Faltas a la moral

…La poesía no es más que el resultado feliz de la naturaleza indómita del idioma.
商行Ying

“Has incurrido en un delito de ofensa a la moral y escándalo público. Según el artículo 169 del Código Penal de la República Popular China, y teniendo en cuenta el toque de queda promulgado por el Gobierno Popular de Pekín y el ejército, yo, como representante que soy del Departamento de Seguridad de la zona oeste de la ciudad, declaro que quedas detenida…”
La joven tiende las muñecas para someterse dócilmente a las esposas. Muñecas chiquititas pero firmes. Tan firmes como su barbilla enhiesta. Única en medio de aquella reunión clandestina (hasta el mes de agosto de 1989 estaba prohibido celebrar reuniones en las que participaran más de tres personas) que no se ha puesto la ropa ante la irrupción de la policía roja. Sus amigos, hasta hacía unos segundos tan desnudos como ella, la contemplan con estupor: ¿Quién lo diría, que la pequeña, frágil, tímida y reservada Lin Ying sería la primera en desnudarse y la única que encararía así a la policía? ¿Qué ha ocurrido en el alma de la poeta de veintisiete años para transformarse, de la noche a la mañana, en cuerpo sexuado y criminal?
Cómo no asociar a Lin Ying, poeta, estudiante de arte de la Universidad de Fudan, que acarrea un triste pasado de hambre y desesperación, con Hong Ying, autora de El verano de la traición, novela de la que Lin Ying es protagonista y dio pie al exilio de la escritora actualmente radicada en Londres, ciudad donde, por cierto, conoció al profesor Henry Zhao, su hoy esposo. Nacida en la provincia de Sichuan, el 21 de septiembre de 1962, mientras sus padres pasean en un bote, sexta de ocho hijos, crece en medio de la Gran Hambruna y la Revolución Cultural en China. Como Lin Ying vivió la sangrienta pesadilla que arrasó con miles de universitarios que se manifestaban en la Plaza Tiananmen de Beijing, el 5 de junio de 1989. Ambas, Hong Ying y su alter ego, contaban veintisiete años al momento de la masacre.Como Lin Ying, Hong Ying creció entre la incertidumbre, la carencia y las obligaciones prematuras. Tuvo que trabajar desde la infancia para contribuir con el sostenimiento de su familia, se desempeñó como obrera a una edad en que la mayoría de las niñas juegan a las muñecas y se las ingenió para ingresar a la universidad donde estudiará el arte más temido por el régimen absolutista de su país: literatura. “(…) Los intelectuales en China constituían una cuadrilla pequeña y demasiado aislada, los políticos los odiaban por no contentarse con su suerte, y siempre que podían intentaban darles un escarmiento. La gente corriente pensaba de ellos que sus sufrimientos se debían a un exceso de sentimentalismo. Los intelectuales eran, en definición, el colectivo más desdichado de China.” (Grijalbo, España, 1998, traducción del chino: Lola Díaz, p. 109).
Como Ling Ying, Hong Ying perteneció a esa clase, la más vapuleada, donde solo una vocación armada hasta los dientes mantiene a sus integrantes fieles a su arte y a sus ideas… a cambio de migajas, desprecio y vigilancia policial. No faltan las que como Li Jiangjising, amiga de Ling Ying, opten por renunciar a sus convicciones para mejor estudiar economía y aspirar a una beca para continuar estudios en Alemania. Aunque a veces es preferible la renuncia a la recapitulación, como ocurrió con la mayoría de los intelectuales chinos a raíz de los acontecimientos de junio de 1989: “Joder, otra vez la pusilanimidad de los literatos chinos, pensó Ling Ying, airada. Sólo han pasado dos meses y ya empiezan a arrepentirse; en un par de años estarán, sin que nadie los fuerce a ello, cumpliendo estrictamente los programas políticos, ¡y aunque pasen veinte años seguirán arrodillados ante el poder!” (p. 163).
