en su manejo del lenguaje –los súbitos cambios de tono, el caló muy bien definido de cada uno de los actores, la simbiosis de la prosa con la música que recorre la trama- ambas tienen en común explorar ámbitos siniestros, tanto interiores como exteriores, y devolvernos a sus marginales personajes revestidos de una densa materia humana que los vuelve entrañables: queribles.
Sirena Selena vestida de pena parte de la historia de un jovencito homosexual –“bugarrito”, en afectuoso caló puertorriqueño- llamado Leocadio que los quince años ha vivido prácticamente todo: desde la pena de perder al único ser en el mundo que cuida de él, su abuela, pasando por el terrible desamparo que ello supone, hasta la clase de vejaciones que suelen padecer los muchachitos frágiles en los que tipos sin escrúpulos advierten una floreciente homosexualidad, para terminar arrastrando su lábil humanidad por las calles para ganarse el pan. Leocadio, sin embargo, tiene a su favor dos cosas: la primera, que lo ha perjudicado más que levantarlo, una extraordinaria belleza que no presenta lo vuelve susceptible de ser confundido con niña… y la segunda, la que puede salvarle definitivamente la vida: una voz privilegiada que exprime hasta la alma más bragada… incluida su rival de amores, Solange, esposa del magnate que la pretende una vez convertida en Sirena Selena: “(…) Se rumoreaba que aun de bugarrito a ella nunca nadie lo había podido clavar, que en el momento preciso de la penetración al chamaquito se le escapaban melodías del pecho, y empezaba a canturrear con su voz extasiada y gloriosa de espíritu de Luz (…)” (p. 64).
Esta novela, explica Mayra, se origina en una anécdota de la época en que, trabajando para una organización que informaba sobre el Sida a comunidades de alto riesgo, tuvo que visitar El danubio azul, un antro travesti, donde trabó amistad con “las chicas del ambiente” A cambio del sufrimiento moral, estas chicas nacidas varones poseen la magia de reinventarse, de transformarse en mujeres imposibles, es decir, prototipos fantásticos de la hembra deseada que pocas mujeres de carne y hueso están dispuestas a asumir. La paradoja: seres a un tiempo ultrajables y oníricos.
Ha declarado, además, identificarse plenamente con Leocadio-Sirena, “Yo siempre quise ser travesti. A mi manera lo soy”, pero sin duda la mayor semejanza se encuentra en el hecho de que ambas, Mayra y Sirena, tuvieron una mentora… dos, en el caso de Sirena: Valentina Frenesí y Martha Divine. Su protectora trotacalles la primera, su “representante artística”, la segunda. Ivonne Sanavatis, en el caso de Mayra, quien también contaba quince años cuando llegó a su vida esta mujer de “enormes caderas paridoras y melena indomable”, según confiesa en entrevista con Marcia Morgado: “Se pintaba mal los labios y le encantaba andar para arriba y para abajo con una cámara fotográfica manual. Yo me volví loca con ella. Y fue ella quien descubrió que a mí me gustaba jugar el juego de las palabras. Me enseñó disciplina (escribir todos los días por una hora, editar poemas, leer como endemoniada) y me dijo por primera vez que había una profesión-oficio-vocación que le podía dar cauce a ese juego sin el cual ya yo no podía respirar. Ese fue el comienzo de todo esto.”
Con Ivonne, aprendió Mayra a respirar: a ser escritora. Respirar y escribir son para Mayra parte de un mismo milagro. Con Valentina Frenesí y con Martha Divine, aprende Leocadio a ser mujer… más que eso: la fantasía de una bellísima mujer. Ambas travestis maduras, con largo kilometraje a bordo de unos largos tacones, asumen filosóficamente su destino y procuran, en la medida de sus posibilidades, brindarle a Leocadio/ Sirena alternativas más dignas. La violación como iniciación sexual, y la prostitución en consecuencia, parecieran experiencias inevitables para quienes, como los ángeles, nacen sin sexo definido, y si bien Sirena paga la cuota de rigor, las circunstancias parecen aligerarse gracias a la providencial aparición de estas “locas viejas” en su vida. Valentina le será arrebatada con violencia… porque ese es otro de los riesgos latentes del oficio: caer en manos de algún maniático: “(…) Es malo el amor en esta vida. Para cualquiera es malo, pero para una loca es la muerte.” (p. 140). Con Martha Divine, por tanto, procura no encariñarse. Martha sabe en el fondo lo que puede esperar de esta muchachita callejera y lastimada hasta la ignominia… lastimada y brutalmente asustada… pero eso no impide que goce como Pigmalión al transformarla en su Obra Maestra: La Sirena, ángel del demonio. Esa voz que brota de mínimos pulmones como un torrente de pasión puede ser lo mismo don de Dios que del Diablo.
