Arde Troya

…mi vida privada es mi tesoro y sólo yo he de saber de qué está compuesta; cuando muera sólo yo podré recordarla en la veracidad de todos sus detalles…
“La hija del rey”
5 monólogos
CONACULTA/CECUT, Tijuana, 1997

“La escritora más importante desde sor Juana”, llegó a nombrársele a Luisa Josefina Hernández, autora tan prolífica como discreta, siendo que a la discreción, al menos por lo que al estudio de la escritura femenina en México respecta, se le relaciona mucho más con una obra magra, como serían los casos de Amparo Dávila, Inés Arredondo o Josefina Vicens. Y si bien la anterior dicha aseveración, publicada en el diario El universal, el 13 de marzo de 1966, proviene de un reseñista anónimo, no deja de ser destacable. Respecto a lo dicho con anterioridad, hagamos una precisión: Luisa Josefina no solo es una autora prolífica, además de polifacética y muy destacada en cada uno de los géneros que ha abordado (la dramaturgia, la novela y el ensayo, en ese orden), sino que es, probablemente, la más prolífica de la década de los setenta, que no es decir poca cosa: sus contemporáneos fueron Juan García Ponce y Salvador Elizondo, por citar solo a dos.
Aunque más reconocida por su dramaturgia, que sin duda la coloca a la altura de grandes figuras como Emilio Carballido y Sergio Magaña, Luisa Josefina llegó a escribir dieciséis novelas al hilo, entre 1959 y 1989, y según declara en entrevista con Miguel Ángel Quemain, “(…) pienso que la comunicación más auténtica es la novela, porque el teatro no lo es, en tanto que tiene que pasar por cien manos antes de llegar al público (…)” No obstante lo anterior, Luisa Josefina se inició como dramaturga con la obra Aguardiente de caña (1951) y no publicaría su primera novela, El lugar donde crece la hierba, sino hasta 1959. Su amigo de toda la vida, el gran dramaturgo mexicano Emilio Carballido, compararía la dramaturgia de esta autora nada menos que con la obra de Balzac y de Zola, novelistas de pura cepa, “por la sangre, el parentesco, las pasiones”. Pupila de Rodolfo Usigli, impartió cátedra de composición dramática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y es creadora emérita del Sistema Nacional de Creadores. Ganó los premios Magda Donato en 1971 por Nostalgia de Troya y el Xavier Villaurrutia en 1982 por Apocalipsis com figuris. Aunque últimamente ha sido objeto de diversos homenajes, muy particularmente por parte de la institución a la que ha entregado su vida y su obra (UNAM), Luisa Josefina Hernández siempre ha mostrado una dignidad inquebrantable, muy cercana a la majestuosidad de quien nada espera y considera que su mayor recompensa es su trabajo.
Tanto en su novela biográfica, Los limones, sus Memorias, la crítica teatral y dramaturga Olga Harmony, amiga y condiscípula de Luisa Josefina en la Facultad de Filosofía y Letras en la década del 40, recuerda a esta como una joven sofisticada que despertaba curiosidad y morbo por su calidad de precoz divorciada, madre de una niña de tres años y empedernida fumadora, “(…) Yo sabía del romance de Luisa con (Jorge) Ibargüengoitia, pero ella confiaba que estaba enamorada de (Emilio) Carballido, aunque con él no podía hacer nada porque era homosexual (…) Luisa Josefina se casó primero con un señor De la Cruz, que creo daba clases en preparatoria pero pertenecía a ese grupito en el que estaban Chayo (Rosario) Castellanos, Emilio y Sergio (Magaña). Ya habían hecho algunas cosas de teatro, y se habían presentado en festivales de la primavera, todo antes de aquel boom.” (David Olguín, El Milagro, CONACULTA, México, 2006, p. 40).
