Alegato contra las Niñas Pasteur

A Helen Memel, protagonista de Zonas húmedas, primera novela de la anglo-germana Charlotte Roche, deben haberla azuzado una y mil veces con la legendaria amenaza de lavarle la boca con jabón, lo que la llevó directo a probar un autolavado para inmunizarse contra lo que suena como un terrible castigo. Pero la astringencia bucal, lejos de conjurar las palabras sucias, parece haberlas amotinado como moscas en torno a la caca. Helen, de hecho, no le hace mutis a nada. A casi nada, excepto al exceso de perfume con que se pretende tapar los malos olores. Charlotte, como Helen, parece divertirse escribiendo como si trazara garabatos obscenos en la cabina de un baño público.
No deja de sorprenderme, sin embargo, la ligereza con la que los críticos de prensa leen a las escritoras y Zonas húmedas es cultivo idóneo para toda clase de interpretaciones peregrinas. Ni las propias mujeres, como Elsa Vigoreux del Novel observateur, han escapado a la tentación de suponer que la obsesión por el culo por parte de la narradora es “símbolo de un nuevo feminismo”(¡). Stefano Jario, de Liberazione, la considera “una demolición de los tabúes del sexo” (¡¡). Todavía más extraviado, P. Olteman, de Granta, establece nexos por demás dudosos entre esta y otras obras que no consigo relacionar con la que nos ocupa: El guardián en el centeno, de Salinger, Crash, de Ballard… ¡y La mujer eunuco, de Germaine Greer!
Por fortuna para sus futuros lectores, Zonas húmedas no tiene nada que ver con ese Frankenstein sugerido por Olteman. Casi me parece ver a su joven autora, doblada de risa ante grandilocuencia tal que ninguna escritora inteligente –y ella sin duda lo es- se tomaría en serio.El único que le hace cierta justicia es Ed Cesar, de The Sunday Times: “El libro más osado que se haya escrito sobre el cuerpo de la mujer”. Y sin embargo la relevancia del libro no se centra justo allí.
Aunque no faltará quien la califique de pornográfica, ¡y hasta de erótica!, Zonas húmedas es el espíritu rabelaisiano trasladado a una época negadora de dicho espíritu y, por consiguiente, necesitada de éste con urgencia. El retrato picaresco de una jovencita batida entre la responsabilidad que entraña la adultez, que para ella es un juego, y la niña que todavía no abandona su fase anal y se entretiene con su propio excremento. Helen Memel, emperradamente sola pese a contar –en apariencia –con una familia, se ensimisma hasta hacer de su propio cuerpo un fetiche, una fuente de diversión: su juguete favorito. No la típica obsesión por la belleza y el peso, que no solo no le quita el sueño sino rechaza con toda el alma: no es casualidad que sus alabadas pestañas sean un mazacote de añejas capas de rimmel. Como apunta Ingeborg Harmis, es una rebelión contra los estereotipos de belleza, a lo que agregaría yo, y a los placeres “ortodoxos”:

…En el Instituto (las llamábamos) “niñas Pasteur” o “hijas de Don Limpio”. No sé cómo lo hacen, pero siempre parecen mejor lavadas que las demás. Están totalmente inmaculadas, desinfectadas, sintéticas. Cada punto de su cuerpo, por minúsculo que sea, ha sido objeto de alguna atención.
(…) Las mujeres cuidadas se hacen las uñas, las manos, la cara, los labios, el pelo, la piel, los pies. Se pintan, se depilan, se tiñen, se rizan, se esmaltan, se exfolian y se untan con crema.
Se quedan tiesas como una estatua rococó porque saben cuánto trabajo han invertido y quieren que les dure el mayor tiempo posible.
¿Quién se va a atrever a sobar y follar a esas tías?
(p. 101, traducción de Richard Grossman, Anagrama, Barcelona, 2009).

El juego favorito de esta niña mujer consiste en la autoexploración, no solo en lo sexual sino en la incesante localización de sus miasmas para comérselas, cosa que religiosamente hace cada mañana, al despertar, con “las cagarrutas de Morfeo”. Helen se deleita en sus propias secreciones, tanto en lo gustativo como en lo olfativo y es a partir de estos hábitos sui géneris –o quizá no tanto- que lo escatológico permea la narración, con tal tino que el lector se sentirá más sorprendido que sinceramente asqueado.
