Señoritas de Shanghai

Para Nadir Chacín

…una mujer que permita ser engañada por un hombre merece morir, una mujer que logre engañar al hombre, es una prostituta, si una mujer pretende engañar al hombre y falla y además cae en su trampa entonces es una doble puta, aunque la maten, lástima de navaja…

Zhang Ailing es algo así como la Jane Austen china, aunque pudiera comprársele también con nuestra Rosario Castellanos. A ella debemos los más espléndidos frescos poéticos del devenir doméstico/ privado de las damas de alta cuna de la Shanghai anterior –e inmediatamente posterior- a la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, el tono de sus recreaciones arrastra un talante crítico que puede ser feroz… y ahí se rompe la similitud con Austen, que optó por la ironía para analizar los caracteres de su tiempo. La moralina, en la obra de Ailing, corre a cargo de personajes femeninos secundarios, harto antipáticos. La ironía parece exclusiva de los protagonistas varones, genuinos Darcys que dominan a la perfección la fina línea entre la humillación y la seducción.
Con todo y lo interesante del perfil de esta autora, es muy probable que su nombre diga poco o nada al lector hispano. Si realizamos su conversión inglesa, adoptada como ciudadana estadounidense, Eileen Chang, reconocerán a la autora del relato en que está basada la fascinante película de Ange Lee, Lust Caution. Dicha película captura con asombrosa fidelidad el temple de la narrativa de Eileen/ Ailing quien como nuestra Rosario brinda interesantes paradigmas de la feminidad, asumiéndose mujer al tiempo que cuestiona, exhibiéndolas, imposiciones de tipo moral y social que estrangulan a sus contemporáneas: “(…) Una mujer, por buena que sea, si no logra el amor del sexo opuesto menos logrará el respeto del mismo sexo. Eso es el punto débil de las mujeres.” (Amor en la ciudad en ruinas, El Colegio de México, 2007, traducción de Liljana Arsovska y Chen Li, p. 38).
Zhang Ailing nació el 30 de septiembre de de 1920, en el seno de una aristocrática familia de Shanghai. Descendía, por parte de su abuelo paterno, de un ministro de la dinastía Qing llamado Ling Hongzhang, principal promotor de la occidentalización del Imperio. El padre, Zhang Tingliang, despilfarraba fortunas en opio y prostitutas, aún estando casado con la encantadora Huang Yifan, madre de Ailing, quien procuró a su hija una esmerada educación occidental que incluía lecciones de piano, pintura e inglés, de ahí que Ailing no encajara en los rígidos parámetros sociales de su época, en que las mujeres importaban en la medida que garantizaran negocios provechosos para su familia, es decir, poco más que productos comerciales. De ahí el drama de Liusu, protagonista de Amor en la ciudad en ruinas, que divorciada a los veintiocho años, sin importar su gran belleza, ofrecía pocas garantías a su familia en ese sentido.
Contando Ailing cinco años, su madre se rebeló ante el hecho de que el padre tomara una concubina, retirándose de súbito a Inglaterra, sin su hija. Este hecho volvió muy desdichada la infancia de Ailing, pese a que el padre terminó rompiendo con la concubina para recuperar a su mujer y prometió no volver a fumar opio –cosa que no cumplió-. Nada de esto impidió a la pequeña Ailing brillar como un sol, cuando a los nueve años recitaba de memoria poesía clásica de la dinastía Tang. El divorcio de sus padres tendría lugar cuando la niña recién cumplía doce años, por lo que, un poco a manera de protesta, empezó a utilizar el nombre de Eileen. A esa misma edad ingresó a un internado católico –Saint Maria School- y escribió su primera novela corta. En 1938 decidió romper definitivamente con su padre al tomar este una segunda esposa. Su progresista madre la anima a cursar estudios universitarios en Hong Kong aunque por desgracia se ve forzada a regresar al hogar