Una eternidad esquiva

El hecho que hoy haya desaparecido lo que en otro tiempo existió hace que ese existió se convierta en algo idílico.
S.H

Durero pintó un rinoceronte de oídas, nos cuenta Leo Hetzberg, protagonista y narrador de la novela Todo cuanto amé (Anagrama, 2004, traducción de Gian Castelli): nunca había visto uno, razón por la que el resultado, si bien asombrosamente cercano a la realidad, adolece de imprecisiones notorias, “y lo mismo me sucedió a mí cuando llegó el momento de reconstruir los sucesos y las personas que aquel año formaron parte de mi vida (...) La verdad era mudable y contradictoria, y yo estaba dispuesta a vivir con ello.” (p. 317).
Cada ser humano, por modesto que parezca, es un libro que merece ser leído y puede ser precioso si se lee con sinceridad, parece ser la consigna de Siri Husvedt, escritora de raíces noruegas, nacida en Northfield, un pequeño poblado de Minnesota, E.U, el 19 de febrero de 1955. A los catorce años decidió que quería ser escritora y le bastó manifestar públicamente su deseo para que el periódico local enviara a un reportero a entrevistarla y se le exhibiera como una joven ejemplar, “crecí en un pueblo de diez mil personas –se justifica con su característica mueca amable, producto de sus migrañas que casi le impiden sonreír –Aquella columna se titulaba “Adolescente de la Semana”, patrocinada por una tienda de ropa, y había una gran foto de mí.”No habría de publicar su primer –y hasta ahora único- libro de poesía hasta los veintisiete años, en 1983, Reading to you. Su padre, Lloyd Hustvedt, cuyas memorias, escritas estrictamente para su familia, inspirarían la hasta hoy más deslumbrante novela de Siri, Elegía para un americano, era profesor de lengua noruega en la Universidad de St. Olaf, donde Siri estudió historia. En 1978 se graduó en la Universidad de Columbia con una tesis sobre Charles Dickens, autor que influye notoriamente en su ceñida y densa prosa, donde lo central es destacar los más oscuros recovecos de la sicología de sus personajes. En 1981 conoció al que sería su esposo, cuando todavía no era el autor de culto que es hoy: Paul Auster. Talentosos, hermosos, altos y sanos (virtud esta última que les falló a Scott y Zelda Fitzgerald para ser la pareja dorada de la Literatura Estadounidense), el flechazo debió ser fulgurante. Pocos saben que los Auster empezaron a publicar casi al mismo tiempo, aunque él ha sido más prolífico que ella. En un solo año, 1992, Siri publicó sus dos primeras novelas: La venda y El encanto de Lily Dahl, que en su versión hispana recibió el feo y telenovelero título de Hechizo de una mujer (Emecé, 1998, traducción de Márgara Averbach). A la par de su labor novelística, Siri es, como el narrador sesentón de Todo cuánto amé, crítica de arte, incluso tiene publicado un ensayo sobre el pintor Vermeer. No extrañe, por tanto, que la temática de sus novelas esté íntimamente relacionada con las artes plásticas, ni que varios de sus personajes sean artistas dispuesto a robarse las almas de sus modelos y afectos a desfigurar a estos en los retratos, como el George de La venda, o el Jeffrey Lane de Elegía…. El fotógrafo, nos dice Siri-Iris, es quien posee lo más parecido al don de la ubicuidad que puede existir, porque está y no está dentro de su creación: “(…) Lo que usted ha olvidado es que hay algunas cosas que son indecibles; eso es lo que ha dejado por fuera. Las palabras podrán cubrirlo por un tiempo, pero después que se ha callado, regresa bramando (…)” ( La venda, Norma, Colombia, 1992, traducción de Jimena Londoño, p. 37).En la actualidad, junto con su esposo y su hija, la cantante y actriz Sophie Auster, nacida en 1987, que heredó la belleza de ambos -morena como el padre- vive en Brooklyn, Nueva York. De ella ha dicho Pascale Frey, de la revista Lire, “si persiste por esta línea, pronto se podría presentar a Paul Auster como el marido de Siri Hustvedt.” ¿Hasta qué punto, en este sentido, es autobiográfico el personaje femenino más importante de Elegía para un americano, Inga, que como la propia Siri es descendiente de noruegos, rubia, de uno ochenta y dos de estatura, madre de una adolescente llamada Sonia (“Sofía” en ruso: Sophie), viuda de un escritor exitosísimo, muerto prematuramente de cáncer (no es, por supuesto, el caso de Auster), y que vive a la sombra de su memoria –como antes vivió a la sombra de él-, no obstante su talento?: “(…) Empecé a desear haber sido hombre. A desear haber sido fea (…) Estaba enfadada porque el mundo está regido por prejuicios. La altísima consideración que tenía de mí misma no coincidía con lo que imaginaba que los demás pensaban de mí.” (Anagrama, Barcelona, 2009, traducción de Cecilia Ceriani, p. 174)
