Música del diablo

… a lo que nosotros cantamos le llaman música del diablo. Porque a los diablos les encanta joder.

Jesucristo, según la Biblia, tenía el cabello como lana de cordero, es decir, crespo. Esto solo puede significar una cosa: Jesús era negro. Mínimo: no era blanco. Tiene sentido. Pero los blancos han hecho suyo el Libro Sagrado y lo han reescrito a su imagen y semejanza, de tal suerte que los varones blancos, dicen, se han enseñoreado del mundo y sus criaturas.
Los olinkas, escribe Nettie desde algún rincón de África la profunda a su hermana Celie, rompieron en carcajadas cuando ella, misionera recién llegada de América la superficial, intentó explicarles que Adán había sido el primer hombre. “Eso es una tontería –dijo alguno de los nativos en su lengua, mostrando los dientes más blancos y fuertes que pueda uno imaginar- No se puede saber quién fue el primer hombre. Será, más bien, el primer hombre blanco, porque en ese sí deben haberse fijado por ser diferente.” Que Dios haya echado a Adán y a Eva del paraíso por estar –o sentirse – desnudos, tiene, en cambio, cierto sentido para los olinkas: en su lengua, blanco y desnudo significan lo mismo. Ergo: Dios los echó no por desnudos, sino por blancos.
Celie no puede reprimir cierto estremecimiento triunfal al leer la muy libre interpretación que de la Biblia hacen los olinkas, según las divertidas palabras de su hermana, no obstante haber sido criadas en la ortodoxia cristiana… ortodoxia cristiana que no impidió al que Celie creía ser su padre violarla hasta la ignominia, la primera vez: en una de esas ocasiones en que Celie acudía solícita a cortarle el cabello, que también era como lana de cordero. Como su propio cabello y el de Shug Avery. ¿Qué más da que Jesús haya tenido el pelo igual al suyo?
Pero Celie es algo más, además de ser mujer y negra. Algo tan invisible como los apellidos de los varones que la han ofendido: su padre (o quien cree que lo es) y su esposo. Nunca se ve, nunca se dice. Quizá ni ella misma lo sepa: en su mundo ya hay demasiadas etiquetas, tantas que no cabe una sola más. Es posible que Celie crea que amar a Shug Avery como la ama es tan natural como respirar, ¿puede alguien no amar a la bellísima Shug Avery? ¿A la voz de Shug Avery con sus vestidos ceñidos y brillantes? Vamos… ¡hasta el insensible marido de Celie ama a Shug Avery!, y lo peor es que Celie no atina a sentirse ofendida ni denigrada por ello, y es que si alguien comprende la pasión de su marido por Shug Avery, es ella misma, que se ha desvivido peinando su radiante cabellera de Jesucristo.Ha dicho la poeta estadounidense Adrienne Rich que en los Estudios de la Mujer todavía se teme a las lesbianas y se ignora a las mujeres de color. Yo de Estudios de la Mujer sé poco… pero me consta que en lengua castellana son escasas las autoras de color que conocemos, no digamos autoras de color que además son lesbianas. Ser mujer, negra y lesbiana debe suponer, por tanto, un reto múltiple…Alice Walter, además, es una autora sublime, a la que llegué precisamente a través de los ensayos de Adrienne quien, blanca, judía y lesbiana forma parcialmente parte de la minoría y señala como deficiencia imperdonable de la crítica feminista el hablar el lenguaje de la culpa, que no es humana, que no progresa, tratándose de las mujeres de color, al mismo tiempo que se les obvia como sujetos de estudio. Al respecto, reproduce Adrienne este fragmento de un discurso de la escritora/activista Negra (así lo escribe, en mayúsculas: Negra), Michele Russell, quien se dirige a las académicas blancas en los siguientes términos:

Vuestra opresión y explotación se ha enmascarado de una manera más habilidosa que la nuestra, se ha elaborado más delicadamente. Las técnicas refinadas. Fuisteis recompensadas, de forma menor, por una complicidad dócil y activa en nuestra deshumanización. De trasfondo, el hecho de que era demasiado grande el riesgo de vuestra separación del sistema de normas de los machos blancos que también os explota a vosotras. La perpetuación de la raza dependía de vuestra capacidad reproductiva: vuestra disponibilidad para tener y criar generaciones triunfantes de opresores. Mientras que vuestra función reproductiva ha sido la única razón de vuestra relativa protección dentro del proceso colonizador, la nuestra, por el contrario, ha afilado el cuchillo que el colonialismo aplica a nuestras gargantas y úteros (…)” (tomado del libro Sangre, pan y poesía, Adrienne Rich, Icaria/ Antrazyt, Barcelona, 2001, traducción de María Soledad Sánchez Gómez, p. 95, las cursivas son mías).


