La secreta excepción

Para Ricardo Bernal

Usted es el único y más importante nuevo escritor que hay hoy en día en la ciencia ficción… ¡Nadie se le acerca! Ni yo, ni Delany, ni Blish, ni Budrys, ni Disch, ni Dick… ninguno de nosotros.
“La leche del paraíso” es tan buena que no hay superlativos para ella. Va más allá. Es absolutamente nueva, absolutamente fresca y cruel con cuanto apareció antes, porque ella es su propia rara avis. Usted es otra nueva ola. Si cada nueva ola es un hombre –como sostengo-entonces usted es lo que ahora se presenta de improvisos rompiendo el oleaje y estoy tan jodidamente destruido por lo que me ha permitido leer que no atino a darle las gracias.

Esta carta, fechada en septiembre de 1969, era la tácita admisión por parte de Harlan Ellison al relato que James Tiptree jr le envió para la histórica antología de ciencia ficción, Visiones peligrosas (1974), tras dos categóricos rechazos. “La leche del paraíso” sería el relato más ensalzado de la citada antología que reunía lo más exquisito del género. El especialista Steve Brown escribiría a propósito del relato de Tiptree: “Leí las dos primeras líneas y sentí como si me hubiera caído de una torre alta”.
Para completar el shock, la ficha curricular del autor hacía mesarse los cabellos a quienes, literalmente, morían por conocerlo, entre ellos, su propio editor: “Segunda Guerra Mundial… sí, la mayor parte encerrado en un subsótano del Pentágono (…) Nacimiento…sí, en un piso del Medio Oeste y los lagos del norte de Winsconsin, y algunas caminatas por lugares extraños, y aún me pregunto qué guerra había en Shangai cuando estuve allí, a los diez años y puedo decir tráeme una cuchara de té en suajili, si a alguien le interesa.”
¡Quién diablos es James Tiptree jr!, clamaron aficionados y expertos de la ciencia ficción, comunidad nada desdeñable en los Estados Unidos de finales de los 60, cuando la conquista de la luna vino a ser asimismo conquista de la ficción. Tiptree fue de esos pocos autores que vislumbró una realidad todavía más allá, como si hubiera nacido con la certeza de que la luna no era inalcanzable, escribió a caballo entre pasado y futuro, conciente de la tendencia a reciclar lo que la memoria borra, visionario más lógico que imaginativo.
Uno de sus jóvenes colegas, un veinteañero de nombre David Gerrold, no tuvo empacho en aprovechar su asistencia a una convención en Filadelfia para hacerle una visita a su amigo por correspondencia, que le quedaba de paso. La dirección postal de James Tiptree jr era 6037 de Rashom Place. Lo más similar que el joven encontró fue el 6037 de Rashom Terrace. Se hizo de valor y descendió del auto para tocar el timbre de aquella adusta aunque agradable casa, bordeada por un cuidado jardín de gardenias. Quien le abrió fue una dama alta, esbelta y distinguida, de cabello corto y limpísimo – sus rizos eran oro puro bajo el sol- e inquisitivos ojos grises. Gerrold le atribuyó entre treinta y cinco y cuarenta años. Lo primero que pasó por su mente fue que se trataba de la mujer de Tiptree, pero al preguntar por él, la gentil señora negó que alguien de semejante nombre viviera allí: “… las calles de esta zona son serpenteantes y confusas…”, dijo.
Aunque decepcionado, el joven Gerrold, como buen cultivador de la ciencia ficción, sabía que nada es imposible. La idea le dio un aletazo, ¿y sí….? Más tardó en sospechar que en desecharlo: No, qué locura… ¡James Tiptree Jr no podría ser una mujer!
La abrumadora mayoría suponía que detrás de James Tiptree se ocultaba un agente de la CIA –suspicacia no tan errada, por otro lado -¿por qué no considerar la posibilidad de que además fuera mujer? No, no, el escritor más raro y exquisito del género de la CF podía ser cualquier cosa, incluso un alienígena –segunda teoría más barajada- ¡Pero no una mujer!
La identidad de James Tiptree jr fue el secreto mejor guardado de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Pero el escritor no se limitaba a ocultarse sino que, desde su escondite, alimentaba el mito, haciéndolo crecer como bola de nieve, jugando al gato y al ratón con admiradores y sus propios editores que, vale la pena aclararlo, no participaban de dicho secreto.
