Rigurosa blasfemia

Escribir es un encantamiento. Sobre todo cuando tengo la revelación, cuando sé cómo nombrarla
M.G

Margo Glantz es de las escritoras contemporáneas más íntimamente tocada por Sor Juana. No hablo sólo de su innegable autoridad como sorjuanóloga, también del peculiar barroquismo de su narrativa y su compulsivo estudio de las monjas barrocas y para quienes, nos revela, la escritura era una labor de mano, asociada más al bordado, pero siempre sujeta al juicio de los confesores: “es una actividad sospechosa y vigilada, por lo que puede volverse intermitente o desaparecer por completo” (Borrones y borradores, UNAM, 1992). Mientras que en el varón del barroco, nos explica en su ensayo titulado “La conquista de la escritura” e incluido en La desnudez como naufragio (Iberoamericana, Madrid, 2005) la escritura era considerado un acto racional ejecutado por la mano por orden directa del cerebro, en las monjas que redactaban sus experiencias místicas y domésticas bajo la estricta supervisión de sus confesores (varones, claro está) aquello era un acto, en el mejor de los casos, guiado por el espíritu, cuando no por el instinto. La escritura de las monjas coloniales no tenía ni remotamente el valor de la caligrafía de las japonesas de la Era Heian, por poner un ejemplo y no pocas veces se les imponía la escritura como penitencia, aunque, según señala Margo, gran parte de esos escritos (que no carecen de interés, y eso lo sabemos hoy gracias a rescatistas como la propia Margo) fueron destruidas por los liberales a mediados del siglo XIX, “y a menudo (…) desaparecieron como materia prima de los textos de los sacerdotes y prelados al considerar la escritura de las mujeres como una producción subordinada (…)” (p. 122)
Traductora al español de Georges Bataille —cuya influencia sobre ella es asimismo notoria, según lo constata su fascinante novela Apariciones, es apenas la tercera mujer admitida en la Academia Mexicana de la Lengua, a la que ingresó el 21 de noviembre de 1996. Se le reconoce ampliamente como investigadora, profesora y académica, autora de ficciones y feminista, campo en el que se desenvuelve con la mariscal serenidad de quien ha ganado una batalla. Hay mucho de hedonista en su pasión literaria y en su método de escritura: observo su forma de gesticular; de quitarse y ponerse las gafas; de jugar con sus múltiples pulseras y me pregunto hasta qué punto es mágica como la morada de máscaras de barro y nácar que la alberga. “Me interesa analizar el proceso de la conquista de la escritura, un derecho del que se ha privado a los colonizados, entre ellos a las mujeres”, resume su monumental obra ensayística que ha sido recogida en voluminosos tomos por el Fondo de Cultura Económica.
Pero mientras documenta y nutre su feminismo, que en consecuencia la ha llevado a explorar intensamente el terreno del erotismo femenino, demostrando que la santidad y la castidad son otra forma de expresión erótica –cuestión ya abordada novelísticamente en Apariciones y lo ha reiterado ensayísticamente en su más reciente libro de ensayos, La polca de los osos (Almadía, 2008)-, lo mismo que el masoquismo y la elección del papel de objeto de una relación que tanto han atajado las feministas, no tiene pudor en reconocer sus debilidades que sería erróneo calificar de “femeninas”, en una época en que los varones de cualquier orientación sexual, han perdido el pudor de reconocer su atracción por la ropa, el maquillaje y los perfumes, y es así como también ha dedicado memorables y divertidos relatos y ensayos a los zapatos –confesando de paso que ella, a través de su alter ego, Nora García (que como Margo es profesora, tiene dos hijas, un perro que solía morderla pero al que ama con locura y una perra mimada que una vecina chiflada cree callejera e insiste en sobre alimentar), confiesa que no puede sentarse a escribir si no es calzada de hermosos zapatos, preferentemente marca Ferragamo-; los ha dedicado también a las dietas y a los problemas domésticos, asuntos que, al revés de lo que pudiera pensarse, Margo no pretende volver materia filosófica, sino dejar en el plano de la frivolidad… una frivolidad, eso sí, inteligente, como inteligentes –creo yo, pese a estar en el extremo opuesto: las hippies- son las mujeres que aman la buena ropa, la buena vida, y eso lo supe al leer las deslumbrantes memorias de Cocó Chanel a quien no puedo evitar asociar con la doctora Margo. Se lee en Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador (Anagrama, Barcelona, 2005) se lee:

