Los tonos de lo oscuro




Quiero escribir para gente como yo… es decir, gente curiosa y exigente… gente que no pueda ser falsificada y con un criterio muy alto…
Respuesta de T.M a un estudiante de Princeton que le preguntó si solo escribía para la gente de color

… La gente cree que la oscuridad es toda del mismo color, pero no es verdad. Hay como cinco o seis clases de oscuridad. Hay una sedosa y otra como la lana. Hay otra que es sólo vacío. La hay que semeja muchos dedos y que nunca se está quieta. Se mueve y pasa de un negocio a otro (…) el negro de la noche. Es como el arco iris.” (La canción de Salomón)
El mundo que se presume libre festejó el Premio Nobel de Literatura concedido en 1993 a Toni Morrison, segunda de cuatro hijos, nacida el 18 de febrero de 1931 en la localidad de Lorain, Ohio y, como la mayoría de sus heroínas, en el seno de una familia muy pobre cuyo padre, George Wofford, se desempeñaba como astillero soldador, mientras la madre, Rama Willis Wofford, se consagraba al hogar. Con este premio se reconocía a dos bandos por lo general excluidos de los grandes banquetes: las mujeres y los negros. La infancia de Toni, no Antonia sino Chloe Anthony Wofford –muchas de sus personajes ostentan nombres de varón, como Pilatos y Seneca- transcurrió durante los años de la Gran Depresión, muy unida a su familia que siempre celebró su precoz genio literario pues Toni era muy afecta a lo que llamamos “recitaciones” con que amenizaba las magras cenas de Acción de Gracias.
Aunque empezó siendo actriz y bailarina, quizá porque su gran belleza era más ostensible que su talento literario (el eterno problema de las muchachas lindas, particularmente si son negras y poseen lo que la propia Toni denomina “la cabellera viva de los negros”: nadie supone que pueden ser genios), ingresó, supongo que sorteando enormes escollos burocráticos, a la Universidad de Howard, Washigton, en 1949, donde haría historia como la primera estudiante afroamericana en ser admitida; cursó un posgrado de literatura inglesa en la Universidad de Cornell en 1955, graduándose con una tesis sobre la obra de dos autores blancos: Virginia Woolf y William Faulkner. Dio clases en las universidades de Texas, Albany y en la misma Howard. En 1958 contraería matrimonio con Harold Morrison del que tomaría su apellido de pluma y con quien permanecería casada seis años, a lo largo de los cuales procrearían dos hijos: Harold Ford y Kevin Slade. En 1964, tras su divorcio, Toni se trasladaría junto con sus hijos pequeños a Syracuse, Nueva York, donde se desempeñaría como editora de la Random House. Así entonces, fue editora antes que escritora. No publicaría su primera novela, The bluest eyes, hasta casi cumplidos los cuarenta años, en 1970, no porque hubiera comenzado tarde a escribir sino porque editoriales “blancas” como Holt, Rinehart y Winston rechazaron sistemáticamente sus manuscritos, de poderosa carga poética pero, también, muy cargadas de apasionada crítica contra lo establecido; muy políticas, pues. En The bluest eyes se narra la peculiar, irreverente historia de una niña negra llamada Pecola que sueña tener los ojos como las muñecas blancas, es decir, azules. El conflicto medular de sus novelas, presente al menos como tema periférico, es la ambición de algún personaje negro por ingresar al privilegiado mundo de los blancos. Ese anhelo los impulsa a superarse, si bien, una vez alcanzada la meta, en la mayoría de los casos, dicho personaje procede a asumir el modus vivendi de los blancos, incluyendo su cultura, modales e idiosincrasia, lo cual los lleva, casi inevitablemente, a renegar de su propia naturaleza, de su propia familia… de su propio color, lo más terrible. Surge entonces una absurda división racista dentro de los mismos negros que se miden en “claros”, “medios” y “oscuros” y reproducen una dinámica similar a la existente entre negros y blancos. El racismo de negros hacia negros es otro tema recurrente en la narrativa de Toni, como en La canción de Salomón, cuyo protagonista de peculiar nombre, Macon Dead (Muerto), desprecia a los miembros de su comunidad y muy especialmente a su hermana, la inolvidable Pilatos, que además de ser negra es madre soltera, literalmente, la oveja negra. Ya en su extraño nombre, evidencia Pilatos la sumisión casi pervertida de sus padres hacia el yanqui borracho que garrapatea el nombre que habrá de llevar su bebé en un papelito, independientemente de su sexo. Eso, y no llevar el nombre del verdugo de Cristo, es lo que más abochorna a la joven, que más que ser relegada a la marginalidad ha optado gustosamente por ella. Vive en una casa sin servicio de electricidad (no quiere pagarla), paradójicamente, plena de cantos y alegría de las mujeres que hacen pulpa de vino, que comen como niños y solo gastan en bisutería.
