Piedritas en los bolsillos

Para Rosamaría Casas

…En la actual guerra luchamos por la libertad, pero sólo la conseguiremos si destruimos los atributos masculinos: la violencia y la idolatría del poder. Por tanto, a la mujer le toca conseguir la emancipación del hombre. Esta es la única esperanza para la paz.
V.W

Adeline Virginia Stephen, señora de Leonard Woolf (1880-1969), no sólo se ganó el derecho a un cuarto propio cuando sus congéneres no soñaban privilegio semejante; se ganó también un esposo que gustaba de llevarle el desayuno a la cama. Woolf era, además, de los más reputados intelectuales de Inglaterra de principios del siglo XX, ex diplomático en la India, con una fuerte vena humanística. No un gran partido dada su ascendencia judía, pero casarse con un judío intelectual era lo menos que podía hacer una chica que acostumbraba vestirse como cuadro de Gauguin; “como negra”, decían santiguándose las viejas damas de Hyde Park, con flores de felpa escarlata cosidas al vestido… como mujer que escribía y reflexionaba hasta que la cabeza dolía, cuyos mejores amigos eran, en su gran mayoría, sodomitas, la hija de Leslie Stephen formaba parte de los outsiders y Leonard, en su calidad de judío, lo era también. Esposo devoto que al ver a su frágil mujer -que hasta ese momento solo había conseguido publicar una primera novela, Fin de viaje-, roerse las uñas mientras aguardaba los dictámenes de sus manuscritos, que tendían a ser desfavorables, optó por comprarle una máquina tipográfica manual para que editara sus propias novelas. La edición se convertiría en la segunda gran pasión de la escritora, para quien imprimir y coser libros resultaba terapéutico, liberador. Con las propias el sobrante de los pliegos de sus libros forjaba sus diarios. Leonard comenta en el prefacio a los Diarios de su esposa: “Escribía en hojas de papel sin rayar, de 8 ¼ pulgadas por 10 ½, técnicamente llamadas de cuarta mayor. Al principio, estas hojas quedaban unidas por pinzas metálicas en forma de aro, pero los últimos diarios tienen toda la forma de volúmenes encuadernados. Solíamos encuadernas dichas hojas en papel sobre cartón, y el papel de la encuadernación es, casi siempre, aquel papel de colores, con una muestra, italiano, que a menudo utilizábamos para encuadernar las obras de poesía que publicábamos en la Hogarth Press, y que gustaba en gran manera a Virginia (…)”
De Virginia Wolf puede decirse exactamente lo mismo que sobre Orlando escribe ella: “Ningún muchacho había pedido manzanas como Orlando había pedido papel; ni golosinas como él había pedido tinta.” (Biblioteca Woolf, Alianza Editorial, segunda reimpresión 2003, traducción de Jorge Luis Borges). En aquella máquina de segunda mano y en las uñas en carne viva de la señora Woolf tuvo origen la casa editorial más prestigiada de Inglaterra, en la que, además de la propia Virginia publicarían, entre otros, Tolstoi, Chejov, T.S Eliot, Katherine Mansfield y…¡Sigmund Freud, sus primeras traducciones al inglés! La Hoghart Press se funda oficialmente en 1917, año en que el médico de cabecera de los Woolf desaconseja a Virginia embarazarse –sus Diarios exponen lo mucho que le gustaban los niños, su adoración casi patológica por sus sobrinos, particularmente por la preciosa Angélica, hija menor de su hermana Vanessa, producto de una relación adúltera con el también pintor Duncan Grant-, aunque varios de sus biógrafos tienen buenas razones para sospechar que el matrimonio de Virginia y Leonard era casto. Intelectual. Lo anterior hace suponer que Virginia no padeció, no del todo, los conflictos de su apasionante heroína, la muy solitaria La señora Dalloway, a la sombra de un marido distinguido que nunca se preocupó por su alma y desatendió las inclinaciones artísticas e intelectuales de su mujer que, para completar su desgracia, amaba en secreto a su mejor amiga. La palabra “lesbiana”, sin embargo, no se pronuncia una sola vez a lo largo del texto.

