La lengua de las mujeres


Lo jamás escrito es femenino
C.M

Los relatos de nuestras abuelas tenían algo de mágico y secreto. Algo de infancia y algo definitivo. Recreación de un mundo prácticamente extinto donde la superstición no se llamaba así, sino que era la vida. Un relato de su abuela fue el punto de partida para que Carole Martinez creara una novela insólita en el ámbito literario francés pero entrañable para los lectores de habla española: Los hilos del corazón (Tusquets, 2010), que en realidad se titula “El corazón cosido” (Le coeur cousu) y fue publicada en 2007 por Gallimard.
Basta asomarse a esta novela para entender lo que Carole intenta expresar cuando dice: “tenía muy pocas posibilidades de llegar al público, incluso algunos me dijeron que no tenía ninguna. Fueron los libreros y los lectores quienes corrieron la voz”. Le Nouvel Observateur la reseñó un año después de su aparición, disculpándose públicamente por no haberla atendido en su oportunidad. Y es que Los hilos del corazón puede resultar anticuada para los negadores de la tradición literaria hispanoamericana, específicamente del llamado “realismo mágico”, etiqueta que le ha sido reiteradamente endilgada a esta novela que no podía narrarse de otra forma si realmente deseaba aprehender una época concreta en la historia de España, región de la que provienen los ancestros de esta autora francesa. Al mismo tiempo parece por completo ajena a lo que los lectores hispanos concebimos como “literatura francesa”, por mucho que haya sido escrita en la lengua de Proust. Para los lectores de habla francesa, sin embargo, debe haber resultado todo un shock esta hiperbólica novela que captura lo más representativo de la literatura latinoamericana del siglo XX, al grado de atreverme a afirmar que Carole Martinez (sin acento), ha hecho posible la convivencia de espíritus tan disímiles como los de Unamuno, Pérez Galdós, Carpentier, Arenas, García Márquez, Vargas Llosa y Rulfo, el único a quien Carole reconoce haber leído con pasión, y trasladarlos efectivamente a una lengua que no parecía hecha para esta desbordante amalgama de magia, tragedia, humor y política, “el español- señala Carole en entrevista con Orlando Orcelli para elmundo.es – es la lengua de los secretos”, y los embrujos de Frasquita Carrasco, que es como en efecto se llamaba la bisabuela de Carole, cuya historia le fue transmitida por su abuela paterna, pudieron haber producido el milagro: una novela española, más exactamente latinoamericana escrita en francés, la cual se ha hecho acreedora a varios de los premios importantes de su país de origen.
El español es la lengua de las historias fantásticas de nuestras abuelas. No el francés, no el inglés, no importando la lengua en que hayan sido transmitidas a una nieta ansiosa de entregarse a la imaginación. A ello habría que agregarle el que Carole haya crecido inmersa en el universo de los cuentos tradicionales como “Hansel y Gretel” que figuran también en su estilo narrativo. El español, sin embargo, es el secreto compartido entre ella y su abuela; la lengua secreta de las mujeres mientras cocinan o bordan, esa en la que se trasmiten esa sapiencia tan desdeñada por el imaginario patriarcal que emplea el término “femenino” en tono peyorativo: “Desde la primera noche y la primera mañana, desde el Génesis y el inicio de los libros, lo masculino se acuesta con la Historia. Pero existen los relatos. Relatos subterráneos transmitidos secretamente por las mujeres, cuentos ocultos en los oídos de las muchachas, mamados con la leche, palabras bebidas en los labios de las madres. Nada tan fascinante como esa magia aprendida con la sangre, aprendida con la regla.” (p.333).
