Guardiana del Edén


Escribir duele. Entume la mano. La sangre corre caliente por el brazo, sube al corazón; las palabras surgen enojadas…
LC

“(…) el siglo XXI está viviendo un golpe de bumerán ante el feminismo: el sexismo viene de regreso, fortalecido y con nuevas estrategias de mercadotecnia; en realidad, nunca se ha ido en algunos países, simplemente se ha disfrazado de discurso políticamente correcto.”
(Esclavas del poder, p. 170).

No entiendo por qué me sorprendí tanto al enterarme, a través de la página de Agradecimientos del más reciente libro de Lydia Cacho, Esclavas del poder (Grijalbo, México, 2010) de su amistad con la heroica periodista rusa, Anna Politkovskaya: “…con quien reí y lloré antes de que la asesinaran, pero sabíamos que valía la pena jugarse la vida por los ideales.”
¿Por qué habría de sorprenderme tanto enterarme de esta amistad entre la rusa y la mexicana, si todo el tiempo las asocio como si fueran hermanas? La diferencia entre Anna y Lydia, es que Lydia permanece milagrosamente viva tras desmantelar –como hiciera la propia Anna en relación a el terror ejercido por el gobierno ruso sobre Chechenia, supuesto centro de operaciones de terroristas separatistas- una organización de pornografía infantil que involucraba a empresarios y altos funcionarios del gobierno mexicano. Ambas periodistas tienen en común haber sido perseguidas sin tregua por sus respectivos gobiernos. Roberto Saviano, otro periodista perseguido sobre quien pesa una amenaza de muerte por parte de la Camorra, revela en el prólogo a Esclavas del poder algo que eriza los cabellos de cualquiera: “…Vivo amenazado por la Camorra, pero soy defendido por el gobierno italiano”. Lydia, como Anna, no solamente no han sido defendidas jamás, sino agredidas y vejadas por quienes en teoría debieron procurarles protección, más en el caso de Lydia que en el de Anna, que denunció frontalmente al gobierno de su país. Anna termina siendo asesinada, irónicamente, el día en que Putin celebraba su cumpleaños.
Viendo a Lydia parece mentira que solita haya desafiado a los demonios: frágil hasta lo etéreo, mirada entre cansada y dulce, nimbada por una insólita aura de paz. Lo primero que pensé al conocer a esta mujer de expedita sonrisa fue que sería capaz de abarcarnos a los mexicanos defraudados en un abrazo y consolarnos, pasando por encima de su propio miedo… porque el valiente lo es en la medida que se reconcilia con su miedo y aprende a cohabitar con él. Sólo quien se ha familiarizado y comprometido con el dolor de los demás puede mirar en la forma en que lo hace esta posmoderna heroína que ha expuesto públicamente a unos magnates pederastas que controlaban una red internacional de pornografía infantil… y ha vivido para contarlo, no una sino dos veces. Armada solo de palabras y de verdad, Lydia asegura no trabajar con la violencia sino con la paz. “Periodismo de Derechos Humanos”, se nombra a lo que ella practica, el mismo que ejerció otro héroe del periodismo: Rudyard Kapuscinski. Me dice también que últimamente ha aliviado su alma leyendo a Eduardo Galeano, y me lo dice con la tranquilidad de quien no tiene deuda alguna con la justicia, mucho menos con la vida.
