El deja vu de Holofernes

He sido jurado de algunos certámenes literarios, pero uno en particular, que llevaba el nombre del desaparecido escritor Alejandro Meneses, me permitió descubrir uno de los talentos narrativos más portentosos de los últimos años. Recuerdo que los otros dos miembros del jurado –los escritores David Miklos y Gregorio Cervantes-llegaron al lugar de la cita, una popular café-librería de la Colonia Condesa, con su respectivo favorito bajo el brazo. Apenas tomar asiento y solicitar un capuchino, sacamos al unísono las copias engargoladas y, ¡oh perfecta coincidencia!, era el mismo, un libro de cuentos titulado Dios de arena.
La deliberación más breve de la historia, tanto, que tuimos que hacer tiempo para por lo menos terminar nuestros cafés y empezamos a elucubrar respecto a quién o cómo sería el autor (ya sabemos que los jurados, por lo menos en los concursos honestos, se limitan a dictaminar manuscritos anónimos y se enteran de la identidad del autor premiado junto con el resto de los mortales). En vista de que dicho certamen iba dirigido a jóvenes escritores, de entre 20 y 30 años, concordamos en que debía tratarse de un neo hippie, sexo masculino y barbado, mezcla emo-Jesucristo; que acarrearía un morralito repleto de sorpresas literarias, de esas que los críticos más picudos, inmersos en las mesas de novedades, tienden a desconocer. En medio de una cincuentena de clones de Jorge Volpi, Guillermo Fadanelli y Mario Bellatin –los autores a quienes los escritores de nuevo cuño más anhelan parecerse- Dios de arena resaltaba por no parecerse a absolutamente ningún libro, no al menos a los recientes, aparecidos en México. Los relatos mezclaban al México ancestral con el más actual, y lo hacía con la prosa mágica de quien conoce al dedillo la más antigua –y olvidada-poesía indígena, de lo poco que sobrevivió a la destrucción de los conquistadores españoles que, por cierto, son admirablemente caracterizados en este libro, apartado años luz de cualquier lugar común al respecto.
Nuestra sorpresa fue grande cuando nos enteramos de que el autor de tan magnífico libro, para empezar, era autora. Por supuesto, no se trataba de una neo hippie, ni tenía alguna característica que nos hiciera suponer que fuera emo. Lo único en lo que no nos equivocamos es en su mochila –que no bolso- donde acarrea sorpresas literarias que harían palidecer a los critiquillos oficiales que estorban más de lo que ayudan…y entre esos textos había dos muy especiales: inéditos propios…y los de Alejandro Meneses, sí, el autor cuyo nombre lleva el certamen por ella ganado y que –he ahí la más grandiosa de las sorpresas-fue el maestro de literatura de la joven autora que responde al nombre de Judith Castañeda.
Judith, que lleva además el nombre de la heroína bíblica favorita de las feministas, no ha dejado de sorprenderme hasta ahora, y cada vez que la veo o converso con ella… o la leo (lo cual es un auténtico deleite), han salido a relucir nuevos detalles que me permitirán escribir de ella y de su obra como si armara un rompecabezas. Mediana de estatura, cabello muy largo, suelto por lo general; ojos almendrados de un brillo inusitado que por poco eclipsa su feroz timidez (jamás participa en presentaciones de libros; negada a destacar, a protagonizar), sonrisa de niña contenta que le pinta hoyuelos en las mejillas, Judith, no se fíen, terminará cortándole la cabeza a Holofornes cualquier chico rato. Impresiona la cantidad de premios ganados a la fecha, empezando por el María Luisa Puga (¿Cuántas escritoras no nos sentiríamos honradas de ganar un premio con el nombre de la queridísima Maestra?), con un jurado compuesto por Esther Seligson, Hernán Lara Zavala y Pablo Boullosa, que le valió la publicación de otro impresionante libro de cuentos, Aire negro (UACM, México, 2008) que analizaremos más adelante.