materno en 1942, tras la ocupación japonesa admirablemente recreada en Lust Caution, cuyo título original es The Sprying, escrita en 1950 pero publicada hasta 1979. Ante tan desolador panorama, lo mejor que puede hacer Ailing es casarse con un diplomático chino de nombre Hu Lancheng, en 1943, que años más tarde será declarado traidor a su patria por colaborar con el ejército japonés –como el señor Yee, colaboracionista de la ocupación japonesa en Lust, Caution-. Junto con su esposo, Ailing se marcha a Wuhan donde él trabajará para un periódico. Durante su estancia en un hospital, Lancheng seduce a una enfermerita de diecisiete años, cosa que Ailing, como su madre, no está dispuesta a perdonar. Se divorciarán en 1947, dos años después de la ocupación japonesa en territorio chino. En medio de esta trifulca, escribirá Ailing algunos de sus mejores relatos, como la extraordinaria novella El candado dorado (1943), que hizo exclamar al periodista y crítico literario Fu Lei (1908-1966), “esta novela de la señora Zhang es uno de los logros más bellos de la literatura china”. Hay quienes piensan, el poeta Dominic Cheung entre ellos, que de no haber sido por la posterior política divisionista de la China maoísta, Ailing habría ganado el Premio Nóbel de Literatura. No es desmesurado suponerlo: en una época en que la literatura escrita en China era más un instrumento ideológico e ideologizante que un arte, Ailing diseñó personajes de intrincadas psiques y hondas pasiones. La ética, la moral y el honor están perpetuamente en juego, moviéndose como fichas sobre un tablero resbaladizo. El candado dorado es de las pocas obras de Ailing en que la protagonista no desafía ni apuesta su destino. Ejerce, en cambio, una venganza silenciosa contra la sociedad que la ha condenado a un matrimonio no deseado, por ende desdichado, que un candado dorado a manera de siniestro fetiche simboliza. La crueldad a la que el simple hecho de haber nacido mujer la vuelve acreedora, termina por hacer de ella una destructora de su propia familia, de sus propios hijos, en los que ve reflejada su propia sujeción al sistema patriarcal.
El amor, según Zhang Ailing, es algo complicado y doloroso, aunque no inexplicable. Algo que es preferible esquivar, sea o no correspondido: “(…) así que a Liuyuan le gustaba el amor platónico. Ella también se inclinaba por ese tipo de amor. El amor espiritual sólo tiene un defecto, en el proceso amoroso la mujer no comprende las palabras del hombre (…)” (El amor…, p. 49). Las relaciones hombre/ mujer, desde la perspectiva de Zhang Ailing, son intensas, fascinantes, peligrosas… pero no ideales. El amor deja de serlo en cuanto permite paso a la pasión que se apodera de todo, arrasa y se manifiesta exigente y tiránica, desnuda de la generosidad que caracteriza al amor per se. En el erotismo tiene el amor su trascendencia pero también su tragedia. En la sociedad recreada por Ailing, la trascendencia del amor es inmoral, vergonzosa, indeseable: atentatoria de la comodidad que brinda el pensamiento práctico. El matrimonio nada tiene que ver con la pasión en que el verdadero amor se consume como varita de incienso. El matrimonio es un pacto comercial que garantiza perpetuar, a través de la especie, la riqueza familiar. La pasión es sinónimo de clandestinidad, casi un crimen: “En ese mundo turbado, el dinero, las propiedades, todo lo que debía ser perpetuo, ya no valía la pena. Lo único que era de fiar era el aliento dentro de su cuerpo y la persona que dormía a su lado. De repente ella se acercó a Liuhyuan y lo abrazó por encima del edredón, donde él extendió su mano y tomó la mano de ella. Intercambiaron miradas transparentes y claras, y bastó ese instante para perdonarse, para comprenderse y poder vivir en armonía por el resto de los años (…) siempre había espacio para una pareja ordinaria.” (p. 70).