Todo esto viene al caso para abordar a Alice Walker, autora por completo sui generis, no solo por las particularidades ante dichas, también por la frescura y originalidad de su voz que lleva implícita, además, una rebelión contra el victimismo y la solemnidad. Nacida el 9 de febrero de 1944, en Eatonton, Georgia, E.U, porta una interesantísima mezcla de sangres cherokee, irlandesa y escocesa. Respecto a su sangre cherokee, se narra una anécdota bastante divertida en El color púrpura, su novela más exitosa a la fecha: “Unos sesenta años de que se fundara la escuela, los indios cherokee que vivían en Georgia fueron obligados a abandonar sus hogares y trasladarse a pie sobre la nieve a nuevos asentamientos en Oklahoma. Una tercera parte murieron durante el viaje. Pero muchos se negaron a marcharse de Georgia, se hicieron pasar por gente de color y acabaron mezclándose con nosotros (…)” (Plaza & Janés, Col. Gran Parada, Barcelona, 1984, traducción de Ana María de la Fuente, p. 204).
Alice es la menor de ocho hermanos, hija de Willie Lee Walker y Minnie Talulah Grant, nietos de esclavos. La relación entre Alice y su padre fue muy conflictiva, en particular desde que ella manifestó vocación para la literatura. Su madre, por otro lado, se dedicaba al servicio doméstico y a la costura, quien había huido de los malos tratos de su propio padre: la novelística de Alice está llena de jóvenes prófugas de la ira paterna. Entre los regalos que le hiciera Minnie Talulah a su hija, tres marcarían su existencia: una máquina de coser, una maleta… y una máquina de escribir. La infancia de Alice se vería afectada por la terrible experiencia de perder un ojo mientras jugaba con sus hermanos a indios y vaqueros y uno de estos le disparó con una escopeta de perdigones. Aquella pérdida le creó a la futura escritora un profundo sentimiento de fealdad. Pudiera decirse que las pullas y las burlas de las que fue objeto, le afectaron mil veces más que la mutilación, hoy imperceptible. Las fotografías nos muestran a una mujer sumamente atractiva y risueña.En 1967, a los veintitrés años, se casó con Mel Leventhal, abogado blanco y judío y activista por los derechos humanos, con quien procrearía una hija, Rebecca Walker (1969), también activista y escritora que ha publicado a la fecha cuatro libros. Mucho se ha hablado sobre lo conflictiva que se tornó la relación entre madre e hija, a consecuencia de unas declaraciones de Rebecca en su libro, todavía no traducido al español, Blanca, negra y judía. Alice se divorciaría pocos años más tarde de Mel, tras reconocer su orientación lésbica. En 2006, en entrevista para The Guardian, sacó a relucir su secreta relación con la cantautora Tracy Chapman, de quien dijo haber estado “absolutamente enamorada”.

