Primavera de cenizas

…Cuando empezarán a atisbar las mujeres que por encima de todas las demás lealtades está la lealtad a la Verdad, es decir, a ti mismo, que marido, hijos, amigos y patria no son nada comparados con eso.
A.J

A Henry James se le resbalaron los quevedos de su fina nariz en cuanto empezó a leer el Diario de la recién fallecida Alice, su hermana pequeña. Pero se los volvió a colocar… y siguió leyendo… hasta que al final lo emboscó con la cara bañada en lágrimas: no era ya la minuciosa letra de Alice, quien había tenido que dictar sus últimas palabras: “Henry, el paciente”, como su hermana se refiere a él en su Diario, supo siempre que su hermana era una criatura extraña, llena de malicia. La clase de chica que realiza comentarios que dejan a sus interlocutores sumidos en la confusión y en el silencio…lo que lo sorprende es que dicha criatura albergara talento tal para la escritura, más para la expresión irónica que hacía de ella una especie de versión duendesca de Jane Austen, a la que por cierto Alice leyó con fruición durante su convalecencia última. Le escribiría Henry a su también célebre hermana William:

“(…) he quedado profundamente impresionado por él (Diario de Alice), como revelación de un cuadro moral y personal. Es heroico en su individualidad, en su independencia –en su confrontación del universo para y por ella misma -; y la belleza y elocuencia con que a menudo lo expreso, por no hablar de la rica ironía y el humor, constituyen (coincido totalmente contigo) una razón más para el renombre de la familia. Este último elemento porque nunca recibí muchas cartas de Alice (…) una expresividad extraña, viva (…)”

Había algo en el Diario, no obstante, que inquietaba sobremanera al autor de Otra vuelta de tuerca y Papeles de Aspern, y era la demasiada exposición de la intimidad de su familia, incluyendo las ocasiones en que Alice bromeó en torno a su empedernida soltería, la de Henry, y sus especulaciones maliciosas respecto a las relaciones de su hermano favorito con algunas señoras. ¿Verdaderamente Alice, la pícara, nunca intuyó la homosexualidad de Henry? ¿Ella, a la que no se le escapó nunca la espesura inadecuada de un bigotillo femenino ni los alardes de un lord Cabeza de Chorlito? ¿O llegó a creer, sinceramente, que Henry se conservaba soltero para no producirle a su hermana pequeña un ataque de histeria, como sucedió cuando William anunció su compromiso con rica señorita irónicamente llamada Alice? Henry había sustituido a William en las prioridades afectivas de Alice, es verdad, pero presiento que la joven escribió ese Diario para ser leído y optó por no exponer la reputación de su hermano.
Alice se había esforzado por cultivarse, dice el novelista irlandés Colm Toibín, como una erudita del siglo XVII para ganarse la admiración de mayor de los James, William, siendo ella la quinta de cinco hermanos y única mujer. ¿Cuántas veces no afirmó Alice, con cuestionable inocencia, que solo con William se casaría, y él correspondía con galantería condescendiente? Pese a ello, Alice se burla un poquito de su otrora hermano favorito en su Diario, mientras que a Henry lo describe como el ser más honrado y amoroso del mundo, Con todo, Henry optó por “una edición (del Diario), unas cuantas eliminaciones en el texto y disimulo de nombres, entregarlo al mundo y después quemar cuidadosamente nuestras cuatro copias.”