Pero lo verdaderamente destacable en Luisa Josefina, nacida en la ciudad de México el 2 de noviembre de 1928, es que, después de Mercedes, tuvo tres hijos más, y en ningún momento abandonó sus actividades académicas, literarias y teatrales, en un medio donde abundan las escritoras malogradas o largamente silenciadas tras el matrimonio y la maternidad, lo que también nos confirma la impresión inicial respecto a Luisa Josefina. Sus novelas y su dramaturgia tienen en común privilegiar la exposición de los caracteres y si bien sus trazos en torno a la psicología de sus personajes es clara, precisa y contundente, genuinas radiografías de la naturaleza humana, descubrimos, no sin sorpresa, que a esos personajes tan minuciosamente diseñados, apenas los conocemos. Lo extraordinario es que, según comenta Fernando Martínez Monroy en el prólogo de Los grandes muertos (Fondo de Cultura Económica, México, 2002) que reúne doce obras dramáticas de la autora que conforman una especie de saga, puede observarse la misma técnica en el desarrollo de sus personajes teatrales: “La observación del carácter es el motivo estructurador alrededor del cual van devanando los hilos temáticos. Con sabiduría, la autora logra un equilibrio absoluto de fuerzas ya que, igual como sucede en la vida, los personajes, que concebían parcialmente a los otros, obtienen una imagen desconcertante por la cantidad de actos de muy diversa condición de los que es capaz un solo ser humano.”
Un poco como su propia autora: ricas y variadas anécdotas nos la pintan de cuerpo entero como mujer fuerte y apasionada de su trabajo y de la vida, pero a fin de cuentas nos resulta inasible, enigmática, dueña absoluta de sus secretos, esos a los que ni sus mejores amigos tienen acceso. Por otro lado, si bien se ha manifestado sumamente crítica con la visión del feminismo en su país, afirmaría que ninguna autora mexicana de su generación es más feminista, más aún, con una percepción tan certera de lo que es el verdadero feminismo, ese que distingue a autoras como Doris Lessing, Adrienne Rich o Nadine Gordimer, que saben que no se puede uno declarar feminista mientras no se posea conciencia de las minorías oprimidas, como ella misma manifiesta ante Miguel Ángel Quemain: “(…) Muchas estudiosas tienen un punto de vista totalmente reducido a las mujeres, no pueden ver nada más, ni hombres ni niños ni ancianos, nada, sólo las dichosas mujeres.” Y afirmo lo anterior no obstante sus casi iracundas declaraciones antifeministas del pasado que no eran sino una clara provocación a un movimiento de los 70 poco eficaz, que no parecía dirigirse a ningún sitio en particular, solo a justificar la libertad sexual de las mujeres, según explica Raquel Gutiérrez Estupiñán, principal estudiosa de la obra de Luisa Josefina Hernández, en su libro La realidad subterránea, ensayo sobre la narrativa de Luisa Josefina Hernández (Premio Nacional de Ensayo Abigael Bohórquez 2000, otorgado por el Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste): “Yo soy de las que son mamás, fuente productora de niños, no más”, “Si ellas (las feministas) tuvieran una vida satisfactoria en cualquier sentido (...) si fueran completas, no tendrían por qué pensar en eso”. Al margen de este –en apariencia- radical antifeminismo, la opinión de Luisa Josefina respecto a los hombres refleja una pasmosa autosuficiencia factible de confundirse con hembrismo: “Ni modo, no somos víboras para fecundarnos solas”. Para esta autora, la máxima transgresión era levantar una Babel monumental en medio de sus labores domésticas, riéndose con ostensible desprecio de aquellas que culpan a sus “deberes femeninos” de no avanzar en una vocación, o bien de las que anteponen lo primero sin realizarse en lo segundo. Por si esto no bastara, fue una de las pocas, en pleno auge de la fiebre cubana que envolvió a un gran número de intelectuales mexicanos, en poner en mostrarse abiertamente escéptica respecto al éxito de la misma a través de la novela La primera batalla (1965), donde expone la rapacidad e hipocresía de quienes lucran con la revolución. Dicho libro fue boicoteado, a decir de la propia Luisa Josefina, por sus arriesgadas ideas políticas, y sólo pudo publicarlo cuando acató la condición de editorial Era de agregar una nota aclaratoria.