Alice Walker es autora de casi una veintena de títulos de narrativa, de los cuales el primero, The third life of Grange Copeland, se publicó en 1970. El más reciente, Devil’s my enemy, se publicó en 2008. También ha publicado una decena de libros de poesía y una decena más de libros de ensayos. En español, sin embargo, el único referente es El color púrpura, novela en que se basó la película de Steven Spielberg, nominada a once Oscares, de los cuales no ganó ninguno y en la que actúan Whoopi Goldberg y Oprah Winfrey. Pudiera definírsele como “novela epistolar”, pero presiento que entra en una categoría mucho más compleja. Lo más extraordinario es que Alice lo hace parecer pasmosamente sencillo. De entrada, no parece existir ser más cotidiano, rústico y tristón que Celie, la negrita que a falta de mejor interlocutor, le escribe extensas cartas a Dios. Este solo hecho nos la hace percibir como una persona tremendamente sola… como suele estarlo toda muchachita de catorce años, violada por su propio padre, que sufre en silencio cambios fisiológicos que nadie ha tenido la amabilidad de explicarle. Nadie hay quien explique: su madre ha enloquecido… su querida hermana, Nettie, ha huido, algo que Celie no se atreve a hacer. Es cobarde. O sensata. Cuan poco sabemos de ella al principio, excepto que solo tiene catorce años y está encinta por segunda vez de su propio padre, que apenas le permite amamantar a los bebés para luego… ¿venderlos? Ni una perra. Celie ni siquiera se considera humana, no es para menos. Lo insólito del asunto es que esta criaturita olvidada del Señor conserva un atisbo de autoestima. De algún modo intuye que su existencia tiene un sentido, una razón… aún cuando prácticamente es vendida a Mr_______ (así, sin nombre), que se casa con ella solo para disponer de criada y niñera para los hijos de su anterior matrimonio, sin necesidad de pagar un salario. La mayor virtud que Mr_______ ha observado en la jovencita, según le ha dicho el padre de esta, es que no puede tener hijos: ha quedado estéril tras el alumbramiento del segundo bebé que también le ha sido arrebatado sin miramientos.
Celie, a quien el sufrimiento ha curtido en lo más profundo, se encarga resignadamente de los hijos de su brutal marido, quien de continuo le recuerda que es fea… que es flaca… ¡qué comparación con Shug Avery, la esposa que lo abandonó! No, no la madre de sus hijos: con esta se casó solo por despecho, porque Shug Avery lo abandonó para correr en pos de la fama como cantante. Pero Shug regresó, Mr______ la recibió de brazos abiertos y su mujer languideció hasta morir: la muy tonta estaba en verdad enamorada de Mr______. Celie no, jamás. De hecho los hombres le repugnan. Desnudos, dice, le recuerdan a las ranas. Pero incluso en la cama cumple con abrirse de piernas para el hombre que, negro como ella, la ha comprado como en tiempos de la esclavitud. Celie, humillada y todo, ha sabido volverse indispensable para los hijos de su dueño, a los que sin embargo nunca llegará a querer como suyos: “Todos dicen lo buena que soy con los hijos de Mr.__________. Soy buena con ellos, pero no siento nada por ellos. Dar a Harpo palmaditas en la espalda no es como dárselas a un perro. Es como dárselas a otra madera (…)” (p. 35, las cursivas son mías). Celie sabe perfectamente lo que es el amor: ama entrañablemente a Nettie, su hermana… y a los bebés que le han arrebatado. Y en efecto, Celie no llegará a amar a sus hijastros a tal punto, pero practicará con ellos el valor de la solidaridad. ¿No son, después de todos, despreciados en el mundo de los blancos, tal como ella? Un mundo que todavía suspira por los tiempos en que la esclavitud era legal… que detesta tener que fingir tolerancia hacia la servidumbre de color. Por quien experimentará un cariño cercano al de una madre, será Sofia, la muchachita a quien Harpo ha preñado y arrastrado a casa con la intención de “fundar una familia”. En cierto modo, será Sofia quien dará a Celie sus primeras lecciones de sobrevivencia en un mundo de machos, no importando de qué color: “He tenido que pelear toda la vida, me dice. Pelear con mi papá, con mis hermanos, con mis primos y con mis tíos. Una chica no está segura con tantos hombres en la familia. Pero nunca pensé que tendría que pelear en mi propia casa. Quiero a Harpo, dice suspirando, bien lo sabe Dios. Pero antes de consentir que me pegue, lo mato (…)” (p. 45).
