Todas (las Beatrices) y ninguna

La máxima ambición de Balzac era lograr en literatura lo que Napoleón en política. Por qué no podría una autora contemporánea alimentar ideal semejante, aunque parezca desmesurado a la luz de una época en que los ideales se han pervertido, aún entre los escritores, “pero sobre todo, señala Beatriz Rivas, quisiera tener ese sustento ideológico, todos los estudios que hacía Napoleón para conquistar un pueblo (como estudiar el Corán antes de acercarse a los egipcios), y ese equilibrio maravilloso entre razón e imaginación y, algo muy importante: Napoleón planeaba sus batallas pero estaba preparado para los imprevistos y sus improvisaciones, por lo general, eran geniales. Eso en literatura sería maravilloso. El autor que quiera escribir como un Napoleón tiene que aceptar los cambios que la misma novela le vaya pidiendo.”
Nacida en la Ciudad de México el 9 de mayo de 1965, tres días antes del aniversario luctuoso del genial corzo, Beatriz Rivas era una niña de sorprendentes ojos verde menta con el iris negro y tez aceitunada que llenaba cuadernos y cuadernos con poemas, “con la letra garrapateada, poemas horrorosos sobre juegos y jardines”, dice. Siempre sacó 10 en literatura. En la secundaria se enamoró de Napoleón a través de las lecturas escolares y consolidó ese amor cuando a los catorce años visitó por primera vez la tumba de los Inválidos, en París, y empezó a prepararse, sin saberlo, para escribir la que sería su segunda novela: Viento amargo (Alfaguara, 2006), donde a través del personaje de miss Betsy Halcombe (1802-1871 o 73), una adolescente de la misma edad que tenía Beatriz entonces, hija de los carceleros de Napoleón durante su exilio en la isla británica de Santa Helena, logra establecer una conversación con su amado. Ya de adulta asistiría regularmente a talleres con Edmundo Valadés, Guillermo Samperio, Humberto Guzmán y Miguel Cossío Woodward. Asegura, sin embargo, no haber logrado nada “publicable” sino hasta 1994, a los casi treinta años. De ahí saltó temerariamente a la redacción de una primera novela muy ambiciosa: La hora sin diosas (Alfaguara, 2003/ Punto de lectura, 2006).Sin más afán que los dictados de su corazón y la necesidad de hablar a través de Lou Andreas Salomé, Alma Mahler y Hannah Arendt, la joven elabora una primera novela luminosa y sorprendente donde logra, bien dice la contratapa, “hacernos mirar a los ojos de tres mujeres inmortales. Y que ellas nos devuelvan la mirada.” A grandes rasgos explica Beatriz su necesidad de revivir a estas tres mujeres: “Hacía muchos años que quería decir algo y no sabía cómo, así que empecé a buscar un personaje que me permitiera hablar en libertad”. Originalmente centró su expectativa en mujeres mexicanas, Antonieta Rivas Mercado, Tina Modotti, Nahui Olin, Frida Kahlo...pero, suele suceder, los personajes fueron saliendo al paso, sin ella buscarlos. A Lou se la “presentó” un amigo psiquiatra; a Alma la vio en una exposición de retratos de Gustav Klimt, en Viena, y a la vuelta de la esquina la esperaba en una librería el libro Kokoschka y Alma Mahler. De Hannah descubrió el libro de su correspondencia cruzada con Martin Heidegger durante una visita de rutina a la librería de la Universidad Iberoamericana, donde cursó la maestría en Letras modernas. El reto que implicaba darles una voz y una inteligencia muy particulares y encontrar un punto de unión entre ellas. Fue aquí donde tocó a su puerta el doctor Ponty, un macho mexicano que a lo largo de su vida coincide con las tres… y se acuesta con las tres. Hazaña que un hombre de tales características no podía, por supuesto, dejar de presumir. Esto fue posible gracias a que Lou y Alma coincidieron en Viena en una misma época (finales del siglo XIX, principios del XX), siendo Alma jovencita cuando Lou era ya madura. Asimismo, una Alma madura coincide en el mismo escenario con Hannah, aunque sin conocerse, siendo esta última universitaria. Daniel Ponty tiene la primera experiencia sexual adulta con Lou, se consolida con Alma y padece la crisis del hombre maduro en brazos de una inexperta Hannah. El que sea machista y como tal guarde en su casa a una mujercita, Monám, de quien dice tiene las tres “S” necesarias para una esposa (sumisa, silenciosa y sufrida), lo vuelve, a un tiempo, odioso pero interesante