Mejor descalza





No vale la pena vivir desgastando toda nuestra imaginación en temas prácticos.
W.S

En su prólogo a Poesía no completa de Wislawa Szymborska (Fondo de Cultura Económica, México, 2002, Traducción de Gerardo Beltrán y Abel M. Murcia), Elena Poniatowska, gran conocedora de la cultura polaca gracias al vínculo que la une al célebre príncipe Poniatowski, nada menos que su abuelo paterno, escribe familiarmente sobre una maravillosa costumbre de aquel pueblo: sepultar a los poetas junto a los reyes en la catedral de Wawel. Ese es el pueblo que idolatra a Wislawa Szymborska; que, como el pueblo de Cassandra, aunque por razones harto distintas, “(…) al verme de pronto callaba”; el mismo que quiere besarla cada vez que se la topa en las calles de Cracovia con su característico chal blanco y sus uñas pintadas de rojo, a ella, la poeta que no se toma en serio y no deja de admirarse en su propia poesía de ser objeto de homenajes aunque use zapatos de oferta, “¿Y no sería mejor descalza?”, y se saque los poemas del bolso y no de la manga; ese mismo pueblo proclamó fiesta nacional el día que le fue concedido el Nóbel de Literatura, un 3 de octubre de 1996: “Allá en el escenario acecha una mesita/ un tanto espiritista y de patas doradas,/ y sobre la mesita humea un candelabro (…) De eso se desprende/ que tendré que leer a la luz de las velas/ lo que escribí a la luz de una simple bombilla/ tac tac tac a máquina.” (“Miedo escénico”, El gran número, fin y principio y otros poemas, Poesía Hiperión, No. 300, Madrid, 2007, traducción de Gerardo Beltrán, p. 90). El amor de ese pueblo por la poeta está plenamente correspondido. Odia viajar, solo concibe trasladarse de Cracovia a Zakopane, y eventualmente a Varsovia, y afirman quienes la conocen que aún ahí es difícil encontrarla porque vive inmersa en su intimidad y en la literatura.
Wislawa nació el 2 de julio de 1923, justo donde ella quiso nacer: Kórnik, cerca del Pozan. Vayan al diablo los rigoristas que se rasgan las vestiduras porque la partida de nacimiento de la poeta indica que nació en Bnin. Uno es de donde quiere, y ella reitera, insiste: nací en Kórnik. Punto. Radica, sin embargo, en Cracovia, en un sencillo departamento donde a diario trabaja en sus poemas. Vive ahí desde niña. Fue ahí donde realizó todos sus estudios. Su padre, Wincenty Szymborski, fue administrador de los bienes de Kórnik, plenipotenciario del conde Wladyslaw Zamoyski en Zakopane, otra localidad a la que Wislawa también se siente emotivamente vinculada y fue donde recibió la noticia de que había ganado el Nóbel. Como ella misma señala en algún poema, fue la única en su familia que eligió el camino de la poesía: “En muchas familias nadie escribe versos./ Pero si lo hacen, es raro que sea solo una persona (…)” (“Elogio a mi hermana”, Principio y fin, Trad. Gerardo Beltrán, p. 125). Leyendo el poema que más me gusta de Wislawa, “Noche”, acaso con el que más me identifico, no puedo evitar preguntarme hasta qué punto es autobiográfica al comparar a Isaac, el que estaba resuelto a descargar una puñalada en el corazón de su hijo por orden de Dios, con su propio padre: “¿Dios finge/ que entró volando sin querer/ que no, que no para nada es aquí,/ y luego se lleva a papá hasta la cocina/ para ponerse de acuerdo;/ desde una gran trompa le sopla en el oído/ Y cuando mañana, apenas amanezca,/ papá me lleve consigo,/ iré, iré/ negra de odio.” (Poesía no completa, traducción de Gerardo Beltrán, 32).
En su discurso de recepción del Nóbel, “El poeta y el mundo”, Wislawa cuestiona en forma inteligente y divertida el papel del poeta en la sociedad o, mejor dicho, la visión que de dicho oficio se tiene en la sociedad. Aunque tanto el poeta como el filósofo son productores de idéntica inquietud entre los no letrados, el filósofo tiene a favor un documento que lo avala en tanto tal, mientras que “no existen doctores en poesía”, puntualiza Wislawa, y agrega: “(…) Recordemos que en relación a esto deportaron al orgullo de la poesía rusa, más tarde Premio Nóbel, Joseph Brodsky. Lo declararon “parásito” porque no tenía la certificación oficial de que le era permitido ser poeta (…) Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerlo personalmente. Advertí que sólo a él, entre los que conozco, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”, que articulaba esta palabra sin frenos internos, incluso con cierta provocativa soltura. Pienso que era resultado del recuerdo de las brutales humillaciones que había sufrido en la juventud (…)” Wislawa duda aún en asumirse “poeta” con la soltura de Brodsky, no obstante seguir al pie de la letra la premisa del poeta de verdad que se repite sin cesar “no sé”, “no sé”: “Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiese dicho “no sé”, probablemente se hubiera convertido en profesora de química en un pensionado de señoritas de buena familia y en este, por otra parte respetable, trabajo habría transcurrido su vida (…)”
Coleccionista de osos de peluche y fumadora empedernida, publicó su primer poema, “Busco la palabra”, en 1945, cuando los polacos estaban más preocupados por sobrevivir a la ocupación alemana que otra cosa. Su primer libro, Por eso vivimos, no aparecería sino hasta 1952 y dos años más tarde le sería concedido el Premio Ciudad de Cracovia de Literatura. Son hasta la fecha una docena de libros los que componen su producción poética, lo que habla de una poeta más bien contenida y prudente, al menos para publicar, acaso exigente en extremo, aunque su poesía no refleja sufrimiento en ese sentido. Entre sus poemas más célebres pudiéramos citar “Nada dos veces”, que aparece en el libro Llamada al Yeti (1957), y se ha transformado incluso en una canción popular, “Este poema- nos dice Malgorzata Baranowska, en la introducción a la más reciente compilación de poemas de Wislawa, El gran número- sigue viviendo su propia vida. Ha tenido tal éxito porque, con sencillez inusual, presenta los rasgos característicos de la poesía de Szymborska, constituye la quintaesencia de lo que los lectores aman en poesía, de aquello con lo que se identifican (…)”:

Medio abrazados, sonrientes,
buscaremos la cordura,
aun siendo tan diferentes
cual dos gotas de agua pura.


Wislawa era, al momento de empezar a publicar, una joven espigada, de cuello alto y angulosa belleza, misma que pudiera denominar “majestuosa” si no fuera por el destello travieso de sus ojos marrones, repetido en una ancha sonrisa que se niega a enseñar los dientes. Posiblemente nadie prestó atención al debut de aquella joven estudiante de Filología y Sociología en la Universidad Jagellónica –que antes de llegar ahí cursó clandestinamente el bachillerato durante la Segunda Guerra y fue empleada de ferrocarriles- y a quien la contemplación del aniquilamiento de su patria llevó directamente a la poesía como única vía para expresar su indescriptible horror sin hacerse añicos por las esquinas. Bien dice Elena Poniatowska que Polonia es el país más sufrido del mundo. También el más admirable pues no pierde la fe ni el amor a sí mismo. Wislawa es, en ese sentido, Polonia rehecha mujer. Mujer que nunca deja de sonreír, ni de bromear, ni de abarcar este mundo con una mirada tierna pero penetrante: la misma de siempre, incluso cuando el mundo amenazó con desmoronársele bajo los pies. Una mujer que nunca permitió al odio anidar en su corazón e incluso se da el lujo de aludirlo sin nombrarlo: “Vendría mejor alguna invisibilidad,/ alguna oscura pedregosidad,/ y aún mejor no haber-sido (…)” (“Cierta gente”, El gran número, Traducción de Gerardo Beltrán, p. 93).
Basta leer su poesía llena de alegría de vivir, no exenta de dolor, claro, aunque sea un dolor que no se reconoce a sí mismo, para entender por qué lo digo. Al contrario de otros íconos de la literatura polaca como el maravilloso Ceslaw Milosz, uno de sus mejores amigos, por cierto, o Herbert o Szcypiorski, aguerridos anticomunistas, Wislawa dejó muy claro desde el principio que lo único que le interesaba defender, era a la poesía: “El escritor no debe usar la herramienta de la política, debe enfrentarse solo al mundo” (...) Cada vez que pienso en las ideologías recuerdo la película de Chaplin donde Charlot se va de viaje. Carga una maleta de hierro que no logra cerrar, y cuando por fin corre el cerrojo, quedan fuera una manga de camisa, una pierna de pantalón. Entonces Charlot toma unas tijeras y corta todo lo que cuelga fuera de la maleta. Lo mismo pasa con las teorías intelectuales.” A partir de 1955, Wislawa se integraría a un semanario cultural en Cracovia titulado Zycie Literackie, donde a lo largo de catorce años publicaría una columna semanal de reseñas de libros titulada “Lecturas complementarias”, que se publicaría a manera de libro en 1973 y 1992. Actualmente, Wislawa mantiene su columna en la Gaceta del Libro, suplemento de Gazeta Wyborcza.
La poesía de Wislawa, como el abrazo mismo de su mirada, es inabarcable. Los adjetivos que se han empleado para calificarla son infinitos y ambivalentes, desde “filosófica”, hasta “existencialista”, pasando por “individualista” y “amorosa”, lo cierto es que todo esto y mucho más se localiza en esta peculiar poesía… más peculiar aún porque su idioma de pluma, el polaco, es particularmente difícil de traducir al español, a decir del equipo interdisciplinario que se encargó de la traducción de El gran número, y quienes no vacilan en calificarla como “raro milagro estético”. Ella borra de un santiamén las especulaciones al señalar que solo escribe por amor, sobre el amor; que aún en aquellos poemas que aluden a la guerra o a la soledad, el amor intenta florecer. Declararía, en entrevista con Krystyna Nastulanka, en 1975; “(…) demasiada hilaridad o un entusiasmo vigoroso me entristece e, incluso, puede llegar a horrorizarme (…) En mi poesía busco ese efecto que en la pintura se llama claroscuro. Quisiera que en mis poemas se encontraran e incluso se fundieran cosas magnánimas y triviales, tristes y cómicas.” En otra entrevista con Félix Romeo, afirma que quien escribe estos poemas no es ella sola, sino dos personas: una que siente las cosas y las experimenta y otra que sobre su hombro le reprocha: “¿No estarás exagerando?”, “¿Para qué crees que pueda servirle al lector eso que te pasó?”, Ese yo irónico que, de desaparecer, afirma Wislawa riendo, desaparecería también a sus poemas, que serían muy malos. Esa es la realidad de la poesía de Wislawa Szymborska: que no busca pertenecer ni ser vinculada con ninguna corriente o tendencia, sino con emociones muy específicas que, a su vez, conformen una sola emoción que haga dudar al lector entre reír o llorar: “Una humanidad de hermanos, según los soñadores,/ transformará la tierra en un mundo de sonrisas./ Lo dudo. Imaginemos mejor que esos señores/ no tienen qué sonreír en vano./ Sólo de vez en cuando: en primavera, en verano,/sin contracciones nerviosas, sin prisas./ Es triste por naturaleza el ser humano./ A uno así espero y me alegro de antemano.” (“Sonrisas”, El gran número, traducción: Gerardo Beltrán).
Lo cierto es que la poesía de Wislawa es emblemática de lo que sería el desbocamiento de la poesía polaca, ubicado en 1956, cuando asumió de golpe todas las corrientes por las que históricamente no tuvo oportunidad de incursionar, desde el barroco, pasando por el romanticismo hasta el surrealismo, si bien en ella nada es deliberado, nada como no sea la forma de expresar ciertas cosas que le preocupan o desconciertan al momento de tomar la pluma (esa forma de “inspiración” que ella denomina “no sé”). Al contrario de la mayoría de los poetas de su generación, se inclinó más por abordar al ser individual, al hombre en concreto, antes que por el concepto abstracto de “Humanidad” que ella sencillamente no concibe: “Parecía como si le diera vergüenza morir./ No sé de qué se habla con alguien como él./ Nuestras miradas se evitaban como en un fotomontaje.” (“Noticias del hospital”, El gran número, Traducción de Xavier Ballester, p. 79). Al respecto escribiría el también Nobel de Literatura, Czeslaw Milosz, en un ensayo de 1991: “(…) Se impone la comparación con la visión desesperada de Samuel Beckett y Philip Larkin. Sin embargo al contrario de ellos, Szymborska nos ofrece un mundo donde se puede respirar. Ocurre así, al parecer, gracias a una objetivización llevada hasta tal punto que el “yo”, con su abatimiento personal, queda totalmente eliminado y se desarrolla un juego que, a pesar de todo, nos transmite la sensación de la enorme multiformidad y grandeza de la existencia humana.”
Aunque Poesía no completa no es la primera traducción directa del polaco al castellano —Beltrán y Murcia tienen a bien concederle ese honor al polaco Jan Zych—me atrevo a asegurar que es la mejor traducción que el lector podrá encontrar (participan también en la traducción de El gran número). Poesía no completa reúnen siete libros entre 1957 y 1993, así como poemas sueltos anteriores al 57 y otros posteriores al 93, no publicados aún en forma de libro. Wislawa refiere constantemente a figuras míticas o bíblicas para alegorizar ciertas circunstancias, como el antes citado “Noche”, de los primeros de su producción. Wislawa, vuelta niña, reflexiona sobre la caprichosa naturaleza del amor, incluso el que los padres experimentan por sus hijos. Atea declarada, buscó respuesta a las dudas espirituales que la agobiaban a través del ejercicio de la poesía. En “Hania” metaforiza el carácter flagelatorio de la Iglesia Católica a través de una buena sirvienta con las puntas de los zapatos gastadas de tanto arrodillarse: “Sol arrepiéntete de brillar. Flagélense nubes./ Primavera, envuélvete de nieve y florecerás en el cielo. Personajes de Shakespeare y de la dramaturgia griega adquieren un carácter simbólico, y se atreve, incluso, a hacer un homenaje burlesco a Rubens: “¡Oh, acalabazadas, oh excesivas,/duplicadas al rechazar los vestidos,/triplicadas por la impetuosidad de la pose,/grasos platillos de amor!” Maestra de la ironía sedosa, “ironía que no hiere”, dirán sus críticos, provocadora de involuntarias risas, la buena Wislawa llega al extremo de escribir su propio epitafio que la retrata mejor que una autobiografía de 500 páginas: “Aquí yace, como la coma anticuada,/ la autora de algunos versos. Descanso eterno/ tuvo a bien darle la tierra, a pesar de que la muerta/ con los grupos literarios no se hablaba./ Aunque tampoco en su tumba encontró nada/ mejor que una lechuza, jacintos y este treno./ Transeúnte, quita a tu electrónico cerebro la cubierta/ y piensa un poco en el destino de Wislawa.” No podía faltar una tierna sátira del machismo, como este poema titulado “Concurso de belleza masculina”, incluido en El gran número: “Del pescuezo un oso terrible/ agarra (mas no hay tal osazo)/ y tres jaguares invisibles/ derriba de tres puñetazos.” (Traducción de Xavier Ballester, p. 71).
Wislawa Sczymborska ha sido laureada con los premios literarios más prestigiados del mundo, además del Nóbel: el Goethe (1991), el Herder (1995) y el Pen Club Polaco (1996). En 1995 le fue otorgado el doctorado Honoris Causa de la Universidad Adam Mickiewicz en Poznan.