Judith, con todo y ese talento abrumador que casi le provoca trastabillar, habla de sí misma como si no fuera especial. Se autodefine como una muchacha simple que estudió para técnica en química industrial, pero trabaja como empleada en una de las librerías Profética de Puebla y – deduzco- fascina a los clientes, que naturalmente ignoran se trata de una escritora e incluso pueden conseguir alguno de sus libros allí mismo, con sus conocimientos literarios y su sonrisa de niña contenta. Becaria por segunda vez del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, prepara un libro sobre la esclavitud de los negros a través de diversas épocas, y cuando le pregunto cómo le hace para trabajar en sus libros al tiempo que cumple con un estricto horario de oficina, responde sonriente: “A veces le robo un rato al tiempo en el transporte público para garabatear alguna idea, o en casa, por la noche….También he encontrado algún momento en el trabajo”.
Nacida en la ciudad de México el 16 de agosto de 1975, aunque desde niña vive en Puebla, descubrió que deseaba ser escritora cuando a los 24 0 25 años, leyendo El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, en una vieja edición de Bruguera, descubrió una nota que decía que Wilde escribió esta novela después de escuchar un comentario acerca de qué sucedería si fueran los retratos los que envejecieran y no los retratados y se obsesionó con la idea de escribir algo que planteara un paradigma similar. Decidió, entonces, ingresar a los talleres de la SOGEM de la ciudad donde radica y, empleando sus propias palabras, “de no haberme topado con Alejandro (Meneses) y mis amigos del taller, creo que no habría podido escribir. Para entonces ya tenía varios cuentos –creo que bastante mal escritos- y gracias a las sesiones fui mejorando.”
Una de las grandes virtudes de Judith, doncella honesta de por sí, es su lealtad, y se refiere con enorme gratitud a todos sus maestros: al escritor cubano José Prats Sariol, por ejemplo; a otra gran escritora mexicana que no cuenta con el reconocimiento que merece, la gran cuentista Beatriz Meyer. Pero la injerencia de Alejandro Meneses (Tlaxcala 1959, Puebla, 2005), resulta capital para la trayectoria de Judith, y a él, muy en particular, lo defiende como a su pueblo, espada en mano y dispuesta al sacrificio. Como su género de batalla en el relato –no practica hasta ahora el ensayo, la novela o la poesía, y no parece tener intención de hacerlo-es a través de este que reivindica y homenajea a este escritor que se suma al santoral de los escritores mexicanos inmensamente talentosos que la oficialidad se niega a reconocer y a los que hay que improvisarles altares clandestinos. Supe que Judith no exageraba sobre los dones literarios de su maestro cuando leí los libros que ella misma me obsequió: Ángela y los ciegos –cuyos personajes retoma Judith en Aire negro, a manera de homenaje –y Tan lejos, tan cerca. Uno no puede evitar indignarse cuando descubre talentos de semejante calibre que sin duda opacarían a los ídolos con pies de barro que pretenden hacernos adorar (otro tema recurrente en los relatos de Judith). El prólogo de su libro post mortem Tan lejos, tan cerca, firmado por Beatriz Meyer, es muy elocuente al respecto. Nos describe a un ser humano que pudo haber sido un espléndido personaje literario: un escritor que, como la propia Judith, obtenía premios con una mano en la cintura, al tiempo que manifestaba nulo interés en ingresar al establishment literario, al grado de perderse la oportunidad de viajar a España gracias a una beca que le permitiría escribir un libro…y todo por ahorrarse los trámites burocráticos que en México resultan casi vejatorios: “ (…) el verdadero trabajo de un alma que pugnaba por construir una nostalgia inversa por ciudades que no conoció, mujeres que no amó, bailes y amigos que no llegaron, para poder regresar algún día y reconocer en el alto cielo de un miércoles las cúpulas elevándose sobre las voces amadas y constatar, como decía Luis Cernuda, que “no es el amor quien muere, somos nosotros mismos.” (Ediciones de Educación y Cultura, Col. Íntimos, México, 2005).