Helen Memel- y puede que también Charlotte Roche – es una niña en perpetua pesquisa de montañas rusas y nuevos sabores de helado que lo mismo la excitan que la consuelan. Su idea del amor es un caballero consagrado depilar a su dama, si así es como la quiere. ¿Quién es, pues, aquella otra niña grande que le dedica toda una novela a una parte de la anatomía femenina todavía más innombrable que “el chochito”, como lo llama la infantiloide Helen? Narrada en primera persona, pudiera pasar por experiencia autobiográfica, sin embargo, mientras que en un extremo acto de rebeldía Helen se ha hecho esterilizar cumplidos los dieciocho, Charlotte Roche vive en Colonia, Alemania, con su esposo y su hija Polly, producto de un matrimonio anterior. Todo libro, ya sabemos, tiene algo de su autor, y Charlotte es además una popular cantante y conductora de la TV germana que se caracteriza por su irreverencia y “valemadrismo”. Lo autobiográfico, en todo caso, radica en el impacto que le produjo a la autora el divorcio de sus padres. Nacida en Wycombe (Reino Unido) el 18 de marzo de 1978, Charlotte Elisabeth Grace Roche, hija de un ingeniero y de una activista política, vive en Alemania desde los ocho años y se crió en el seno de una familia liberal, en la región del Rin. Abandonó la educación formal a los 17 años, en el onceavo grado y fundó con tres amigas un grupo de garaje rock llamado The Dubinskis. A este periodo lo acompañó una serie de actosde rebeldía adolescente como automutilarse para pintar con sangre, afeitarse la cabeza y ofender gratuitamente a la gente en la calle. Su vida cambió cuando resultó seleccionada en un casting para fungir como disc jockey del canal musical alemán Viva, donde permaneció durante algunos años. Participaría también en los programas “Arte” y “ZDF”, entre otros. En el 2001 una tragedia familiar alteró radicalmente su vida: sus tres hermanos murieron en un accidente automovilístico cuando se dirigían a la boda de Charlotte con el productor y escritor televisivo Eric Pfeil, resultando la madre muy mal herida. En 2007 se casó en segundas nupcias con Martin Kes, co fundador de Brainpool, una compañía de medios muy popular de Colonia. Incursionó como actriz en el filme alemán Edén donde lleva el rol principal, bajo la dirección de Michael Hofman. Según ha declarado, nunca imaginó que escribir sobre algo tan cotidiano como los fluidos le acarreara semejante éxito.Zonas húmedas comienza cuando, experimentando un depilado anal de propia mano, Helen se produce una fisura que la lleva hasta la sala de emergencias del Hospital de la Virgen del Perpetuo Socorro, donde transcurrirá la trama. Helen, quien se jacta de padecer almorranas (tal cual: nada de hemorroides) y practicar, sin embargo, el sexo anal con singular entusiasmo, termina en una plancha de quirófano con el trasero –o culo- al aire, y en la cabecera un amable anestesiólogo que responde con sinceridad a sus más burdas dudas. En medio de su declaratoria de ejercer una sexualidad indiscriminada y heterodoxa –las prostitutas cuyos servicios ha contratado la enternecen por su inexperiencia anal y en tantas cosas- más por morbo que por concupiscencia, la tremenda Helen no deja de pensar una cosa mientras es intervenida: al fin logrará reunir a sus padres ante su lecho de enferma. Los verá juntos de nuevo. Esta obsesión nos la revela como una niña ansiosa de llamar la atención, cosa en la que, al parecer, no ha corrido con mucho éxito que digamos.
Su monólogo, pues, hilvana recuerdos de la infancia, alguno traumático; reflexiones sobre sus padres y evoca sus más guarras hazañas sexuales, en las que filtrará algún guiño cursilón de manera más que intencionada: A Charlotte, más que provocar, le gusta provocar extrañamiento (que no estreñimiento) : “En nuestra casa el lavado del chocho se convirtió en toda una ciencia (…) Otra de las reglas de mi madre era que los chochitos se enferman mucho más que los penes, es decir, están más expuestos a los hongos, al moho y cosas por el estilo (…) pero yo ya he descubierto que muchas cosas que me enseñaron no son ciertas.” (p.p 21 y 23).