Lydia Cacho Ribeiro nació el 12 de abril de 1963, en la ciudad de México, aunque radica en Cancún, Quintana Roo, donde dirige un centro de atención a mujeres víctimas de la violencia doméstica (CIAM) que fundó hace dieciocho años, trabajo que, asegura con un aleteo de sus asombrosas pestañas, le fascina. Aquí ha aprendido que la justicia existe, después de todo, aún contra quienes se empeñan en no ejercerla, pues el 99% de los casos han tenido un feliz desenlace, y cuando no, ha ayudado a las víctimas de empezar de cero en países lo bastante lejanos para ser alcanzadas. Hija de una portuguesa de nombre Paulette que realizó trabajo de campo en los ámbitos más sórdidos y peligrosos, entre “chavos banda”, Lydia aprendió que la mejor manera de darle significado a la propia vida es contribuyendo a la felicidad y bienestar de los demás. Lo anterior la llevó a ejercer el periodismo de derechos humanos, sin descuidar su labor al frente del centro ni su pasión por la literatura “que me persigue desde el Colegio Madrid”. La fusión de ambas pasiones desembocó en la escritura de la novela Muérdele el corazón (Plaza & Janés, 2006), originalmente publicada por Demac bajo el título Las provincias del alma (2003), es decir, se trata de un trabajo previo al reportaje Los demonios del Edén, mismo que la ha hecho acreedora al XIV Premio Nacional de Derechos Humanos Don Sergio Méndez Arceo y a la admiración unánime de miles de lectores en el mundo, pero también a la persecución de políticos como Mario Marín, gobernador de Puebla, que hizo arreglos para su encarcelamiento en complicidad con el poblano Kamel Nacif, amigo y socio del pederasta por ahora encarcelado en Arizona, Jean Succar Kuri, empresarios ambos de origen libanés. Escribiría Blanche Petrich en La Jornada del 14 de febrero de 2006, refiriéndose a la divulgación de la grabación de la llamada telefónica en la que Marín y Nacif se ponen de acuerdo para destruir a la periodista, y la cual fue depositada en la recepción del citado diario por manos anónimas: “Nacif Borge, con voz rasposa y lenguaje vulgar, refiere a lo largo de las conversaciones cómo, mediante amistades y contactos dentro del Cereso poblano, “recomendó” que encerraran a Lydia con “las locas y las tortilleras” para que fuera violada cuando ingresara a prisión; cómo se obviaron los trámites legales de notificar a la periodista del proceso que se seguía en su contra, “porque si no, no llega a la cárcel”
Más adelante, continúa Blanche Petrich, dando voz a Lydia, quien más que detenida fue prácticamente secuestrada: “En cuanto ingresé al Cereso me pasaron a un área de revisión. Una custodia joven me ordenó desnudarme completamente. Fue muy humillante, pues no había puerta y solo un plástico nos dividía de donde estaban los judiciales. Hacía mucho frío y empecé a estornudar. De pronto me dijo la celadora: “¿Usted es de la tele, verdad? Tenga mucho cuidado, porque la van a violar”. En su espanto, Cacho sólo acertó a preguntar: “¿Cómo?” Ingenuamente, la policía entendió literalmente la pregunta. “Pues con un palo”. Pero le recomendó: “No se preocupe, póngase a estornudar, hágase la muy pero muy enferma para que me la pueda llevar a la enfermería”. En ese momento entró al área la jefa en turno de custodias. “Me di cuenta –relata Lydia Cacho- que intercambiaron señas y miradas. No se me va a olvidar nunca el nombre de esa mujer. Entre las dos me tomaron de los brazos y empezamos a avanzar por un corredor. Al fondo había tres custodios hombres. Se adelantaron y empezaron a forcejear con las custodias, tratando de llevarme a otro sitio. Ellas resistieron, la jefa les dijo que iban por medicina y luego me entregaba con ellos. Corriendo alcanzamos la puerta de la enfermería. Una vez ahí adentro me aseguraron que no me entregarían, me tranquilizaron, me dejaron descansar y cumplieron su palabra de mujer. No dejaron que me violaran.”
Lo anterior demuestra el grado de vulnerabilidad de los periodistas mexicanos ante los poderosos (México ocupa el segundo lugar, por debajo de Colombia, de crímenes contra periodistas) que parecieran gozar de impunidad absoluta; demuestra asimismo la clase de demonios a los que se enfrenta Lydia y a quienes la propia Constitución, contra lo tan cacareado por la demagogia oficial, protege al no establecer garantías para el oportuno ejercicio de la libertad de expresión de los periodistas que, cuando no asesinados, son encarcelados bajo el cargo de “difamación”.