Judith, que lleva una vida todavía más convencional que la de su maestro; una chica que diariamente se traslada de su casa a la librería y viceversa, con libros mágicos en su morral para aprovechar el trayecto, podría operar en forma idéntica a la antes descrita, dejándose llevar por una nostalgia de lo que nunca conoció, como en Dios de arena; o la recreación del mundo ficticio en la que creo adivinar sesgos biográficos del propio Meneses, aquel hombre que invariablemente describen flaco, a través de Aire negro, que es una suerte de ejercicio espiritista literario que lo invoca a través de las más hermosas y dolientes frases, dirigidas a ese eterno amor imposible, la rubia prima Ángela: “(…) No sólo soy tu mano, como lo exigiste en tus sueños; camino con tus piernas, mi aliento se escapa entre tus labios: estoy en tu cuerpo.” (“Fuego”, Aire negro, p. 49). Respecto a este libro, pudiera aplicarse a la autora esta frase de su relato “Cerrando puertas”, incluido en el libro del Premio Salvador Gallardo Dávalos, compartido con el poeta Jorge Saucedo: “(…)El artista es diestro con los pinceles, supo robarle algo a su modelo.” (La distancia hasta el espejo, Instituto Cultural de Aguascalientes, 2006, p. 19)
Aire negro, independientemente de ser un libro hermoso por su prosa, por el sentimiento que lo materializó y lo simbólico de cada una de sus relatos, podría haber pasado por novela en vista de que cada una de sus once historias lleva los mismos personajes, y Ángela es la misma Ángela, objeto del deseo y obsesión del protagonista, la que juega a ser ciega, acaso por preferir las tinieblas a la luz que solo le revela escenas insípidas, y aprende a leer Braille. Y si bien cada relato es independiente y es posible leerlos en orden anárquico, deja la sensación de haber penetrado en un mundo perfectamente redondo y sin fisuras, cuyos actores se nos vuelven entrañables y la psicología de cada uno –cosa prácticamente imposible en un solo cuento-queda, gracias a este seguimiento de los personajes, perfectamente delineada. Judith, sin embargo, niega que sea una novela. Se rehúsa a engañar a los lectores diciéndoles que inventado un hibrido fabuloso.
Nostalgia de lo terrible. De la muerte heroica no acaecida. De las flechas envenenadas que no conseguían, sin embargo, emponzoñar el espíritu. De las experiencias que trastocaron la existencia de un tercero o transformó el alma de una nación como en Dios de arena (Ediciones de Educación y Cultura, El Errante Editor, Profética, 2007), donde Judith toma una no tan metafórica espada y lucha la batalla perdida de antemano junto con sus personajes, sublevados contra aquellos que pretenden arrasar con todo lo que ellos son, lo que sus antepasados fueron y hasta su derecho a adorar a sus dioses. El dios de arena al que refiere el título, es aquel que se les fuerza a adorar a los conquistados, un dios que exige algo peor que sacrificios humanos: sumisión absoluta y total. Anulación. Silencio. Inclinar la cabeza. Reconocimiento del enemigo como conquistador y dueño: “(…) El orden del mundo opera de nuevo. Les saca la palabra de la mente, retira uno por uno sus pétalos y me la entrega limpia. La acaricio, la envuelvo. Es un jilguero recién nacido queriendo volar (…)” (“Tercer alma, Tzantza”, p. 32).
Judith, la honesta doncella, es además una chica tan, pero tan normal, que se declara fan de Los caballeros del Zodiaco y del ex Menudo Robbie Draco Rosa, sobre el que incluso está escribiendo un libro de relatos: “Se trata de un disco en particular, Vagabundo, que su disquera por poco tira a la basura antes de sacarlo a la luz y hoy es uno de los mejores discos de rock en español. Escribiré un cuento para cada uno de sus 14 temas, que llevarán el título de la canción correspondiente…pero no pretendo recrear las letras de las canciones, sino inventar una historia que la propia canción me sugiera”.

Cuento inédito de Judith Castañeda

La flor del frío
I
La tapa cubriendo las teclas acalló los pocos aplausos después de la canción. Subí sin voltear, viéndote en cada escalón. Las piernas cruzadas de los viernes a las once de la noche, hilos de tabaco, una libreta. El cuarto de la azotea. Cierro. Aunque lo quisiera, no te quedas al otro lado de la puerta; es innecesario arañarla, abrirla o deslizarse por debajo; entras como mi respiración.
Arrastro los pies hasta la silla, me dejo caer. Un cigarro y un puñado de cacahuates que tomé de la barra, mi cena. Reviso los bolsillos, la propina de hoy no alcanza para convertirme en sonaja, cada vez son menos las monedas dentro el vaso de unicel. La guitarra en la pared. El clavo debe estar oxidado pero no voy a cambiarlo. Aquella fue la última vez que la toqué. Me levanto y acaricio el aire en torno al mástil, te veo en su cuerpo redondo, tu voz está en las cuerdas.
Desvío los ojos. La pared, el techo, el foco incapaz de alejar la oscuridad. No te separas ni un instante. Como lo hace con la guitarra, tu presencia rodea la ampliación de la fotografía que me acompaña al despertar y en la vigilia. El dueño del bar ha subido a guardar las cajas de cerveza, los cigarros sin filtro, las franelas rojas, las imágenes blanco y negro de algunos clientes. Sólo le acerca la vista, nunca los pasos.
La única ocasión fue luego de ofrecer disculpas a los clientes e invitarles una ronda de cualquier bebida, nacional o importada. Subió. Sus pasos se escuchaban hasta la barra, estoy seguro. Golpeó la puerta, la aventó, la hoja abanicó muy cerca de mi hombro, alcancé a esquivarla cuando rebotó contra la pared.
Apenas lo escuché. Algo acerca de ni siquiera sostener la guitarra como se debe, de echarme en ese momento, de mi voz parecida al chillar de los puercos. Cuando su puño se acercó a la ampliación yo abrí el mío y apreté su cuello. Le temblaba, un hilo de saliva humedeció su playera de lamparones. Me miró. Los tatuajes sólo los usan las malas personas, la voz de mamá. ¿También él lo pensaría, repasaría los nombres, los rostros, la vestimenta de las pandillas del rumbo, intentando ubicar el corazón y las llamas en otra mano derecha, la mirada casi púrpura al momento de amenazar? No sé si lo recordó de otro sitio, lo dejé creer.
–Te partiré en dos si respiras delante de ella otra vez.
Bajó la vista, después al bar. Ni un puñetazo a la pared o un escupitajo. Cerró la puerta como si fuera de cristal y luego lo escuché gritándole a los meseros: una mancha en la barra, descuentos serios en la paga por los vasos rotos desde la quincena pasada, más tiempo para llevar la cuenta, para recoger el cambio, rápido, la mesa cinco, ¿ya les preguntaste si no quieren ordenar?, hoy no hay propina…
El mundo enmudeció estando junto a tus venas, al acoso de mis dedos. Como hasta ahora, recordé la entonación al momento del flashazo, imité la pose de ese día. Por horas fui sombra de mi propia mano; lo repetí más de dos semanas pero la voz con la que cantaste no llegó. Luego probé durmiendo con los audífonos, escuchando la versión original hasta ver el fin de la madrugada en la ventana. El tema número doce, casi el último. Canté sin acompañamiento; el temblor en mis manos no fue el mismo, parecía asistir a un concierto donde la música es consecuencia de arañar los cristales. No funcionaría.
Miré el disco, lo froté antes de partirlo en dos. Los semicírculos perforados en el centro no liberaron ninguna canción, el brillo color plata era una burla sobre el suelo; esa sonrisa continuaría callando aunque le acercaran un encendedor al tiempo de interrogarla.
Susupiré mientras recogía los pedazos; ahora “La flor del frío” esperaría en mis recuerdos hasta que llegara a buscarla. El siseo de la aguja en un acetato viejo, el piano, el cantante y su voz de ebrio, el disco que compré en una tienda clausurada hace mucho: basura y polvo en el fondo del bote. Entonces, por primera vez en meses, recordé mi intención de cortarte las manos si no lograbas repetir la canción. Meneé la cabeza, aspiré, me eché agua en las sienes; debía haber otra respuesta, otro camino para alcanzarla. Quizá si regresaba junto a la ampliación…

II
Despierto. Las manecillas estacionadas en la medianoche. Ronda algo, una descripción del hielo. Cuando me estiro para alcanzar la libreta y el lápiz sin afilar, la idea está lejos, estrellándose en el vidrio de otra ventana. De nuevo tú, mariposa nocturna y tapiz. Me miras desde la pared. No necesito la luz para adivinarte, vas del aire al muro, estás próxima al piano.
El motivo de mi canción nunca escrita vuelves a ser tú. Es viernes, te sientas, no sé si en una silla o sobre el humo del tabaco, a unos cuantos pasos del escenario –un nivel poco más alto que un escalón, el piano gris y negro, astillado en las esquinas–, la barbilla descansa en tu palma, el codo en la mesa, y observas mis manos. Quisiera alejar la vista de las tuyas; no puedo. Son las uñas, rojas y cortas, o la fotografía pegada a la tapa de la libreta. Intento concentrarme en el piano, en la canción que recitaste aquella vez, con los dedos en la guitarra. Las piernas que tenías en tu casi cerrada adolescencia la borran. Busco de nuevo. Sonríes, volteas hacia el mesero, inclinado para encender tu cigarro. Tropiezo con los pedales, con la tecla muda: un espacio sin cuerda. Los pocos clientes chiflan. Soy un sordo para ellos, en cambio tu voz imita al agua en la cascada. Es un amigo, la tomaron para un concurso y ganó mención honorífica, la publicaron junto a los primeros lugares, me dio su autógrafo; las palabras no están dirigidas a mí, el mesero las recoge como si limpiara la barra con una franela, media vuelta y a otra mesa, toma la propina, más vodka, ron, ginebra. Los asistentes aguardan la variedad de los viernes, el músico que canta un poema al piano, de memoria aunque añada whisky a la atmósfera con cada palabra, el de la voz desafinada que los lleva por callejones y embarcaderos vacíos de medianoche. Sólo esperan, hace tiempo dejaron de protestar ante la misma excusa: “No, dile que no tengo otra canción”.
Al fin, junto con el pretexto aprendido del disco, recuerdo la letra. Un fragmento escrito en la portada: el cantante de playera roja mira su sombra, medio dormido o borracho, a punto de caer de una silla.
“Noche en Londres, besos furtivos...” Tu voz enredada en la primera estrofa me iguala con un eco: “Posé junto a un amigo”. Golpeo una tecla con más fuerza de la necesaria. El “¿desea ordenar algo más?” del mesero provoca nuevas equivocaciones, risas ocultas detrás de cigarros a medio consumir.
–Sí–, contesto como si fuera tú. Carcajadas cerca de la cortina que cubre el pasillo hacia la bodega, apenas unos aplausos, comentarios, por fin la canción de cada noche será otra, los dos poetas ocultos en Camden Town aburrirán a otros, lejos de aquí. Retomo la letra, “tal vez ya descubrís juegos prohibidos y hartos de luna”, servilletas hechas bola, empapadas en saliva, sudor y ron, vuelan hasta rozar el banco. Una me toca la mano, deja telarañas líquidas entre el dedo meñique y las teclas.
No me interrumpen, en cambio una nueva frase tuya hace que cante como si audicionara para la ópera de Viena. La cuenta, dices mientras empujas la silla con las piernas y te levantas. No sé si piensas irte sin pagar o si retocarás tu maquillaje, tal vez conozcas al dueño, al cantinero, y quieres despedirte de ellos lejos de miradas de plástico, del nombre y las acrobacias imposibles de la última pelirroja en llenar el colchón, de alientos con olor a tabaco. Te vuelves hacia mí, apenas abres los labios, ¿cantas? Intento leerlos. Adivino un “buscáis la flor del frío”. Otro golpe a las teclas. Como tú, muevo mi asiento sin meter las manos. La canción termina antes de llegar a la siguiente nota. Alcanzo a tocar tu bolso al final del pasillo.
Detrás de la cortina. Nadie nos interrumpe. Los clientes forman parte de la barra, de los sillones, de la decoración de penumbras. ¿Cómo te atreves? ¿Por qué no cantaste como la primera vez? Mi mano es una daga. Aprisiono las tuyas, las corto con un arriba–abajo. Gritas, te abrazas a los muñones, pero afuera nadie mueve ni una pestaña, nadie habla. Empieza una música de guitarra. Miro el camino rojo hasta el escenario, mi botín no está. Tus dedos se doblan, tocan como si estuvieran unidos a nervios y arterias, los clientes dejan de ser una lámpara entre las lámparas, aplauden el sonido de las cuerdas, el poema con voz sin aclarar. “Soñáis, en esa casa de Camden Town…” Es el mismo de cuando nos tomaron la fotografía. Vuelvo a despertar.
La ampliación sigue ahí, en la pared, frente a la cama. La observo por tramos; estás completa: muñecas, manos, dedos, uñas. Tal vez el pliego provoca las pesadillas de cada noche. Más de una ocasión he imaginado quitar mi tapiz y luego buscarte daga en mano. Exigirte la estrofa. El mismo tono, las mismas pausas, volumen idéntico. Y si ni siquiera se parecen, te mutilaría sin clientes, sin guitarras ni escenarios; la cortina sería el sol del amanecer, el parque desierto, las palomas espulgándose las alas sobre el alambre, mis huellas de hojarasca.

III
Nos habíamos visto desde antes de la foto. Los pasillos, la cafetería, la entrada de la universidad. Después dejé de ir, te puse junto a los libros de la carrera, a los deseos de mi padre en boca de mamá, en un estante de su casa. No quise ser un ingeniero ni colaborar en la construcción de una presa, no me interesaba prolongar a papá; vine aquí, donde un productor, después de cinco cervezas y media y dos vodkas, me ofrecería un lugar en los estudios de grabación, en escenarios púrpura y rojo, delante de sombras, gritos y fanáticas que se pelean con los de seguridad para colarse a mi camerino. Lo sigo esperando; sólo tú volviste.
Un amigo en común te citó en el departamento. Quería tomar varias fotos para un concurso. La puerta entornada. Adrián me ofreció una cerveza desde atrás del biombo. Tomé la guitarra que colgaba junto a la puerta y me senté. Unos rasgueos, sonreí; iba con ella incluso a las clases de cálculo, era parte de su espalda.
Entraste cuando yo hablaba acerca de formar una banda y escribir canciones, Adrián sería nuestro paparazzi. Risas, me prestó su cámara. Un flashazo a la puerta abriéndose, a tu mano rodeando la perilla. Detrás de ti, mamá, sus lloriqueos y amenazas –“Tu padre no lo aceptaría, hazlo por él, si pones un pie fuera de esta casa no vuelvas”–, la universidad a medias. Adrián te abrazó, te besó y luego nos presentó.
–¿Ya se conocían?
–De vista.
–Andrea–. Sonreíste, yo asentí con los labios apretados, apenas rocé tus dedos. Me llamaron la atención varios mechones rosas cerca de la nuca, impensables en un pasillo de la facultad. Devolví la cámara, pensaba irme.
–Qué buena foto le tomaste, deberías mandarla al concurso.
De regreso al sillón imaginé su cara al decirle que saldría de nuevo a buscar trabajo, me quedé.
–Sólo quiero tomar sus manos y la guitarra– dijo. Te dejaste caer junto a mí.
–Me hubieras dicho, sin manicura no va a salir bien–. Ni yo creí semejante pretexto.
–No importa. Déjame ver tu tatuaje.
Apenas moví la mano izquierda, el corazón en llamas asomado entre los dedos. Para mamá los tatuajes señalan a las malas personas.
–Se va a ver bien en blanco y negro.
Tu mano y la mía entrelazadas como un segundo oído sobre las cuerdas, escalando el mástil, fingiendo tocar, pertenecer a una sola persona mitad morena, mitad blanca. Adrián notó mi boca chueca de las clases de dos horas anteriores a la salida.
–¿Quieres una cerveza, Andrea?– Le contestaste meneando la cabeza, tocando la guitarra. Fue a la cocina.
“Soñáis, en esa casa de Camden Town…” Volteé. Cada palabra te devolvía el volumen, el peso, la sombra y la respiración de las personas que tienen acta de nacimiento y licencia para manejar. “…viven dos clandestinos al acecho del amor…” Rincones olvidados de la escuela –el baño de mujeres, la pared del pasillo, el pizarrón los jueves, antes de biología–, un trozo de gis en el suelo, la llamada de atención del intendente. “…son esos dos, señalaban los gobiernos…” ¿Dónde las leíste? ¿En un salón hecho de memoria, en la cubierta del disco –puesto como por olvido en el último anaquel de la tienda–, adivinaste en mi pensamiento el bar levantado allí antes de conocerlo? “…con la misma mano del crimen que hoy os da el perdón…”
Me acerqué con la intención de retirarme. Temblé; si te tocaba, si pedía que repitieras la frase y tu voz era distinta, más aguda, sin quiebres, la de las respuestas correctas en el exámen oral de historia, te cortaría ambas manos, te arrancaría las cuerdas vocales. Tal vez si las uso en lugar de las mías llegue esa voz ronca con la que siempre he querido cantar, pensé, en mi cuerpo funcionarán.
Unas luces se alargaron por las grietas del muro. Tus dedos eran guantes para los míos, tus brazos terminaban en muñones ocultos en los bolsillos de la chamarra, estabas muda. Me extrañó no verte abrazada a ti misma.
–Está bien esa pose de “me acerco, no me acerco”–. Adrián, desde la cocina, miraba la pantalla de su cámara. No quiso enseñármela.
–Luego regreso–. Un golpe; la puerta.
Caminé hasta la madrugada, por calles de lámparas fundidas y bultos a la entrada de los cines y en las bancas. Levanté la cobija que cubría uno: el cuerpo revolviéndose, un hilo blanquecino entre el mentón y el hombro, canas debajo de la gorra. Una mentada y regresó a su sueño de losetas convertidas en almohadones. Me alegró que no fueras tú.
Al volver, la oscuridad de la escalera había tomado el pasillo. Adrián dormía en el sillón, una lámpara prendida y su cámara colgando de la correa. No me atreví a ver la imagen.
Ya había hecho el trato con el dueño del bar. Me mudé por la mañana. Es un sitio como el de la canción, le dije a Adrián. Sonrió, prometió ir a verme el fin de semana. Su brazo extendido, un sobre amarillo muy ggrande, hasta luego.
–Es la fotografía. También te hice una ampliación–. Lo guardé sin abrirlo; nunca pregunté si eso le molestó.
El viernes te llevó. Se sentaron en la mesa más próxima al piano. Yo, en el banco. La guitarra con el mástil apuntando al suelo, cuerdas sin tensar, carraspeos y risas en la barra y el rincón. Subí al cuarto de la azotea, una sombra le cerró el paso a Adrián. El dueño, supongo. No volvió; en cambio tú ocupaste el mismo lugar los viernes siguientes, sin falta, no sé si por solidaridad o como una burla, para asegurarte que “La flor del frío” seguía en tu garganta, para mostrarme que no la abandonaría.
Mi regalo de despedida aún estaba cerrado. Lo saqué cuando vi medio sol en la ventana. Primero extendí la ampliación, un pliego lustroso con el largo de mi estatura. Me mostró tus dedos arqueados tocando las cuerdas; mi mano tensa, a poca distancia. Lo pegué en la pared y me asomé al sobre. Un rectángulo con la imagen verdadera buscaba mi mirada. Me acerqué a la ampliación pero no pude sentir su abrazo. Esas manos son de mi excompañera, de la amiga de Adrián, no de un dueto que tiene una gira de conciertos por Alemania y Polonia, me dije mientras sacaba de un solo golpe la fotografía. La toma era la misma. Suspiré; no me acusarían por mutilación.
Escuché tu voz, sentí el temblor en mi mano, el halo tibio de la tuya. De nuevo quise arrancártela; sería para la próxima. Un cuchillo de carnicero oculto en la chamarra, un golpe al momento de despedirnos. No. Sacudí la cabeza. Miré la pared, el regalo de Adrián. Me acerqué. Sabría descubrir tu secreto en el piano, sin acorralarte junto al roble más alejado del farol, al anochecer; tal vez me lo dirían tus uñas cortas y rojas, esa pequeña herida circular de la muñeca.