Las novelas de Toni Morrison recrean la realidad, dolorosa pero donde la alegría no está ausente, de las mujeres negras, y lo hace a través de un lenguaje poético que amalgama la fuerza de la indignación con la poesía de la compasión. “Todavía no estaba claro de donde procedían las palabras. Tal vez fuese algo que había oído, inventado, o que le habían susurrado mientras dormía acurrucado sobre sus herramientas en el catre de un carromato. Se llamaba Morgan y quién sabe si inventó o robó la media docena de palabras que forjó. Unas palabras que, al principio, parecían bendecirlos; después, confundirlos, y, finalmente, anunciar que habían perdido” (Paraíso) En realidad, este enfoque literario no es nuevo. Toni era una niña cuando surgió el llamado Renacimiento de Harlem, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Le tocaría participar activamente del movimiento artístico negro que hizo proliferar la literatura escrita por gente de color. Seguramente leyó aquel maravilloso libro de Zora Neale Hurston, There eyes were watching God, publicado originalmente en 1937 y reeditado con singular éxito en la década de los sesenta. Sin embargo, gracias al Pullitzer y al Nóbel, Toni es por hoy la escritora más influyente de esta poderosa corriente que siempre se ha caracterizado por la radicalidad de sus principios. Entre sus obras también podemos contar la aclamada y ya citada Canción de Salomón, La isla de los caballeros, y las más recientes: Jazz, Jugando en la oscuridad y, la más reciente, Love (2003), aunque en 2004 publicó el ensayo Remember: the journey to school integration. Cuenta con una sola obra de teatro, escrita en 1986: Dreaming Emmet. Vale la pena destacar que, después de Toni, otra escritora afroamericana recibió el Pullitzer, a principios de los noventa: la poeta y dramaturga Rita Dove. Pisándole los talones a Toni, vienen otras autoras afroamericanas de extraordinaria factura como Octavia Butler, autora de una extraordinaria novela, Kindred; Bárbara Neely, Valerie Wilson Wesley y Pamela Thomas-Graham, entre otras, aunque en lengua castellano nuestro más inmediato referente de la literatura, llamémosle, “de color”, es la Premio Nóbel. Toni misma ha sido mentora de autoras como Toni Cade Bambara y Gail Jones.
Tras el inusitado éxito de ventas y crítica de Ojos azules, su primera novela, sigue otro aún mayor, Sula, donde se aborda también la compleja situación de las mujeres afroamericanas, aunque sin duda fue la extraordinaria Beloved, Premio Pullitzer, 1988, la que hizo a la narradora pegar el salto definitivo. En algún momento comentó Toni que todo gran arte debe ser al mismo tiempo bello y político. Esa podría ser la exacta definición de su narrativa. Beloved, que en español significa “Amada” o, más exactamente “Es amada”, responde al nombre del personaje central, una niña muerta con una conmovedora historia que contar. Encarnación misma de la culpa de su madre, la esclava Sethe, que se ve orillada a matarla para salvarla de la esclavitud. Una culpa que empieza al dar a luz a una hija en deplorables condiciones y se cierra cuando, a su manera, la salva de un mundo que se niega a reconocerla como ser humano; un mundo que todo lo divide en blanco y negro y para el que solo es válido uno de dos colores y ningún otro. Un mundo donde los médicos blancos, únicos que existen por el momento, se niegan a atender a los negros (los veterinarios parecen ser la única salda en casos extremos) y les cierran las puertas de los hospitales a las parturientas de color, así como cualquier otra puerta que les brinde acceso a su condición humana. Ambientada en Cincinnatti, Ohio, del siglo XIX, Beloved es una de las novelas más desgarradoras y al mismo tiempo más poéticas que se escribieron a finales del siglo XX… aunque