en cuanto al punto de vista que aporta sobre estas tres mujeres liberadas y geniales y el hecho de tener su origen en la pluma de una joven mujer que expone a su personaje a que sus escuchas –o lectores-lo crean chalado. “Quería hacer una novela, no una biografía –explica Beatriz–. Escogí a un personaje masculino porque ya eran demasiadas mujeres. Quería alguien que se pudiera enamorar de las tres y algunos lectores creyeron que era mi abuelo (Daniel le dicta sus memorias a su nieta). Sin embargo es totalmente inventado, ni siquiera entiendo de donde saqué el nombre. Lo hice médico porque era la única profesión que le permitiría conocer a las tres. Y mexicano porque necesitaba que hubiera uno... aunque fuera un mexicano con un pie en Europa y otro en su patria.” Daniel Ponty, pues, es el médico que asiste el aborto de Lou; el que tiene oportunidad de escuchar a Alma tocando el piano y resulta maestro visitante en la universidad de Marburgo, donde consuela a Hannah de su tormentosa relación con un profesor casado, es decir, Heidegger. Gran parte de la historia se estructura a través de cartas redactadas por las propias mujeres, unas totalmente inventadas por la autora, otras transcritas literalmente y otras más, mezcla de ficción y realidad. Lo más sorprendente: en una de sus encendidas cartas a Daniel, Lou afirma haber leído a sor Juana.Las tres fueron prolíficas musas: Lou Andreas inspiró Así habla Zaratustra de Nietzsche (aunque haya terminado aborreciéndola); Hannah, Ser y tiempo de Heidegger (quien a su vez fue empeñoso estudioso de la obra de Nietzsche) y Alma gran parte de la obra de Gustav Mahler, su primer esposo, y del pintor Gustav Klimt. La última renunció a su actividad como compositora en favor del egocéntrico Mahler que quería ser el único genio de su casa. “Un hombre enamorado siempre está en el infierno, sobretodo si está enamorado de ti”, le dice el pintor Oscar Kokoschka a un maniquí de Alma que ha creado a su imagen y semejanza para sentir que la tiene aún (p. 187). ¿Logra Beatriz Rivas tres personalidades individuales y únicas?, porque no es lo mismo la rebelde Lou, que la inestable Alma y la pasional Hannah. Pudiera objetarse la posibilidad de que Lou, Alma y Hannah se hubieran enamorado de un macho insufrible como Daniel Ponty, cuya visión acerca de estas tres notables mujeres, que sin duda lo espantan y acomplejan, llegan a caer en el humorismo involuntario. Pero no por tratarse de su primera novela Beatriz se muestra ingenua, pues pudiera estar jugando con la posibilidad de que el doctor Ponty esté fantaseando. Dice Lou en la página 79: “(...) Escribir es un arte, por lo tanto, una manera de preservar el mundo infantil en el que todo se entrelaza con todo. El ser humano que no es artista, es un pobre hombre.”
La hora sin diosas le acarreó reconocimiento y prestigio a Beatriz, pero también, ¿quién lo dijera?, el arranque de la que sería su tercera novela: Todas mis vidas posibles (Alfaguara, 2009), en la que, tras una inefable auto búsqueda en Google se topa con otras tantas mujeres que tienen en común con ella un apellido y un nombre y cuyas historias también vuelve un poco suyas. La necesidad de buscarse en otras Beatrices Rivas, sin embargo, surge a raíz de la carta de un lector de aquella primera novela, que llega hasta sus manos, en plena era de Internet, con un sello en rojo: Mailed from a Correctional Institution. William Coday no es exactamente el lector esperable para una novela como La hora sin diosas…o quizá sí en un mundo como el de Beatriz Rivas, donde la feminidad dista de ser pasiva y sacrificada. Un asesino serial que parece arrepentido y no se justifica por haber matado a sus ex novias y ha encontrado consuelo de su estancia en el pabellón de la muerte a través de la novela de Beatriz. Esta, por muy mujer que sea, no puede evitar sentir hacia su lector una mezcla de miedo…y compasión: “(…) Los escritores nunca saben en manos de quiénes terminan, en qué ciudad, sobre qué mesa de noche, guardados en qué tipo de librero y junto a cuáles autores. Hay quienes acostumbran tener un libro en el baño, para esos momentos de larga espera. Qué frases subrayan, cuáles les traen recuerdos, qué les inspiran. Aquellos que los leen, los reinventan, completan su creación y le otorgan un sentido propio a las letras.” (p. 13).
