Rosas en el campo de batalla


Puede ser la última cuartilla. Ella lo sabe… que ahí donde interrumpa el relato puede quedarse para siempre. La esperanza de concluirlo, sin embargo, la hace agradecer cada amanecer rodeada de un jardín paradójicamente florecido donde destacan los tonos del verano: azul, verde claro y rosa. A la luz de la extraordinaria calidad literaria de la que sería su obra maestra, Suite francesa, publicada más de medio siglo después de la muerte de Irène Némirovsky, resulta difícil de creer que su autora haya tenido prisa alguna en terminarla. Se advierte, incluso, un regodeo en los aspectos de la belleza, tanto la de la naturaleza como la que se genera a través del arte (cuadros, esculturas, piezas musicales, obras literarias)… ni siquiera la belleza del ejército invasor le pasa inadvertida: “… de pronto, una mancha oscura se deslizaba por el cielo cuajado de estrellas y las risas cesaban; todo el mundo permanecía atento. No era inquietud propiamente dicha, sino una extraña tristeza que tenía poco de humano, porque no comportaba ni valentía ni esperanza. Así es como los animales esperan la muerte.” (Suite francesa, Ed. Salamandra, Barcelona, 2005, traducción de José Antonio Serrano Marco, p. 47).
Nacida el 11 de febrero de 1903, en Kiev, Irène Némirovsky guarda extraordinarias semejanzas con Antionette, la heroína adolescente de su más entrañable nouvelle, El baile (Muchnik Editores, Barcelona,1987, traducción de Magdalena Guilló): envuelta, como vulgarmente se dice, en pañales de seda, será hija única del matrimonio conformado por uno de los más prósperos banqueros de Rusia, León Némirovsky, y una frívola señora cuyo único mérito es ser atractiva, Fanny (cabe la posibilidad de que, como la madre de Antoinette, haya sido una mecanógrafa de extracción humilde). Jamás amada por su esta, quien la parió porque era su deber social, Irène fue, además, víctima de la enfermiza vanidad de Fanny quien llegó al extremo de forzar a la adolescente a vestirse como niñita para que nadie advirtiera el paso del tiempo sobre ella. A los catorce años, disfrazada como de diez, Irène encuentra refugio a la indiferencia del padre, consagrado a incrementar la fortuna familiar, y al monstruoso egoísmo de su madre, en los libros: “… acaso no veían, ciegos, imbéciles, que ella era mil veces más inteligente, más valiosa, más profunda que todos ellos, todos los que pretendían educarla e instruirla… Nuevos ricos groseros e incultos…”, clama Antoinette, alter ego de Irène (p. 57), quien es forzada a cultivar su caligrafía para rotular invitaciones.
Con catorce cumplidos y la cabecita hirviendo de novelas de amor, Antoinette suplica a Rosine, su cruel progenitora, le permita estar presente en el fastuoso baile que organiza en su nueva mansión parisina, pero Rosine, que ya maquina incluso agenciarse un amante que alivie el tedio de su matrimonio, supone que la presencia de una hija adolescente no hará sino avejentarla. Así que exige a la chica permanecer oculta en el cuarto de planchado. Antoinette, inflamada de espíritu romántico, encuentra el medio idóneo para arruinarle la noche a su madre: arroja las invitaciones preciosamente rotuladas por ella misma al río Sena. “¿Cómo puede uno llorar así por esto? –se preguntará Antoniette mientras espía la humillación de su progenitora, en medio del desolado salón -¿Y el amor? ¿Y la muerte? Morirá algún día… ¿acaso lo ha olvidado?” (p. 133). Esta novela provocaría encendidos elogios para la autora y ser comparada con Colette por Paul Reboux, descubridor, por cierto, de la misma Colette. El baile es llevada al cine en 1917 por el director Julián Dudivier, con la participación del actor judío Harry Baur que morirá en París a consecuencia de una paliza propinada por los nazis.
Afincados en París tras sortear la violencia bolchevique en 1918, los Némirovsky pasarían de burgueses rusos a nuevos ricos europeos. Irène siempre contemplaría con repugnancia el afán por acumular riquezas de su padre. Y si bien, como toda chica se da sus escapadas con novietes, pasa la mayor parte del tiempo con una libreta sobre las rodillas. Decide obtener una licenciatura en La Sorbona, donde se graduará literata con mención honorífica. Para entonces ya ha publicado varios relatos en la revista Fantasio, ganando sesenta francos por texto publicado. Al mismo tiempo incursiona en la novela, publicando las dos primeras, Le malentendu y L’ enfant prodige, escritas ambas a los dieciocho años, en la revista Le matin. Esta última impactaría a los lectores por su espíritu trágico y su crueldad que habrían de volverse emblemáticas de la pluma de Irène: narra las desventuras de un niño judío que no obstante haber nacido en la miseria, está provisto de un extraordinario y precoz talento para la poesía. Un aristócrata lo recoge en el camino para obsequiárselo a su amante quien lo llena de mimos, como a una mascota, hasta que el niño deja de ser novedad y es obligado a retornar con los suyos, quienes con su desprecio lo orillan al suicidio.