Lydia, que goza por lo pronto de una libertad que le permitió realizar el viaje alrededor del mundo que le permitió escribir Esclavas del poder, vio publicada su novela Muérdele el corazón, donde aborda la historia de Soledad, una mujer infectada de VIH Sida por su esposo. Lydia construyó este personaje con retazos de muchas mujeres, contaminadas la mayoría por su propio cónyuge, a las que ayudó, alentó y orientó. Que incluso murieron brazos de Lydia quien propició además la creación de un albergue para enfermos de VIH, dado el desprecio con que siguen siendo tratados en la salud pública. Soledad deja de ser Soledad… deja de ser una mujer, un ser humano, para transformarse en “cama número siete”: “(…) Ya las enfermeras de la clínica habían comentado que es política del Seguro dar antirretrovirales, pero no hay presupuesto federal para el tratamiento específico del sida. Según una de ellas, al gobierno no le conviene que se mueran pronto los pacientes, mantenerlos vivos resulta muy costoso (…) Tal vez tengan razón; aunque resulta un poco simplista la causa por la que no entregan antirretrovirales en las clínicas del gobierno, en lo personal creo que es más bien porque no hay una política pública realista sobre la cantidad de personas que viven con el virus de inmunodeficiencia, o con sida. Si los del Conasida me preguntaran si hay sida en mi hogar, ni loca que lo admito públicamente. A lo mejor por eso en nuestro país no hay estadísticas, porque si las hubiera tendríamos que confrontar la realidad, y la negación es un activo nacional.” (p.p 76 y 77).
Soledad es el ama de casa promedio. Esposa de un hotelero de Cancún, maestra de primaria, madre de un niño y de una niña. Su vida transcurre en una tranquila domesticidad, algo que pudiera llamarse “felicidad”, hasta que una serie de síntomas fisiológicos la colocan ante la brutal realidad: su esposo le ha sido infiel y le ha transmitido el virus del sida. Lejos de ser un caso aislado, la realidad es que las amas de casa han pasado a encabezar las estadísticas de portadores del virus en América Latina, por encima de drogadictos, homosexuales y prostitutas. El virus se ha instalado en la sagrada intimidad de la familia, dejando un reguero de huérfanos y propiciando una nueva generación de bebés que nacen contaminados. El machismo, aunado a un analfabetismo sexual que nuestras máximas autoridades parecen empeñadas en perpetuar al vetar la educación sexual en las escuelas, es la explosiva mezcla que continuará deshaciendo familias completas.
3 guerreras: Sanjuana Martinez, Lydia Cacho y Carmen Aristegui
Ante tan terrible circunstancia, Soledad inicia la escritura de un diario a través del cual no sólo se desahoga sino que reflexiona, cada vez más profunda y profusamente respecto a sí misma, a su situación y a quienes le rodean, como su esposo (que no alcanza a desarrollar la enfermedad); su suegra feminista, que feminista y todo no logró desviar a su hijo de las influencias de un medio ambiente que insiste en hacer creer a los varones que pueden practicar impunemente su sexualidad; Carmina, su querida mejor amiga, que concluirá el relato por ella, y sus dos hijos que presencian la consunción de una madre otrora atlética: “(…) No escribo este diario para trascender, como los autores de quienes les hablo a las y los alumnos; escribo para sobrevivir, para mantener esta frágil mente equilibrada, para no dejar a las ideas perderse en la vorágine de la depresión que está guisándose en mi alma. Escribo para no morir. Para saber que aún no he muerto.” (p. 56).
