La vida real es un cuaderno rojo


Decía Borges que toda buena novela es, en el fondo, una novela policiaca. Su compatriota, Claudia Piñeiro, parece haber llevado a la práctica esta lección con notable éxito, Y sin embargo más que a Borges, la dinámica de su novela Las vidas de los jueves me remitió a la dinámica de las novelas de Jane Austen. Cuando se lo comenté no pareció sorprendida, aunque señaló que, técnicamente hablando, los autores que más la influyeron son el también argentino Manuel Puig y, sobretodo, William Faulkner, de quien toma la estructura que Sergio Pitol denomina “nube de testigos”…¡y también Marcel Proust!: “ Yo quería contar ese mundo inaccesible …contar las cortinas, los cubiertos… mientras la escribía me obligué a leer a Proust para asimilar la morosidad de narrar los detalles. Un maestro mío me lo recomendó porque me dijo que la historia era tan fuerte que arrasaría con todo si no me detenía en detalles que contribuyeran a hacer más verosímil ese exclusivo mundo. Me gusta el mundo privado…y escarbar en la tierra que se oculta bajo la alfombra.”

Pero Claudia está de acuerdo en que Las viudas de los jueves (Alfaguara, México, 2010) tiene una esencia muy austeniana. Virginia, la principal narradora, lleva relación de cuanto ocurre en una libretita roja que podría convertirse en una auténtica bomba de tiempo. No es un diario: ella es demasiado práctica y materialista para eso. El pretexto es su cargo como directora de bienes raíces del exclusivo complejo residencial donde también es habitante: primero anota para saber cómo conducirse respecto a los aspirantes a vecinos de Altos de la Cascada. Luego, como una estrategia de sobrevivencia para sobrellevar la vida en aquel lugar apartado de la vulgaridad de la Argentina de Ménem, al borde del colapso financiero…y es que Altos de la Cascada se parece cada vez más a la Peyton Place de Grace Metalious…y lo que cualquiera de los vecinos hace, afecta directamente a otro, pues a estas exquisitas familias las separan solo una sofisticada valla electrificada pensada para que los perros de unos no invadan el territorio de los otros. En su extraño afán por conformar una especie aparte, terminan por inmiscuirse en una promiscuidad subliminal que tendrá un final poco menos que aterrador.

En el fondo, Virginia desprecia a quienes la rodean, aunque sea un desprecio sin pasión, más próximo al cansancio que al odio…acaso por reconocerse a sí misma en esas otras mujeres que se esfuerzan por darle la espalda a la realidad mientras usan bolsos de imitación…imitaciones perfectas y carísimas, por supuesto.

“…Las siliconas son intrusas con posibilidades de supervivencia. Resistirán el entierro, el cuerpo que se vacía de carne, la tierra húmeda, los gusanos. En mi tumba alguien va a encontrar algún día globos de silicona. Para lo que sirvieron…En los de casi todas mis vecinas van a encontrar globos también. Me imaginé el cementerio privado donde enterrarán a las mujeres de Altos de la Cascada, sembrada de globos de silicona huérfanos de pechos, a unos pocos metros bajo el césped inmaculado. Huesos, barro y silicona. Y dientes. Y clavos.” (p. 223).

Virginia parece el único personaje capaz de exhibir sarcasmo, aunque sea solo por escrito. Sin embargo el final es casi orquestalmente dirigido por el Tano, un personaje profundamente maquiavélico…antipático a morir y, por lo mismo, humano, entrañable. Eses personaje más prototípico del capitalismo que de la literatura –como no sea precisamente la literatura decimonónica…pienso en el Casaubon de George Eliot- anuncia la catástrofe con su llegada: ¿quién lo diría, que sería precisamente el Tano, el burlón, el más vulnerable en el fondo, quien desenmascararía tan dramáticamente a todos sus vecinos? Es el Tano quien expone esa basura bajo las alfombras de las que habla Claudia, alguien que solo podía surgir de una pluma feroz y refinada como la de Claudia Piñeiro que gracias a esta novela, recientemente llevada al cine por Marcelo Piñeiro y corrió con muy buena fortuna pese a ver coincidido con la película, también argentina, acreedora al Oscar, La pregunta de tus ojos, se hizo acreedora al Premio Clarín de Novela 2005, con un jurado compuesto por José Saramago, Rosa Montero y Eduardo Belgrano Rawson.