La visión de Irène respecto a la naturaleza humana es más desencantada que meramente recelosa. Hace pensar en un Cèline sublime. Exhibe su poca fe en los buenos sentimientos de ricos y pobres, particularmente en tiempos de guerra donde hombres y mujeres son despojados de su dignidad humana y las clases sociales se diluyen en un afán de sobrevivencia que los bestializa, es decir, la guerra exacerba la mezquindad de los ricos y la voracidad de los pobres, como en Las moscas de Otoño (Muchnik Editores, Barcelona, 1987, traducción de Mario Muchnik), que no se publicará hasta 1957, y donde se recrea con crudeza no exenta de belleza la revolución rusa de la que salió huyendo junto con sus padres: “(…) La platería estaba guardada en el fondo de los baúles, en los sótanos, ella había hecho enterrar la porcelana preciosa en la parte antigua, abandonada del huerto… Algunos campesinos la habían ayudado: se imaginaban que todas esas riquezas, más tarde, serían para ellas… Los hombres, ahora, no se preocupaban del bien del prójimo sino para apropiárselo…” (p. 34).
No será sino hasta la publicación de David Golder (Grijalbo, 1987), en 1929, que la joven autora adquirirá notoriedad, siendo ardorosamente elogiada nada menos que por Cocteau, Paul Morand, Robert Bradillach y Joseph Kressel, fascinados por la poética crueldad de su obra. Por entonces se ha casado recién con Michel Epstein, un ingeniero en física con quien procrea dos hijas: Denise (1929) y Élisabeth (1937). La vida parece sonreírle a la otrora infeliz adolescente, hasta que una circunstancia inimaginable ensombrecerá definitivamente su existencia y la de su familia: en 1940 entra en vigor la ley que promulga la inferioridad de los judíos. Los Epstein se han convertido al catolicismo un año antes, no obstante haber proclamado Irène su orgullo de ser judía cuando en una entrevista de 1935, en L’ univers israélite, se le cuestiona su énfasis en el amor por el dinero del protagonista judío de David Golder, a todas luces inspirado en su padre. Ni siquiera el prestigio impide que se le vulneren sus derechos humanos: su esposo será despedido de la compañía para la que trabaja, mientras que las editoriales, arianizadas en su totalidad, le cerrarán el paso a la escritora.
Esto, naturalmente, no pondrá freno a su incontenible escritura que dará frutos tan espléndidos como la nouvelle El caso Kurílov, que arranca como una novela de intriga y termina siendo el retrato psicológico de dos personajes enfrentados por el destino: un joven espía bolchevique, León M., que recibe una primera encomienda desmesurada: eliminar al hombre más importante después del zar Nicolás, el Ministro de Instrucción Pública Valerian Alexándrovich Kurílov. Para llevar a cabo esta faena, León es instalado en la mansión del funcionario en calidad de médico, pues el poderoso ministro resulta ser un hombre muy enfermo, atacado por un cáncer de hígado que va minando su fortaleza. León logra ganarse la confianza de su futura víctima y tiene oportunidad de asistir a las dos facetas de este personaje: el ministro prepotente y cruel a quien no le tiembla el pulso para firmar la sentencia de muerte de algún estudiante levantisco y el hombre lleno de debilidades, de las cuales la principal es su segunda esposa, una ex bailarina de mala reputación que no es bien vista por los zares y a la que él defiende con pasión no obstante tener la certeza de los devaneos de su mujer –que sin embargo cuida de él con conmovedora ternura-, así como la agobiante certeza de que será depuesto de su cargo de un momento a otro, temor que externa a su joven médico, que empieza a experimentar sentimientos inconvenientes- afecto, comprensión, conmiseración –hacia el hombrón al que tiene la obligación de matar y que se va desmoronando ante sus ojos día con día: “El ministro y su mujer tenían la costumbre de mandarse notas de habitación a habitación. Hasta bien entrada la noche, los criados se paseaban de una punta a otra de la casa con libros o fruta, acompañados de mensajes a lápiz.” (Traducción del francés, José Antonio Soriano Marco, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2010, p. 65). Sobre esta novela escribiría el Nóbel de Literatura, JM Coetzee en The NY Review of Books: “La progresiva humanización de un asesino, está plasmada con maestría….”
Irónicamente será un diario antisemita, Gringoire, el que le publique dos novelas cortas, firmadas por seudónimos distintos: Pierre Nèrcy y Charles Blancat. Estigmatizada por la estrella amarilla con que se señala a los parias, escribirá un bellísimo libro, La vida de Chéjov (su escritor más amado, sobre quien diría: “El cuento, para ser logrado, exige las cualidades que Chéjov poseía de nacimiento.”), que sin duda habría honrado al autor ruso, y Las moscas de Otoño, aunque será Suite francesa su proyecto más ambicioso, donde plasma admirablemente y como ningún otro autor una tarjeta postal de horror de Francia durante la ocupación alemana, en 1940.