Lejos del melodrama, Muérdele el corazón (el título es un verso de Jaime Sabines) muestra el proceso de maduración y concientización de una mujer que, paradójicamente, se fortalece conforme en la medida que su cuerpo se corrompe. Soledad se percata de circunstancias que no la inquietaron mientras estuvo sana, su verdadera posición dentro de la sociedad, la familia y la pareja. Ha adquirido la madurez necesaria para perdonar a su esposo, quien por otra parte pasará de personaje odioso al más conmovedor, y es que, como la propia Soledad comprende finalmente, Carlos ha sido víctima como ella misma; víctima de una sociedad que ejerce la doble moral y nos regatea información en nombre de un catolicismo torcido que engendra más demonios que ángeles: “(…) la sapiencia producto de la educación formal y religiosa puede ser un lastre para la tolerancia (…)” (p. 73). Soledad, por otra parte, adquirirá consciencia de la marginación social hacia los “diferentes”, concretamente los y las homosexuales, al experimentar en carne propia la discriminación que le cierra todas las puertas, sobre todo en el aspecto profesional. El desconocimiento latente de este mal da pie a una serie de prejuicios y creencias ridículos, como suponer que la sola presencia de un seropostivo puede extender el contagio. Todo lo anterior lleva a Soledad a leer a Marcela Lagarde, importante autora feminista mexicana de quien la propia Lydia se declara discípula y amiga. Tanto Soledad como Carlos adquieren consciencia de género; ella, a través de sus lecturas y conversaciones con otras mujeres concientizadas como Carmina quien, como la propia Lydia, saca fuerzas de la indignación, y su maravillosa suegra, quien es justamente quien la introduce a la lectura de Lagarde; él, a través del sufrimiento infringido a su compañera y sus equívocas nociones de masculinidad y la exigencia social de ostentación de la misma. No se trata de un castigo (como lo considera la dama redentora, salida de la nada, de donde surgen los carentes de vida interior, que insiste en visitarla para leerle la Biblia) sino de una lección. Finalmente, los hijos aprenderán a través del dolor, que si bien es la vía menos deseable es, a fin de cuentas, una oportunidad para no repetir errores: “¿Quién sabe qué decirles a dos criaturas tan pequeñas acerca de la muerte, del sida, de la monogamia, de los condones en el matrimonio?” (p. 91).
Lydia enfrenta al Presidente de México, Felipe Calderón
Lydia ha visto a mujeres morir de sida… a niñas asustadas ante las amenazas de un hombre que dijo ser su benefactor y terminó violándolas, prostituyéndolas y filmándolas: “No es un caso fácil –me confesó Lydia durante nuestra primera entrevista-. Vivimos en una sociedad adormilada que no mueve un dedo y este problema involucra a decenas de niños de hasta cinco años, mayoritariamente mujercitas; a policías y a políticos corrompidos, y a redes de narcotráfico y pornografía infantil. No es la trama de una película en cartelera, es un drama real.” Los demonios del Edén es un libro que arranca lágrimas de indignación, incluso gritos; que pinta de cuerpo entero a una sociedad que se ensaña con las víctimas y justifica a los violadores en nombre del dinero y el poder. Los niños y niñas que tuvieron el valor suficiente para señalar a su corruptor, Jean Succar Kuri, así como a su “distinguida clientela” entre quienes figuraban políticos y empresarios –a quienes no se toca ni con el pétalo e incluso se postulan como gobernadores de sus estados-, incluso señoras respetables, fueron señaladas a su vez en las calles de Cancún y tildadas de “putas”. Junto con Lydia, el ángel que ha hecho algo más que prestarles el hombro para que lloren sobre él, han sido víctimas de toda clase de vejaciones. Mientras aguardaba la próxima maniobra de los enemigos, antes incluso de ser arrestada, trabajaba en su siguiente proyecto periodístico donde expondría los mecanismos a través de los cuales unos empresarios mexicanos se dedican a vender personas, concretamente mujeres colombianas, venezolanas y cubanas que trabajan en los table dance de Monterrey y que sin duda le acarreará nuevos enemigos. Lo que Lydia no decidía aún, era que para llevar a cabo esta investigación tendría que escarbar más obvio y conocer la realidad que en este sentido se vive en prácticamente todo el mundo: un genuino descenso a los infiernos que es descrito puntualmente en Esclavas del poder: “Lo difícil – me comenta en entrevista- consistió en conseguir los recursos para darle la vuelta al mundo mientras hacía trabajo de free lance y vender previamente el libro a otros países, como España, por ejemplo, para con ese dinero poder viajar. Ya sabemos que en México el periodismo de investigación no es bien pagado.”