Reflexiona entonces respecto a que la mujer encinta que era cuando escribió La hora sin diosas no es la misma que ahora bebe un whisky en las rocas mientras lee y relee la carta del más inquietante de sus lectores. Ahí mismo pudo empezar su desdoblamiento en varias Beatrices: la estudiante enamorada de Napoleón, la estudiante que dejó inconclusa una tesis de maestría, la periodista que soñaba con ser novelista, la joven novelista que parió una niña de ojos enormes, la aficionada a las listas y la esposa de un importante historiador, Francisco Martín Moreno. Pero ello no bastó: el menú de google desplegó ante ella otras tantas Beatrices Rivas: la hija de un español y una senegalesa que reniega de su primera nacionalidad y de la terrorífica imagen emblemática del catolicismo –el Cristo ensangrentado- y desea recuperar los cuentos de infancia en la desierto de donde era originaria su madre; una de tantas mujeres torturadas y asesinadas de Ciudad Juárez; una joven que no se reconcilia con su perfeccionista madre hasta no encontrar en su pasado una mácula que la vuelve accesible; una agente de ventas que entre un consultorio y otro a donde va a entregar muestras de fármacos se dedica a leer una nueva novela e inventarse otras vidas, una modesta manicurista que tiene sueños proféticos que la vuelven muy cotizada entre sus clientas…incluso la más afamada de todas las Beatrices: la condenada a ser musa, semidiosa y deserotizada, la de Dante Alligheri: “(…) Beatriz tiene su origen en el latín y significa bienaventurada, la que da felicidad. Santa Beatriz, aquella que enterró a sus hermanos como mártires a las orillas del río Tíber, seguramente no fue bienaventurada. ¿Las reinas portuguesas y castellanas que llevaron ese nombre, lograron dar felicidad? ¿Contrataron a la preceptora de Isabel la Católica porque se llamaba, precisamente, Beatriz?” (p. 18).En Viento amargo, su segunda novela, Beatriz aporta una nueva versión de Napoleón cuya originalidad radica en una doble visión femenina sobre este personaje, célebre entre otras cosas por su misoginia: la de miss Betsy y la de la propia narradora, que se involucra con la acción desarrollada en Santa Helena entre 1815 y 1821, entre otras cosas, para justificar las licencias poéticas que, como todo novelista, se toma con los acontecimientos históricos, aunque, como esposa de historiador, sea también respetuosa de la verdad histórica y científica: “Su Alteza ilumina un poco mis dudas cuando me dice al oído: “Las genuinas verdades son difíciles de obtener en historia. Demasiado a menudo la verdad histórica, tan reclamada y que todos están ansiosos de invocar, es sólo una palabra. No puede existir ni siquiera en el momento en que ocurren los hechos, en el calor de las pasiones en conflicto. ¿Qué es entonces la verdad histórica? Una fácula sobre la que se está de acuerdo, como enunció muy acertadamente Voltaire.” (p. 75). Notablemente suavizado por la derrota y la traición de quienes se decían sus amigos, Napoleón adquiere la sensibilidad necesaria para abrirse ante miss Betsy y convertirla en depositaria de los recuerdos y las lecciones de vida que posteriormente volcará en sus memorias, como por ejemplo: “No se puede ceder ante la mediocridad. Si algo no ha quedado bien, debemos repetirlo. Rosseau reescribió siete veces su Nueva Eloísa…” (p. 59). Beatriz se considera atea, “porque no hay pruebas científicas de la existencia de Dios (ni de diosa alguna); sin embargo, cree en el poder de la ficción y en las historias que inventa y reconfigura la literatura”, aunque cuando hace reflexionar a Napoleón acerca de este tema, dice no haber dudado nunca de la existencia de Dios pues “aunque mi razón sea incapaz de comprenderlo, mi intuición me convence de su existencia.” (p. 90)Aunque siempre supo que sería escritora, Beatriz se demoró un poco por inseguridad y abordó superficialmente el periodismo pero como ella misma dice, el periodismo lo acercaba también a su meta. Nunca se ha considerado periodista en sentido estricto, no obstante su impresionante curriculum: trabajó en Imevisión y Radio Red, respectivamente como coordinadora editorial y de eventos especiales al lado de José Gutiérrez Vivó. Fue editora ejecutiva de la revista Milenio, participó en diversos proyectos con Adela Micha y fue asesora en comunicación de Jorge G. Castañeda. Nunca dejó de lado la creación literaria, siendo coautora de tres libros de cuentos: Las mujeres de la torre (1996, traducido al inglés en 1997), Veneno que fascina (1997) y Sucedió en un barrio (2000). “En lo poco que llegué a escribir para Milenio, siento que me ganaba la ficción –señala –soy muy mala periodista.” Asegura no tener autores favoritos sino libros favoritos, sin embargo, a lo largo de nuestra charla hay cuatro nombres que se repiten con insistencia: Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska y Julio Cortázar.

Entrevista con Beatriz Rivas, aquí


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