Lo extraño, al volver la vista atrás, era la pureza, la honestidad de sus sentimientos hacia Sally. No era como lo que se sentía por un hombre. Era un sentimiento completamente desinteresado y tenía, además, una cualidad que sólo existía entre mujeres, entre mujeres que acabasen de superar la adolescencia. En su caso era un sentimiento protector, que brotaba de la conciencia de saberse la aliada de Sally, del presentimiento de algo que estaba destinado a separarlas (siempre hablaban del matrimonio como de una catástrofe), y que desembocaba en aquel sentimiento caballeresco, aquel deseo de proteger, mucho más intenso por parte suya, que por parte de Sally… (p.p 41 y 42, Alianza Editorial, Madrid, 2003, traducción de José Luis López Muñoz)

La Hogarth Press se inaugura oficialmente con un libro de Virginia, La mancha en la pared, cuya venta se efectúa a través de suscripciones entre amigos. Sus Diarios consignan cómo se angustiaba hasta caer en cama, presa de lo que hoy designaríamos estrés pero ella llama “gripe”; consecuencia de la incertidumbre que la carcomía respecto a la recepción de los críticos que no solían ser condescendientes con las pocas escritoras que publicaban obra seria por entonces. Era realmente una mujer afortunada, lo sabía… y acaso se sintiera un poco de culpable por serlo: “(…) Solo pensar en quedar bajo el poder de esos profesores universitarios me hiela la sangre en las venas. Sí, soy la única mujer de Inglaterra que puede escribir lo que quiera. Las otras tienen que pensar en colecciones y en editores (…)” Virginia dudaba. Dudaba siempre. Siempre de sí misma… de su talento… del mundo entero. Excepto, quizá, de Leonard. Esa era su profesión, además de escribir. Pensar, reflexionar, dudar. Le costaba atender los comentarios elogiosos y sufría intensamente con los que no lo fueran lo suficiente, en especial si eran formulados por jóvenes críticas. “(…) todo novelista debería recelar de un crítico que le halagase por la belleza de su prosa.”, escribiría en su ensayo “La prosa en lengua inglesa”. Mucho más tarde escribiría en su Diario: “(…) Yo soy la liebre, que gran delantera a los lebreles, mis críticos.”
Será la propia Virginia quien le encuentre sentido a su escritura por sí misma, quien se entregue a la delicia de escribir sin preocuparse por nada más, cuando poco después de cumplir cuarenta años, un sábado 18 de febrero, escribe con letra no tan hermosa pero trémula de firmeza: “Voy a escribir lo que quiera, y que digan lo que quieran. El único interés que en cuanto a escritora suscito radica, según comienzo a comprender, en una extraña personalidad; no en la fuerza, en la pasión o en algo importante, y entonces, me digo a mí misma, ¿acaso “una extraña personalidad” no es la cualidad que más respeto? (…) Las personalidades así siguen sonando mucho después de que la música vigorosa y melodiosa se haya convertido en banal.” (p. 68, Diario de una escritora, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Col. El oficio de escritor, Traducción de Andrés Bosch, Madrid, 2003). Con todo y esto, la vida llega a resultarle insoportable a la escritora, un poco más cada día. El estallamiento de la Segunda Guerra, la monstruosa aparición en el horizonte de Hitler y su posible injerencia en el destino de Leonard, y por consiguiente en el de ella, hará de su “enfermedad” un calvario. Ya el 2 de abril de 1921 anotaría en su Diario, cada vez más trémula de caligrafía: “Debo fijarme en los síntomas de la enfermedad, a fin de que no me pille desprevenida en la próxima ocasión. El primer día, una se siente desdichada; el segundo feliz.”