prácticamente lo mismo podría decirse de la novelística de Toni Morrison. Difícil no terminar la lectura de la mayoría de sus novelas –Beloved y Paraíso, se me ocurren- con el alma destrozada, con el puño cerrado (de los que proliferan en la obra de esta autora: puños blancos contra prostitutas negras; puños negros simbolizando impotencia, furia contenida y dolor mordido) y un deseo vehemente de cambiar el mundo. Analizada más fríamente, si fuera eso posible, esta novela plantea un dilema ético entre el amor y la culpa. El amor siempre será puntal en el dilema moral de los protagonistas de Toni Morrison, pero en ninguna de sus novelas se nos aparece tan contundente como en esta. Salta a la vista que Sethe amaba a su hijita: no fue una madre abusiva mi mucho menos, pero a veces el amor por un hijo puede llevar a la madre a arrancarse el corazón cuando las posibilidades se han agotado. Un hijo es el corazón de su madre. Se trata de una visión absolutamente novedosa de la esclavitud pues en lugar de ofrecer el clásico relato familiar sobre el esclavo que encabeza una revuelta, a la manera de Frederik Douglass, se centra en la relación de la madre con sus hijos o la madre vista a través de su hija. La conciencia culpable de Sethe hace del dolor una vivencia turbia, capaz de generar espectros que traspasan al lector. Beloved es un cuento de fantasmas que involucra una paradoja entre amor y conciencia. Matar o no matar representaría, por igual, lugar para la culpa.
Los fantasmas también recurrentes en la novelística de Toni Morrison, aunque difícilmente podríamos catalogar novelas como Paraíso, La canción de Salomón o la propia Beloved como historias de fantasmas, ¿por qué?, porque los fantasmas no son apariciones sobrenaturales ni presencias paranormales, mucho menos inciertos: son seres concretos aunque espontáneos que no deambulan sino participan activamente de la trama, que incluso se sientan a la mesa de los vivos y dejan olvidada alguna flor. Los negros estadounidenses no pierden de vista a sus antepasados, afianzan sus enseñanzas con los dientes para que la muerte y el olvido no les arrebate del todo a quienes padecieron su cuota en el eslabón del dolor que toca vivir a los desposeídos del mundo, desde tiempos inmemoriales. En La canción de Salomón, aún siendo protagonistas los muertos, tampoco podría afirmarse que se trata de una novela de fantasmas, simplemente porque la autora no la enfoca como tal. Hasta pareciera fruto del humor negro que la familia de la historia se apellide Dead, y por momentos pudiera concedérsele que se trata de una puntada, pero la trama, por sus instantes de original e irreverente sentido del humor, diluye en éste el dolor ancestral en que se fundamenta la obra de Toni y que en su pluma ya no sabe a resentimiento, tampoco a resignación sino a rabia quieta ante la posibilidad de ironizar: “(…) En 1936 muy pocos hombres de color vivían tan bien como Macon Muerto. Otros veían deslizarse aquella familia ante sus ojos con un poco de celos y mucho de diversión, porque el ancho Packard verde desmentía la idea que ellos tenían de la utilidad de un coche. Macon Muerto nunca pasaba de las veinte millas por hora, nunca apretaba a fondo el acelerador, nunca recorría en primera una manzana o dos para dar un poco de emoción a los peatones. Nunca se le pinchaba una rueda, nunca se quedaba sin gasolina y se veía en la necesidad de acudir a una docena de chiquillos rientes y harapientos que le ayudaran a empujar el coche cuesta arriba o acercarlo al bordillo. Nunca llevaba las puertas atadas con cuerdas, ni acercaba a la esquina a los chicos del barrio subidos al estribo. No remolcaba a nadie ni nadie lo remolcaba a él (…)” (Ave fénix, Debolsillo, Barcelona, 2001, traducción de Carmen Criado, p. p 48 y 49).