Al margen del insistente recordatorio de su lazo con uno de los escritores más amados de Estados Unidos y del mundo, Siri es una narradora portentosa, muy dickensiana, que sin embargo, y hasta Elegía…, guarda ciertas coincidencias estilísticas con su célebre esposo, siendo el carácter melancólico y solitario de sus personajes la más evidente. Todo cuanto amé es, posiblemente, la novela que más emparienta a Siri con Auster. Imposible no relacionarla con El libro de las ilusiones o La invención de la soledad, al menos en sus dos primeras partes, ya que la tercera es, prácticamente, otra novela: un thriller. La tragedia se barrunta desde las primeras líneas, evocadoras de una feliz cotidianidad que se piensa perpetua. “La pérdida—declara Siri en entrevista con Robert Birnbaum—. Cuando usted piensa que la pérdida es parte de la vida, significa que lo es también de la literatura.” La citada novela da fe de las pérdidas físicas y afectivas de Leo, judío, de inconmensurable nobleza, sucediéndose unas a otras. Lo que empieza como el hallazgo más feliz de su vida, un cuadro de Bill Weschler, pintor desconocido pero predestinado a la inmortalidad, que habrá de convertirse asimismo en el más entrañable amigo de Leo, no es sino el punto de partida de una tragedia inimaginable para quien ya ha padecido demasiadas. Siri reconoce ante James Uquhart que tanto el personaje de Bill, como el de Edward Shapiro, la obsesión erótica de la protagonista de Hechizo de una mujer, están inspirados en Auster., “La unión entre Violet y Bill está basada, hasta cierto punto, en mi propia unión. Usted se inspira en personas que conoce para crear a sus personajes. Paul, como Bill, es muy fuerte, pasional, fumador, lujurioso, responsable e inflexible.” En Hechizo de una mujer, lo que escapa a nuestros ojos en cierto modo está ahí, acechándonos desde el principio. Webster, el pueblo ficticio en que trascurre la acción es, confiesa Siri, una recreación de su natal Northfield y donde, como suele suceder en los pequeños poblados, las leyendas nunca mueren. Son, en cambio, permanentemente atizadas y hasta recicladas para paliar el aburrimiento. La protagonista, Lily, es una joven camarera que sueña con emular a Marilyn Monroe y en ese momento se esfuerza por sacar adelante su papel de Hermia en una puesta de Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. De algún modo, Lily despertará al demonio al calzarse los bonitos zapatos de una adúltera asesinada muchos años atrás por el marido celoso y mostrarse desnuda en la ventana ante el vecino que la obsesiona, ese hermoso forastero, el pintor de grandes y alargados ojos verdes, del que se dicen tantas cosas horribles. Como en Todo cuanto amé, Siri da en El hechizo... un diestro giro al timón, de tal forma que la aparente historia de amor desnuda, más que los cuerpos, la tortuosa sicología de los amantes. Diría el buen Leo Hertzberg: “Las buenas obras de arte acarrean de modo inevitable lo que yo defino como un “exceso” o una “plétora” que escapa de la mirada del intérprete”. (p. 155). Digamos que sin proponérselo, Siri ha alcanzado con su escritura esa estatura de obra maestra, según la concibe Leo, no otra cosa que el alter ego de la escritora. “Fue un acto de travestismo—confiesa Siri —. Tener voz masculina no me permitió tomar tanta distancia de los hechos como hubiera deseado, pero disfruté intensamente meterme en la cabeza y en la piel de un hombre” Tanto lo disfrutó, que repite la experiencia, exitosamente, en Elegía para un americano.Todo cuanto amé es algo más que una novela río: es un minucioso cuestionamiento a la vida y a eso que llamamos “destino”. ¿Por qué Matt y no Mark?, se pregunta uno de entrada. Matt, el amoroso, sensitivo y creativo hijo de Leo y Erica se ha criado a la par de Mark, hijo de Bill y de su primera esposa, la muerta en vida Lucille, criado sin embargo por Violet, la segunda, autora de libros sobre trastornos alimenticios. Matt muere a los once años en un inexplicable y absurdo accidente de vacaciones y Mark, que hasta cierto punto es lo único que le queda a Leo de su hijo, es un muchachito manipulador que empieza mintiendo sobre unas donas y termina delinquiendo, estimulado por Teddy Giles, un joven artista que ha impresionado a los críticos con sus fotografías de cuerpos horriblemente mutilados. De hecho, Leo sospecha que el infarto que mató a Bill tiene que ver con una llamada que ha sido borrada del contestador por el propio Mark. Aquel, sin duda, estaba mortalmente decepcionado de su hijo: “De haber sido Mark un anarquista, lo habría entendido. Si tan sólo hubiera pretendido defender su propio hedonismo o incluso escaparse de casa para vivir la vida de acuerdo con sus ideas, por necias que éstas fueran, Bill le habría permitido marchar. Pero Mark no hacía esas cosas, sino que encarnaba todo aquello contra lo que Bill había luchado tan larga y denodadamente: el compromiso superficial, la hipocresía y la cobardía.” (p. 299). La pérdida del ser amado no es necesariamente a través de la muerte, ni la muerte es necesariamente física. Matt no muere de verdad sino hasta que Mark expone su verdadera naturaleza.