Existe un vínculo innegable entre las conductas antihigiénicas de Helen y la educación impuesta por su madre en ese sentido. Pero el resentimiento no tiene tanto su origen en el hecho de que a su hermano no se le fastidiara con la exigencia de mantener inmaculados sus genitales. El asunto va mucho más allá de los prejuicios sexistas de la madre, quien en algún momento demostró a la hija, de manera contundente e irreversible, que no le era tan preciada como el hijo varón. Los sentimientos de Helen por su padre, excéntrico y hasta misterioso, son algo más amables: “Las hijas cuyas madres insisten en dejar mal al padre, en algún momento acaban vengándose de ellas. Todo vuelve como un búmeran.”
El señor Memel es, por así decirlo, “buen tío”. Suele aparecerse cuando no se le espera para enseñarle a su hija cuestiones bastante prácticas. Helen, sin embargo, poca idea tiene de quien es este individuo, ni siquiera está segura de lo que hace para ganarse la vida, “Hay cosas que su no se preguntan a tiempo ya no pueden preguntarse nunca”. Es tan poco lo que sabe de su progenitor, como este y su madre de ella. Ignora algo tan elemental como la causa de su divorcio, de su radical separación. Sobre Helen, lo único que sus padres pueden decir con seguridad es que tiene una rara afición por cultivar aguacates. Pero la imaginación no les alcanza para adivinar el empleo que la muchacha da a los huesos. Una chica, sin duda, naturista.A Helen no se le ocurrido acarrear un libro para aligerar su larga convalecencia en el hospital, ni siquiera solicita uno, quizá porque basta la lectura de su propio cuerpo. El único libro al alcance de su mano es una Biblia a la que decide darle mejor uso, tras solicitar se retire de su vista el enorme crucifijo en la pared, con lo cual transforma su entorno en el “aburrido cuarto de una muchacha atea”. Se aburre espantosamente por momentos, lógico, y por lo mismo busca actividades extravagantes en qué entretenerse. Por ejemplo: solicitarle a Robin, el simpático enfermero, que le haga una foto de la parte operada porque no alcanza a verse y siente mucha curiosidad… o violar su dieta, “a ver qué pasa”, filtrando en su habitación una pizza y unas cervezas. El resultado de su trasgresión, intuye, será tremendamente dolorosa, un desgarramiento, pero está demasiado habituada a disfrutar el momento sin medir consecuencias. Alguna patología masoquista o- insisto- un deseo asimismo patológico de llamar la atención la lleva a asumir conductas autodestructivas, hasta cierto punto ligadas con su hedonismo: “Que en los asuntos del coño sea tan sana y en los del ano tan estrecha, se debe a que mi madre me adoctrinó en una cagafobia inmensa. Cuando era pequeña decía muchas veces que ella nunca hacía aguas mayores. Y que tampoco tenía necesidad de tirarse pedos. Que se lo guardaba todo dentro hasta que se disolvía. Lógico, pues, que yo esté como estoy.” (p. 73).Un hospital no es propiamente un paraíso. Ni siquiera consigues dormir tus horas con tanto ajetreo. Las enfermeras suelen ser hostiles. Las mujeres de la limpieza todavía más. No tanto los enfermeros: ahí tienen a Robin, quien se convierte en lo más cercano a un confidente que se pueda desear. Y sin embargo Helen sueña con permanecer en aquel limbo, acaso envuelta en el aroma de su propia mierda y sangre menstrual, quizá porque conserva la esperanza de que algún día sus padres antepongan al orgullo el amor que se supone le tienen los padres a sus hijos, y se reúnan ante su lecho. Aunque sea después de muerta. Aunque ella no pueda verlos. Pero hasta entonces solo ha recibidos visitas fugaces y esporádicas, con horas y hasta días de diferencia entre una y otra. Considera la posibilidad de entrenarse como Ángel Verde, suerte de enfermeras dedicadas exclusivamente a consolar enfermos… pero las encuentra tan antipáticas, típicas Niñas Pasteur, que opta por una solución extrema… ¿Reventar?
Zonas húmedas es una novela absolutamente subversiva, semi herética y escrita con un sentido del humor tan negro como inteligente, por una mujer a la que le han ocurrido demasiado cosas sorprendentes en su vida como para albergar pelos en la lengua y que pese a su audacia, se autodefine en algunas entrevistas como una feminista tradicional.