La canción de Salomón, como La isla de los caballeros, aborda el delicado tema de los negros que se incorporan al mundo de los blancos. Macon Muerto, por ejemplo, se considera más honesto que la gente de su barrio porque ha sido admitido en el mundo empresarial de los blancos gracias a sus innegables dotes como comerciantes, pero al mismo tiempo ejerce la moral relajada y “la ley del embudo” en el más puro estilo blanco-protestante, maltratando psicológicamente a su esposa, despreciando a su hermana (que ya por el simple hecho de ser mujer hubiera merecido su desprecio) y mirando de reojo a sus hijos, uno de los cuales es apodado Lechero al conocerse que su madre lo amamantó hasta edad poco propia, con lo que se establece entre ellos un lazo más allá de la complicidad. Por otra parte, y según lo percibe Jadine, una yalla, es decir, negra de piel casi marfileña y protagonista de la extraordinariamente sensual Tar baby, presentada en español como La isla de los caballeros (Ediciones B, Col. Tiempos modernos, Barcelona, 1993, traducción de Mireia Bofill), los blancos permanecen sumidos en la disyuntiva de “sumergirla en la negritud o diluirla en la universalidad”. Graduada en historia del arte, sobrina de los sirvientes de una prominente familia blanca de Filadelfia asentada en una isla caribeña (La Martinica, misma que recrea Jean Rhys y cuyos habitantes, según nos lo confirma Toni, desprecian lo blanco con toda su alma), Jadine ha accedido a la educación de una señorita blanca gracias a la gentileza de sus patrones, un magnate dulcero de nombre Valerian y su enigmática esposa pelirroja, Margaret, y vive inmersa en la íntima pugna entre la gratitud que le debe a sus educadores blancos y la indignación que le produce la forma en que la negritud es percibida por los blancos que predominan su mundo: “(…) Pequeños destellos de vergüenza encendían aún entonces su cara al recordar todas esas exposiciones de arte negro que se organizaba dos o tres veces al año en Estados Unidos. Las esculturas de alumnos de enseñanza media, las pinturas estilo ilustración. Ridículas en el ochenta por ciento de los casos y en un diez por ciento derivativas hasta el mimetismo. Pero los negros norteamericanos al menos eran sinceramente espantosos, los artistas negros que trabajaban en Europa eran un escándalo. Sus pretensiones resultaban tan lamentables como su talento. Solo había una excepción: un negro estadounidense cuyas obras destacaban como una secuoya entre las malas hierbas. Pero era casi imposible encontrar cosas suyas en ninguna parte.” (p. 84). La isla de los caballeros se plantea otra paradoja de cruel franqueza: ¿qué se esconde tras la generosidad del blanco que, además de aglutinar a los negros en su mundo, de apropiárselos, defiende a ultranza lo que considera es “la cultura negra” (“abastecedor de exotismos”, “huérfano cultural”, llama Jadine a Michael, blanco y defensor a ultranza de la pureza de los indios y los negros), y que bien podría ser un cliché? ¿Un vulgar estereotipo de lo que-debe-ser-negro? Jadine empieza a planteárselo a partir de la forma que tienen los blancos de percibir el arte negro o lo-que-debe-ser-el-arte-negro. Curiosamente, aunque su actitud hacia los blancos es de cordialidad y, sí, gratitud, su sentimiento de pertenencia y solidaridad para con los negros es tan poderoso, que decide callar ante Valerian que el náufrago negro que hospedan en su casa le ha faltado al respeto: “(…) Sentía un curioso bochorno ante la imagen de ella misma acusando a un hombre negro ante un hombre blanco y contemplando luego cómo se lo llevaban a toda prisa en una lancha esos gendarmes que odiaban a los negros.” (p. 137).
Más adelante, Jadine será rudamente cuestionada por su amante, Son, un “negro oscuro”: ¿Qué es lo que de verdad la conflictúa? ¿La noción que los blancos tienen de los negros como bestias civilizadas a golpes? ¿O ese permanente forcejeo que, como “negra clara”, padece entre asumir su propia negritud o complacer a quienes, que en su plan de modelo de portada de revista, le admiran y estiman como a un precioso animal y le envían abrigos de auténtica piel de foca?: “(…) Como un indio que ve su perfil disminuido sobre una moneda de cinco centavos, Son veía ridiculizadas las cosas que él imaginaba, que le pertenecían, incluida su propia imagen en el espejo. Apropiadas, comercializadas y trivializadas al convertirlas en objetos decorativos (…)” (p. 180).