La abundante novelística de Luisa Josefina vuelve imposible o cuando menos ardua la tarea de decidir cuál es su obra maestra, o su novela mejor lograda. Sus obras más premiadas y comentadas, sin embargo, son la insólita Apocalipsis non figuris (1982) y Nostalgia de Troya, que, junto con el resto de su narrativa solo tienen en común esa exhaustiva indagación en la psique de los personajes. Por lo demás, ambos títulos resultan un perfecto botón de muestra de cuan amplios son los registros y horizontes de esta autora que puede pasar de lo imaginativo a lo realista con pasmosa facilidad. Contrario a lo que pudiera pensarse, sin embargo, es la primera la que deja entrever un talante crítico, acaso metafórico, respecto a ciertos aspectos de la sociedad mexicana. Luisa Josefina recurre a un arquetipo que nos es a un tiempo familiar y paradigmático: el peregrino; ese individuo, casi siempre del sexo femenino, que vive entregado a agradecer y solicitar milagros a cambio de sacrificios usualmente desmesurados -¿desesperados?-como andar enormes distancias en medio de penurias y privaciones. La Peregrina, la protagonista, representa a esa figura oscura y patética a la que la autora insufla de un donaire y una altivez que inevitablemente producen inquietud en el lector, pues esta mujer malnutrida y ataviada de negro reproduce verbalmente, con sospechosa mecanicidad, lo que uno esperaría escuchar en labios de uno de estos fanáticos religiosos, al tiempo que con su actitud borra, imperceptiblemente, lo que predica en el trayecto. Trayecto, por cierto, que no se deja sentir: estos peregrinos son extraordinariamente rígidos. Permanecen a la espera de que las cosas sucedan, sometidos, eso sí, a los caprichos del bosque –lugar por cierto inusual para estos caminantes de carretera-, de los árboles, de las bestias. Desde las primeras líneas se advierte un cáriz fantástico que se mantiene sin dar tregua al lector para separar lo posible de lo imposible; todo ello acompañado por eventuales resonancias bíblicas que incluyen, por supuesto, las trompetas que anuncian el fin del mundo. De un momento a otro, ya los peregrinos se han revuelto con una clase de viajeros muy distintos: los cirqueros. En un escenario como este puede ocurrir prácticamente cualquier cosa: que la Peregrina se convierta –o resulte ser- madre de dos payasos adolescentes. Que la payasa, una jovencita muda a la que se le van desdibujando las lágrimas negras poco a poco hasta quedar expuesto su rostro de enormes ojos grises, sea fecundada por un unicornio, o que una parvada de conejos pase por encima de los peregrinos durmientes. Todo ello desarrollado en medio de una atmósfera inequívocamente teatral, evocativa de los coros del teatro griego, pero también de Brecht, una de las influencias más notorias en el estilo de esta autora.
La Peregrina revela prácticamente lo más importante sobre sí misma: lo que la gente religiosa y temerosa de Dios no suele reconocer tan abiertamente, y sin embargo conserva su condición misteriosa, una asexualidad muy aparente, desmentida por estallidos pasionales que consigue apaciguar con precisión. No coincido con la doctora Gutiérrez Estupiñán cuando afirma que los personajes femeninos de Luisa Josefina son asexuales y exhiben cierto afán por el sufrimiento. En todo caso pudiera decirse exactamente lo mismo de los personajes varones, pero presiento que no es completamente aplicable a ninguno de los dos. Advierto, más bien, una necesidad de la autora por subrayar la autosuficiencia de sus personajes femeninos; desmentir la supuesta vulnerabilidad femenina y revelar las triquiñuelas de las que se valen las mujeres al actuar el rol que se les ha asignado, al tiempo que, o bien se revelan íntimamente a él, o sacan algún provecho. Más que asexuales, estas mujeres son insatisfechas. Y por lo mismo no es casualidad que la figura de la ninfómana sea recurrente tanto en la narrativa como en la dramaturgia de Luisa Josefina.
Nostalgia de Troya, a diferencia de Apocalipsis… es una novela en todo el rigor del término. La discursividad fluye poética y natural y se vale de diversos narradores para recrear, más que una historia, a un desconcertante personaje varón de nombre René que va por la vida dejando hijos (dos en total, hasta donde se sabe), corazones rotos, adolescentes fascinadas, pero también creatividad y magia. A través de los ojos de una amiga en vías de convertirse en amante; de un amigo de su familia, de un amigo personal, de su propia madre y de él mismo, esta suerte de Ulises postmoderno se construye ante nosotros, desconcertándonos cada vez más pues es un ser tan autodestructivo como encantador; un coloso y un perdedor; un romántico y un cínico; un artista y un vagabundo. Pero el aspecto que más me atrae de René, es la reelaboración de su masculinidad, la extraordinaria sensibilidad con que Luisa Josefina lo forja sin esforzarse en hacer de él un estereotipo del macho que críticos y lectores no le reprochen como “poco creíble” Tenemos entonces que este abandonador de mujeres e hijos dista años luz de ser una repetición ad nauseaum de Pedro Páramo y disfruta enormemente de cocinar para sus amigos y lavar los platos después de cenar, lo que no a pocos intriga y provoca poner en duda su orientación sexual. Pareciera, por momentos, que esa cualidad doméstica, esa “feminización” por así decirlo, reivindica al personaje. Pero el propio René –y he ahí lo maravilloso del esta novela- este “abandonador” profesional, ignora qué es lo que quiere; hacia donde se dirige y cuál será la siguiente parada; nunca sabremos cual su verdadera vocación, si fotógrafo, libretista de televisión o novelista, o un caso único de talento polifacético. O será simplemente un soñador perseverando, incansable, por ser realista, como algunos personajes que lo rodean, enfermos de melancolía que es una forma de la nostalgia: “(…) la felicidad es un punto de vista, una manera de juzgar los sucesos (…) Ah, la idea de la felicidad debe de ser una fantasía que se apodera del alma y de la mente, las invade, las modifica igual que la locura. Y yo me siento cuerdo, incapaz de engañarme (…)” (Siglo XXI Editores, SEP, México, 1970, p. 86).