Lydia inicia su periplo en Turquía, donde descubre los múltiples parapetos de la explotación sexual de mujeres y de niñas; cómo esta se oculta bajo la alfombra de nombres respetabilísimos como el de Matilde Manukyan, una dama de sociedad que ante los demás pasa por una exitosa mujer de negocios en el campo de las bienes raíces y los taxis de lujo, sin imaginar que detrás de ello está la esclavización de cientos de adolescentes y niñas. El curtido policía que le sirve de guía en esta dolorosa excursión, intenta responderle cuando ella le pregunta a bocajarro, ¿qué sería más difícil para mí, comprar una niña asiática o un AK-47?: “…es mejor un AKM (una versión mucho más ligera), ése lo consigue por 400 dólares. Le costaría más o menos lo mismo comprar un arma que una mujer “nueva” para explotarla. La droga no le conviene…De los tres productos, es la única que no puede usar y revender.” (p. 45).
Lydia cruza medio planeta –o más que eso- acarreando esa libreta que me recuerda a la que Anna Politkovskaya perdió en el camino, cuando logró filtrarse a Chechenia, el territorio vedado para los periodistas rusos y anotando este tipo de datos con el pulso tan firme como le es posible. Descubre en Israel un hotel donde tienen capturadas a mujeres libanesas de entre catorce y veintiocho años que son explotadas sin tregua –aunque finalmente la misma policía israelí las deporta, que en este caso equivale a ser salvadas, arresta al propietario y cierra el negocio. El problema, explica Lydia, es que a este caso no se le consignó como trata de personas. Pese a lo anterior, Israel es líder a nivel mundial en extracción de órganos con personas de naciones pobres y admite ser un territorio receptor del tráfico de órganos. En la mayoría de los casos, las personas aceptan voluntariamente donar sus órganos a cambio de una bicoca, aunque el precio de este se elevará considerablemente al llegar hasta aquel que lo necesita.
Lydia nos revela asimismo la cara oculta de Japón: el dominio de la Yakusa, la respetada y temida mafia que entre sus más productivos negocios cuenta con la explotación sexual de mujeres extranjeras y nos narra el desgarrador caso de una hermosa joven norteamericana de cabello rojo que soñaba –sueña aún- con ser cantante y fue enganchada con un falso contrato para hacer su debut en Tokio. Justo ahí, tras ser drogada, fue sistemáticamente violada por unos cuarenta hombres que la hicieron objeto de toda clase de perversiones que no solo le dejaron heridas profundas en el alma, sino la incapacitaron para engendrar hijos. Lo más insólito es que, como la propia joven narra a Lydia, “…La policía japonesa suele humillar en público a las jóvenes sometidas a la trata para fines sexuales…” (p. 76).
El panorama pinta de mal en peor conforme Lydia se interna en territorio asiático: madres y padres que venden a sus propias hijas pequeñas en Camboya; niñas que si tienen suerte serán rescatadas por una maravillosa dama de nombre Somaly Mam con quien Lydia tuvo oportunidad de convivir y entrevistar, víctima ella misma de explotación sexual a tierna edad; la perversión más atroz disfrazada por la inocencia de los famosos cafés y bares karaokes dispersos particularmente en Corea y China, donde las jóvenes hacen algo más que cantar; Birmania, donde la explotación sexual de mujeres, nos dice Lydia, es negocio del Estado y específicamente del ejército y la descripción que nos hace de la forma en que las mujeres son tratadas, como si carecieran de valor, nos remite de inmediato a Ciudad Juárez, presente en este libro, cuya mitad está dedicada a México.