Alice parecía llevar todas las de perder. No solo era la única mujer y la más pequeña. Carecía, además, de belleza. Por lo menos de la necesaria para brillar en las esferas donde los James brillaban: “(Henry) pensó entonces que las cosas habrían sido probablemente distintas para ella si hubiera gozado de una gran belleza, o si su inteligencia hubiera sido menos aguda o su infancia más convencional”, escribe Toibín en The master, retrato del novelista adulto (Edhasa, Barcelona, 2006, traducción de María Isabel Butler de Foley). Hija de un diplomático que acarreó a su prole de un lado a otro del mundo, asimismo llamado Henry James, Alice nació el 7 de agosto de 1848, en Nueva Cork, aunque los James eran una familia típicamente bostoniano y como tal se educaría la niña. Alice se regodea plasmando pasajes de su infancia en un Diario, que no era sino un ordinario cuaderno, aunque no fue completamente feliz, con los hermanos varones en permanente lucha campal, la niña tratando de imponer cordura y recibiendo a cambio una patada en las espinillas por parte de William, o de Wilky, quien junto con Garth, el menor de los varones, desaparecía demasiado pronto del panorama para enrolarse en el ejército, donde moriría demasiado joven. Alice se quedó sola con los hermanos mayores que ya se perfilaban como genios, William en el campo del psicoanálisis y Henry en el de la literatura. Alice tenía una sensibilidad tan fina como la de Henry, lloraba apenas contemplar un cuadro de Botticelli y leía cuanto caía en sus manos, pero lo único que se esperaba de ella era que se cultivara lo suficiente para atraer a un buen partido. ¿Tendrá esto que ver con el extraño síndrome que invadió a Alice, recién cumplidos los quince y la convirtió, de la noche a la mañana, en foco de atención para sus padres y hermanos? Su lecho de enferma se transformó en punto de reunión para los habitantes de aquella casa. ¿Intentaba expresar algo Alice con aquel súbito quebranto de salud? ¿Con sus desmayos y terrores que los médicos tildaron de “neurastenia”? ¿Fue la única salida que encontró su insatisfecho espíritu para manifestar su rechazo por la trivialidad a la que parecía condenarla su condición femenina? “Me pregunto – escribiría Alice a los 41 años, convertida según sus propias palabras, en apéndice de cinco almohadones y tres chales –si, de haber recibido alguna educación, habría sido menos tonta de lo que soy. Me habría privado con certeza de esos exquisitos momentos de flatulencia mental que de vez en cuando hinchan el vacío cerebral con un delicioso sentido de posibilidades latentes… de estiramiento hacia límites cósmicos, ¿y quién estaría dispuesto a renunciar a la realidad de los sueños por su conocimiento relativo?” (El diario de Alice James, Pre-Textos/ Fundación Once, Col. Letras diferentes, edición de Leonel Edel, traducción y notas de Eva Rodríguez Hofer, Valencia, 2003, p. 97).El personaje de ironía desbordada del Diario, no parece tener nada en común con aquella criaturita a la que el novelista Thackery, invitado a comer a su casa en París, avergonzó horriblemente diciéndole: “¡Crinolina!... ¡Nunca lo habría pensado! ¡Tan joven y tan pervertida!” Se dice que cuando poco antes de cumplir 40 años se le diagnosticó cáncer de pecho, Alice, que había permanecido postrada la mayor parte de su vida… ¡se alegró! Todo indicaba que sentía terror a la vida, pero no a la muerte. El mortal diagnóstico pareció desencadenar el aletargado genio de la más pequeña de los James, quien empleó los últimos días de su vida en escribir su Diario que incluye poemas, esbozos de novelas y transcripciones de notas periodísticas que convierten este Diario en algo más que literatura: un retrato fidedigno de su época y del marco histórico en que se desarrolló la singular existencia de esta mujer. Alice, quien se entregó a los brazos de la muerte como si de un amante se tratara, sin aceptar la morfina y mucho menos opio para paliar sus dolores –solo toleró la hipnosis, a instancias de su hermano William, quien entrenó tanto a la enfermera como a la mejor amiga de Alice, Katharine, Loring-fue en su adolescencia y juventud un ser terriblemente dependiente y temeroso de quedar sola un minuto. En su Diario rememora “aquellos días espantosos, cuando estaba sola en la casita de la calle Mt. Vernon, como anhelaba correr a los bomberos de la puerta de a lado y huir del “¡Sola, sola!” que resonaba por toda la casa, que susurraba por la escalera, musitaba por las paredes, y me hacía frente, como una presencia material, mientras esperaba, contando con los instantes que iban tornándose de un hoy en un mañana, porque “el tiempo no opera hasta que dejamos de observarlo”. (p. 73).