Pero la vida de Celie, vida de servicio y de silencio, se transformará radicalmente con el retorno de Shug Avery, de quien ya había escuchado hablar: Mr._____ no habla de otra cosa, en realidad. Curiosamente, Celie no se siente celosa sino un poquito enamorada. Un buen día, la princesa de los sueños de Mr.____ y Mrs._____ se materializará ante sus ojos: enferma, muy enferma. Poco se parece a la que en sus regresos venía dispuesta a ponerlo todo de cabeza, especialmente a la segunda esposa del que fuera su esposo. Retorno de Satanás, es como la llama el cura del pueblo. Con todo, la idea que pasa por la mente de Celie al tener frente a sí a aquella negra pálida y macilenta, es que necesita urgentemente verla a los ojos, para que “mis pies se despeguen del suelo”.Celie se convierte en enfermera de Shug, quien al ver por primera vez su cuerpo desnudo y largo, “pezones de ciruela negra”, cree que se convertirá en hombre. Tal es el deseo que en ella despierta. Shug, la única que se refiere a Mr.______ por su nombre de pila, Albert -¡Celie ignora que se llama Albert!- humilla un poquito a su abnegada cuidadora quien, habituada a escuchar decir a los demás que es fea y tonta, ni se inmuta. No existe placer mayor que cepillar el corto pero frondoso cabello de su princesa: “(…) Le pongo el café y enciendo el cigarrillo. Lleva un camisón blanco de manga larga y la mano, negra y delgada, que toma el cigarrillo es normal. Pero tiene algo, no sé si serán las venas pequeñas y finas que se ven o las grandes y gruesas que procuro no mirar, que me asusta. Algo que me llama. Si no me vigilo cogeré esa mano y me meteré sus dedos en la boca.” (p. 52).
Shug Averym se supone, es el demonio encarnado, negro y hermoso, que además canta esa “música maldita” como la mismísimas sirenas: esa música que es el llanto y el goce de los negros. El paroxismo. El orgasmo. Celie es inmune a su supuesta maldad, pero sucumbe en todo lo demás… y Shug Avery, por su parte, queda desarmada ante la vehemente ternura de Celie, en quien no queda cabida para un gramo de mezquindad. No conoce los celos. No todavía. Creció habituada a ser la hermana fea de Nettie, por quien solo sintió cariño, admiración… y la feroz necesidad de procurar que no pasara por lo mismo que ella. Shug Avery tiene la grandeza suficiente para corresponder al amor y a la devoción de Celie. Empieza por exigirle a Albert que nunca vuelva a ponerle una mano encima, o se las verá con ella. Y Albert, obediente y sumiso como un cachorro, obedece.
Un extravagante triángulo amoroso. Paradójicamente purificador para los tres involucrados. Por un lado, Celie le aprende a Shug cómo amar a su cuerpo, como darle placer a ese cuerpo que hasta entonces ignoraba tener. Shug, por otro lado, aprende a amar en forma desinteresada… aprende también el insospechado placer de procurar felicidad a quien la ama, lo que la lleva a darle a Celie el más sorprendente regalo de amor: Nettie, su hermana, no está muerta, le dice Shug a Celie mientras le tiende el altero de cartas que jamás recibió: Albert, ese canalla, las había interceptado, una a una. Shug, la persona que mejor lo conocía en el mundo, lo había intuido desde el principio y se dio a la tarea de buscarlas. Shug ha regalado a Celie un destinatario que sí responderé a sus cartas: no más el dios de los blancos. Nettie está en África, en calidad de misionera. ¡África!, ¿cómo es que la queridísima Nettie fue a dar al negro continente?: “Recuerdo que un día dijiste que te daba tanta vergüenza tu vida que no podrías hablar de ella ni con Dios –escribe Nettie – y que por eso tenías que escribirla, a pesar de que te dabas cuenta de que escribías muy mal. Ahora comprendo lo que sentías. Y tanto si Dios lee las cartas como si no, sé que tú seguirás escribiéndolas y eso me basta…” (p. 118).
