Violento verano

Para Rene Avilés Fabila

…Las cosas se han ido juntando alrededor del nombre. Si es malo y tienes mala reputación, no puedes salir de tu nombre y escapar así como así. Y si es bueno y tienes buena reputación, debes estar contenta y satisfecha…
CM

“He empleado la palabra “iluminación” varias veces. Esto podría prestarse a malentendidos, pues fueron muchos los momentos espantosos en que no tuve absolutamente ninguna iluminación y tuve miedo de no escribir nunca más (...)”, dice Carson McCullers en su libro póstumo, la autobiografía Iluminación y fulgor nocturno (Six Barral, Traducción de Ana María Moix y Ana Beciu, Barcelona, 2000), que dadas la parálisis y la ceguera que la mantuvieron postrada los últimos meses de su vida, tuvo que dictar a varias personas, entre ellas su ama de llaves, su mejor amiga, su primo y hasta el sacerdote jesuita que recogía así la última confesión de la escritora.
Cuando leí El corazón es un cazador solitario, ignoraba que su autora, Lula Carson Smith, mejor conocida como Carson McCullers, tenía apenas 21 años al momento de escribirla en una máquina que le obsequió su padre, como el padre de su inolvidable heroína, Frankie, relojero de oficio. Resulta asombroso que una chica tan joven, sobreprotegida además, interpretara al mundo con una cínica indulgencia propia de viejos curtidos y escritores mundanos. Desde aquel primer libro se le comparó reiteradamente con otro escritor sureño, William Faulkner, veinte años mayor que ella y futuro Nóbel de Literatura, premio al que Carson no tendría tiempo de aspirar siquiera. Su nombre ha trascendido más por la truculencia de su vida conyugal que por su magistral escritura. Cuando supe que había sido amiga de Tenessee Williams (lo fue también de Truman Capote, a quien curiosamente no menciona en su autobiografía), me pregunté si se inspiraría en ella para crear a Laura Wingfield, el memorable personaje de El zoológico de cristal, la muchacha tullida, orgullosa y cínica.
Hija de una mujer empeñada en huir de la realidad a través de vivencias imaginarias—insistía en que su hija, menudita, de pelo lacio y finísimo y muy afecta a la literatura, en quien siempre vio una suerte de larva de mariposa, se transformara en una robusta pianista de abundantes rizos dorados— Carson padecía además una desventaja física: era parapléjica desde los 20 años a consecuencia de una fiebre reumática y padecía pequeñas embolias desde los diez, cuando se enteró de la muerte de su adorada abuela materna. Padecería tres ataques cerebrales más, uno en 1941 y dos más en 1947. El director cinematográfico John Houston, que realizara las espléndidas adaptaciones cinematográficas de Reflejos de un ojo dorado y El corazón es un cazador solitario (que Carson no alcanzó a ver), la describe como “Cosa frágil de grandes ojos brillantes y un temblor en su mano”. La madre, incluso, se empeñó en enviarla al Julliard School of Music, pero Carson, que definitivamente no tenía vocación para ello, I’m sorry, mom, dilapidaría el dinero de las colegiaturas en libros, cigarros y bares: su afición al whisky empezaba a ser un problema para la entonces jovencísima Lula.
Dueña de una imaginación que algunos juzgan truculenta y hasta grotesca —me viene a la mente la escena de la Alison cortándose un pezón con unas tijeras para llamar la atención de su marido—, en sus novelas se regodea en la mofa de las mujeres “lentas”, a las que delinea como personajes entre trágicos y cómicos, como las protagonistas de Reflejos de un ojo dorado, Leonora y Alison, amante y esposa del mismo hombre, respectivamente, y, sin embargo, amiguísimas a costa de aparentar que no ocurre nada. Muy distintas la Mick de El corazón..., una adolescente de pelo corto que lucha denodadamente por ser todo lo contrario de sus hermanas bobas; y la protagonista de Frankie y la boda, presa de un enamoramiento incomprensible, que no tiene destinatario… a menos que, como afirma la negra Berenice, su ama de llaves, sabia a su manera, esté enamorada de “una boda”. Evidentemente, Carson simpatizaba —y se identificaba— mucho más con las niñas, arcilla en dedos del destino, que con las mujeres, afectadas ya por las estúpidas necesidades materiales y carnales de la edad adulta. Las mujeres de su novelística no son seres propiamente ejemplares, no en el sentido moral del término. Sus niñas tampoco… pero, al menos, se aproximan mucho más al ideal feminista. Esto pudiera deberse a que Carson jamás mutó en mariposa, como soñara su madre; a que permaneció estacionada en una condición intermedia –pero maravillosa- entre oruga y niña traviesa. Ante esta circunstancia, no puedo evitar preguntarme si el hecho de que Frankie –o F. Jasmine, como insiste en autonombrarse cuando a los doce años experimenta la imperiosa necesidad de madurar -sea físicamente todo lo contrario de Carson –rubia, demasiado alta para su edad, tanto que vive temerosa de terminar como fenómeno de feria-y sin embargo tan parecida en cuanto a su conducta caprichosa, a su frenética búsqueda de la libertad y los codos vueltos costra a consecuencia de sus antifemeninas conductas-, resulte una especie de Frankenstein de la hija que su madre anhelaba y la que verdaderamente tenía: “(…) Su corazón estaba oscuro y silencioso, y de su corazón florecían y se abrían las palabras desconocidas, y ella esperaba a darles un nombre (…)” Frankie y la boda (Seix Barral, Biblioteca de Bolsillo, Barcelona, 1988, traducción de María Campuzano, p. 139).