El terror por la vida, ese monstruo veleidoso y voluble, no era, pues, un performance, y su cuerpo de mujer iba adquiriendo la forma de ese vehemente rechazo que, curiosamente, no culminó en el suicidio: ni una sola vez lo intentó, aunque se hubiera visualizado siempre como una llama que se consumía sin remedio. En su Diario establece una rigurosa división entre sanos y enfermos, como otros dividían los colores o los sexos o las clases sociales. Ustedes los sanos. Nosotros los enfermos. Su prosa, no obstante, no concede terreno a la autoconmiseración, antes bien, es tan despiadada consigo misma como con los que la rodean de almohadas y mimos… esos incómodos visitantes de quienes, dice, tenían la superficie de una moneda de tres peniques, con infinita condescendencia, limitándose a sonreír, tiernamente, ante comentarios como: ¿No se cansa terriblemente de leer, señorita James?
¿Pasiones amorosas? Sólo por dos seres reconoce un amor sin reservas: el paciente Henry y su amiga Catherine Loring. Esta fue su amiga de madurez. Se conocieron rebasada apenas la treintena, entre 1879 y 1880, en Boston, siendo Katharine originaria de Massachussets. La vitalidad de esta contrastaba con la pusilanimidad y nerviosismo de Alice, quien de pronto pareció dispuesta a seguir a Katharine al fin del mundo. ¿Amor? ¿Patologías complementarias? El caso es que en 1884 Alice siguió a Katharine en un viaje a Londres, so pretexto de pasar a saludar a Henry, aunque también iría Louisa, la enfermiza hermana de Katharine por quien Alice sentía más odio que celos. Apenas zarpar el barco, y no obstante la calma y la belleza de un típico cuelo bostoniano sin nubes, Alice sufrió una crisis nerviosa que la mantuvo recluida en la cabina, por lo que Katharine se aplicó a cuidar amorosamente de ambas enfermas, a cual más demandante, yendo de un camarote a otro en el transcurso de la noche. En Liverpool, Henry James tuvo que recoger a su hermana a la que le entregaron como un bebé dos marineros que, según apunta Alice, olían muy mal. Katharine, que pareció desarrollar la facultad de la ubicuidad para no abandonar a Alice, instaló a esta en su casa de campo y puso a su disposición una enfermera. Al respecto, Henry escribiría a William: “(…) tengo la impresión de que un efecto que Katharine Loring tiene sobre ella (Alice) es que, en cuanto están juntas, Alice tiene que quedarse en la cama”.
El diagnóstico de los galenos británicos sería idéntico al de los americanos: neurastenia. Nada localizaron en la triste humanidad de Alice. No, sino hasta un año antes de su muerte, cuando detectaron que la neuralgia, los vahídos y los vomitos anunciaban un cáncer de seno, es decir, la sentencia de muerte. Saber que pronto moriría la transformó radicalmente. Se volvió individualista, amante de su intimidad. Veía en la enfermera una intrusa y gozaba haciéndola desatinar con sus herejías, pues se trataba de una mujer especialmente piadosa. Alice llamaba “orgías” a las misas a las que la enfermera asistía puntualmente. Sus comentarios sobre religión están llenos de saña, goza desenmascarando ministros ávidos, avariciosos e ignorantes: “

“No cesa de divertirme mi ingenua irritación ante la Iglesia. Haber llegado a la edad mediana y ser capaz de contemplar como un descubrimiento absolutamente nuevo lo que es tradicional y automático en la vida diaria de la mayoría de tus congéneres es un logro de una vida tan limitada, pues Eldorado de las impresiones, de los asombros morales, de las tortuosidades mentales y de las repulsiones espirituales; como si al final del siglo XIX hubiera yo abierto una mina virgen de iniquidades eclesiásticas! Creo que la enfermera ha tenido un leve ataque de gripe; en todo caso ha tenido mal aspecto y se ha sentido muy mal durante unos días, pero le ha echado valor al asunto (…) Unos cuantos dolores de cabeza más o menos y todo habrá acabado (…)” (p. 130).

Henry James afirma que los últimos días de Alice fueron los más interesantes e intensos de su vida. Pareció madurar de golpe, independizarse de su cuerpo dolorido para permitir al ingenio tomar las riendas de su espíritu. Espíritu, hay que decirlo, infinitamente chocarrero: “¡Cuánto hartos de ser buena –escribiría ella, oculta tras un parasol en medio de azul firmamento inglés, lo único que le agrada de aquel país –cuánto respeto sentiría por mí misma si pudiera estallar e incomodar a todo el mundo durante 24 horas; dar cuerpo al egoísmo (…) ¡Y después los imbéciles te elogian por ser “afable” como si una estuviera evitando irritarse como evitan el pudín de ciruela o cualquier otro compuesto indigerible.”