Cada carta amarillenta desvela un misterio para Celie. Las cartas de Nettie, curiosamente, conforman no solo una biografía de la propia Celie, también un registro cuidadoso de sus orígenes: “Todos los etíopes de la Biblia eran gente de color –le escribe Nettie, asombrándose junto con Celie- A mí nunca se me había ocurrido, pero está perfectamente claro, si te fijas en el texto. Son las ilustraciones las que te engañan. Allí todos son blancos, y por eso piensas que todos los personajes de la Biblia eran blancos. Pero en aquel tiempo, la gente blanca vivía en otros sitios. Por eso dice la Biblia que Jesús tenía el pelo como lana de cordero. La lana de cordero no es lisa, Celie. Ni simplemente ondulada.” (p. 121). Nettie se ha instalado, junto con un matrimonio que a su vez la ha adoctrinado para tan noble misión, en la comunidad de los olinkas a quienes, se supone, tienen por misión civilizar. Los olinkas, tan negros como ellas dos, como Celie, como Nettie, parecen reír todo el tiempo, pero lo cierto es que viven temerosos del demonio y no saben leer ni escribir. Y brillan de puro negros, escribe Nettie, maravillada, ¡brillan!, “(…) Y a pesar del cansancio, cantan, Celie. Lo mismo que hacemos nosotras en nuestra tierra.” Todo esto, ya de por sí maravilloso, un cuento de hadas, es apenas el comienzo: Nettie no solo es maestra de los niños olinkas… no solo trata de convencer a los padres de que las niñas deben tomar clases junto con los niños y que ya es hora de que dejen de marcarles el rostro de forma tan bárbara, a manera de rito de iniciación… además… ¡además!, ha descubierto que los hijos adoptivos del matrimonio que la ha acogido son sus sobrinos, es decir, ¡los hijos de Celie! Las piezas encuentran su sitio paulatinamente. Todo tiene sentido. Todo. Nada es casualidad. Ni siquiera el hecho de que Nettie sepa que el que creían su padre biológico no lo era en realidad… que a su verdadero padre lo habían linchado por ser negro. Y que su mamá había enloquecido de dolor, al grado de permitir que un usurpador violara a su hija mayor. Hijas de un linchado. Negras de corazón. Sus hijos, a fin de cuentas, no son producto del incesto.Albert, por su parte, aprende a querer a Celie al mirarla a través de los ojos sabios de Shug. Nunca como mujer. Sí como su más querida amiga. Ya viejos, cuando Shug se ha enamorado de los sedosos rizos de un jovenzuelo y los ha dejado a la deriva, juntos, en santa paz, Albert y Celie se entretienen tejiendo al tiempo que comparten sus experiencias sentimentales con la misma mujer. Albert, el brutal marido de Celie, el amante sin orgullo de Shug, el padre blandengue de Harpo y de dos hijas equívocas, ¡Albert, el ex temible Mr._____, cosiendo sin vergüenza, como los hombres de África!: “(…) antes del primer hombre- le escribe Celie a Nettie, a la que de nuevo cree muerta, ¿lo está? -, hubo otros muchos. Sólo que ésos no sabían que eran hombres. Ya sabes lo que tardan algunos en enterarse de las cosas.” (p. 236).
Coser y cantar. Un hombre y una mujer. Viejos amigos. El color púrpura, Premio Pulitzer 1983, es una novela sorprendente. Calla lo que tiene que callar. Dice mucho más de lo que uno esperaría leer. Es básicamente una novela sobre la solidaridad. No solo la de género, también la de raza. Parecería que basta que una sola mujer negra sea objeto de la injusticia de los blancos, como con Sofia, para que todos, hasta el marido engañado, cierren filas en torno a ella, dispuestos a poner el corazón por ayudarla. No siempre ha sido así, según revela Nettie… pero aún así lo estamos viendo, ahora. Este es de hecho, el tema de Alice Walker: el coraje de las mujeres negras sacando las uñas para defender a sus hombres… pero también defenderse entre ellas… eternamente en conflicto con los hombres que aman y las aman, como en el relato “Espíritus cercanos”. Sobre todo hay enfrentamientos tácitos pero continuos entre los personajes negros y un mundo diseñado para los blancos, creyentes de un dios a su imagen y semejanza. Rosa, la protagonista de “Espíritu cercanos”, como la propia Alice, ha estado casada con un hombre blanco y judío que, a fin de cuentas, regresa al redil de los suyos, los que no admiten a Rosa en su seno… por mucho que sepa portarse como ellos. Rosa busca inconcientemente congraciarse con esa otra parte de ella que le es ajena, ¿Qué rechaza?: “(…) Una vez más, Rosa sentía incredulidad frente a la arrogancia y las leyes racistas del hombre blanco. Diez años antes a esta tía suya tan perfumada y reluciente no le hubiera permitido probarse un vestido en cualquiera de las tiendas locales. No hubiera podido pasar a tomar algo a ciertas cafeterías. Los principales restaurantes de la ciudad hubieran estado cerrados para ella. La biblioteca pública. La gran mayoría de los sanitarios de la ciudad.” (Narradoras norteamericanas contemporáneas, Eva Cruz Yánez (coordinadora), FCE, Col. Tierra firme, México, 2001, traducción de Claudia Lucotti, p. 148).