Nacida en Columbus, Georgia, el 19 de febrero de 1917, soñaba, como Mick, con ser escritora de temas profundos… como Frankie, precoz escritora de obras teatrales donde el amor es una soberna tontería. Desde que aprendió a leer se hizo ávida de los clásicos (Tolstoi: su ídolo), aunque fue en la adultez que descubrió a la autora que se transformaría en su guía espiritual: Isak Dinesen, seudónimo de la danesa Karen Blixen, que llegó a escribir un par de libros con su verdadero nombre, autora de la maravillosa novela Memorias de África. Carson soñó conocer el mundo como su escritora favorita.Donde más lejos llegó, sin embargo, fue a la Universidad de Columbia para cursar la carrera de Literatura, al tiempo que trabajaba como niñera y mesera. Poco más tarde conocería a quien sería el hombre más importante de su vida, acaso el único: Reeves McCullers, “La primera vez que lo vi, sufrí una conmoción, la conmoción de la belleza pura; era el hombre más apuesto que yo había visto en mi vida.” Casi inmediatamente después de conocerlo, Carson pone a sus padres al tanto de su deseo de experimentar el sexo con él antes de casarse, “Leer a Isadora Duncan y El amante de Lady Chatterley era una cosa, y la experiencia personal otra. Además, en todos los libros, al llegar a lo que uno realmente quería saber, aparecían asteriscos.”
Reeves compartía su afición por la escritura pero no su talento y mucho menos su audacia. Era —al menos así nos lo hace ver ella— un perfecto inútil reivindicado apenas por una musculatura puesta al servicio al ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial… y aunque, ascendido a coronel, sujeto siempre a las faldas de su frágil y enferma pero triunfadora mujer-niña: “(...) Se iba a beber a los bares y después volvía a casa y se ponía a leer. La inutilidad total de su vida me deprimía y esa depresión moral perduró hasta su muerte. Yo escribía todo el tiempo, lo cual debía ponerlo aún más nervioso. Realmente no sé cómo pude soportar aquellos meses.” (p. 55) Hay críticos que hacen hincapié en el apoyo incondicional de Reeves para con Carson al encargarse de las tareas domésticas mientras ella escribía, y tolerar además las aventuras homosexuales de su mujer. En sus memorias, Carson reconoce haberse enamorado de tres mujeres, entre ellas su psiquiatra, pero no que se haya involucrado carnalmente con ellas, aunque mucho se especula sobre relaciones románticas con la escritora suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach y hasta con Katherine Anne Porter, su compañera en la colonia de artistas en Yaddo, cosa que nunca se podrá aseverar.
Lo cierto es que junto con esta se sumergió en una extraña relación con el compositor David Diamond, la cual, acaso por un elemental respeto a su marido, Carson omite deliberadamente en sus memorias: “(...) Recordando las razones por las que se divorció de Reeves, Carson omite mencionar que se sintió traicionada cuando Reeves y Diamond se trasladaron a Rochester y la dejaron fuera de esa relación triangular que ella deseaba (...)”, explica Carlos L. Dews, prologuista de Iluminación... Hay, sin embargo, quienes afirman que Reeves no tenía tendencias homosexuales, como de hecho sí las tenía Carson; que en su empeño por desquitarse de ella, seduciendo a su mejor amigo, quedó gravemente perturbado al grado de suicidarse con una sobredosis de barbitúricos y alcohol en 1953, en la habitación de un hotel de París.
