Arrancar flores con un pie

Las apariencias no engañan si hay demasiadas
Laura Ridding

Coincidí por primera vez con Martha Bátiz Zuk en 1995, siendo becarias de Jóvenes Creadores del FONCA. Su sola presencia -¿cómo olvidarlo?- hacía perder la compostura a aquellos jóvenes instalados en sus armaduras de infantes terribles, mientras las chicas la barrían, típico, de pies a cabeza. Martha era, en apariencia, lo más lejano a una “escritora comprometida” que cabe imaginar, empezando porque era actriz, y con ello intento decir que salía en la tele. Vestía, sí, con sencillez. Engañosa sencillez de pura sangre. Pertenece a una legendaria familia de artistas e intelectuales: sobrina de Huberto Bátiz, escritor y editor del mítico suplemento “Sábado”, de Unomásuno e hija de Enrique Bátiz (México, 1942), director de orquesta que hiciera su primera presentación pública como pianista a los cinco años. Su madre, Eva María Zuk, notable pianista polaca. Era además una bella joven con ojos llenos de verano y una radiante cabellera castaña moteada por el sol. Pronto coincidiría a la hora de la comida con ella y descubrí, de entrada, que si bien no carecía de frivolidad, su charla no era para nada insustancial. Escucharla era ingresar a un exótico mundo de maravillosas imposibilidades. El arte de arrancar flores con los dedos de un pie, de llorar vertical para no arruinarse el maquillaje o de vibrar como violín, a lo María Callas. Y luego, la descripción de un París tan invisible como el traje del emperador. Poco a poco fue ganándose mi respeto por su forma tan sutil de imponerse a los prejuicios machistas y clasistas –años después me enteraría de que ya había hecho “callo” en la Facultad de Letras de la UNAM donde a diario lidiaba con ostensibles dudas respecto a su talento, inteligencia y legitimidad de estudiante de universidad pública- siendo la única mujer becaria en la categoría de cuento, junto con otros cinco muchachos entre los que figuraba el tremendo Guillermo Fadanelli, que terminaría siendo su gran amigo. La vi resistir estoica pullas relacionadas con su pedigree, sin pretender jamás no ser quien era: un acto de rebeldía en sí mismo.
Pasó mucho tiempo antes de que volviera a saber de Martha, aunque seguí con interés sus colaboraciones en el hoy extinto “Sábado”, dirigido hasta 1999 por su tío Huberto. Cabe señalar que esta publicación se caracterizó, entre otras cosas, por sus textos subversivos y sus fotos atrevidas. No era, pues, el lugar donde esperaría uno hallar a una niña como Martha. Sus relatos, sin embargo, no estaban fuera de tono con el contenido del suplemento: “(…) la felicidad –entonces lo supe- es arrebatarle a mordidas el dolor a los demás y hacerlo dormir y añejarse en el vientre sin decir nada. Valeria y sus personajes entrarán en mí y conocí el sabor de su sexo y de su saliva y su sudor; los devoré al calor del carbón durante días (…)” (“La dulce Valeria”, La primera taza de café, Editorial Ariana, Col. Laberinto de Papel 8, México, D.F, 2007, p. 36). Allí expuso también su faceta como crítica lo arte lo que, dada su crianza, no resultaba tan raro. Quién diría que esa linda muchacha llena de verano escribiera relatos tan escabrosos y crueles como “La primera taza de café”, con el que obtuvo un accésit en el XXXII Certamen Internacional de Cuento Miguel de Unamuno, de Salamanca, España. Casi todos sus personajes pertenecen a la clase media o baja y son, para colmo, tratados sin piedad ni simpatía. En la mayoría se perpetran crímenes pavorosos, descritos con pasmosa llaneza. Nada hay de falso o hueco en la prosa de Martha. Daniel Sada, su maestro, la reconoce en su prólogo al primer libro de relatos de Martha, A todos los voy a matar (Castillo Editores, Nuevo León, México, 2000): “(…) una propuesta literaria absolutamente radical, despojada de sutilezas inanes, que hace de estas historias un caso único, asaz deslumbrante (…)” Es evidente que la autora conoce el arte de evaporarse en sus relatos para dar paso a voces narrativas maliciosas, inescrupulosas, incisivas, lascivas... verosímiles.Martha Bátiz Zuk nació en México, D.F, el 11 de marzo de 1971. Nunca se interesó por tocar el piano, pese a poseer un muy buen oído musical, virtud muy útil en la escritura y a la que sin duda debemos la verosimilitud de sus personajes arrabaleros. Prefería cantar, pero tomó clases de vocalización solo por un tiempo. La literatura se interpuso entre ella y la que uno supondría su vocación natural: “Mi primera novela la escribí a los doce años, en un papel Bond amarillo horroroso, a lápiz... Siempre me bajaban puntos en la escuela no porque las composiciones fueran malas, sino porque eran diatribas interminables. De hecho, en la prepa me gané el premio, otorgado por unanimidad, de "la más rollera" La presea fue un rollo de papel higiénico. Siempre me ha gustado escribir, sólo que me tardé en descubrir que quería hacerlo profesionalmente. Me di cuenta a los 21 años, casi 22, y luego ya no pude dejarlo, aunque siempre lo he combinado con otras actividades. Antes era con la actuación. Ahora es con la academia, y con mi vida como madre y ama de casa.”