A decir de Liljana Arsovska, traductora al español de Zhang Ailing, esta se identifica con las prototípicas damas shanghainesas retratadas en sus libros, que antes que ser humanas, se sienten mujeres: la Mak de Lust,Caution, por ejemplo, sacrifica un ideal político en aras de su pasión de mujer, y en ello radica su calidad de heroína patética, heroína al fin y al cabo. Más que identificación, yo hablaría de comprensión pues los datos biográficos de la autora me devuelven una mujer harto distinta a sus protagonistas, excepto, quizá, por la feminidad en su arreglo y las maneras que traspasan su estilo narrativo. Como sus heroínas, Ailing debe haber sido tan china como solo puede serlo una china occidentalizada que aprende a revalorar los seductores ademanes de una opera. El que Ailing se esmerara en su arreglo personal –diseñaba su propio vestuario inspirado en la dinastía Qing, con exquisitos bordados que lindaban la extravagancia… aunque se le ha visto también con atuendos similares a los de la princesa hindú de Amor en la ciudad en ruinas, vestidos en cuello V hasta la cintura, último grito de la moda en el París de entonces- no significaba que, como ellas, se asumiera mujer antes que ser humano: la situación de las mujeres en China era y sigue siendo lamentable. El derroche de feminidad de Ailing me sugiere, más bien, una fortalecida autoestima y un empeño en subrayar su individualidad, es decir, su carácter de mujer libre. Sus colegas de la Liga de Escritores de Izquierda, continúa Arsovska, llegaron a criticarla por la ausencia de patriotismo en sus textos, a lo que ella respondía son sencillez y sin deseos de polemizar: “Mi fuerte es describir el manejo cotidiano de la crisis”, lo que, dado su contexto histórico, no es poca cosa. Ailing no emplea parrafadas para convencer al lector de su sentido patriótico, de hecho su prosa se caracteriza por su demoledora síntesis y su forma tajante de resolver situaciones extremas. Recrea, sin embargo, lo más importante: los efectos del patriotismo exacerbado y mal entendido, la experiencia bélica de los civiles, la desesperanza y ansiedad del hambre paliada con dos galletas, la pérdida radical de los ideales, especialmente dramático en Lust, Caution: las pasiones humanas se exacerban en medio de la guerra, al grado de hacer que el sentido de los asuntos vitales pierda su rumbo.

Tras su divorcio, Ailing marcha a Hong Kong para trabajar como traductora en una agencia norteamericana de noticias, pero permanece ahí solo tres años. En 1955 marcha rumbo a Estados Unidos, concretamente a Nueva York, para nunca regresar a China. Allá se enamorará del escritor de cine Ferdinand Reyher, gran amigo de Berthold Brecth. Su segundo matrimonio será también problemático. Tras una breve separación, en la que Ailing permanece en Nueva York y Reyher se muda a Saratoga, ella se descubre encinta pero él se rehúsa a ser padre. Ailing, al parecer, aborta, pero no se separa de su segundo esposo hasta la muerte de este, en 1967. En 1960 se convierte oficialmente en ciudadana estadounidense y adquiere por la vía legal el nombre de Eileen Chang. Fungirá como profesora en el Radcliffe College y la UC Berkeley. Cuando en 1972 se muda a Los Ángeles, Eileen traducirá al inglés la celebrada novela de la era Qing, Las muchachas cantoras de Shanghai (1852), de Han Bangquing (1856-1894), escrita en dialecto Wu. Se recluirá en el ámbito doméstico, consagrada a la literatura y, acaso, al diseño de ropa, esquivando toda celebridad (Arsowska la compara en este sentido con Greta Garbo). Tal era su alejamiento de la sociedad que sería hallada muerta por un sirviente en su apartamento de Rochester Avenue, en Westwood, California, el 8 de septiembre de 1995, víctima de un mal cardiaco. Escribió toda su obra en chino y contribuyó con numerosos guiones cinematográficos, sin contar sus novelas y relatos adaptados para el cine, siendo la más exitosa la ya citada Lust, Caution.
Entre sus más exitosos libros, además de El candado dorado, de cuentan La teja vidriada (1944), Rosa roja, rosa blanca (1944), Dieciocho primaveras (1951), Amor en la ciudad en ruinas (1943) y El canto de los brotes de arroz (1955).
Amor en la ciudad den ruinas, su única nouvelle traducida al español hasta la fecha, publicada en una editorial eminentemente académica, es apenas un botón de muestra de los alcances líricos de esta espléndida narradora. La protagonista, Bai Liusu, ha acarreado a su familia el “deshonor” al divorciarse de un marido abusivo. A los veintiocho años, Liusu cumple siete de separada y de reclusión bajo el techo familiar, lo que nos hace ver que definió su destino siendo muy jovencita… ¿por arrebato?, ¿por ignorancia? ¿Realmente creyó que en su hogar de infancia encontraría refugio? El destino de una divorciada en Shanghai de la década de los treinta del siglo XX, si bien le va, es el de arrimada, y así se lo hace ver y sentir su propia madre, “La madre que ella anhelaba y la que le tocó eran dos personas muy diferentes”, quien no titubea en culparla de la mala suerte de sus hermanas menores, solteras a la fecha. Para colmo, Liusu, con todo y su condición de paria y “avanzada edad”, opaca en belleza y gracia a sus hermanitas, por lo que los pretendientes terminan entusiasmados con ella quien, la verdad sea dicha, no se molesta en ser discreta, ni en eclipsarse y fingir que no sabe bailar, pese a que resulta de mal gusto que una mujer decente sepa bailar.