Paraíso es la novela inmediatamente posterior a la obtención del Premio Nóbel, y, contrario a lo que ha sucedido con otros autores galardonados, cuyos trabajos post Nobel presentan una considerable disminución de calidad con relación a la obra que los hizo acreedores al galardón, los críticos insisten en afirmar que es la obra maestra de Toni. La calidad, por lo menos, se mantiene. Se mantienen, asimismo, los elementos característicos en la narrativa de esta autora: la crítica contra el racismo de negros contra negros, más reprobable aún que el que ejercen blancos contra negros; el feminismo de las mujeres negras, las apariciones fantasmales y, para terminar, la reivindicación de la diferencia. Paraíso, sin embargo, es la más descarnada de su novelística para recrear la violencia nacida del prejuicio religioso, racista, sexista.
El personaje central de Paraíso es un pueblo de nombre Ruby, constituido por negros que tienen en común su recelo por todo lo que sea ajeno a su estilo de vida y a sus prácticas religiosas. Pueblo de hombres que han sido objeto de una caricatura de crucifixión por parte de los blancos; que intentan no ser como Down, Lexington, Sapulpa, Gans o Tulsa donde los negros eran expulsados, cuando no mutilados, aunque cada mes de junio se instalen farolillos para celebrar el aniversario de la emancipación de los esclavos. Hombres que llegan a considerar más segura la guerra que cualquier rincón de Estados Unidos. Los moradores de Ruby vienen huyendo de los falsos compromisos realizados a raíz del asesinato de Martin Luther King, que quedan en condición de aparatos decorativos por su hermosa letra. No faltan, por supuesto, las discrepancias entre ministros religiosos: el que pretende seguir al pie de la letra la palabra de Dios y el que se atreve a introducir reglas nuevas que emancipen a los habitantes de Ruby de las reglas de los blancos: “(…) No se trataba de un argumento sobre el que pudiera estarse de acuerdo o en desacuerdo, sino de una especie de acusación velada. Contra los blancos, efectivamente, pero también contra ellos: la gente del pueblo que escuchaba, sus propios padres, abuelos, los mayores de Ruby. Como si hubiera un modo nuevo y más viril de tratar a los blancos. No como habían hecho los Blackhorse o los Morgan, sino un modo africano, lleno de palabras nuevas, combinaciones de color nuevas y cortes de pelo (…)” (Ediciones B. Barcelona, 1998, traducción de Mireia Bonfil, p. 119).
Un grupo de mujeres refugiadas, por diversos motivos, en un caserón que funge de convento, será el blanco del odio y resentimiento que bulle en las entrañas del pequeño y pacífico poblado. Mujeres atractivas y olorosas en un pueblo cuyas habitantes no se empolvan la cara ni usan perfume, por ser estas prácticas de prostitutas; mujeres atractivas y fugitivas confrontando a otras que tienen que acudir a pedir perdón públicamente a la Iglesia cuando quedan embarazadas sin estar casadas (el padre, por supuesto, queda libre de esta monserga). Mujeres negras e ingobernables. Mujeres que huyen de la violencia de un conyugue; de la violencia de los propios hijos, como el pavoroso caso de Mavis, o de una vida doméstica que las devora en vida, masticándolas despacio. Mujeres que se convierten en víctimas de las víctimas de los blancos, en perfectos chivos expiatorios para la rabia de los oprimidos. Oprimidas por los oprimidos. Esta, pues, es la historia del pueblo, de las mujeres que se refugian en el convento y de la masacre de la que son objeto por parte de los indignados moradores de Ruby. Cada mujer carga en sus espaldas un largo historial de maltratos, marginación y miedo, llegando a reconocerse mutuamente como una porción más vilipendiada en la historia de la humanidad: las mujeres negras.
Desde 1981, año de la publicación de Tar baby (que, en lo personal, es la que más me gusta de su producción) la maestra Toni Morrison ocupa un sitio en la Academia Americana de las Artes y las Letras y, desde 1989, funge como catedrática de la Universidad de Princeton

Entrevista de una hora con Toni Morrison (por Charlie Rose)




Carta de Toni Morrison al Senador Obama: