Embriaguez y sueño

Amor. Abeja reina del lugar común. Lugar tan tenebroso como el infierno. Palabra tabú, acaso por antigua, porque su eco se ha reproducido hasta distorsionarse. La más vieja entre las palabras ancestrales. El mayor logro estético de la poeta mexicana Elsa Cross es haber encontrado una nueva forma de nombrarla sin dejar de escribir Amor. ¿En qué consiste el secreto de Elsa para escribir la más portentosa poesía amorosa desde tiempos de Sor Juana y ser, sin embargo, reverenciada por sus colegas de ambos sexos? Leyéndola con el talante más crítico que su reveladora belleza hace posible, pudiera alegar que Elsa no revela nada que el lector no conozca: esas postales de la memoria englobadas en otra palabra a la que Elsa no teme en lo absoluto: nostalgia; la recreación de los lugares que se han recorrido tomada de la mano del amante…más aún, se permite canalizar esa nostalgia hacia los rasgos de ese amante, sin escatimar esa clase de detalles que solo competen al que echa de menos: “(…) el nácar suave donde es mar el ojo-/ de su verde olivo/ cambia al dorado de la arena./Tu mirada como el sol del desierto./ La boca ocultas, como un tuareg,/ bajo el velo negro de tu barba.” (X, El divan de Antar, Joaquín Mortiz, Premios Bellas Artes de Literatura, p. 28).
Esa nostalgia por los rasgos amados no es exclusiva de su poesía de juventud, si es que alguna vez escribió como una joven inexperta (cualquiera diría que nació sabia; que nació versada en el arte de la vida y la reflexión). En uno de sus más recientes libros, El vino de las cosas (Era, 2004), se regodea en la recreación del rostro amado, delineándolo como las yemas de un ciego grabándose los rasgos que nunca verá: “Tu mirada persiste/ desde su sesgo húmedo./ Tu boca se entreabre,/y el silencio que emite/cubre más que la sombra.” (p. 37)
¿Cómo es que, si considerándose pecado, más que defecto, máxime tratándose de una poeta mexicana –concretamente mexicana; concretamente mujer, allí donde una escritora se encuentra a expensas del más recalcitrante machismo, no tanto de otros poetas como de los críticos, casi exclusivamente del sexo masculino- se explaye en estos aspectos que, por íntimos, por cotidianos, consiguen abrazar al lector en una sensación de empatía que la reciente poesía mexicana, cincelada como bello busto de mármol sin ojos, dista de brindar. La poesía de Elsa Cross, sí, tiene esa parte de calor de hogar; cálida bienvenida a su morada tras una larga y desesperanzadora caminata por espinosos bosques; esa parte entrañable de anfitriona que adora preparar un té reparador para un corazón roto. Sí. Pero tiene algo más en lo que podría residir su secreto para renovar la más corrompida de las palabras poéticas: Amor, y es su erudición sobre las culturas griega e hindú, así como su apasionada incursión en el estudio de diversas espiritualidades (más que religiones) y, además, su lectura aplicada y despojada de prejuicios de Nietzsche, irónicamente de los filósofos más escépticos respecto al sentimiento amoroso y, quizá por lo mismo, quien mejor asentado dejó lo hondamente que el amor lo había afectado, al grado de pretender arrancarle el velo del que lo cubrieron los románticos, inmediatos antecesores suyos. En todo caso, la lectura de Nietzsche resulta indispensable para comprender el sentimiento amoroso, para cuya exposición se remonta a los griegos, que lo obsesionaban tanto como a la propia Elsa, apasionada estudiosa de ambos, es decir, de Nietszhe y del objeto de estudio de este.
