Causa justa

Me atrevo a asegurar que La cabaña del tío Tom es la novela estadounidense más trascendente de todos los tiempos. Más allá de su calidad literaria, que algunos juzgan irregular, se le atribuye haber inspirado la llamada Guerra de Secesión entre cuyos efectos destaca la abolición de la esclavitud. Mucho se habla del primer encuentro entre su autora, Harriet Beecher Stowe, y Abraham Lincoln poco antes de este llegar a la presidencia. Las palabras de Lincoln al ser presentado con la señora Stowe, que los críticos juzgan tan halagadoras, fueron: "¡De modo que usted es la mujercita que escribió el libro que ha originado esta gran guerra!".
En realidad, ni Lincoln ni nadie hicieron suficiente justicia a esta escritora cuyo sueño no era provocar un alzamiento armado sino concientizar al mundo respecto a los derechos humanos de los negros, considerados “artículos” en la época en que fue escrita la novela. Harriet, mujer blanca, piadosa y protestante, que brindaba un trato afectuoso a sus sirvientes (como Zillah, que llegó a su casa huyendo de los malos tratos de un amo demasiado cruel), nunca imaginó que viviría un momento como el de la noche del 1 de enero de 1863, cuando en los corredores del teatro Boston un militar se le acercó para decirle solemnemente: "Ha sido proclamada la emancipación de los esclavos, como usted quería".
Sin embargo, esta novela trae consigo una anécdota dolorosa: Harriet empezó a escribirla, con la venia de su marido, el intelectual Calvin Stowe, a manera de terapia para superar el dolor por la pérdida de un hijo de dieciocho meses tras una epidemia de cólera en Cincinnati, en 1849. Los biógrafos de la escritora coinciden en que estuvo a punto de perder la razón y fue presa de una severa crisis moral y religiosa que solo en la escritura encontró un bálsamo, aunque, en el caso concreto de La cabaña del tío Tom, la señora Stowe solía contar que había empezado con un sueño en el que vio a un esclavo negro comulgar para después solicitar en voz alta que sus torturadores fueran perdonados.
Cosa curiosa, en La cabaña del tío Tom no relata el sufrimiento de una madre blanca sino el de una negra, Eliza, que al enterarse de que su amo, el señor Shelby, ha cerrado un trato para vender a su hijo de cinco años no titubea para huir con el niño, no obstante el gran cariño que la une con su ama, la encantadora señora Shelby, en la que, dicen, pudiera estar autorretratada Harriet. Eliza es capaz de resistir lo que sea, hasta cruzar un río congelado, con tal de conservar a su hijo. Anteriormente, Eliza ha sido separada de su amado esposo, George, que prefiere huir a Canadá antes que permanecer sometido a la brutalidad de un amo que envidia su asombrosa capacidad intelectual, que lo lleva a inventar una máquina para limpiar el cáñamo: “(…) A pesar de ello, para la ley este joven no era un hombre sino un objeto: todas esas cualidades de orden superior se encontraban sujetas al control de un vulgar amo con ideas estrechas y carácter tiránico (…) parecía tan hermoso y señorial que su amo empezó a sentirse a disgusto con la consciencia de su inferioridad. ¿Qué tenía que ver su esclavo con la marcha general del país, inventando máquinas y llevando la cabeza bien alta entre caballeros? (…) Lo sacó de la fábrica y lo puso a cavar y a destripar terrones “para que se le bajaran los humos”. (Anaya, traducción, apéndice y notas de Isabel Vázquez de Castro, Madrid, 1992, p. p 20 y 21. Esta edición contiene las ilustraciones originales de George Cruikshank).
Harriet Elizabeth Beecher nació en Lichfield, Connecticut, el 14 de junio de 1811, quedando huérfana de madre a los cinco años. Su padre, el ministro calvinista Lyman Beecher, manifestaba desde el púlpito su repudio contra la esclavitud, no obstante que los practicantes del cristianismo habían localizado una serie de salvoconductos para practicar esclavizar a los negros a quienes consideraban “raza maldita”. Por ejemplo: el mandamiento de “Honrarás a tu padre y a tu madre” fue convenientemente ampliado a “Honrarás a tu padre y a tu madre y a tu amo y a tu ama y a los que tienen autoridad sobre ti”. También se recurría mucho al episodio en que el apóstol Pablo le dice a su esclavo que vuelva con su amo y a la estirpe maldita de Cam, hijo de Noé, y de Canáan, su descendiente, destinado a ser sometido por el pueblo de Dios. Todos estos argumentos eran inculcados en los esclavos, a quienes se volvía devotos desde pequeños, para que no se les ocurriera insubordinarse por ningún motivo, bajo la amenaza de perder su alma en el infierno. El ministro Beecher, quien por cierto tocaba el piano y el violín por afición, tenía severas dudas al respecto que transmitió a su prole, aunque no pudo convencer al respecto a su elegantísima y fría segunda esposa con quien Harriet, o “Hattie”, mantuvo una relación casi nula. Sus grandes afectos estaban centrados en Candence, la criada negra que mantuvo viva para ella y sus hermanos la memoria de su madre, de nombre Roxanna Foote, y de la cocinera, también negra, llamada Dinah. De una mezcla de ambas surge el inolvidable personaje de “Tía Chloe”.