En Puerto Rico el trabajo de un travesti, particularmente si se es menor de edad, se dificulta bastante, no así en República Dominicana, donde la mesa parece puesta para todo lo que huela a clandestino. Allá lleva Martha Divine a su Creación, pasando momentos de incertidumbre y temor al atravesar las pantanosas aguas de la aduana, allí donde, recuerda, le descubrieron el “bulto de contrabando” entre las piernas a alguna amiga suya que tuvo que pasar la humillación de que le revolcaran la exquisita ropa interior de sus maletas y le rompieran los frascos de maquillaje (carísimos) y las cremas hidratantes (carísimas), embarrándolas en sus perfectas copias de modelos Alfaro y Hanna Sui (p. 20). Por suerte Martha y Sirena pasan desapercibidas: nadie detecta la nuez de Adán de Martha, porte de Greta Garbo… ni el bulto a duras penas sellado de Sirena, a quien la biología le ha jugado una mala pasada dotándola de un pene portentoso ante el que ni la misma Martha puede dejar de sentirse inquieta: signo de virilidad que contrasta dramáticamente con la delicadeza de su cuerpo y sus facciones. Ante semejantes atributos no debe extrañarnos que caiga a los pies de Sirena un torvo empresario de nombre Hugo Graubel, casado y con hijos, respetable, que prácticamente la secuestra para que ofrezca su show a una audiencia de lo más selecta. Todos, sin excepción, dejarán de lado el salmón escandinavo y los quesos Gouda y las copas colmadas de la mejor champaña ante la fantástica aparición de la mujer más bella del mundo, entonando canciones de amor que parecen desgarrarle las entrañas: “(…) ojos negros, negrísimos de pedrería, en vitral de tienda por departamentos, con la misma soledad del rhinestone. Perdidos en lo profundo, no miran sino el espejismo de su propia mirada (…) muñeca espantada por su propia belleza.” (p. 205).
En Cualquier miércoles soy tuya, no hay toques de rubor en las mejillas, ni esbeltísimas “dragas” untadas en moaré dorados, ni Stilettos plateados. Hay solo una hermosa y misteriosa mujer que seduce al protagonista, un grupo de traficantes liderado por un bello mulato, un abogado corrupto y un amigo haitiano. Genuina novela de suspense que atinadamente revuelve los sentimientos de los personajes: el deber moral que implican el amor y la amistad. Las trampas de la nostalgia. Castrodad, narrador varón de la historia, no puede ser más distinto a Sirena Selena: blanco, profesionista y heterosexual. Ostenta, no obstante, un pensamiento antimachista que lo lleva a admirar la fuerza en las mujeres y la belleza en los hombres. Estaría plenamente de acuerdo con Sirena/ Selena cuando dice: “El más grande, la más chiquita. Uno hombre, el otro mujer, aunque puede ser el más chico, que no necesariamente sea un hombre el más fuerte ni el más grande, sino el que dirige, el que decide, el que manda. Hay muchas formas de mandar, muchas formas de ser hombre o ser mujer, una decide. A veces se puede ser ambas sin tener que dejar de ser lo uno ni lo otro (…)” (Sirena Selena, p. 248).
Castrodad es un personaje harto complejo en su estructura psicológica, como de hecho lo son todos los personajes, varones, hembras y gays de esta novela que entrelaza la lengua del blanco con la del negro gracias a la intervención narrativa del haitiano Tadeo Chamdeleau—el amigo que le consigue el empleo en el motel a Castrodad—y la enigmática “M”, una negra cuya boca sabe ligeramente a papaya. Hombres vulnerables… mujeres poderosas, más allá de las razones de la sexualidad… más allá, todavía, de los estereotipos. Los amores en la narrativa de Mayra son complicados precisamente por eso, porque ha comprendido que ese poderoso sentimiento es capaz de trastocar las más férreas y convencidas naturalezas, sean femeninas, masculinas… o ambas. El amor, parece ser el mensaje, puede hacerte olvidar quién eres.
La sensualidad es otro elemento intermitente la prosa de Mayra, más aún: presencia sutilmente amoldada al lenguaje mismo, como ella misma declara: “El pensamiento es la huella de los sentidos y a veces su trampa. Por querer escapar de la trampa, regreso a la sensualidad”. El diálogo entre amantes es clave en Cualquier miércoles soy tuya. Se ha tendido a esquivar el aspecto nuclear de la intimidad sexual como son las frases sin sentido que intercambian los cuerpos saciados. En esta novela los diálogos de cama entre “M” y Julián son de un coloquial delicioso. A través de ellos se recrea la atmósfera erótica de los aventureros sin recurrir a acotaciones.
Como cualquier otro escritor, Mayra no sabe por qué escribe lo que escribe. Sabe, sin embargo, que para ella escribir y respirar son una misma cosa. Y aunque no sabe explicar qué relación guardan entre sí sus obras, me atrevería a sugerir la marginalidad de sus personajes, batidos en permanente duelo contra el fantasma del padre violador con una Biblia bajo el brazo: ninguno es enteramente aceptado en la sociedad en la que se desenvuelven, ni el travesti ni el escritor, que en cierto modo son percibidos parte de un espectáculo ajeno a la vida material. Quizá a eso se deba la condición confesada por Mayra en las primeras líneas, aunque “a veces estoy en el centro (por cuestiones de educación, de clase, quizá).”
La obra de Mayra Santos Febres ha sido traducida al francés, al inglés, al alemán y al italiano. Actualmente acaba de ser mamá de una hermosa bebé llamada Isabel Aidara.