Será en uno de los más hermosos y calurosos veranos de los que tenga memoria París, que sus habitantes se verán forzados a abandonar sus casas para huir de los bombardeos. Siguiendo un poco los preceptos de Proust, mismos que intenta obedecer uno de sus personajes, el mundano escritor Gabriel Corte (que prefiere morir antes que permanecer en un refugio hediondo y lleno de escombros humanos), Irène escribirá una novela parecida a “una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Nada más saludable que una novela que esa lección de humanidad dada a los héroes (…)” (p. 44).
Suite francesa es una novela sin protagonistas, pletórica de inolvidables personajes secundarios entre los que destaca un matrimonio de mediana edad, los Michaud, cuyo patrón, un mezquino anticuario, prefiere poner a salvo a su amante y al perro de esta que a la pareja que la ha servido fielmente durante tantos años. Los Michaud, quienes comparten el dolor de la ausencia de un hijo militar de destino incierto, retornan cabizbajos, maletas y todo, al inmenso caserón del que de pronto pueden disponer a su antojo, y deciden disfrutarla antes de ser arrasados por las bombas… está la numerosa familia Péricand, que en su alocada huida olvidará al senil patriarca en silla de ruedas en algún lugar. El hijo mayor, un sacerdote, ha aceptado hacerse cargo de un grupo de jóvenes delincuentes, doblegados por la disciplina militar de un reformatorio, a quienes ha de conducir a un lugar seguro. Los chicos, más que inofensivos, se muestran dóciles, casi autistas, por lo que su guía no alcanza a percibir la perversidad que yace dormido en aquellos inexpresivos ojos (aunque la intuye de algún modo pues, bueno y todo, los repudia en el fondo de su corazón), hasta que es brutalmente asesinado por los mismos a quienes ha salvado.
En la segunda parte, Lucile, una joven ama de casa cuyo marido infiel ha sido hecho prisionero por los alemanes, se queda a solas con una suegra que la odia. Como todos los franceses que no pierden sus casas en el bombardeo, estarán obligadas a hospedar a un militar enemigo que, como casi todos los soldados alemanes, es joven, amable, culto y extremadamente bien parecido. Lucile y Bruno no tardarán en enamorarse, pero algo todavía más fuerte que el patriotismo o la fidelidad les impedirá un acercamiento. La ironía de la guerra: hace que los humanos más afines se enfrenten como bestias. “(…) Ese universo, cuyas primeras convulsiones ya se dejaban sentir, saldría gigante o contrahecho (o ambas cosas). Era terrible inclinarse hacia él, mirarlo… y no comprender nada (…)” (p. 201). Pero la mayor ironía es la portentosa serenidad que caracteriza a esta obra virtualmente escrita bajo el filo de la guillotina. Según sus apuntes, Irène deseaba retratar a la masa, “la odiosa masa”, donde a decir suyo solo destaca la nobleza de los Michaud. Estos apuntes, por cierto, fueron realizados semanas previas a su arresto. Su correspondencia de la época, donde abunda en detalles domésticos (está preocupada por la falta de un jardinero), no exhibe la mínima señal de miedo o rebeldía: parece resignada a su destino, aunque se ha cerciorado de poner a salvo a sus hijas que quedarán a cargo de una tutora de su absoluta confianza. “Querido amigo, piense en mí –le escribe a Albin Michel, su director literario-. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo…
El 13 de julio de 1942, unos gendarmes franceses tocan a su puerta. Irène comprende que es el fin, que no volverá a escribir una línea. Sin embargo ha tenido tiempo de ocultar la inconclusa Suite francesa en la maleta de una de sus hijas: Denise. Se deja conducir para ser deportaba a Aushwitz donde será asesinada el 17 de agosto, a los 41 años. Michel será arrestado en octubre del mismo año y ejecutado también en Aushwitz, el 6 de noviembre.
Pero la historia no termina ahí: las niñas Epstein serán perseguidas sin descanso, acorraladas como fieras. Pasarán gran parte de su infancia huyendo, de la mano de su tutora, que finalmente las esconderá un convento de Burdeos. Recurrirán a su abuela Fanny, cómodamente asentada en Niza, quien se rehusará a abrirles la puerta (moriría a los 102 años). De un convento a otro; de sótano en sótano, cambiando un refugio precario por otro todavía peor, sobrevivirían las pequeñas a la persecución nazi, a las mordidas de rata y a las enfermedades, y el manuscrito de su madre, redactado en letra minúscula para economizar papel y tinta, saldría indemne junto con ellas. Convertida en destacada directora literaria y escritora, Èlisabeth, la más pequeña, que había asumido el apellido francés Gille, se da a la tarea de restaurar, lupa en mano, la obra de su madre y retranscribirla en computadora, dándole forma de tal manera que la desocupación alemana parezca el final de la obra. Gravemente enferma cedería los derechos a su hermana, Denise, y a los hijos de esta. Denise haría publicar finalmente Suite francesa. En su diario, Irène dejaría escrito para la posteridad: “Quieren hacernos creer que vivimos en una época comunitaria en la que el individuo debe perecer para que la sociedad viva, y no queremos ver que es la sociedad la que perece para que vivan los tiranos…”