El que Tiptree careciera de rostro y al mismo tiempo se ajustase a todos los rostros posibles, lo volvía más popular. Con el paso del tiempo, sus relatos fueron tornándose más complejos, más críticos. Recibía en su apartado postal las más descabelladas peticiones de admiradoras que deseaban ser inseminadas por él. Las lectoras tenían la certeza de estar ante un hombre que SÍ las comprendía, y lo amaban aún sin tener la certeza de que fuera guapo o feo, viejo o joven. Cuando Judy-Lynn Del Rey le pidió una foto, el caballeroso Tip –como prefería lo llamaran, odiaba el “Jim”- no se hacía del rogar y les hacía llegar, a vuelta de correo, el retrato de un hermoso bebé de bucles dorados y sexo indistinto. Entre las más ilustres correspondientes de Tiptree, estaba la mismísima Ursula K. Le Guin, quien había logrado atraer la atención de lectores ajenos a la CF con su novela La mano izquierda de la oscuridad-: “Tiptree- dice Ursula –era una persona en extremo encantadora, y creo que era consciente de su encanto. El encanto consistía, por una parte, en una vívida inteligencia, en un interés demostrado, en una inteligencia epistolar, en elegancia, disposición y buen humor (…)”
Desde el más oscuro anonimato, James Tiptree jr no solo escribió fascinantes relatos de CF, fungió además como consejero e impulsor de nuevos talentos como el propio Gerrold y una tal Raccona Sheldon. Para entonces, sin embargo, Tiptree solo había publicado en revistas dedicadas al género, unas más prestigiadas que otras: Galaxy, Thrilling Wonder stories, Astounding, Space fiction, etc. Para cuando Tiptree publicó su primera colección de relatos bajo el título A diez mil años luz de casa (1973), ya era un clásico. La curiosidad en torno a su persona no solo no amainaba, crecía.
Los problemas comenzaron cuando su novela corta, “La muchacha que estaba conectada”, obtuvo el prestigiado Premio Hugo 1974. Se cuenta que la noche de la concesión del premio, existía una enorme expectativa ante la posibilidad de que el autor –de quien, se decía también, podía ser un pseudónimo de J.D Salinger… ¡o de Hnery Kissinger!- se presentara a recibirlo. Quien se presentó en su nombre, sin embargo, fue el editor Jeff Smith, quien incluso se dio el lujo de firmar autógrafos a nombre de Tiptree. Irónicamente, la obra premiada, “La muchacha que estaba conectada”, ofrece la pista más importante para descifrar el enigma: “(…) está muy lejos de ser del concepto “muchacha”. Tan lejos como se puede. Es una mujer, sí; pero para ella, sexo es una mala palabra que significa dolor. No es virgen. No te preocupes por los detalles. Tenía más o menos doce años; una bomba encegueció a los amantes defectuosos. Cuando los hombres bajaron, ella tenía un agujero pequeño en su anatomía y otro mortal en todas partes (…)” (Ciberficción, antología de cuentos, selección y prólogo Ricardo Bernal, Alfaguara, tercera reimpresión 2004, p.99).
La “salida del closet” de Tiptree resultó menos espectacular de lo estimado y se dio, por no variar, a través de una carta, casi un SOS dirigido a Bob Mills, su agente literario del momento: “Si Tip parece haber desparecido para siempre, es preciso que sepa que se trata de una mujer (…) Tip no es conciente de haber hecho nada deshonesto. Él no. Yo sí. Cuando veía a mis valientes hermanas era presa de unos remordimientos terribles, pero todo sonaba mucho más interesante si provenía de un hombre…”
El misterio, como se verá, no se despejó en lo inmediato pues la dama en cuestión no reveló su nombre, ni brindaba más detalle que su sexo. La periodista Julie Phillips se dio a la tarea de recabar información suficiente para recrear a la mujer detrás de uno de los más grandes nombres de la Ciencia Ficción y el resultado fue la fascinante biografía James Tiptree jr, la doble vida de Alice Sheldon, publicada en español por editorial Circe y ganadora del premio Hugo a la mejor narración de no ficción en 2007. Hija de padres aventureros y muy adelantados a su época, Alice Bradley, su nombre de soltera, nació el 24 de agosto de 1915, en un ático maravilloso de Chicago con un sobreático con jardín en la azotea y un batallón de sirvientes. Aunque Alice era la hija perfecta para Herbert Bradley y la escritora Mary Hastings Bradley, autora de libros de viajes y aventuras, la niña rubia crecería con la impresión de que siempre echarían de menos un hijo varón – había tenido una hermana algo más pequeña, Rosemary, que murió casi al nacer-; un hijo que fuera algo más que un bello accesorio, del que se enorgullecieran por sus dotes de jinete en vez de avergonzarse, como ocurría con Alice, muy aficionada a la equitación. Con todo, acompañó a sus padres y a los amigos de estos en intrépidos safaris por África donde presenció la captura de un gorila… ¡a los siete años! Al cabo de los años, esa misma niña que lloró por las crías de la bestia, protegería a los ratones del laboratorio de la Universidad de Washington y hasta adoptaría a uno de ellos.