LA ALEGRÍA DE ESCRIBIR
Wislawa Sczymborska

¿A dónde corre, a través del bosque escrito, esta cierva escrita?
¿A beber del agua escrita
que copiará su hocico como papel carbón?
¿Por qué levanta la cabeza, habrá oído algo?
Apoyada en cuatro patas prestadas por la verdad
por debajo de mis desdos aguza los oídos.
Silencio, esta palabra también susurra sobre el papel
y retira
las ramas causadas por la palabra “bosque”.

Sobre la hoja blanca acechan para saltar
letras que pueden combinarse mal,
frases que acosan
y ante las cuales no habrá salvación.

Hay en una gota de tinta una reserva considerable
de cazadores que apuntan, con un ojos entrecerrado,
preparados para bajar por la empinada pluma,
para cercar a la cierva, dispuestos a disparar.

Olvidan que esto no es la vida.
Aquí rigen otras leyes, negro sobre blanco.
Un abrir y cerrar de ojos durará tanto como yo desee,
permitirá ser dividido en pequeñas eternidades,
llenas de balas detenidas al vuelo.

Si lo ordeno, nunca sucederá nada aquí.
En contra de mi voluntad no caerá ni una hoja,
ni se doblará una brizna de hierba bajo el peso de una pezuña.

¿Existe, pues, un mundo
sobre el que tengo un dominio absoluto?
¿Un tiempo que ato con cadenas de signos?
¿Una existencia infinita a mis órdenes?

La alegría de escribir.
La posibilidad de hacer perdurar.
La vergüenza de una mano mortal.

Traducción: Abel A. Murcia