“Se dice que la primera mujer que usó zapatos de tacón alto fue Catalina de Médicis, una mujer de muy pequeña estatura. En Florencia, donde residía, encargó los zapatos que habría de usar en su boda con el Duque de Orleans, en París. Corría el año de 1533. Las damas francesas no tardaron en imitarla y convertir ese tipo de calzado en objeto privilegiado de la moda.” (p. 21)


Nacida en la Ciudad de México, el 28 de enero de 1930 en México, Margarita Glantz Shapiro —a quien definitivamente le sienta mucho mejor el “Margo”— es hija de un inmigrante ruso, el también escritor Jacobo Glantz que escribió poesía en yiddish y en español –excelente, según me han dicho- y era zapatero y “abonero”. Margo cuenta a Felipe Garrido su experiencia, terrible y enriquecedora a la vez, de haber convivido con unos padres que tenían costumbres diferentes a las propias- aunque lo había escrito previamente en su extraordinaria novela Las genealogías-: “El yiddish era su idioma privado. Hablándolo me excluían. Ellos me impidieron que aprendiera su lengua nativa y así me sacaron de su intimidad. Mi lengua desde niña fue el español.” No aprendió, como Sor Juana, a leer a los tres años sino hasta los seis, como la mayoría de los niños mexicanos. Pero casi en el preciso instante de aprender las palabras, se rodeó de libros, lo mismo que de muñecas. Las genealogías –Premio Xavier Villaurrutia 1984-, novela autobiográfica que inicialmente se publicó por entregas en el periódico Unomásuno y aborda los conflictos muchas veces trágicas, otras tantas chuscos de una familia judía rusa afincada en México, no solamente contribuyó a que la autora descubriera y comprendiera a esos casi extraños que eran sus padres, sino a llenar un importante hueco en las letras mexicanas que entonces casi no contemplaba temas que tuvieran que ver con lo ajeno, lo forastero. “Mi padre se inició en el camino del exilio llevando sobre la cabeza una canasta con pan –se lee en Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador – (…) Cuando mi padre andaba a caballo parecía un conquistador, o por lo menos eso pienso cuando veo las fotografías que de esa época mi madre conserva en nuestra casa, fotografías color sepia ordenadas en un viejo álbum traído desde Rusia (…)” (p.p 28 y 29)
Desde su primer libro, la “novela dietética” Las mil y una calorías (1978), una constante en la escritura de Margo es esa especie de erudición irreverente que en la novela Apariciones, originalmente publicada en Alfaguara en 1995 y reeditada por la misma editorial en el 2002, se gradúa cum laude como blasfema. “La escritura y la sexualidad se ejercen siempre en espacios privados y por ello mismo susceptibles de violación, espacios secretos, sí, espacios donde se corre un riesgo mortal”, nos dice sor Lugarda de la Encarnación (¿o sor Teresa Juana de Cristo?), uno de los desconcertantes actores de esta novela, entregados casi siempre al éxtasis, sea sexual, místico o artístico. La pareja de amantes sin nombre que protagoniza la parte carnal de esta trinidad erótica, hacen el amor casi todo el tiempo, y su intimidad es invadida por los indiscretos ojos de una niña de blusa blanca y pantalones azules, hija de la mujer al parecer. Las monjas barrocas, en tanto, se flagelan pugnando por alcanzar la santidad con empeño idéntico al de aquellos que persiguen el orgasmo. Finalmente la escritora que enfrenta su escritura en la misma forma en que la mujer enfrenta la tiranía sexual del amante; y las monjas, la de Dios: dispuesta a cualquier cosa que ella, La Escritura, le pida, por aberrante que sea. Diría Natalia Ginzburg, parafraseada por Rosario Castellanos: “el oficio de escritor trata a quienes le sirven como lo que él es: como un amo”.