Uno de los principales cuestionamientos e indagaciones de esta novela, como prácticamente la totalidad de la obra de Luisa Josefina Hernández, empezando por la dramática, es el amor. Personajes que al mismo tiempo que parecen sufrir una discapacidad emocional que les impide discernir el verdadero amor de la ilusión. No es la pretensión de la autora definir qué es el verdadero amor, porque no se llega a conclusión alguna, pero ese pareciera ser su sino: la eterna búsqueda de lo inasible. En Nostalgia de Troya, que bien pudiera ser el nombre de una enfermedad postmoderna, se concluye que es justamente la nostalgia, palabra universal que se escribe tal cual en varias lenguas: la búsqueda perpetua de algo que no sabemos qué es, acaso el amor ideal. René así lo expone cuando le escribe a “la señora colombiana” sobre la novela que ha escrito: “(…) habla de una ciudad espléndida que se presupone, ya que está perdida, pero no para siempre: habrá una intuición maravillosa que la descubra y la descubra en un estado alucinatorio y de revelación. Así se darán a conocer sus calles, sus sitios de reunión, el tono de sus luces (…) Todo viajero va en pos del Paraíso y todo contratiempo está medido para que sus fuerzas puedan superarlo si lo asiste la verdadera nostalgia, la auténtica aflicción por la ausencia.” (p. 191). Como bien señala Fernando Martínez Monroy, el amor, para los personajes de Luisa Josefina, llega a ser una experiencia estorbosa porque se saben muy conscientes de su incapacidad para forjarse límites: “(…) el amor limita porque respeta, y nadie que tenga la fantasía del poder necesita del amor. Esta en sí misma es una actitud transgresora, aun dentro de la moral masculina, de acuerdo con la época, pero perturbadora del flujo natural.”
En Apocalipsis cum figuris, donde el amor se nos manifiesta también como algo transitorio, ilusorio, sin por ello dejar de ser origen del dolor en el mundo, se lee: “El amor es una presencia concreta. Tal pareciera que las personas lo engendran, lo proyectan y lo malogran: impresión falsa, existe por derecho propio y tiene características. No se sabe si hay tantos amores como castas, pudiera haber más y también menos, imposible comprobarlo porque cada forma humana sólo tiene acceso a una presencia amorosa.” (Universidad Veracruzana, Xalapa, 1982, p. 113).
Gran lectora y traductora de teatro clásico, desde los griegos hasta Shakespeare, Luisa Josefina Hernández presenta un fino sentido de lo trágico, sin llegar al desgarre de vestiduras, logrando en todo momento que la fuerza de sus personajes femeninos se imponga al que pareciera el Designio de los Dioses…incluso aquellos extraídos de la tragedia misma como se puede ver en sus impecables monólogos. La rebeldía es otro elemento muy presente en este universo, pero una rebeldía factible de confundirse con patetismo; disfrazada de necedad e incluso de sumisión. Un sentimiento que se mal agazapa bajo cualquier antifaz pero terminará saltando como un tigre. Todo esto es distintivo de la obra de esta autora tan celebrada como mal leída. Y es además un rasgo de carácter que cualquiera puede intuir con solo leer sus declaraciones siempre combativas y sagaces, pero nunca, nunca resentidas.
Tráilers de dos obras teatrales de Luisa Josefina Hernández, Figuraciones y Equinoccio