Como hija de otro intelectual de envergadura, el periodista y filósofo Leslie Stephen, y de Julia Jackson, bella y culta mujer que le heredaría sus grandes y tristones ojos verdes, Virginia Woolf –Ginny, para amigos, parientes y lectores- sobrepasó las expectativas que pudiera generar alguien de sus características, en el seno de una familia que comía, dormía y respiraba arte. Nacida el 25 de enero de 1882, en el 22 de Hyde Park Gate, Kensigton, Londres, Inglaterra, cuarta hija de padres casados en segundas nupcias, viudos ambos de un primer matrimonio –particularmente dichoso y breve el de Julia, mediocre el de Leslie, para quien Julia fue el amor de su vida-, que acarreaban cada cual hijos de sus respectivas uniones (tres Julia, una Leslie). El señor Stephen había enviudado de una hija del gran novelista William Thackeray con quien procreó una hija, la trágica Laura, que terminará sus días en un manicomio y a quien Virginia siempre observó más con curiosidad que con cariño (la locura clínica no impresionaría demasiado a esta mujer para quien lo considerado “normal” por las señoras que la invitaban a tomar el té, era la auténtica anormalidad). Virginia recrea espléndidamente a su familia, muy especialmente a sus padres, en la excelsa novela Al faro, donde se consigna hasta el melancólico tintineo de las pulseras de Julia, la madre inalcanzable, casi celeste, con quien Ginny no recuerda haber logrado conversar a solas ni un minuto de su vida. El título de la novela alude al faro de Godrevy, que coronaba la colina donde se encontraba la casa de descanso de los Stephen de Hyde Park, Talland House, y que habría de convertirse en una especie de tótem de su brumosa infancia.
Virginia nacería casi inmediatamente después que su adorada hermana, la futura pintora Vanessa Bell (1879-1961), por su matrimonio con el crítico de arte Clive Bell. Mientras que Vanessa, mejor conocida como Nessa, dio muestras de precoz talento, sin contar que, físicamente, era más parecida a su madre, belleza legendaria, modelo nada menos que del pintor prerrafaelita Edward Burne- Jones, Virginia parecía lejos de conseguir emularla.
Empezó a hablar alrededor de los 6 años, y aún tras balbucear sus primeras palabras, no dio muestras de ser muy amiga de ellas. Como intuyendo que serían su gloria y su martirio: “(…) Palabras, palabras y palabras, cómo galopan… Cómo agitan sus largas colas y crines, pero, por algún defecto mío, no puedo entregarme a sus lomos, no puedo volar con ellas, dejando detrás un rastro de mujeres y bolsas vacías. Hay en mí una deficiencia, unas fatales dudas, y si hago caso omiso de ello todo se convierte en espuma y falsedad (…)” (p.p 70 y 71, Las olas, Editorial Origen, 1983, traducción de Andrés Bosch). Virginia llegaría a conocer la fama en vida, mientras que Nessa, con todo y su innegable talento, no viviría para presenciar una exposición individual de sus cuadros, en los que sobresalen espléndidos retratos impresionistas de personalidades de su época, de la propia Virginia entre ellos.La naturaleza dotó a la silenciosa Virginia de una muy efímera pero cautivadora belleza, que parecería serle arrancada, como en los cuentos de hadas, por un ogro malvado. Su apelativo cariñoso de entonces era Beauty, niña de espléndida cabellera roja que sus doncellas cepillaban a placer y aquellos ojazos verdes que reproducían el tono traslúcido de los de su madre pero también esa aquella de éxtasis madonesco que habría de transformarse en pasmo con el paso de los años… y con el estudio. Lo que unió para siempre a Virginia con Nessa fue el ser víctimas de los toqueteos de sus hermanastros Duckworth, George y Gerald, hijos del primer matrimonio de Julia, quien privilegió abiertamente a sus primogénitos varones. Se dice que durante uno de esos jugueteos sexuales, que al parecer no pasaron de eso, George Duckworth -paradójicamente, primer editor de Virginia –la forzó a contemplarse en el espejo. Ello causó en ella los estragos de una rosa cuando se marchita. A ello atribuyen sus biógrafos el que la muchacha enfermara de súbito, sufriendo tal pérdida de peso que nunca volvería a ser atractiva. Su pésima alimentación le impidió desarrollar curvas femeninas, reacción muy habitual en mujeres que han padecido abusos sexuales (aunque lo contrario, la sobre alimentación, es otra reacción típica, y Virginia tuvo periodos de bulimia en la vida adulta).