Lydia vuelve a poner el dedo en la llaga en Esclavas del poder. Surgen nuevos nombres de políticos y prósperos empresarios que tras sus respetables fachadas esconden a despreciables proxenetas. En Cancún, al parecer Edén de la pederastia y la prostitución de extranjeras en México, nos topamos con el argentino Raúl Martins Coggiola, ex agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), entre 1974 y 1967, durante la dictadura del General Videla, y quien bajo la protección de dos gobernadores sucesivos –Joaquín Hendricks y Félix González Canto- regentea algunos bares donde se explota indiscriminadamente a bellas jóvenes traídas con engaños desde Brasil y Venezuela, principalmente. Una de las “bailarinas” entrevistadas por Lydia, le advierte: “Y tú cuídate si escribes esto, Martins no te dejará viva”. A través de testimonios de las propias jóvenes y meseros, Lydia comprendió la importancia de la estrategia de muchos tratantes –mencionada también por la joven atrapada por la Yakusa- de mezclar profesionales de la prostitución, es decir, mujeres que la ejercen voluntariamente, con víctimas esclavizadas: “Mientras las primeras ya han pagado sus deudas y permanecen en el negocio del sexo con libertad de movimiento, a las segunda se les somete con amenazas, no tienen papeles y son vulnerables a la extradición en cualquier momento.”
En Esclavas de poder queda perfectamente establecido y explicado que la legalización de la prostitución es la carta blanca que propicia el ejercicio de la esclavitud sexual con absoluta libertad, del mismo modo que el TLC ha propiciado la soterrada esclavitud de mano de obra extranjera, según lo revela en otro pavoroso episodio donde vuelve a salir a relucir “el Rey de la Mezclilla”, Kamel Nacif, que con anuencia del presidente Vicente Fox, logró introducir a México a una centena de trabajadores chinos a los que explotó y denigró al grado de negarles alimento. Como bien señala Lydia en entrevista sostenida conmigo: “esas mafias no tendrían esas herramientas si el estado mexicano y otros países no hubieran realizado estos tratados de Libre Comercio que implican autorización o permisos de esa naturaleza, que son permisos para la esclavitud, para los malos tratos y la explotación. Tendemos mucho a ver hacia afuera, lo que hacen los americanos y los canadienses con los trabajadores temporales de México y Latinoamérica, pero difícilmente miramos lo que México le hace a trabajadores de otros países.”
Ciudad Juárez no podía quedar fuera de este libro. Tras entrevistarse con especialistas del FBI, Lydia confirma que estos han confiscado material “snuff” (pornografía violenta donde un sujeto, generalmente una mujer joven, es violada y torturada hasta la muerte) y mucho de este material, no les cabe la menor duda, ha salido de México…aunque ella, en lo personal, no ha accedido a este material. Es un hecho que existe y no se trata de una leyenda urbana como algunos se empeñan en creer. Es por esto que Lydia ha insistido tanto estudiar con profundidad y respeto el tema de la pornografía: “Cada vez que hablamos de pornografía y del peligro que implica en términos de educar a los jóvenes mexicanos-me dice-, mucha gente cree que estoy moralizando. Nada que ver con esa pornografía ligera que te muestran en Cinemax. La que nuestros hijos están viendo en internet es una pornografía tendiente a la humillación. En el libro cito incluso algunos nombres de sitios porque me parece fundamental que la gente entienda a qué me refiero cuando hablo de pornografía.”
Galardonada con el Premio Nacional de Derechos Humanos Don Sergio Méndez Arceo, el Yo Donna de España a la labor Humanitaria, el Ginetta Sagan de Amnistía Internacional y el Guillermo Cano de la UNESCO a la libertad de expresión, esta mujer odiada por el Poder y amada por la gran mayoría del pueblo mexicano, no tiene piedad al describir la psicología de quienes ejercen este aberrante negocio que implica convertir en números a seres humanos:

Durante el juicio que me impusieron, al mirar a los ojos de los tratantes de niñas en México, me quedó claro que su poder no es tan real: no son monstruos, son seres humanos de espíritu pequeño (…) El poder masculino tiene que reinventarse antes de que las mafias y la sociedad global irresponsablemente desinteresada logren convencer a todas las niñas, de que ser esclava sexual es la única vía para estudiar, comer, tener bienes y servicios; antes de que otra generación crea que comprar esclavos es algo progresista y moderno.” (p. 259)

Artículo de Lydia Cacho, El país que merecemos

Entrevista de Carmen Aristegui con Lydia Cacho
Aristegui-Entrevista-Lydia-Cacho-Caso-Marin
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