Aunque cada uno de los once hijos del reverendo Beecher quedó profundamente impactado con su militancia abolicionista, fueron tres de sus hijas las que mejor lo emularon: Catherine, quien tras la muerte de su prometido se dedicó a labores benéficas y fundó escuelas para señoritas donde se les enseñaba a algo más que coser y tocar el piano; Isabella, que peleó a brazo partido por la concesión del sufragio a las mujeres y, por supuesto, Harriet, que por cierto se educó bajo la tutela de su hermana mayor, Catherine, en una de las escuelas de esta, quien reprobaba la afición de su hermanita a la escritura. Por fortuna, la pequeña Hattie no permitió que el agrio carácter de Catherine afectara su precoz vocación, de manera que a los doce años redacta una tragedia en verso libre titulada Cleón y una composición titulada “¿Puede probarse la inmortalidad del alma a la luz de la naturaleza?”, cuyo dilema resuelve con una rotunda negativa. Dicen que al leer aquel texto escolar de la menor de sus hijas (tenía dos hijos varones más pequeños que Hattie), los ojos del reverendo Beecher relumbraron de orgullo. La relación entre Hattie y su hermana Catherine jamás fue buena. Esta llegó al extremo de adjudicarse la autoría de los textos precoces de Harriet donde disertaba sobre economía doméstica y la educación apropiada para los niños.
En 1832, los Beecher se mudaron a Cincinnati, Ohio, donde transcurre gran parte de Uncle´s Tom cabin. En esa región habría Catherine de abrir una nueva escuela para señoritas donde, no obstante sus fricciones, Harriet ingresaría como parte de la planta docente. El trabajo no le resulta demasiado pesado y le permite a la joven maestra –tiene 21 años- dedicarse a la escritura en sus ratos libres. Ahí conoció al que habría de ser su esposo y padre de sus siete hijos, el profesor universitario Calvin Stowe (1802-1886), inicialmente esposo de quien se convertiría en su más entrañable amiga, llamada, por cierto, Eliza –como la heroína de La cabaña…-, y que moriría a la vuelta de unos pocos años. Hattie prácticamente “heredó” al marido de su mejor amiga, con el que aparentemente solo tenía en común un culto a la memoria de su querida Eliza, lo que no les impediría procrear casi una docena de hijos. Calvin no impidió a Hattie contribuir a la renta familiar vendiendo cuentos y artículos a diversas revistas. Después de todo habían aprendido a ser los mejores amigos del mundo antes que marido y mujer. Su primer libro publicado sería de corte didáctico: Geografía primaria para niños, aunque en 1843 publicaría su primer libro literario, una colección de relatos titulada The Mayflower, que rescata algunas historias verídicas de los puritanos que llegaron en el barco asimismo nombrado desde Inglaterra para fundar las colonias de Nueva Inglaterra. Hattie debuta con el pie derecho: este libro será reeditado doce años más tarde, con un par de nuevos cuentos incluidos. Poco después de la muerte de su hijo pequeño, en 1850, Calvin consulta con Harriet la posibilidad de aceptar un cargo que le acaban de ofrecer en el Bowdoin College y Harriet no lo piensa dos veces. Los Stowe se trasladan entonces a Brunswick, Maine.
En el prólogo a una de las ediciones al castellano de La cabaña del tío Tom, de la autoría de Daniel Moreno (Editorial Porrúa, 1997), se reproducen un par de observaciones sobre la novela, a mi parecer, inexactos y que Moreno no se molesta en contradecir: no deja de divertirme advertir por milésima ocasión que la escritura femenina será siempre tasada con un criterio mucho más rígido, parcial y condescendiente que la de los varones. Como lo dicho por Van Doren, respecto a que Harriet escribe como desde un púlpito. En realidad, y a menos que la traducción española haya sido alterada, pudiera decirse incluso que Harriet es bastante flexible en sus juicios morales, máxime si tenemos en consideración que se trataba de una mujer muy religiosa. Presiento que a Van Doren lo confunde e inquieta la pasión impresa por la autora a su discurso abolicionista: la pasión no es propia de una dama, al grado de que suele denominársele de otras formas como histeria o, como el caso que nos ocupa, predica y perorata. En efecto, en La cabaña del tío Tom se habla mucho de Dios y de religión, pero desde diversas perspectivas. Algunos personajes, como la propia Eliza, muestran una fe ciega en la sabiduría divina. Otros de idéntica nobleza, como la tía Chloe, como George, el inventor frustrado y esposo de Eliza, se rebelan ante las injusticias de ese Dios de los Blancos, al que les cuesta trabajo entender: ¿para qué dotarlos, como a los blancos, de inteligencia e imaginación si a fin de cuentas solo servirán como hands o bestias de carga? Harriet no pasa por alto el papel que juega la religión en el sometimiento de los negros, más aún: lo remarca con intención poniendo las siguientes palabras en labios del villano de la historia, el señor Haley: "Verdaderamente considero que la religión es cosa recomendable para un negro." Si tomamos en cuenta que Harriet procede de la misma secta que quemó más brujas en Salem que la Santa Inquisición en la Nueva España, y que tanto su padre como su esposo apoyaron su formación intelectual, veremos que no hay razón para tildarla de fanática religiosa, antes bien, su postura puede ser calificada de liberal. Según lo demuestran sus biógrafos, que coinciden en casi todos los atributos de la señora Stowe, su pasión abolicionista no era lo único que movía la pluma de esta dama: también la libertad de expresión que era seriamente amenazadas. Muchos diarios que se manifestaron abiertamente contrarios a la esclavitud, habían sido cerrados o vandalizados.