En eso consiste la magia de nuestro idioma cuya esencia esta autora ha sabido materializar y atrapar como mariposa en un frasco y hacérnoslo ver en todo su colorido. Nacida en Crehange, departamento de Moselle, en 1966, Carole se dedicó durante mucho tiempo a la actuación y obtuvo grado de maestra con una brillante tesis sobre la sangre en la literatura de William Faulkner, otro autor con el que sería factible compararla (y cuya influencia fue capital para su admirado Rulfo, por cierto). Previo a esta, su primera novela para adultos, Carole había publicado una novela para jóvenes titulada Le cri du livre que pasó inadvertida para la crítica francesa, muy enfocada también en las novedades y en el relumbrón de los nombres. Los hilos del corazón no se limita a narrar la historia de una costurera poco convencional que realiza verdaderos milagros con sus bordados, sino que pareciera bordada ella misma, escrita a ritmo de aguja e hilo, y eso pudiera deberse a que Carole, como Anita, hermana mayor de Soledad, quien narra la historia de su madre –que a su vez le ha sido transmitida por la misma hermana, en curioso juego de espejos-, ve en las palabras algo físico y tangible, algo que hay que tomar muy en serio sin importar qué tan inocua parezca alguna de ellas: “A veces, las palabras de seda se estiran todo a lo largo y no penetran en mi mente concentrada en sus juegos, sino que quedan ligadas a ella por invisibles puntos. Mi alma está bordada en el pasado, cubierta de recamados de plumas de ave minuciosamente enlazados. Bordado-espejo, las palabras de la modista añaden fragmentos de vidrio plateado o mica a mi paisaje interior (…) Me convierto en tela para ella, me tiendo al revés en el bastidor de madera, yo que no soy más que carne, huesos y sangre. Recojo clandestinamente cuanto escapa el cuerpo combado por los espasmos y se agita en el capullo húmedo de tela y de palabras, recojo cuanto brota de mi madre.” (p. 305).
Soledad es la hija menor de Frasquita Carrasco, legendaria costurera española de un pueblo geográficamente impreciso que resulta ubicado en Angola a quien se atribuye una serie de milagros que trascienden la belleza de sus creaciones. De sus cuatro hijas – Pedro, el único varón, ha muerto en circunstancias alucinantes, casi ridículas-Soledad es la única que guarda un recuerdo muy vago de aquella madre consagrada a la costura por cuestiones más allá de la necesidad de mantener a sus hijos, y de la que jamás obtuvo caricia alguna. Una madre hasta cierto punto inalcanzable que para sus hermanos mayores tuvo caricias y cuidados que ella nunca conoció. Al arrancar la novela, Soledad se nos presenta como la chica más deseada del pequeño poblado, asediada por muchachos que le salen al paso y no la dejan avanzar en línea recta, fenómeno que ella no se explica pues no se considera tan hermosa como para desencadenar tales reacciones. Soledad, sin embargo, ha hecho la promesa de no casarse hasta que Anita, que ya tiene varios años casada con un hombre que la ama devotamente, conciba un hijo. De esta extraña promesa y su ocurrencia de dejar caer su chal, herencia accidental de su madre, “para ver qué pasa”, el cual termina hecho jiras entre las sangrantes manos de sus pretendientes, cosa que habrá de marcarla como con fuego como mujer de dudosa reputación, surge la soledad que honra su nombre y también la necesidad de trasladar al papel la historia de su madre a través de un precioso bordado de palabras, impulso que podríamos atribuir a la propia Carole: “

…Esta mañana he abierto por fin la caja que cada una de mis hermanas abrió abrió antes que yo y he hallado en ella un cuaderno grande, tinta y una pluma.
Entonces he esperado de nuevo, he esperado la noche, he esperado la casa vacía y negra. He esperado a que sea por fin la hora de escribir.