El ejercicio de los amantes consuma la blasfemia mayor de la novela, al involucrarse la carne con la espiritualidad y la creatividad –que para Margo, lo ha dicho en diversos ensayos, son indisolubles-, las tres vías a través de las cuales se hace manifiesta el alma. Se trata de una novela harto inquietante, tanto en forma como en contenido, pues Margo, desde su apasionada curiosidad por el cristianismo que la ha llevado a convertirse en devota de la hagiografía, otro de sus campos de estudio, no se limita a escribir una novela tradicionalmente erótica sino que revoluciona el espectáculo de la carne al fusionarla con intelecto y espíritu, hasta crear tres entidades indivisibles que no podrían ser explicadas autónomamente; explora minuciosamente ese orgasmo del alma factible de lograrse a través del martirio, un martirio susceptible a confundirse con masoquismo, lascivia de la humillación. Nos dice Nora Pasternac : “En el instante de la pérdida y la desposesión en el que el sujeto se abandona al otro. Este abandono al otro, inmanente, es lo que separa a los amantes del erotismo de los místicos.”
El rastro (Anagrama, 2002), novela finalista del Premio Herralde de Novela 2002 y premio Sor Juana Inés de la Cruz 2003, parece retomar a la narradora de Apariciones, que también se llama Nora aunque de apellido García. La misma Nora García que en Zona de derrumbe acude a practicarse una mastografía y en Historia de una mujer… reflexiona a partir de su cotidianidad y de su gusto por los accesorios femeninos. Aunque el tono narrativo de El rastro es muy semejante al de Apariciones, el conflicto es distinto y, sin embargo, complementario: el amor y la muerte, circunstancias en las que la autora indaga hasta las últimas consecuencias, como en todo. La historia empieza con la llegada de Nora al velorio del que fuera el amor de su vida, Juan (como se llama también el gran amor y esposo de la Nora de Historia de una mujer…), situación que inevitablemente la hace hurgar en la memoria, sitiada por la estrofa del tango que todo lo resume: La vida es una herida absurda.
Juan, pianista y director de orquesta, ha muerto por un mal cardíaco. El corazón, ese órgano que se complementa con la razón para crear arte y porfía, sin embargo, en trabajar de forma independiente cuando de pasión desnuda se trata, se vuelve centro de la reflexión de Nora, ex esposa de aquel, al parecer traicionada. Como en Apariciones, arte y erotismo van aunados, aunque con esta vez con el dolor nostálgico que precede a la muerte del amante: “Como el corazón, el soneto se cierra sobre sí mismo, jamás puede salirse de su marco, así se trate del vapor que la pasión hace asomar a los ojos, creo que gracias al efecto de la combustión –una mezquina combinación térmica-, el corazón puede deshacerse en lágrimas, romperse, destruirse. La forma del soneto es muy parecida a la del corazón, este delicado instrumento cerrado sobre sí mismo que cuando se desborda ocasiona la muerte del cuerpo –en este caso particular, la muerte del cuerpo de Juan- y también la muerte del poema.” (p. 132).
Sólo a través del arte (las novelas rusas, Rousseau, Bach, Beethoven, o el desgraciado Pergolesi, quien tras un abucheo durante el estreno de una ópera de su autoría, siente cómo un ramo de rosas es arrojado a sus pies); Nora le encuentra sentido a la pasión amorosa que si bien terminará dejando un boquete sangrante el alma (otra de las innumerables metáforas de ese corazón, objeto de su reflexión), será flexible entre las manos del artista que hará de ella un soneto, una sinfonía o, como en este caso, una novela. Galardonada en el 2004 con el Premio Nacional de las Artes, Margo escribió El rastro como sobre un pentagrama, a la manera de un tango, donde el dolor se goza, se repite una y otra vez como un estribillo pegajoso, La vida es una herida absurda, y brota como la sangre del corazón de Natasha Filipovna, bajo la saña del despecho. “(…) escribir se convierte así en un acto sagrado, el remate de la mutilación, o mejor dicho de la marca corporal que al transcribirse al lienzo, al borde del lagrimal, a la piedra o quizá a ese sudario que llevan bajo el brazo los dolientes, inmortaliza.” (“El fin del milenio”, La polca de los osos, p. 81).

Te invito a conocer la Biblioteca de Sor Juana, armada por Margo Glantz

Foto: Alina López-Cámara