Otra cosa que cuestiona Daniel Moreno a La cabaña del Tío Tom es la ciega obediencia del protagonista, Tom, esclavo anciano pero fuerte, al que su amo, a quien lo une un cariño entrañable, apenas inferior al que puede existir entre un padre y un hijo, se ve obligado a vender para saldar una deuda. Cuando sus compañeros le sugieran que huya de un destino peor que la muerte (Haley, su comprador, es poco menos que un monstruo), Tom responde: "(...) Siempre me ha encontrado el amo en mi puesto, siempre me hallará en él. Jamás he engañado su confianza; jamás la engañaré (...)". En realidad esta actitud, que de ninguna manera puede juzgarse como sumisa, queda plenamente justificada al adentrarnos en la entrañable amistad entre Tom y su amo, Shelby, al que prácticamente tuvo en brazos cuando era un bebé. Sólo una situación de vida o muerte –y esta parece serlo- puede orillar a Shelby a desprenderse del hombre que ha sido como un padre para él y a lastimar mortalmente a Eliza, la doncella de su esposa, permitiendo al mismo Shelby comprar a su precioso hijo de cinco años, un “negro claro” de gran belleza y simpatía. No piensa deshacerse definitivamente de ellos sino re-comprarlos apenas remediada su crisis financiera, pero Haley no tiene la menor intención de propiciar esta posibilidad. Harriet deja ver en su novela, que un negro o negra de especial belleza podía aspirar a un destino mucho menos ingrato que el de ser esclavo: “…tengo un amigo que está encargado de este ramo en los negocios, quiere comprar chicos guapos para venderlos algo mayores. Como artículos de fantasía, para ser camareros o ayudas de cámara, y esas cosas. Los ricos pagan bien por los más guapos. Causa buena impresión que en las casas elegantes salga a abrir la puerta un criado verdaderamente guapo y que sirva y atienda a los invitados.” Valdría la pena preguntarse a qué se refiere el despreciable Haley con “artículo de fantasía”. “Esclavo de lujo”, otro término frecuentado, denominaba a los negros de la categoría de Eliza y su hijo, es decir, sirvientes mimados por sus amos. Generalmente quienes gozaban de este privilegio eran los llamados “negros claros”, en quienes se adivinaban “genes blancos”. Había excepciones como las de George, que quizá por parecer más blanco que negro, además de su talento, es doblemente odiado y humillado por su amo.
Lealtad, sensibilidad e inteligencia caracterizan a los negros de Harriet, sean claros u oscuros. Cierto, no fue la única, como bien deja asentado Moreno, que describió los abusos físicos, sexuales y emocionales a los que eran sometidos los esclavos -menciona específicamente al poeta John Greenleaf Whittier-, pero sí la única que logró sacudir conciencias y motivó un tremebundo movimiento "Anti-Tom", en el que los pro-esclavistas se dieron vuelo caricaturizando la novela de Harriet, que para molestia de estos sería traducida a todos los idiomas imaginables, incluidos el armenio, el javanés y el hindú, sin que uno sólo de sus lectores en tan recónditas naciones dejara de sentirse indignado ante el racismo americano. Dos años después de la publicación de La cabaña del tío Tom, en 1853, Harriet publicaría La llave de la cabaña del tío Tom, una especie de secuela en la que, atendiendo puntualmente las críticas de sus detractores, precisa sus ideas y cita sus fuentes.
Harriet publicó otra novela de corte abolicionista, Dred, relato del inmenso y lúgubre pantano, en 1853, que no tuvo la repercusión de su primera obra. En su biografía salta a la vista una laguna de dieciséis años entre la escritura de su último libro, La vindicación de Lady Byron, publicada póstumamente en 1870, en el que rebate las acusaciones de Lord Byron contra su mujer, Anabella, no obstante que Harriet era amiga de lord Byron y no de su mujer, y la fecha de su muerte. La señora Stowe había tenido oportunidad de viajar a Europa donde cultivó la amistad del citado poeta y de la novelista inglesa George Eliot, con quien mantuvo una nutrida correspondencia traducida al francés, nada más y nada menos, que por George Sand. La noticia de la organización del infame Ku Kux Klan pudo haber acelerado su muerte, acaecida el 1 de julio de 1876, pudieron acelerar su muerte. Harriet no murió feliz pese al enorme éxito de su primera novela, pero hoy se le conoce como la mujer más influyente en la formación de los estados americanos, tal como creemos conocerlos hoy.
Sus restos descansan en los campos de la Academia Phillips, en Andover, Massachusetts.