La señora Xu, buena amiga de la madre de Liusu, compadecida al parecer de la joven, tan injustamente tratada, por los hermanos varones en particular, le propone acompañarlos, a ella y a su esposo, a Hong Kong, donde planean comprar una casa. Liusu no se deja intimidar por la moralina de su madre y acepta la invitación, sin imaginar que la señora Xu ejerce de alcahueta: en aquella ciudad espera por Liusu un viejo pretendiente –que ella no ha olvidado- de nombre Liuyuan, instalado también en el hotel Quiangshiwan. Se inicia entonces un persistente cortejo de Liuyuan hacia Liusu, quien se resiste por temor a caer más bajo (socialmente) de lo que ha caído ya, pues duda que el muy formal Liuyuan, occidentalizado y todo, tenga planes de matrimonio con ella: “Tu máximo ideal-reprocha Liusu a Liuyuan- es una mujer pura como el jade pero, al mismo tiempo fogosa. Pura para los demás, fogosa para ti. Si yo fuera una mujer simplemente decente y pura, jamás te fijarías en mí (…)” (p. 44).
Las vacaciones de Liusu se transforman en una auténtica guerra de escrúpulos. Se mantiene incólume no obstante haber quedado su reputación nuevamente entre dicho por su diaria convivencia con Liuyuan, que sin embargo no traspasa la barrera de la carne –el chisme se expande como polvorín desde Hong Kong hasta Shanghai-. Liusu retorna a casa, más desprestigiada que antes pero íntimamente orgullosa por no haberse prestado al juego de Liuyuan, sin imaginar que este no piensa darse por vencido: está realmente encaprichado -¿enamorado?- con ella. Se ha hablado de amor entre ellos, ¡y de qué manera!, pero Liusu se muestra demasiado racional mientras que a Liuyuan la pasión lo ciega. Llega el momento en que deja de haber escapatoria para ambos y se entregan desnudos ante un espejo, tras el primer beso, “(…) era el primer beso que él le había dado, sin embargo, los dos sentían que no era el primero, ya que su imaginación estaba repleta de besos (…) Sus labios no se apartaban de los de ella, él la empujaba hacia el espejo, parecía que al fusionarse con el espejo entraban en otro mundo, frío, hirviente, llamas que consumen el cuerpo (…) Una mujer cercana a los treinta es muy frágil, se quiebra en un abrir y cerrar de ojos (…)” (p. 61).
Liusu acepta por fin convertirse en amante de Liuyuan, que parece tener intención de conservar su soltería. La instala en una magnífica casa de la isla Baerdun y pone a su servicio una eficaz ama de llaves para posteriormente partir a Inglaterra por cuestión de negocios. Es el 7 de diciembre de 1941. Liusu ya está preguntándose qué hacer con su soledad, rebelándose a la idea de esperar a su amante que no ha prometido retribuir su fidelidad. Al día siguiente se desencadena la guerra, “El cielo de color azul claro fue partido en ramas, que temblaban en el viento glacial. A la vez en el viento flotaban innumerables puntas de nervios destrozados.” (p. 64). Liuyuan regresa por Liusu y juntos comparten la pesadilla que representa la guerra. Ante la cotidianidad de la huída, del hambre, del frío y de la muerte, se opera en la pareja la simbiosis de las parejas que han compartido toda una vida, y quizá en ello consiste la verdadera tragedia de Amor en la ciudad en ruinas: en la cotidianidad que transforma esta pasión en una amistad profunda, aunque finalmente reivindique el nombre de la divorciada: “Liuyuan ya no bromeaba con ella, reservaba sus palabras dulces para otras mujeres. Era una buena señal, pues significaba que él ya la consideraba parte de su familia, era su esposa legítima. Sin embargo, Liusu de todos modos sentía tristeza (…) Tal vez toda una metrópoli se derrumbó para ayudarla a ella.” (p. 72).
Trailer de la película Lust, caution (Ang Lee, 2007)