El verano de la traición es una suerte de bilgunsroman donde la protagonista sufre una transformación a partir, sí, de los hechos de Tiananmen, si bien lleva años reflexionando hasta qué punto la miserable experiencia de su infancia y adolescencia ha curtido su personalidad. Reflexiona, en especial, sobre la discriminación padecida en tanto mujer. En China, donde en apariencia no existe distinción de clases y la clase media es una excentricidad occidental; donde todos gozan idénticos derechos y obligaciones, las mujeres son víctimas como en el resto del mundo del avasallamiento de los tabúes y los estereotipos en torno al género femenino. Cierto: ya no se les fuerza a vendarse los pies en nombre de la estética y del placer masculino, pero se les inhibe con mayor énfasis que a los varones en su creatividad y erotismo. Si un intelectual varón es poco menos que un apestado, una intelectual es poco más que una prostituta. Lo peor es que esa percepción la tienen sus mismos colegas, con quienes se dificulta una auténtica igualdad de trato. Los intelectuales chinos, insisto, conforman una comunidad apartada en la que todos han de mirarse las caras en todo momento. A este respecto, Ling Ying es concientizada por una bella actriz de nombre Hua Hua que si bien no se asume feminista (quizá el término no sea demasiado familiar entre los intelectuales chinos), se ostenta como tal ante los ojos del lector occidental: “(…) ¿no son más decadentes los redactores y los créditos?-se pregunta Hua Hua mientras enciende un cigarrillo y fuma con gran sofisticación –Entre una puta y su cliente, ¿quién es peor? ¿Por qué tienen que insultar especialmente a las mujeres? (…) Ling Ying nunca había oído hablar tan abiertamente de los hombres, y mucho menos ridiculizar a aquellos renombrados y jóvenes talentos del mundillo literario, mofarse de nombres que la gente común admiraba como si irradiaran luz, de quienes estaban llamados a dejar su huella en la Historia de las Letras. El hecho de que las únicas escritoras con talento que había en Pekín fueran capaces de hablar de ellos mostrando tan poco respeto la puso de muy buen humor (…)” (p.p 96 y 98)
Ling Ying ha sufrido toda su vida a consecuencia de su sexo: no fue el primogénito varón que anhelaban sus rústicos padres, y eso la convirtió en blanco del desdén de ambos, en especial el de la madre. Irónicamente, el ser mujer y, en teoría, débil mental, no es obstáculo para que se le exija sostener, ella sola, a sus dos hermanos, a su madre medio muerta de cansancio, al padre, ex constructor lesionado de la espalda y alcoholizado. La pensión de este alcanza apenas para alimentar dos bocas por lo que, niña y todo, deberá alternar el trabajo en una fábrica con la asistencia a la escuela primaria que nadie, sino ella misma, imponía: “En aquella época, con cinco céntimos se veía una película, pero ella nunca pudo ir al cine. Años después, decía, no sin agradecimiento, que precisamente por no haber tenido dinero para el cine había recibido muchas menos enseñanzas falsas y vacías que la gente de su misma edad.” (p. 49).
Ling Ying, como la autora de la novela, se muestra agradecida por cada dura lección que le ha dado la vida, incluyendo los empellones del padre que ahora le parecen “oportunos”. Quizá lo único que no alcanza a agradecer porque no lo comprende, es su cruel desvirgamiento a manos de su primer amor, a quien conoció cuando, niños ambos, llegaron a coincidir a la orilla del río donde se sentaban a reflexionar. Apenas crecer él, es encarcelado por un robo menor y enviado a un campo de trabajo donde será visitado por una muy devota Ling Ying que le lleva comida y cariño a raudales y la cual, dice él, le recuerda a las heroínas de las novelas de su infancia: “¿Estaba sacrificándose por amor? –se pregunta la joven- En realidad, sacrificarse no era muy difícil, bastaba con ajustarse a una moral y obtener la aprobación del otro para, igual que el Wong Baochuan de la obra de teatro, que pasaba dieciocho años en una gruta helada, tener una vida plena en la que cada minuto y cada segundo tenían su propio sentido.” Tras aquel primer brutal desengaño, Ling Ying cobra conciencia de hasta qué punto los estereotipos de “hombre”, “mujer” y “amor” han perjudicado al sexo femenino. Se rebela entonces contra las falsas apariencias y la hipocresía. Inevitable que su discurso insurgente nos remita al de Sor Juana: “(…) A los hombres os gusta la inocencia, pero en cuanto la oléis se acabó, porque no hay forma de hincarle el diente. En cambio sin ella se esconde un poco de desvergüenza, podéis abrir a cerrar a vuestro antojo, como si de un cajón se tratase.” (p. 122).