Alice definitivamente no era una niñita común y corriente y su perpetua perplejidad ante el mundo exterior, tan distante al entorno familiar donde predominaban los trofeos de caza, tristes ojos de criaturas disecadas que reemplazaron a los amiguitos imaginarios, la llevaría al límite durante el esperado baile de debutante para el que las jóvenes de la high society se preparaban casi desde la cuna. Mary Hastings Bradley obtuvo el codiciado premio O’Henry gracias al relato “Five minute girl” donde se expone la terrorífica experiencia de una joven que fracasa en este, el más importante día de su vida… anticipándose acaso al futuro de su propia hija. Alice se sentía tan fuera de lugar entre esas chicas bobaliconas, ansiosas de agradar al sexo opuesto, que terminó escapándose con el primer joven inteligente que conoció en la gala. “La venganza de la hija obediente”, la llamaba Alice, con su característico humor negro, quien tres días más tarde de la espectacular fuga en taxi se casaría con su comparsa, el futuro escritor Bill Davey.Como era de esperarse, el matrimonio fracasaría algunos años después y aunque breve, dejaría en Alice daños psíquicos irreversibles, como un aborto mal practicado que la incapacitaría para ser madre. Por entonces se esmeraba en ser pintora… no cualquier pintora, sino la mejor. En realidad no sabía lo que quería, no conscientemente. Tratando de encontrarse a sí misma escribirá sus primeras reflexiones sobre cuestiones de género, algo que la preocupaba hondamente pues el hecho de ser mujer le obstaculizaba sus aspiraciones profesionales. Por otro lado, pese a ser tan vanidosa como la mayoría de las chicas de su edad y armarse de tacones altos que la hacían sentir impotente –medía un metro setenta y dos de estatura-, experimentaba una feroz atracción hacia su propio sexo, la cual, según Julie Phillips, mantuvo estancada a lo largo de su vida. Nunca, al parecer, ejerció una sexualidad plena, ni siquiera con Ting Sheldon, su segundo esposo y cuya devoción por ella, señala Phillips, era equiparable a la de Leonard Woolf por su Virginia.Radical por naturaleza, Alice hace de lado el arte, segura de sobresalir no gracias a su talento, sino a los influyentes contactos de sus padres, y lo hace casi a la par del término de su matrimonio con Davey. Se enrola, con todo y tacones –de los que habrá de prescindir días más tarde- en el WAC, Women’s Army Corps. Es el año de 1942, Alice desea fervientemente servir a su patria… hasta donde su patria se lo permita. Portar la chaqueta verde oliva y la corbata, al menos así lo percibe, le confiere una dignidad distinta a la de la mujer promedio... con todo y que sus más arriesgadas misiones consistan en diseñar tarjetas de presentación y de Navidad para la WAC y componer el excusado. Se le nombraría sargenta interina, comandante de su campaña y se le considerará para el rango de oficial. Es entonces que Alice padece como nunca el machismo de la milicia, donde lo mismo se acosa sexualmente a las reclutas, que se arrojan puños de nieve revuelta con basura al paso de las tropas femeninas.
Convertida en la Mayor Alice Davey, se le comisiona en la sede de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos en Londres donde trabajará bajo las órdenes del Coronel Huntington “Ting” Sheldon, graduado en Yale, buen mozo, casi dos metros de estatura, canoso prematuro y divorciado. Según se afirma, se enamoró de la Mayor Davey en el instante en que ella aterrizó, cual aparición celestial en su despacho para quejarse de una tarea que le habían asignado. Se casarían para nunca separarse el 22 de septiembre de 1945. Para entonces, Alice trabajaba en el Servicio de Inteligencia de Washington como evaluadora de las actividades del enemigo a través de fotografías, trabajo de oficina que desempeñaría también en la CIA al término de la guerra y donde por cierto Ting ocuparía un cargo directivo. Al parecer, Alice no podía aspirar a más, menos aún después que en 1947 se obstruyeron los beneficios económicos y sociales ganados por las mujeres durante la guerra. “La mujer es sustituta en una fábrica como el plástico del metal”, rezaban los panfletos. Las trabajadoras son despedidas en masa de fábricas y oficinas y Alice encuentra decepcionante la pasividad de sus congéneres ante tamaña injusticia: “…y hay que ver lo que significa el cuerpo de una mujer –escribe-; es como ser el dueño de un animal grande sólo domado a medias, una cosa maldita que no deja de ser él mismo día y noche, con sus propias operaciones inescrutables (…) Es como estar pegado a un animal insomne, amébico, húmedo, urgente, inflamatorio, fluyente y vegetal que está constantemente fuera de control y rezumando su seudópodo a la vuelta de la esquina (…)”
Alice nunca paró de prepararse para “el gran momento”, siempre aprendiendo, asimilando, viajando, observando cuanto fue posible, hasta conseguir un doctorado en Psicología por la Universidad de Washington. La vida académica, sin embargo, lejos de satisfacerla incrementó su ansiedad… esa sensación de que algo la desbordaba, de que el cubículo, el aula y el laboratorio le quedaban cada vez más chicos -¿será coincidencia que haya escrito sobre mujeres de tres metros?-Supo entonces que apenas el universo le brindaría la libertad que requería su imaginación y casi sin querer escribió su primer relato de ciencia ficción. El hacerlo le permitió asumir una nueva personalidad, acaso la reprimida, la real, eminentemente masculina. Lo que empezó como una evasión que la avergonzaba – Alice siempre fue una empedernida aunque clandestina lectora de novelas de ese género- terminó siendo la pasión de su vida: su única certeza.