Alice era una yanqui en Inglaterra. Como Henry. Pero a diferencia de su hermano, Alice se consideraba completamente yanqui. Todos a su alrededor se admiraban de que fuera tan distinta a las damas inglesas, ¿pero en que me diferencio de ellas?, insistía en preguntar a cada persona que desfilaba por su lecho, con semejante comentario. La respuesta la conocía de memoria, sin embargo: ¡No son tan orgullosas! Lo cierto era que Alice detestaba a los ingleses y su Diario derrocha una crítica acre y sardónica contra la “insoportable solemnidad inglesa” y la política de la Reina Victoria, de cuyas actividades se mantiene debidamente informada a través de las revistas del corazón que devora maliciosamente: “Las tropas de su Cristiana Majestad –escribe un 5 de julio- están ahora empleándose en matar a tres mil derviches (maometanos nómadas), privándolos de agua. Cuando las desesperadas criaturas se precipitan hacia el río son tiroteados. Tommy Atkins se encuentra “en estado óptimo de salud y espíritu”, ¡cómo hiede a patraña esta nación! Al parecer, los árabes en alguna ocasión se negaron a cortar el abastecimiento de agua a los ingleses diciendo que era contrario a la verdadera religión privar de agua incluso al enemigo.” (p.p 70 y 71).
Aunque en este caso es más que justa, sus juicios suelen ser inclementes, tanto en política como en lo personal, pero muy especialmente en lo literario. Ni el que parece ser su autor consentido del momento, Jules Lemaitre, se salva de su afilada pluma. A Alphonse Daudet lo acaba de dos brochazos, sin misericordia. Vamos: con George Eliot se muestra sencillamente brutal, luego de leer sus Diarios que exhiben a una mujer muy distinta a la que imaginó al leer El molino sobre el Floss: ¿cómo es posible, se preguntaría Alice roja de indignación, que llevara George tan escrupulosa relación de sus jaquecas? Y es que Alice desprecia con toda su alma a quienes no son capaces de tolerar el dolor. Se ensaña también con las mujercitas santurronas, como su enfermera, y en especial con las esnobs que regalan libros de Montaigne a las recién casadas. Con todo y su empeño sarcástico, Alice lleva cuidadosa relación de cuanto ocurre a su alrededor, sin omitir lo mucho que le preocupan ciertas circunstancias y sus esfuerzos, nada desdeñables, por resolverles los problemas a quienes la rodeaban. Pese a vivir la mayor parte del tiempo entre cuatro paredes, el Diario de Alice está poblado por personajes de toda laya, a quienes describe con indudable talento de novelista. Pero con quien más cruel se muestra es consigo misma, a quien insiste en describir como un ser grotesco, patético y ridículo: “(…) mi belleza de ojos negros saltones, amarillenta de estufa, pacificada por el momento.” (p. 108). Su único consuelo, además de leer y escribir y enterarse de chismes, es saber que solo habrá de tolerar unos cuantos dolores de cabeza… y ya.
Henry James, quien se inspiraría en Alice para crear a los dos personajes femeninos de la princesa Casamassina, la propia princesa misteriosa y sutilmente poderosa, recién llegada a Londres, y Rosy Munniment, una jovencita tullida y recluida en cama, que por cierto le pareció horrible a Alice, regresó a tiempo para asistir a su hermana en su agonía. Se dice que se fue muy digna, que incluso sonreía pese a la enorme dificultad para respirar. El 6 de marzo de 1892 muere consciente, con la mirada fija en los ojos negros de su hermano, “Dos seres de una sola sensibilidad, una sola imaginación, vibrando con los mismos nervios, los mismos sufrimientos. Dos vidas pero casi una sola experiencia.”, escribiría Toibín. Alice sería cremada y sepultada, según sus deseos. Dos años más tarde, Katharine le hará llegar su Diario a Henry.