Leyendo los ensayos de la poeta sobre el filósofo alemán, descubro que Elsa le estudió con la misma ternura –término que tampoco la asusta-; con la misma displicencia con que describe a los guerreros míticos; a los amantes errantes que languidecían entre sirenas tras el fragor de la batalla, y sin embargo no dejan ir el recuerdo de la mujer amada: “Solitario y hermoso/tu inmortal avidez/consume lo que toca,/y a tus pobres amantes/ vuelve una flor llorosa/o un árbol enlutado.” (“Peán (o Apolo)”, El vino de las cosas, p. 62). No tiene empacho en cantarle a los atributos del varón con la misma dulzura con que poetas varones han ensalzado la belleza de las mujeres, y lo hace sin que a sus palabras asome nada que no sea un reconocimiento estrictamente estético, un toque de asombro ante lo que la naturaleza es capaz de forjar en un ser humano, en sus huesos, en sus músculos, en sus aptitudes de sobrevivencia. Su mirada se muestra perennemente asombrada de la hermosura del amante, y su apreciación de la belleza no pertenece, en definitiva, a este tiempo, sino que la ha ido forjando a través de su incansable lectura de griegos y helénicos. En su magnífico ensayo, La realidad transfigurada (UNAM, México, 1985), una Elsa Cross en la cúspide de su arrojo creativo –la poeta nació en México, DF, el 6 de marzo de 1946-, del todo compatible con la propuesta de Nietzsche; realiza una exhaustiva pero clara exposición de los preceptos del filósofo alemán respecto a la cualidad instintiva del arte, partiendo de la oposición entre Dionisos y Apolo, asociados ambos al origen de la tragedia. Nietzsche percibe lo que ambos simbolizan como instintos otorgados por la naturaleza misma, para decirlo con palabras de la propia Elsa, “(…) instintos que brotan de la naturaleza misma, fuerzas vivientes frente a las cuales el hombre puede ser un imitador, pero en sí se muestran como anteriores e independientes de toda elaboración artística humana.” (p. 12)
El instinto artístico, por llamarlo de algún modo –y que tanto griegos como románticos atribuían a entidades sobrenaturales, conocidas como “musas”-termina por convertir al hombre, al artista, en una obra de arte en sí mismo, de ahí que la capacidad de sufrimiento se asocie a menudo con el talento artístico. El hombre que rasga la página en blanco con su pluma es rasgado a su vez por las palabras. Esto último pudiera no resultar muy apegado a la imagen que de Elsa nos hacemos a través de su poesía, que parece escrita con gozo, en medio de cristalinos chapoteos de pececillos dorados en torno a sus tobillos, pero el éxtasis dionisiaco del que hablaba Nietzsche, y que es plenamente asociado con la poeta que nos ocupa, no reconoce el dolor del placer, como la propia Elsa nos lo hace ver: “(…) a la intuición, que alguien llamó “instinto del espíritu”, corresponde la belleza de la apariencia onírica, el sueño de donde brotan los dioses olímpicos, el poder vaticinador del dios Apolo, la revelación.” (p. 14).
Y si bien a través de su trayectoria poética Elsa Cross ha explorado cientos de caminos relacionados con la espiritualidad, nunca ha quitado el dedo del renglón respecto a lo esencial nietzscheano: se ha ceñido su instinto creador como una espada, impidiéndose no ser genuino ni sincera consigo misma; ese instinto que puede ser refinado, educado –aunque en Elsa el talento es latente desde sus primeros poemas, y ha sido, de principio a fin, una poeta de primera línea-pero jamás falseado, jamás traicionado, jamás hermoseado por afeites cortesanos, como por desgracia termina siendo por poetas menos comprometidos con su oficio que terminan traicionándose a sí mismos, que es lo mismo que traicionar a la poesía y a la naturaleza. De ahí que la palabra amor cobre una dimensión épica tratándose de Elsa Cross, la poeta para quien sueño y embriaguez no son tan radicalmente distintos pues, dice ella en su ensayo, comparten la cualidad de ser ajenos a la “realidad diurna”, al estado de cabal conciencia, de razón, de percepción objetiva. En la poesía de Elsa Cross, cada palabra significa lo que tiene que significar y no es posible reemplazarla con ninguna otra. Pudiera agregar, que la poeta lleva su fidelidad a sí misma (es decir, La Poesía) a extremos que lectores y críticos consideran unánimemente admirables: la conservación de la enseñanza originaria; ese lenguaje surgido de la tradición oral que, una vez traducido a la escritura, completa su condición de arte, de expresividad que acaricia la vista junto con los oídos y el tacto. La poesía de Elsa Cross es un perpetuo redescubrimiento del lenguaje; un constante abrir los ojos a realidades paralelas, abrirlos cada vez más grandes al efecto de belleza que crean los signos cuando se encuentran su cada quien con su cada cual, como en este poema incluido en El diván de Antar, distinguido con el ya por entonces Premio Aguascalientes 1989:
Las palabras ya han forjado de su propia raíz,
letra por letra,
los hilos de esta historia.