Leslie Stephen, no obstante, favorecería a la pequeña Virginia por encima de Vanessa y de todos sus hijos, incluyendo los varones que engendró con Julia: Thoby y Adrian. Leslie abrió de par en par las puertas de su reino de tinta, papel y lino para que la Beauty reencontrara los relucientes mechones de la princesa que fue; refugio de sus penas secretas y fuente de la magia que aturdiría irremediablemente su existencia. A través de aquellas horas de lectura en que nada ni nadie tenía acceso a su cuerpo, excepto los dioses y las musas, más empeñados por penetrar su mente, la futura Virginia Woolf empezaría reflexionar respecto al papel de las mujeres en la literatura: “Cada vez que una lee de una bruja tirada al agua, de una mujer poseída por los demonios, de una curandera vendiendo hierbas y aun de la madre de un hombre célebre pienso que estamos en la pista de un novelista, un poeta abortado, o una Jane Austen muda y sin gloria, una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo o recorriendo con desolación los caminos, trastornada por la tortura de su genio. Me atrevo a adivinar que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer (…)” (p.56, Un cuarto propio, Alianza Editorial, Madrid, 2003, traducción de Jorge Luis Borges). No obstante lo anterior, se sabe que Leslie era un padre totalmente absorbente, enfáticamente con Virginia, lo que la llevaría a escribir en su Diario, justo un 28 de noviembre en que recordaba que su padre hubiera cumplido noventa y seis años: “(…) pero afortunadamente no los tiene. Su vida hubiera acabado con la mía. ¿Qué hubiera ocurrido? No hubiera escrito. No habría publicado libros. Inconcebible.”
Junto con su querido hermanito, Thoby, destinado a morir demasiado joven (1881-1906), crearía su propio periódico, Hyde Park News, a nueve años, y lo mantendrían hasta la súbita muerte de Julia, contando Ginny doce años. Es entonces, bajo esas circunstancias, que se registra la primera intentona de suicidio de Ginny –impulso que parece más histriónico, si tomamos en cuenta que la relación de Ginny con su madre no era precisamente entrañable-, arrojándose por la ventana de su habitación, aunque dada la escasa distancia con el piso, apenas consigue lastimarse. A tan corta edad pasó a ocupar el sitio de su madre en el corazón del pequeño Thoby, lo más cercano a un hijo que llegó a tener. Ejerce como madre sustituta no obstante que ha iniciado el primer cuchicheo de “las voces” que la orillarán a su primera intentona de suicidio. Asegura Ginny que los pájaros cantan en griego, y si bien se trata de un idioma que adora por acercarla a los trinos que la deleitan, llegará a afirmar en medio de un berrinche de adolescente que gustosa cambiaría su dominio del mismo por poder bailar realmente bien, como Nessa.
Virginia, alta y flacucha, con el rojo original de su pelo tirando ahora a un rubio desvaído, desea, como cualquier chica de esa edad, brillar en las fiestas, coquetear… cosa que no se le dará, no en Hyde Park. Pronto descubrirá que posee otra clase de virtudes para atraer a muchachos más interesantes de los que suelen frecuentar en las fiestas de las ladys: “Las gentes de mi clase –escribirá en su Diario, ya cuarentona, cuando, afamada escritora, ha posado resignadamente en Vogue y las princesas de Hyde Park se disputan su compañía a la hora del té- no me gustan. Las detesto. Ante ellas, paso de largo. Dejo que se estrellen contra mí, igual que sucias gotas de lluvia.”