Frankie y la boda, publicada en 1946, debe haber sido escrita durante el punto álgido del matrimonio de Carson y Reeves, que se reconciliaron en 1945. Podría, incluso, leerse como una metáfora de la experiencia conyugal, del reencuentro/desencuentro del que se deriva la madurez. Frankie es una niña de doce años, normal hasta donde cabe, excepto quizá porque insiste en llevar muy corto el cabello. Hija de un relojero viudo, con el que dormía hasta que este descubre una mañana que Frankie ya no es una niña y la expulsa de su cama- al menos Frankie lo percibe como una expulsión, como un destierro del reino de la infancia-continúa su educación sentimental al lado de Berenice, una negra portentosa con un ojo de vidrio color azul y cuatro matrimonios a cuestas que, garantizan a la curiosa Frankie, una buena dosis de historias, así como de un primo huérfano llamado John Henry, al que le gusta caminar sobre las elevadas zapatillas de Berenice. La cordial relación entre Frankie y el ama de llaves se complicará –aunque, paradójicamente, se fortalecerá también- cuando reciben la noticia de que Jarvis, el hermano mayor de Frankie, casará en próximas fechas y ellas, por supuesto, están invitadas. Esto trastorna a Frankie, aunque ni ella misma lo entiende: ¿son celos? ¿Celos de la afortunada novia de su hermano? ¿De su hermano? (¿acaso no es Janice, futura cuñada de Frankie, la chica más dulce del mundo?) ¿De la libertad que supone dar un paso tan decisivo como es casarse? El hecho es que Frankie empieza a presentar conductas bastante extrañas, empezando por su empeño en acompañar a Jarvis y a Janice en su luna de miel, y el cual le es duramente cuestionado por Berenice, quien carece de tacto. Por supuesto, la niña hace caso omiso a las críticas de esta y empieza a prepararse para la que ya considera “su boda”: “(…) una mañana en que ocurrieron muchas cosas, y un detalle curioso de aquel día fue que se invirtió el sentido de lo asombroso: lo inesperado no la maravillaba y sólo lo conocido desde antiguo, lo familiar, le causaba una extraña sorpresa.” (p. 62).
Esta preparación para la boda, asimismo, podría ser interpretada como el paso decisivo de Frankie de la infancia a la edad adulta, el más largo verano en la vida de cualquier niña en transición de romper el capullo, esa suerte de himen psíquico. Sus pequeñas culpas inconfesables –algunas lo son tanto que ni el lector mismo es enterado al respecto- adquieren poco a poco dimensión de crímenes por los que cree merecer la cárcel. Su deseo de ser adulta la lleva a hacerse visible en un mundo en el que, hasta ese momento, era invisible. Prácticamente irrumpe en él sin imaginar los riesgos que ello implica y no vacila en aceptar el ofrecimiento que le hace un soldado pelirrojo y pecoso de tomarse una cerveza con él. Es entonces que se convence que el lenguaje de los adultos sigue siendo impenetrable para ella quien, no obstante, se esfuerza en aparentar que lo comprende. No tardará en comprender cual es el misterioso lazo que tan poderosamente la une a su sirvienta negra: ambas son diferentes, aunque la diferencia de Berenice sea mucho más evidente: “A veces –le dice Frankie a Berenice mientras comparte su primer cigarrillo Chesterfield con esta, su simbólico bautizo como mujer- yo también tengo la sensación de que necesito romper algo. Me parece como si quisiera echar abajo el pueblo entero.” (p. 143). Eso mismo parecía decir la propia Lula con sus actitudes radicales, rompedoras… francamente subversivas.
Las conflictivas relaciones de sus personajes, los cuales nunca serán completamente normales, reflejan la complejísima psique de Carson quien escribió al hilo tres éxitos: Reflejos de un ojo dorado, La balada del café triste y Frankie va a la boda, seguidas por novelas que en su momento se consideraron fallidas pero hoy se leen con admiración casi reverencial, como Reloj sin manecillas (que Six Barral publicó en 1963 y no se volvió a reeditar), particularmente porque, gracias a ellas, logró levantarse de la cama en más de una ocasión: “Quiero ser capaz de escribir, ya sea estando enferma o sana, pues la verdad es que mi salud depende casi por completo de mi escritura.” En cada una queda implícito el ingrato mundo de los lisiados y los locos, dominado por la soledad, el aislamiento y el temor. Afectada además por un cáncer de mama, murió en Nueva York el 29 de septiembre de 1967, a los cincuenta años de edad, de un derrame cerebral. Su última colección de relatos, The mortgaaged heart, aparece post mortem, en 1971.

Escenas de la película Reflections in a golden eye, dirigida por John Houston, con Elizabeth Taylor y Marlon Brando