Si tú vienes,
su libre juego se congela,
como la imagen pura en las palabras.
(p. 32)
Palabras silenciosas y, por lo mismo, elocuentes. Palabras que no gritan, que exigen ser pronunciadas en una especie de mantra. El discurso de Elsa Cross no ha sido arrojado nunca en torrente, sino con la naturalidad con que se abre la jaula de un pájaro para permitirle remontar el vuelo. Naturalidad/ Naturaleza son una misma actitud en el discurso de esta poeta a quien poco parece preocuparle deslumbrar o subyugar. En realidad lo único que la ocupa es establecer un diálogo interminable con ese instinto al que alguna vez se le nombró “musa” y lograr, a través de escenarios, paisajes míticos y palabras extraviadas en aventuras de guerreros y marineros ebrios, que los sentimientos hagan acto de presencia en una forma por demás contemporánea y, de esa forma, revalidarlos, abrillantarlos…conmoverlos. Y es que Elsa dialoga también con el lenguaje, con las palabras, con el silencio que no es otra cosa que la perfección que alcanzan estas cuando el o la poeta logran impregnarlas de significados múltiples. Esta empatía que, insisto, parece haber nacido con ella, según los ideales nietzscheanos, alcanza su máxima tesitura en sus más recientes libros, como sería el caso del antes citado El vino de las cosas, ditirambos (Era, México, 2004), donde el lenguaje, al tiempo que se torna intemporal, convierte la actualidad en un espejo prístino de sus remotos orígenes: “igual que sobre el mar/ una gaviota/ pequeña mancha blanca/ en la página viva.” (“6. Langada”)
Elsa ha sido acreedora a múltiples galardones de poesía, siendo el más reciente el Xavier Villaurrutia 2008 por Cuadernos de Amorgós (Aldus, 2008), galardón comprendido junto con otra gran poeta mexicana, Pura López Colomé. Tanto en este, como en su más reciente libro, Bomarzo (Era, México, 2009), Elsa se avoca al tema de la nostalgia, “las postales de la memoria”, de las que hablaba anteriormente; el recorrido poético, recreativo a través escenario donde tuvieron lugar promesas que habrían de ser tragadas por el mar, desdibujadas en la arena, “los jardines ebrios de Bomarzo”, y que la poeta trae de regreso como si fuera posible hacer regresar la ola que muere al estrellarse contra las rocas. No puede saberse si estos lugares fueron escenarios elegidos para situar un discurso o una serie de recuerdos, o sencillamente por lo que representan para la poética de Elsa. Lo destacable es el discurso amoroso; suponer que los lugares elegidos por esta poeta no son sino el Lugar de todas las nostalgias relacionadas con el amor. En algún verso describe la nostalgia como “el dolor por todos los regresos”, y es que si bien resulta generadora de un gozo efímero, termina avivando el fuego de lo que debieran ser cenizas y ruinas de guerra.
Elsa empezó a publicar muy joven, en 1964, cuando formaba parte del taller de Juan José Arreola, del que salieron básicamente narradores. De las pocas mujeres que asistían a estas tertulias, y cuya belleza es continuamente aludida por sus antiguos compañeros de aprendizaje como José Agustín, Elsa sacó a la luz un primer libro de poesía titulado Amor el más oscuro, en 1969, donde definitivamente no se dejó leer como pequeño botón de rosa sino como promesa florecida. Aquella Elsa que recién había cortado su cabellera negra, como la usaría de entonces en adelante, ya exhibía una gran sabiduría, no solo en lo formal, sino en los sentimientos traducidos como amor: “Para reconocernos/ baste la oscura nostalgia socavándonos, / baste nuestra olvidada condición de amantes, /vocación de locura/ celda, / fuego.” (Espejo al sol, poemas 1964-1981, México, SEP, Plaza & Valdés, p. 38). Sin contar antologías, son cerca de treinta títulos los que esta autora ha publicado, sin que ninguno de ellos hubiera pasado desapercibido para la crítica especializada, por lo que resulta casi imposible decidir cuál es el mejor en cuestión de calidad o el que mejor recepción ha gozado. Doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente Elsa Cross es catedrática de la misma universidad donde se formó académicamente.