Elegía para un americano es la más personal de las novelas de Siri Hustvedt. Pudo haberle cedido las riendas de la narración a Inga, que se le parece demasiado para ser casual. Se las cede, sin embargo, a Erik, hermano mayor de esta, un psiquiatra amable pero atormentado por una soledad que no ha buscado. Y no solo porque su mujer lo ha abandonado, sino por el golpe que representa, en primer lugar, la muerte del padre, Lars Davidsen, la cual ya se veía venir tras una larga convalecencia… en segundo lugar, los cabos sueltos que deja el patriarca sobre su escritorio: una carta íntima pero lo bastante visible como para suponer que desea compartir su secreto con sus hijos. Se trata, sin embargo, de un episodio demasiado difuso que los hermanos deberán descifrar por su cuenta. El fallecimiento del padre les llega en un momento demasiado difícil pues ambos sobrellevan un duelo: Eric por el rompimiento con su infiel esposo; Inga, por el fallecimiento de su esposo, el afamado novelista Max Blaustein y la avalancha de calamidades que esta trae consigo, entre otras, el acoso de un biógrafo oportunista, que seduce a Inga, y de una periodista carroñera, como los que por hoy saturan los medios de comunicación. Así entonces, pese a encontrarse en la medianía de sus exitosas y gozar de prestigio en sus respectivas profesiones, Erik e Inga vivirán una situación límite, siempre muy unidos, que los llevará al descubrimiento mutuo y de sí mismos, mucho más allá de las apariencias: “(…) en libro –dice Inga (y podría decir Siri refiriéndose a esta novela)- intento explicar cómo convertir nuestras percepciones en historias, con su exposición, nudo y desenlace, cómo los fragmentos de nuestros recuerdos no cobran coherencia hasta que los reimaginamos y los pasamos a palabras. El tiempo es una propiedad del lenguaje, de la sintaxis y de las formas verbales (…)” (p. 69).
Erik, hay que señalar, resulta un psiquiatra harto convincente, no solo por su discurso sino por su evidente sufrimiento para guardar el equilibrio que ayuda a otros a recobrar o adquirir. Se nos insinúa, sin decirlo abiertamente, como un hombre lleno de miedos que no por estar demasiado consciente de estos y de su origen, sufre menos. Eventualmente aplica sus conocimientos para descifrar a las personas que le importan… a su inquilina, Miranda, por ejemplo, una bellísima artista negra, madre soltera de una adorable nena de cinco años llamada Eglantine, pero siempre consciente de que de muy poco le sirven sus conocimientos aplicados en personas con quien mantiene un lazo afectivo, y Miranda es la primer mujer que le gusta desde su traumática separación de Sarah. Pero Miranda representa otro misterio tan insondable como el secreto de su padre y los fenómenos que le ocurren a Inga quien, como escritora y hermana de psiquiatra, está convenientemente familiarizada con este tópico. La novela es tan convincente en este aspecto –la aplicación consciente del psicoanálisis por parte de Erik y la jerga utilizada en este tenor- que no me extraña enterarme de que Siri ha tomado cursos de medicina narrativa en la Facultad de Medicina de Columbia y ha estudiado obsesivamente sobre el tema de la neuropsiquiatría. Al margen de que este conocimiento explicaría a cabalidad la sensibilidad de Erik, los protagonistas masculinos de Siri se caracterizan por ser sensibles y tiernos, no tanto los femeninos, como Iris de La venda, joven universitaria torturada por las migrañas, como en su momento la propia Siri, anagrama de Iris: “La tortura del amor no correspondido no es exclusiva de los hombres –señala la autora en entrevista para la web Bookslut, a propósito de esta novela y de un ensayo de su autoría titulado “Ser hombre” donde aborda esta suerte de travestismo literario-pero la libido masculina no es igual a la femenina (las mujeres no solemos imaginar hombres desnudos muchas veces al día). Sentí una gran simpatía por mi pobre Erik ante su pasión por la esquiva Miranda.”
Siri Hustvedt ha demostrado valer por sí misma, y presiento que con Elegía para un americano conseguirá por fin delimitar su territorio del de su esposo, aunque en el fondo siga palpitando el indisoluble nexo de quien crea en compañía de otro con quien existe una complicidad amorosa, una compatibilidad simbiótica. Aunque es probable que en privado Siri haya sufrido, como Inga, por no poder ser ella misma, sin el Auster de por medio, resulta evidente que ha terminado por aceptarlo aunque, lejos de conformarse, se ha esmerado en forjar su propia identidad sin ostentoso reniegos de por medio. Ella es, presiento, como sus narradores: una mujer tolerante, paciente y con un melancólico sentido del humor que ninguna migraña ha sido capaz de alterar.










Saludo de Siri