Nacida en Burzaco, provincia de Buenos Aires, en 1960, Claudia luce demasiado serena y hasta espiritual para conocer tan a fondo las debilidades humanas. Uno no le pondría ese rostro de Monalisa a la autora de novela como la que nos ocupa; Tuya (finalista del Premio Planera 2003) o Las grietas de Jara, esta última acreedora al Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2010. Sus novelas tienen en común un cierto regodeo, casi hedonista, de las crisis que desmiembran vidas aparentemente perfectas, cimentadas en la renuncia de los sueños a cambio de incorporarse a las exigencias sociales. Amor y libertad son hechos de lado o, peor aún, colocados en la piedra de los sacrificios. El parecer antes que el ser, a costa de lo que sea. En Las viudas…, paradójicamente, los personajes adolescentes se rehúsan a renunciar ellos mismos. Cuando Claudia me dice que el personaje de Ramona/Romina fue “sacrificado” de la versión cinematográfico, hago patente mi disgusto, “lo entiendo”, dice la autora, “pero creo que el director tenía razón: este personaje se come la historia”.

Romina, que en realidad se llama Ramona pero es rebautizada por su madre adoptiva por un nombre más ad-hoc para Altos de la Cascada, no reniega de su origen indígena paraguayo por dos razones: el más obvio, que este salta a la vista: es robusta, de pelo renegrido, morocha (morena)…el segundo: porque no le da la gana…y no parece avergonzada en lo absoluto pese a los enormes esfuerzos de Mariana por “suavizar” las “evidencias”…como hace con el pequeño Pedro, hermano biológico de Romina, a quien le decolora el cabello y protege obsesivamente del sol. Más que hijos adoptivos –y si bien Mariana es buena persona- Romina y su hermanito son objetos ornamentales….como los poodles de bolsillo y otras razas exóticas a la medida de los bolsos de imitación. No debe extrañar, por tanto, que Juani, el solitario hijo de Virginia, se sienta de algún modo –no románticamente –atraído hacia la niña morocha. Ambos tienen en común la pesada carga de tener que cubrir la expectativas sociales de sus padres, pero ninguno está dispuesto a convertirse en lo que no son. Simbólicamente, Juani figura en la “lista negra” de la Comisión Moral de la Cascada que, como bien señala el propio Juani, llevan cuenta de los chicos que son sorprendidos fumándose un porro, pero no de los maridos que golpean a sus esposas…y él y Romina se entretienen espiando la intimidad de los adultos perfectos que los rodean, y de algún modo experimentan alivio al descubrir la cotidiana farsa.

En Las grietas de Jara, otra situación límite transforma por completo la existencia de Pablo Simó, un arquitecto que sueña con levantar su propia torre mientras su vida transcurre monótona entre un estudio de arquitectura y su aburrido matrimonio con Laura,la prototípica “buena esposa” que vive obsesionada con la sexualidad de Francisca, su hija adolescente –me llama la atención el afán de Claudia en bautizar a los personajes femeninos muy jóvenes con nombres tan serios-. Pablo no piensa en su hija…menos aún en su esposa. Sus obsesiones son María Hovart, su sensual compañera de trabajo a la que sin embargo jamás se atrevería a cortejar, y la torre imposible que por alguna razón se niega a abandonar.

La aparición del extravagante Nelson Jara en el estudio de arquitectos alterará la vida de todos, aunque ellos no imaginan hasta qué grado. El disgusto de Jara es legítimo: están levantando un edificio junto al suyo que no solo le obstaculizará el paso del sol sino que además ha agrietado sus paredes. No es que a Pablo le interese en particular el caso del viejo Jara, además de que nada puede hacer contra la desmedida ambición del arquitecto Borla, su jefe, que se las ingenia para darle largas al asunto, sin mover un dedo por aliviar la molestia del vecino, que resulta hueso duro de roer. En medio de la persecución de Jara de la que son objeto los arquitectos, en especial Pablo, que llega a experimentar un atisbo de simpatía, incluso cierta identificación con Jara, se suscita el incidente que trastocará dramáticamente sus vidas, y fuerza a los involucrados, Pablo, Marta y Borla, a ser cómplices de un crimen que, con todo y sus corruptelas, nunca hubieran querido cometer.