Cómo logra una niña criada entre notas de Chopin y Mozart cimentar una imaginación lo bastante truculenta para concebir “Hormigas”, de los cuentos más perversos que recuerdo haber leído, incluido en A todos los voy a matar, protagonizado por un triángulo incestuoso-pedófilo-sangriento. Lo más plausible de este relato, como de prácticamente todos los de Martha, es una prosa prístina y elegante que absorbe lo terrible u obsceno de los hechos, sin por ello atenuar el horror de lo planteado. No es el suyo un realismo sucio sino una sucia realidad embellecida por su inevitable percepción de la belleza, presente en la náusea o hasta en una golpiza bárbara (en este sentido, me atrevo a equipararla con otra narradora mexicana de su generación: Guadalupe Nettel). Más impactante aún es escucharla decir, con su dulce voz, que lo que más le preocupa al momento de escribir un relato es bautizar a los monstruos que lo amueblarán.La primera taza de café incluye cinco cuentos publicados originalmente en el suplemento “Sábado”. Incluye también algunas de sus mejores críticas teatrales y musicales. Críticas, si se quiere, de aficionada… no de cualquier aficionada sino de una que respira la música y huele la emoción catártica que brinda un escenario, admirablemente expuestas en su primera novela Boca de lobo. Según explica en el prólogo de La primera taza…: “(…) crecí en el medio musical, lo conozco muy bien, tengo el oído bien educado, no hay nada que pueda hacer para cambiar eso, como tampoco lo hice para fomentarlo o merecerlo, de modo que es mi propia experiencia, y en lo que he aprendido de mis padres y de mis maestros (…) No hay nada más feo para mí que ir al teatro o a un concierto o a cualquier cosa relacionada con el arte, una exposición, un ballet, y salir con el estómago y el corazón intactos (…)” Esta última frase pudiera definir el ideal estético de Martha, el cual traslada intacto hasta su narrativa: desordena, provoca, sacude, conmueve, asquea, transforma…
La primera taza de café, pues, fusiona las dos caras de Martha Bátiz: la narradora de afectada malicia y la crítica sensible y visceral. Tan antagónicas entre sí que resulta difícil relacionar a la autora del sádico relato “La Ruana” con aquella que escribe: “(…) uno no puede emprender altos vuelos con alas elementales (…) Yo siempre he creído que el teatro debe estremecer, lograr que la gente salga diferente a como entró (…)” (“La malinche: disección de una obra que falló”, p. 73) Asistimos otra vez a una declaración de principios de lo que Martha Bátiz espera del arte y, por ende, se propone aportar. Entre el lector y el autor debe existir un acuerdo tácito: tú quieres ser sacudido, yo quiero -y debo- sacudirte. Para nuestra autora, el arte, en cualquiera de sus manifestaciones debe propiciar la participación de un lector/espectador decidido a que le remuevan las entrañas. Su máxima: nunca dejar inerme a mi co-partícipe. No dejarlo fuera de lo que allí sucede. Este libro incluye también la voz que Martha deja fluir sensatamente en su discurso diario: la de mujer que exige respeto a su condición humana por encima de su sexo y/o apariencia: “(…) Si hay más escritores hombres quizá se deba a que la mujer también es madre, y eso es un trabajo de tiempo completo que ningún hombre realiza. En ocasiones es precisamente esta pesada broma del destino, llamada familia, la que frena muchas carreras brillantes (…) Lo que “no debería” existir son los conceptos elitistas y mamones que empiezan con los “no deberían…” con respecto al arte, porque en él todo es reflejo; hay más búsqueda que hallazgo, grandes soledades, muchos fracasos y, en general, una inmensa alegría en el dolor que existen, que afectan y son válidas tanto para el género masculino como el femenino (…)”Boca de lobo, primera novela de Martha Bátiz, obtuvo un segundo lugar en el prestigioso certamen internacional de novela “Casa de Teatro”, en Santo Domingo. La edición mexicana corrió a cargo del Instituto Mexiquense de Cultura (2008). El título alude, en primer lugar, a una frase propia del argot operístico, bocca al luppo, que indica el momento de “salir a matar al lobo”, es decir, subyugar a esa poderosa bestia que es el público, domarlo, amansarlo. Dejarse engullir por el hocico negro del aplauso. Pero podría tener que ver también con la incertidumbre que recorre esta novela, la cual transcurre en un medio mucho más familiar para Martha: los escenarios. Arranca en el instante en que Damiana Guerra, la protagonista, está por ver su sueño hecho realidad: tras años y años y años de estudio, esfuerzo y sacrificio, interpretará su primer protagónico, la Susana de Las bodas de Fígaro, nada menos que en Bellas Artes. Está física y mentalmente preparada para este momento, para este personaje, y el hecho de que tenga lugar en su país tras una larga ausencia, incrementa su emoción. Lo que Damiana menos espera es que justo entonces, minutos antes de salir a escena, se reencuentre con su hermana mayor, Tamara, portadora, por lo general, de malas nuevas. En efecto: Tamara le dice que el padre de ambas agoniza en un hospital. Con todo y este tremendo golpe y una serie de deficiencias técnicas producidas por el exagerado entusiasmo que un partido de fútbol produce entre músicos y tramoyistas, que se han permitido cargar un televisor portátil para no perder detalle, Damiana da la cara como Susana. La acción de Boca de lobo abarca apenas veinticuatro horas, durante las cuales asistimos a la presentación de Damiana, al tiempo que evoca recuerdos dolorosos que interfieren, para bien y para mal, con su desempeño en escena. Lo más admirable, de principio, es su empeño en llevar a término su actuación, pese al dolor que vuelve a carcomerla después de tantos años: “Lo que no se pronuncia no existe, y creo que siempre nos empeñamos a creer que el dolor se esfuma si no tiene sonido ni definición ni lugar de origen ni palabras que le den peso (…)” (p. 26).
Admiradora irredenta de la novelista estadounidense Joyce Carol Oates, a quien conoció, me dice, gracias a un querido amigo suyo, el también escritor mexicano José Ramón Ruisánchez, Martha arma en forma joycecaroliana las piezas de lo que fuera una familia, contrastando una hermosa foto familiar donde la bella madre arrancar una flor con los dedos de los pies, con la agonía del padre, el diplomático Eusebio Guerra, quien solo veía en el talento de su hija menor un recurso para deslumbrar a sus invitados, pero siempre se rehusó a que tanto Damiana como Tamara, quien soñaba ser actriz, se dedicaran al arte. Con Eduardo, el hijo varón, no tuvo ese problema. El motivo de tal renuencia pudiera tener origen en la vocación artística de su difunta esposa, flautista, asesinada muy joven, y de quien Damiana aprendió los misterios de la música: “Cuando me preguntan por qué soy cantante, respondo mi otra verdad: que me sentiría muy vulnerable si no pudiera abrigarme en las notas que la orquesta teje en cada función. Lo intuí la primera vez que fui a la ópera. Mamá me llevó a escondidas, sólo ella y yo. Consiguió dos boletos para ver Carmen y, aunque nos sentamos muy atrás, se veía todo perfectamente. Fue mi regalo de cumpleaños, para celebrar los ocho que me permitían asistir a un espectáculo de esa naturaleza (…)” (p. 56). Damiana descubre el nivel de clandestinidad de aquella escapada al teatro con su madre cuando, al ser descubiertas por su padre, este arremete a golpes contra aquella. Según se advierte en la novela, Eusebio es un celoso patológico que hace de su propia vida y de la que los rodean un infierno.

Pero mientras Damiana se rebela al padre, Tamara realiza tímidos intentos por ingresar al mundo de la actuación, termina cediendo al autoritarismo de Eusebio. No por nada es su hija favorita. Las hermanas tienen motivos de sobra para odiarse: Tamara envidia a Damiana porque ella sí conquistó su propósito. Damiana odia a Tamara no tanto por ser la favorita de su padre como por haberle “quitado” a Rodrigo, su novio violinista. A Damiana, por otra parte, la carcome una duda: ¿Realmente su madre murió durante un asalto en Caracas como se ha dicho? Lo peor del asunto es que Damiana presiente que Tamara conoce la realidad sobre la muerte de su madre, es decir, que posee una información privilegiada que ni Eduardo ni ella imaginan siquiera. No queda en tanto sino culpar a los relojes, contra los que experimenta tal fobia que se niega a llevar uno en la muñeca.