Un día, mientras Ting y ella realizaban compras, repararon en una mermelada de nombre Tiptree. Alice, que ni siquiera consumía ese producto, cogió instintivamente el frasco y dijo en voz alta: James Tiptree, a lo que Ting, conectado a ella, agregó juguetón: “hijo”. En 1968 se publica el primer relato del misterioso James Tiptree jr, “Birth of salesman”, en el número de marzo de la revista Analog. Los relatos de Tiptree se caracterizan por una profunda exploración de los conceptos de feminidad y masculinidad, una contraposición de los estereotipos de género y la perpetua inestabilidad de los roles sociales, aunque lo más subversivo de sus planteamientos tiene que ver con la maternidad, acaso por la subrepticia rivalidad que existía entre Alice y su madre, acaso la única mujer digna de rivalizar con ella, o por su frustrada maternidad, lo cual no le impidió ser un poco madre para mucha gente, incluyendo su propia madre, que murió muy anciana, y su esposo. Pocas mujeres han echado tanto de menos el pene, freudianamente hablando, pero ello contribuyó a diversificar la voz literaria de James Tiptree y, de paso, enriquecer el género de la ciencia ficción. Sus lectores exclamarían junto con el protagonista narrador del relato “Vuestro corazón haploide”, donde se plantea una suerte de conflicto reproductivo entre varones y hembras de distintas especies: “Virilidad absoluta. Y absoluta vulnerabilidad. Estoy viendo varones humanos de una calidad que nunca había visto.”
Julie Phillips, su biógrafa, lo explica así: “….gracias a que Alli se adueñó de la ciencia ficción –escribe Julie Phillips- , otras mujeres reunieron el coraje de tomarse libertades en ese campo literario. Alli disfrutó de todos los placeres tradicionales de la ciencia ficción y, al mismo tiempo, los espoleó para que se generaran en él nuevas historias y se hiciera uso de todo su poder.”
Luego de revelar que Tiptree era mujer, pasarían algunos años antes de que el misterio fuera por completo desvelado pues ella defendió hasta donde fue posible su último pequeño espacio de intimidad. Lo cierto es que Alice murió un poco junto con James y ni siquiera el relativo éxito de Raccona Sheldon, su otro alias, la sacó de esta suerte de viudez espiritual. Las pocas cartas que escribió posteriormente carecían de la chispa, la audacia y la legendaria caballeresca dulzura de James Tiptree. Sin él se sentía vulnerable en extremo, como la Philadelphia Burke de “La muchacha que estaba conectada”, expulsada de la cámara que le permitía controlar a la hermosa muñeca Delphi. Tuvo que enfrentar un sinnúmero de fallas en su sistema tras despojársele de su íntimo secreto, amén de volverse adicta a un montón de medicamentos, entre ellos la Dexedrina. Alcanzó a escribir algunos relatos, utilizando aún sus dos pseudónimos, y si bien ninguno alcanzó la envergadura de los primeros, no demeritan en cuanto a calidad literaria.Alice, que desde muy jovencita coqueteó con la muerte, esperanzada, con todo y su vasto caudal de conocimiento científico, que existiera la posibilidad de convertirse en una sustancia espiritual que surcara las estrellas, tomó una fatal determinación cuando presintió que Ting, más achacoso que ella misma, se le adelantaría en el camino. El 13 de septiembre de 1987, Alice, de setenta y dos años, tomó su pistola y disparó sobre la cabeza de su esposo de ochenta y cuatro, mientras dormía. A continuación, y tras percatarse de que esta maniobra había sido demasiado sucia, envolvió cuidadosamente su cabeza en una toalla y se disparó en la sien. Se le encontró recostada al lado de Ting. Imposible separar el nudo de sus dedos entrelazados. Habían partido juntos, en pos de un mejor horizonte.


Lee la versión íntegra de "La muchacha que estaba conectada", aquí