“En el caso de Las grietas de Jara, que transcurre en una época muy posterior al de Las viudas…, el personaje principal es arquitecto, tiene un punto de vista muy particular respecto a la ciudad y cómo los cambios de la ciudad afectan a quienes la habitan, y se menciona allí una Argentina que crece desmedidamente, siempre por motivos económicos: se tiraban constantemente escuelas, cocheras, lo que fuera, en terrenos muy chicos y se construían metros que se vendían a otros precios, y eso va modificando la ciudad, de manera que una persona que tenía un colegio a tres cuadras deja de tenerlo, y empieza a llenarse de vecinos nuevos, no hay donde estacionar el auto, empieza a fallar la red de cloacas…y eso afecta a todos…y todo esto lleva a prácticas corruptas”, señala Claudia.

Así entonces Pablo tiene que guardar un secreto de vida o muerte, y no solo habrá de lidiar con su conciencia, sino con una nueva irrupción en el despacho por parte de una enigmática chica llamada Leonor que habita actualmente el agrietado departamento de Jara y busca datos sobre su persona. La bella Leonor se aparece, en primera instancia, casi como el fantasma del padre de Hamlet…incluso, como ocurriera con el propio Jara, elige a Pablo para sus extrañas indagaciones, como intuyendo que el anodino soñador de torres es mejor ser humano que los demás involucrados…y Pablo termina envuelto sexualmente con la casi desconocida tras casi veinte años de lealtad no calculada hacia su mujer.

Las grietas de Jara tiene en común con Las viudas de los jueves una visión despiadada de los formulismos sociales y muy especialmente del vínculo matrimonial. Pablo se ha casado con Laura porque ASI tiene que ser, y se adapta sin cuestionamientos a la ausencia total de dulzura. Los matrimonios que conforman Altos de la Cascada en Las viudas…no lucen especialmente enamorados. Como si el sexo pudiera alterar la perfección que los rodea, lo cual no significa que alguno sucumba a los encantos de una mujer ajena al lugar, y otra más se convierta en adúltera.



-…Decime, ¡cuántos matrimonios conocés que tengan motivos para seguir viviendo más allá del hecho de estar casados? Pablo, ésa es una idea romántica y estúpida del matrimonio.

…Mientras el auto avanzaba me puse a recordar cuándo fue que acepté no tener más hijos que Juani. Antes de casarnos fantaseábamos con tener por los menos tres, pero a partir de que Ronie se quedó sin trabajo, las preocupaciones se concentraron más en cómo seguir manteniendo lo que teníamos que en ninguna otra cosa. Y lo que teníamos se medía en metros cuadrados, confort, colegio, auto, posibilidad de hacer deporte; no en hijos. Siempre que hubiera por lo menos uno que confirmara la familia

(Las viudas de los jueves, p. 94)



-Estúpido fui siempre, romántico a lo mejor empiezo a ser ahora.

-A esta edad no te va a lucir

(Las grietas de Jara, p. 234)

Pero Pablo no se “enamora” de Leonor. La presencia de Jara entre ellos es demasiado densa para permitírselo. Sin embargo, este episodio le abrirá los ojos ante todo lo que ha perdido en honor a la pertenencia a un mundo que ni siquiera entiende, ni le gusta.

Claudia Piñeiro, que, curiosamente, estudió contaduría antes de dedicarse a la escritura –y nadie puede imaginarse una carrera más remota al arte que esta-, la cual ejerció durante diez años, ha escrito también teatro y guiones para televisión. Según narra la propia Claudia, su vocación literaria despertó de un prolongado letargo el día en que emprendió un viaje para llevar a cabo una auditoria de los tornillos con que se hacían unos compresores de aire, cosa que le pareció lo más aburrido del mundo. Justo cuando viajaba en el avión, leyó en un recuadro pequeño del diario que leía la convocatoria para un concurso literario titulado La sonrisa vertical de Editorial Tusquets, y ella resolvió escribir la que sería su primera novela: El secreto de las rubias, que aunque quedó entre las diez finalistas no se ha publicado hasta la fecha…pero dio a Claudia el empujón que necesitaba para nunca más detenerse a contar tornillos.
Foto y edición: Eve Gil