Una de las mayores virtudes de esta novela es que la voz narrativa, entrelazada con la de Damiana –o acaso la voz de la consciencia de Damiana… ¡o de Tamara!- no intenta explicar nada al lector, sino a sí mismo. Es una novela intimista, hermética por momentos, donde los personajes libran una penosa lucha contra sí mismos. Pugna de consciencias y de egos, doblegados apenas por recuerdos de la infancia; una torre de sugus y el juego de Aquí no pasa nada: “(…) Vi a mamá arrancar una flor con los dedos de los pies, y ofrecérsela a papá. Se dieron un beso. Creo que fue la única vez que los vimos besarse (…)”
Damiana se permite distraerse del dolor con asuntos que pudieran parecer triviales pero son sutiles denuncias contra la burocracia que se interpone entre la cultura y los artistas con su valla de formulismos y mezquindades: “(…) Los alientos deslucieron con tanta obviedad que Guido incluso encorvó la espalda con una especie de sobresalto, como si acabara de recibir un golpe. En ese movimiento percibí su impotencia: por temor a represalias sindicales, no podría llamarles la atención a los músicos (…) me entregaron un mensaje del director del Instituto (nunca me aprendo sus nombres porque los cambian con frecuencia (…)” (p.p 71 y 113). En los artistas recae el peso de la responsabilidad, en sus manos está resarcir la inexperiencia, pereza o mala fe de quienes están ahí solo porque reciben un salario. Revela también lo nocivos que resultan los cacahuates para la garganta de un cantante y que para no desmaquillarse llora inclinada para que las lágrimas caigan verticalmente. Poco a poco nos introduce no solo a la intimidad familiar, sino a los misterios de su oficio. Cantar, parece decirnos Martha, no es muy distinto a escribir. Ambos son fuente de dicha y de llanto y tienen su origen en la pasión, como el universo lo tiene en la luz.
Actualmente, Martha escribe una novela en inglés que se titulará "Where I Belong", “es una historia de desarraigo, de migración, un mucho basada en la historia de mis abuelos cuando escaparon de Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, y un poco basada en mi propia experiencia como alguien que emigró a un país nuevo. Además siempre trato de hacer algunos artículos aquí y allá para estar en contacto con México. Me han dado espacio también en Perú y en Puerto Rico. Y tengo por ahí dos cuentos sin terminar que seguramente tendré listos este verano, uno en inglés y otro en español. Tengo, además, dos proyectos de novela, una histórica basada en una investigación muy interesante que hizo Eduardo Barraza, que es profesor e investigador en la UNAM, y la otra basada en una experiencia que viví de adolescente, que creo que ya estoy lista para exorcizar por escrito.” Es además profesora y candidata al doctorado en letras latinoamericanas por la Universidad de Toronto, ciudad donde actualmente radica con sus dos hijas y su esposo.



2 Cuentos de Martha Bátiz


Isabel habla de María

No sabían qué hacer con el perro y por eso lo trajeron. Me dieron pena sus huesos como espinas listas para atravesar la piel: si es cierto que todo se parece a su dueño, María debe haber lucido muy mal antes de morir. Ella, que se ufanaba de su belleza. ¿Qué habría dicho si, cuando reclamaba mi trono, hubiera sabido la manera en que iba a terminar? ¿Qué habría dicho si alguien le hubiera mostrado a su falderillo en el estado lamentable en que llegó a palacio esta mañana?
“Querida prima”, me decía. Su voz era siempre tersa, como si al hablar quisiera tejer un manto de angora y abrigar a quien la oía. Pero pronto me di cuenta de que sus palabras no sólo podían tejer belleza sino, como aspirante a parca, con ellas pretendía sostener y cortar los hilos de la vida. Yo era su querida prima y sin embargo quiso matarme. Arrebatarme el reino, imponer su credo, hacerse pasar por santa. Pero mi padre no luchó en vano y es mi deber vigilar que su legado no se pierda. En Inglaterra no hay lugar para otra virgen de piel y sangre noble.
Firmé con gran pesar su condena. Cuando yo la llamaba “querida prima” era porque en verdad la amaba. ¿Cómo no enamorarse de ella? Toda la hermosura que hubo alguna vez en nuestra familia fue a condensarse en su rostro. La perfección de sus modales, su inteligencia y su valentía me hacían temblar. ¿Cómo podía envidiarme ella, que nació reina, a mí, tan poco majestuosa a su lado? ¿Cómo se atrevió a pensar que no me defendería? De mi padre aprendí que se puede vivir sin lo que se ama cuando estorba. De ella aprendí que no puede haber dos reinas en la misma isla. Mi victoria la comparto humildemente con ellos y con Dios.