Tras la muerte de Leslie, acaecida al poco de la de su amadísima Julia, hermanos y medios hermanos se dispersan. Adrian es el único de los Stephen que decide quedarse a vivir solo, mientras que Virginia, Nessa y Thoby se mudan a un barrio nada elegante en comparación con aquel donde se criaron: Bloomsbury. La nueva casa, sin embargo, es primorosa y lo bastante espaciosa para que vivan cómodamente tres hermanos… más huéspedes esporádicos. A Thoby, como el varón que es, le corresponde asistir al Trinity College, mientras Virginia permanece en casa leyendo y escribiendo y Nessa pintando, lo que no suena nada mal, después de todo. Thoby empieza a acarrear amigos interesantes a casa: muchachos que “tío Henry” –Henry James, entrañable amigo de Leslie Stephen y un poco tío espiritual de los niños- denomina “jóvenes y voraces leones”, Nadie mira con buenos ojos a los calaveras del Trinity, pero a las hermanas Stephen les iluminan la existencia. Casi de inmediato, las hermanas mayores de Thoby –casi tan jóvenes como él- sacaron del baúl de su madre –que tampoco hubiera aprobado a semejantes amistades- el más primoroso mantel de lino color café y su servicio de plata del siglo XVIII. De timidez casi patológica, Virginia habrá, sin embargo, de participar activamente de las históricas francachelas de Bloomsbury, llegando a disfrazarse y a bañarse desnuda en el río Granta, nada más y nada menos que con el poeta Rupert Brooke, a quien Yeats proclamara “el más bello joven de Inglaterra”, pretendiente muy anterior a Leonard que moriría prematuramente, como buen dios viviente.
Virginia, que tuvo su parte convencional, y sintió la obligación social de casarse, estuvo a punto de hacerlo con el también escritor de Bloomsbury, Lytton Strachey, abiertamente homosexual, al que sin embargo admiraba con locura. Si bien ella terminaría cancelando el compromiso, convirtió al ex novio en su más entrañable amigo y hasta se asumiría su consejera sentimental cuando se encontró ante la disyuntiva de casarse con otra mujer a la que adoraba pero por quien no podía experimentar la mínima atracción sexual: la pintora Dora Carrington.
Aunque mucho se murmuró que al interior de la residencia de los Stephen se realizaban orgías y bailaban desnudos (esto último Virginia no lo niega), la posibilidad de lo primero dudosamente involucraría a las chicas y al heterosexual Thoby, según escribe la propia Virginia en “El viejo Bloomsbury”: “Una sociedad de sodomitas tiene muchas ventajas si se es mujer. Es sencilla, es honesta, en algunos sentidos nos hace sentir, según lo anoté, cómodas. Pero tiene sus defectos (…) Algo queda suprimido, ahogado todo el tiempo. Ocurre que ese insinuarse, que no necesariamente significa copular y no del todo estar enamorado, es uno de los grandes deleites, una de las grandes necesidades de la vida. Sólo entonces cesa todo esfuerzo, se deja de ser honesto, se deja de ser listo. Se burbujea hasta llegar a una absurda y deleitosa efervescencia de agua de soda y champaña a través de la cual se ve el mundo teñido con todos los colores del arco iris.” (p. 50, El viejo Bloomsbury y otros ensayos, UNAM, México, 1999, traducción de Federico Patán).
Nunca contó Ginny con que, entre Lytton Strachey, Maynard Kaynes y otros jóvenes intelectuales de orientación homosexual, se colarían muchachos heterosexuales. Ella misma describe el instante en que Clive Bell solicitó la mano de Nessa, y esta aceptó con una su gran sonrisa, como el derrumbe del primer Bloomsbury… aunque poco más tarde ella misma se casaría con Leonard, que si bien no era asiduo a las tertulias de los jueves por su misión diplomática, caía por allí cada vez que andaba de paso por Londres “para saludar a Ginny”.
Virginia publica su primera novela, Fin de viaje, a la edad de treinta y tres años, ya casada con Leonard. Escribirá una decena de novelas revolucionarias, que en su momento ella desdeñará —Orlando y La señora Dalloway son las más representativas, “comerciales”-, si bien es Las olas la que mayores ventas y mejores comentarios críticos registra en vida de su autora—. Orlando aborda la transformación de un joven príncipe que a través de los siglos, a consecuencia de una decepción amorosa, adquiere la apariencia de una hermosa joven, “No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista.” Quien inspiró a Virginia este personaje andrógino, este libro que denominó divertimento, fue otra escritora: Vita Sackville-West, a quien la unió, hasta el último aliento de Virginia, algo más profundo de la amistad y más trascendente que el sexo. Virginia y Vita tenían muchas cosas en común. Hijas de mujeres afamadas por su hermosura que sembraron inseguridad en ellas; su estatus de mujeres casadas, si bien el esposo de Vita, Harold Nicolson, que la adoraba también a su manera, de una manera del todo semejante a cómo Virginia amaba a Leo, era homosexual como la propia Vita, y mantenían un civilizado arreglo que les permitía guardar las apariencias y criar hijos a los que amaban profundamente. Leonard, por su parte, nunca representó un obstáculo para las andanzas de Virginia con otras mujeres: Vita no era la primera ni la última, pero sí la definitiva. La más duradera amistad de Virginia, después de Vita, fue la de la sufragista música de profesión y Ethel Smyth, una entusiasta septuagenaria que deliraba de admiración por le entonces joven Virginia. Vita fue también su segunda fuente de angustia (la primera era el trabajo literario) pues nunca se caracterizó por su fidelidad y solía abandonarla largas temporadas para viajar con otras amigas. El hombro de Leonard, no tan mullido pero sí acogedor, estuvo siempre dispuesto para albergar las menudas lágrimas de su mujer. A decir de Nadia Fusini, la más reciente biógrafa de Virginia, la fascinación de esta por la otra escritora surgió cuando, durante una cena, vio como el collar de perlas de Vita desaparecía al interior del plato de la sopa sin que la dama se inmutara. Vita era diez años más joven que Virginia, quien contaba cuarenta a la sazón. Su plenitud como escritora coincide con su hallazgo de la pasión lésbica. ¿Y Leonard? No descartamos que haya tenido amantes, aunque si una cosa lo distinguía, era una impecable prudencia. Solo se le conoció una relación importante, una dama conocida como Tekkie, llamada Marjorie Tulip Parsons, que se convertiría en la compañera de su viudedad, pero nunca en su esposa.
Una de las razones por las que Virginia gana un lugar privilegiado en el movimiento feminista, es su vehemente defensa de la inteligencia femenina a través de Un cuarto propio y Tres guineas, escrita la primera, originalmente, como conferencia magistral; como carta la segunda. Respecto al origen de Un cuarto propio, escribiría Virginia en su Diario, un 27 de octubre de 1928:

…Acabo de regresar de Girton, bajo la lluvia torrencial. Mujeres jóvenes, muertas de hambre pero valerosas. Ésta es mi impresión. Inteligentes, entusiastas, pobres; destinadas a formar manadas de maestras de escuela. Dulcemente les he aconsejado que beban vino y que tengan su propio piso o habitación…

Un cuarto propio se convertiría en el Libro, en la pequeña Biblia de las escritoras de todas las lenguas. La máxima aquí planteada es la urgencia de independencia económica para la mujer que escribe. Reconoce Virginia que de no haber sido por la inesperada herencia de una tal tía Mary, que la dotó de 500 libras al año por el resto de su vida, no le hubiera sido posible consagrarse a la escritura, “Antes me había ganado la vida pescando tareas raras en los diarios, haciendo la crónica de una exposición de burros por aquí, de una boda por allá; había ganado unas pocas libras dirigiendo sobres, leyendo en voz alta a señoras viejas, haciendo flores artificiales, enseñando a chiquilines en un jardín de infantes. Tales eran las principales ocupaciones accesibles a una mujer antes de 1918.”. Virginia nunca imaginó la repercusión que tendría la publicación a manera de libro de esta conferencia originalmente titulada “La mujer y la novela”, y que ni sus propios amigos se tomaron tan a pecho. Pensaba que estaría destinada a ser considerado “lectura para muchachas”, lo cual no le molestaba de todo. Pero la peor crítica de Virginia Woolf es ella misma: valdría la pena preguntarse si no sería ese brutal flagelo interno, que dejan entrever sus Diarios, lo que desencadenó “las voces”. Pero la escritura es para ella una necesidad vital, como dormir y comer. Su delirio la lleva a decir: tengo que ir con cuidado al cruzar la carretera, mientras no esté terminado el libro: “cuán maravilloso es desplegar las velas y navegar en línea recta, viento en popa, al impulso del soplo del gran arte de narrar (…) (Tengo) la impresión de que cada jornada de trabajo es una valla que debo saltar, y estoy con un nudo en la garganta hasta que la he saltado o la he derribado.”
Hitler quebranta la paz mundial y junto con las invasiones a diversos territorios europeos, se agudizan los síntomas de nerviosidad en Virginia, que la ha llevado a escribir un brillante alegato sobre las mujeres y la guerra que terminaría titulándose Tres guineas –entre otros títulos tentativos se barajó La puerta abierta, y abordaría la vida secreta de las mujeres –que pocos comprendieron en su tiempo, aunque se trata de un libro todavía más feminista que Un cuarto…, donde no solo ahonda en el aspecto de la discriminación contra las mujeres, estadísticas incluidas, sino además indaga incisivamente en el papel que juegan las mujeres en tiempos tan terribles como el que enmarca su escritura. El 15 de febrero de 1941 concluye el que será su último libro: Entre actos. Ya ha dicho que sólo consigue dar unidad a sus pensamientos a través de la escritura; “Cuando escribo, la melancolía mengua. Por lo tanto, ¿a santo de qué no escribo más a menudo? Bueno, mi vanidad me lo prohíbe.” Sortea felizmente el fantasma que la acecha durante la escritura de cualquiera de sus libros, hasta que las voces de su cabeza se tornan anárquicas, se confunden con los bombardeos que destruyen su casa y los obligan a Leo y a ella a buscar refugio en la casita de campo de Rodmell, empiezan a hablarle todas al mismo tiempo. Para empezar, Virginia ha sido arrancada de su hábitat, auténtico motor de su imaginación, fuente de sus historias: Londres. Cuando no logra ya concentrarse, cuando ya no puede seguir escribiendo, cuando la tinta le mancha los labios que no han conseguido extraerle nada más a su pluma, determina desembarazarse del terrible peso que representa no poder entenderse con las palabras. Por si fuera poco, la ausencia de luz la ha dejado sin habitación propia. La enfermedad mortal de Virginia Wolf, nos dice Nadia Fusini, es la guerra. La única curación posible: la muerte.
En un día soleado que parece normal, incluso más soleado y tranquilo, a los cuarenta y seis años de edad, escribe a su esposo el más amoroso y juicioso mensaje que le ha escrito nunca, con fecha 28 de marzo de 1941: “Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión.” Apoyada en su bastón sale al campo, deleitándose con una primavera particularmente soleada, mientras se encamina al río Ouse. “(…) me sumergí en mi gran lago de melancolía. ¡Dios, qué profundo es! ¡Soy una melancólica nata! Lo único que me mantiene a flote es el trabajo (…)” Lleva suelta la larga cabellera entrecana y un raído abrigo que ya no usaba, cuyos bolsillos rebosan de piedrecillas. El pequeño reloj de su muñeca se ha petrificado en las 11:45 a.m cuando encuentran su cuerpo. Se dispone a vivir, según dijera a Vita alguna vez, “la única experiencia que no podré narrar.”