La única creencia real para Ling Ying es la poesía a la que se abraza como a un inmenso y acogedor roble, de tal suerte que El verano de la traición es también un tratado sobre la ética de la poesía y de la poeta que obedecen, por misterioso que suene, reglas distintas pero complementarias. Poeta y poesía han de mantener un duelo perpetuo más que diálogo; duelo cuya arena es la página en blanco y no tanto la vida. El vencedor indiscutible: el poema. Como en el amor que, aún embistiendo con furia, engendra un hijo. El régimen comunista lo entiende perfectamente, por eso teme a la inintangibilidad del verso que pudiera estar convocando a la rebelión mientras alude a la rosa, y es que la poesía, enmascarada hasta para el propio poeta, toca cuerdas muy finas y recónditas de la emoción y la psique humanas: “Una vez comprendida, la poesía se convierte en prosa; si tú me comprendieras, también yo me convertiría en prosa para ti”, dice Ling Ying a su amante (p. 104), y agrega que entiende que su ideal de poeta la convierte por defecto en doble motivo de sospecha, pues como mujer no solo es subversiva sino además inmoral: “Yo soy una poetisa (sic), escribo en lengua china, no me da ningún miedo que la sociedad considere extraterrestres a los poetas; creo que me sería muy difícil cambiar de profesión y además no tengo intención de hacerlo (…) prefiero suscitar el odio de la gente, con tal de no ser una poetisa a quien nadie presta atención.” (p.p 110 y 111).
Naturalmente no falta quien se mofe del idealismo heroico de una mujercita frágil, pero Ling Ying no está dispuesta a recapitular como la mayoría de sus colegas. Tantas decepciones nunca son suficientes cuando se tiene confianza plena en una misma, aún si los hechos parecen desmentir la alta estima en que te tienes. Ling Ying, como miles, millones de universitarias, tuvo fe ciega en iluminar la razón (que no la piedad) de sus gobernantes, y nunca dejó de confiar en el poder de la poesía por sobre el poder sin sustancia, ni cuando se respondió a la manifestación artística y pacífica con balas y aplastamientos con tanques. Tampoco cuando en medio de la balacera y entre cadáveres todavía calientes, corrió a bordo de su bicicleta buscando el abrazo protector de Chen Yu para hallarlo en la cama, la misma que compartían, con la ex esposa a la que decía odiar: A consecuencia de esto encuentra refugio en Li Jiangjiong, que vive en una comuna intelectual. De buen grado acepta Ling Ying pasarse del lado de los parias, al que, en esencia, ha pertenecido siempre. Y será ahí, entre reflexiones filosóficas de Li Jiangjiong, el sofisticamiento de Hua Hua, la sensibilidad de Yan Heituo, la excentricidad de Shao Liuliu y, sobre todo, el arte extremo de Wu Wei, que termina haciéndose efectiva la catarsis de una desnuda Hong Ying rodando sobre papel de Xuazheng para imprimir su feminidad, su flor abierta; transformándose en la maravillosa mariposa que prometía ser desde que era larva: “Pero ella estaba sumida en la contemplación de la pintura; aquello era una lucha dolorosa y sangrienta, y también un cuerpo que asomaba, desnudo, libre e intensamente sensual, la mueca del espíritu al volver en sí después de una aniquilación completa (…) El arte ha trascendido su objeto y su instrumento para acabar volviendo a ella (…) Y ahora todo lo que me pertenece soy yo misma (…)” (p.p 174 y 175).
A partir de la publicación de esta novela, Hong Ying tiene prohibido regresar a China, por lo que actualmente radica en Londres y se ha nacionalizado británica. Su más reciente libro, K: el arte del amor, ha sido prohibido en su país de origen debido a que plantea la relación erótica (y documentada) entre un inglés, Julian Bell –hijo de Vanessa Bell y sobrino de Virginia Woolf-, y una china casada de nombre Ling Cheng, durante la década de los treinta. “Insoportablemente pornográfico”, lo ha denominado Chen Xiaoying, hija de Ling Cheng. Fue, de hecho, un descendiente de este quien denunció el contenido del libro. Al respecto, Hong Ying ha dicho que la rabia le da mayor impulso para escribir.
Escenas de Tiananmenn 89