El mensajero me relató la escena de la muerte de María. Mi querida prima caminó despacio -orando- hacia el verdugo. Tras el golpe, su cabeza cayó al piso, pero sus labios siguieron rezando. O acaso maldiciéndome, pero su rostro -¿angelical aun sin cuerpo?- hizo que sus fieles se arrodillaran a adorarla, creyendo que atestiguaban un milagro. Ay, amada María, vanidosa hasta el final, ¿qué habrías hecho si, en vida, hubieras tenido una visión de tu muerte? El verdugo alzó la cabeza asiéndola por el cabello, y cuando parecía que ya no era posible nada peor, María perdió la cabeza otra vez. Ante la sorpresa y el horror de los testigos, la peluca con que mi prima pretendió ser bella hasta el final la traicionó, y se quedó enmarañada entre los dedos del asesino, mientras que la cabeza desnuda y con los labios todavía moviéndose, rodó hacia el lodo. Siempre tengo que cerrar los ojos cuando evoco esta imagen. Qué manera de perder la dignidad.
El perro no había comido desde que murió María. Alguien dijo que su fidelidad hacia ella era parecida a la de sus súbditos, que todavía la lloran. Yo sé lo que es sufrir así; yo también lloré por ella. Por eso, una vez a solas, tomé al perro entre mis brazos y lo estuve acariciando largo rato, hasta que dejó de estremecerse. Entonces cerré mis manos sobre su cuello y lo apreté hasta que dejó de respirar. Estaba tan débil que su lucha acabó pronto. Su cabeza descansó sobre mis manos relajadas, y por un momento, a diferencia de su dueña, recuperó su antigua belleza. Nadie sabrá que se orinó de miedo; no dará más lástima. Así habrá que cercar a los fieles de mi querida prima, y ayudarlos a terminar con su terrible pena. Será, también, un acto piadoso.




Cuento colonial
Mujer azteca

Llegaron aquí y nos quitaron todo. Lo que era nuestro, de nuestros hijos, lo que nos habían dado los sabios. Se llevaron lo hermoso, y destruyeron el resto. Nos enseñaron a hablar en esta lengua que sabe a piel ajena. Hicieron nuestras aguas ríos de sangre, nuestra sangre derramada sin razón, sin nadie que se alimentara de su fuerza. Pensaron que la muerte nos iba a hacer dóciles. No sabían que nosotros hace mucho habíamos domado a la muerte.
Yo no soy como esa María, ni Guadalupe ni Marina, y aunque me digan de esas formas yo sé que ninguno es mi nombre. Mi nombre se lo robaron cuando callaron a mis dioses, cuando mataron a mis padres, y desde entonces lo busco pero no lo encuentro. Por eso vine: para reclamarlo. No me importa lo que me hagan, nada puede ser peor. Mi mundo no existe más.
El ya estaba viejo, no se pudo defender. Mi brazo y su extensión de obsidiana fueron más rápidos que su voz pidiendo ayuda. Ayuda merecíamos nosotros y nadie nos la ofreció; todo nos quitaron, hasta la esperanza de que nos oyeran gritando y vinieran a socorrernos. Bien merecido se lo hubo él cuando también estuvo solo en su miedo. El cuchillo se le hundió en el vientre, y cuando con sus manos trató de cubrir la herida, de un golpe le abrí el cuello como a los guajolotes que cuelgan de cabeza en los mercados. Cayó al piso y entonces, antes de que terminara de ahogarse, le dije así, fuerte y claro para que me oyera: “Padre, me acuso de no amar a su dios como a los que me quitó, y de no poder vivir más con este nombre que no suena a mí. Amén.” Abrí su pecho y hundí la mano y el sonido de mis dedos hurgando en ese rincón caliente me hizo pensar en los ríos en primavera, en el agua que brota de las entrañas de la tierra cuando hace sol, y por fin saqué el corazón como animal recién nacido en mi palma entrecerrada; el corazón brillante como las piedras hermosas que tantas vidas nos costaron. No me volví para ver la cara del padre. No era mi padre, no sé por qué me obligaba a llamarlo así. Miré su corazón desfallecer entre mis dedos y le dije “no me importa lo que me hagan, porque yo soy esto”, y me senté a llorar por lo que había perdido.