(…) Nada que esperar más que este cuaderno (…) Mi luminoso cuaderno será la gran ventana por donde escaparán uno a uno los monstruos que nos rondan. (p. 21)

Del mismo modo que su madre ha zurcido destinos de mujeres con hermosos ramilletes, la capa de un loco que pudo haber sido el verdadero padre de Soledad y el rostro partido a la mitad de un anarquista, así Soledad empieza a bordar la misteriosa biografía de su madre, quien a su vez adquirió su poder de manos de la suya. Acaso la vida azarosa que le tocó vivir a Frasquita le impidió realizar el mismo ritual con sus hijas, pero a cambio a dejado prendas maravillosas que producen efectos milagrosos en cuanto les rodean. En el caso de Soledad, la hija de la que Frasquita parece no haberse enterado jamás, no le deja nada excepto lo que sus hermanas han querido darle…aunque es precisamente la hija pequeña quien parece haber heredado el don que ahora aplica mediante la escritura de la extraordinaria vida de Frasquita, empleando ese legado para reivindicar a esa mujer milagrosa quien, entre otras cosas, confeccionó un corazón sangrante para la virgen hueca de su pueblo de origen, y cuyos supersticiosos habitantes –que sacan de quicio al muy racional pero abnegado cura- no dudan en atribuir a un milagro.
Frasquita parece fruto del pensamiento mágico de su pueblo aunque, curiosamente, ha de ocultar sus dones para no convertirse en blanco de suspicacias y odios. Allí, donde la reputación de una doncella es frágil como la más hermosa flor, como una palabra mal pronunciada; donde el simple hecho de mirar frontalmente a un pretendiente, como en el caso de Lucía, “la mujer de todos” del pueblo, acompañada de su inseparable acordeón y su fiel perro, condena irremisiblemente a la dueña de esos ojos. Frasquita no puede mirar de frente a José, su prometido, y sin embargo el fuego la abrasa por dentro y esa pasión es directamente transmitida al rústico ajuar de novia que el día de su boda florecerá de manera indecente, al grado de apagar con su maravillosa belleza todas las demás flores del pueblo, y conferirle a la hasta entonces discreta novia la indeseable fama de hechicera o algo peor. Pero Frasquita parece condenada a no volver a brillar, como no sea por dentro. José, su esposo, es un ser mecánico que solo se mueve cuando la voz de su madre, la Carrasco, se lo indica; personaje gris que precisamente por gris termina absorbiendo la locura que bordea a su esposa sin tocarle la razón, como aguardando por alguien lo bastante debilucho para instalarse en él. José, el más gris personaje de Los hilos del corazón terminará siendo detonante de la aparatosa huída de la costurera, quien acarrea en su azarosa aventura a sus cinco hijos (probablemente esté ya preñada de Soledad) y los monta en una carreta que la propia Frasquita conducirá, enfundada en su alucinante traje de novia, derecho al infierno de una guerra civil donde la costurera perderá el único tesoro que le queda: la cordura. Y no parar hasta terminar en aquel pueblo remoto donde crecerán sus hijos. Y esa ausencia de cordura parece invocar a la señorita Muerte, deseosa de estrenar un vestido rojo que solo los dedos milagrosos de la costurera pueden hacer que florezca.
La niña con plumas. La niña sol. El niño gallo de pelea de penacho colorado. La hermana muda empedernida contadora de historias. El ogro que mata niños en nombre de su ciencia. El padre enloquecido que termina apostando a su mujer en una pelea de gallos. La niña invisible de la que su madre nunca se entera y termina siendo la reivindicadora de su nombre. Elementos que sin duda evocan al realismo mágico, aunque en este caso vaya teñido de sangre de inocentes, de cadáveres apilados, de niños torturados. La imaginación voraz bordada en palabras, estallando entre los dedos del lector como una rosa que pugna por florecer. Carole Martinez es una escritora de temperamento latinoamericano que escribe en francés casi por accidente; que mira hacia España mientras borda las historias de sus antepasadas “como encaje de bolillos”, más que escritora bordadora de las voces que hasta ahora encuentran eco en la literatura francesa, nada menos…y es que Carole es de las pocas autoras que privilegia la tradición oral por encima del libro, al grado de trasladarla casi íntegra a la literatura, “escribo por eso en los espacios de blanco, en la parte que va dejando el lector”.