La hora de la belleza


…Si acaso la criatura mortal perfecta ha de formarse en nuestro interior, leyó María de las Nieves, ésta se forma tempranamente. En este capítulo Sainte-Beuve expresaba su aterradora teoría de que una persona alcanza la cúspide de su totalidad moral, de su integridad y de su gracia al cumplir los veinte años y al paso del tiempo va deteriorándose o, incluso, deja de ser. Mientras tanto una persona sigue su vida en torno a un arruinado, o incluso evaporado, centro, ¡en el mejor de los casos, meramente imitando la excelencia moral y el heroísmo de la juventud perdida!
María de las Nieves leyó: Por lo tanto, somos afortunados cada vez que podemos descubrir un parecido original con aquellos que están predestinados a la fama cuando alguna oportunidad inesperada nos revela exactamente cómo eran en el momento elegido y único, en su florecimiento, en la hora de su belleza.
Francisco Goldman
El esposo divino

De todas las entrevistas realizadas a escritores tras varios años de ejercicio periodístico, hubo una en particular que nunca olvidaré. El autor de aquella ocasión, además de haber escrito una de las novelas más hermosas que recuerdo haber leído, titulada El esposo divino (Anagrama, 2008, traducción de Laura Emilia Pacheco), terminó con los ojos arrasados de lágrimas ante la sola mención de su esposa recién fallecida: Aura. Nombre que se mencionó repetidamente a lo largo de nuestra conversación en un café típico de la colonia Condesa. Francisco Goldman, guatemalteco de origen pero estadounidense –bostoniano, para mayores señas- por adopción (su lengua literaria es el inglés) creó una heroína a imagen y semejanza de Aura llamada María de las Nieves, a quien atribuye una peculiar relación con el poeta cubano José Martí. Aura, supe al cabo de unos minutos, también era escritora. Uno de los rasgos sobresalientes en María de las Nieves, era un ansia de saber cosas, de cultivarse, de liberarse de las ataduras que impedían a una joven de su tiempo –finales del siglo XIX- cabalgar por el mundo en busca de emociones que aportaran un verdadero sentido a su existir. Goldman, sin más, afirmó “Así era Aura. Esa es Aura”
Por desgracia, Aura Estrada, nombre completo de la señora Goldman, no había publicado ningún libro en vida, exceptuando su destacada participación en la antología de David Lida, El gringo a través del espejo (Cal y Arena, 2007), aunque sí una respetable cantidad de artículos y relatos en revistas como Letras Libres, Gatopardo y la electrónica Letralia, entre muchas otras. Nacida en León, Guanajuato, el 24 de abril de 1977, aunque se mudó junto con su madre a la Ciudad de México a los cuatro años, Aura murió recién cumplidos los 30 en un accidente en una playa de Oaxaca, el 25 de julio de 2007. Según explica Goldman en el prólogo de la compilación de la obra póstuma de su esposa titulada Mis días en Shanghai (Almadia, 2009), aquel lamentable verano habían rentado una casa en Mazunte, “como prestada por la familia Robinson”: “(…) Dormíamos al aire libre en la plataforma más elevada, mirando la luna sobre la selva y el mar al amanecer. Nos levantábamos temprano y escribíamos hasta el medio día para luego dirigirnos a la playa. La última mañana de su vida me habló de su trabajo en un tono de seguridad que jamás le había escuchado. Con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo: “¡Estoy escribiendo un cuento buenísimo!” Y supe que lo creía.”
Esto último resulta harto significativo pues anteriormente Goldman ha referido a la inseguridad y/o perfeccionismo que la caracterizaba, razón por la cual consagró más tiempo al estudio y a devorar libros que a la escritura en forma. No obstante lo anterior, al ver amenazada su vocación literaria mientras cursaba un doctorado en Columbia ante el comentario burlón de uno de sus profesores que dijo que había qué hacer algo con ella para sacudirle su “creencia en la ficción”, optó por matricularse en la maestría en Creación Literaria del Hunter College. En dicha universidad, Aura obtuvo una beca como asistente de investigación nada menos que de la Premio Nobel de Literatura, Toni Morrison, con quien, afirma Goldman, entabló una bella amistad. Algunos relatos y ensayos publicados en su antología póstuma, hay que señalar, fueron escritos originalmente en inglés y traducidos por Luis Albores, Jessica Díaz, Tatiana Lipkes, Emiliano Becerril y Gabriela Jáuregui.
Cosa curiosa: en su novela El esposo divino, Goldman compara reiteradamente a María de las Nieves con una ardilla, y lo mismo hace al referirse a su esposa: “ (Aura) escondía sus escritos como ardilla que almacena nueces: dentro de un archivo guardado dentro de un archivo a través de algún programa complicado… navegar por su computadora en busca de sus textos ha sido como recorrer un laberinto o desvelar una ciudad perdida. En algún lado allá en Internet se encuentran los blogs que escribió bajo seudónimos y que nunca le enseñó a nadie, más que a mí, a veces ni eso…..” Todo parece indicar que no era muy aficionada a convivir con intelectuales o el tipo de gente que suele rodear a autores como su esposo, escritor muy respetado en Estados Unidos y admirado por el mismísimo Paul Auster: “(…) Comentarios eruditos en las cenas con los editores, comentarios vernáculos e ingeniosos en las veladas etílicas con los escritores. Más que nada es la sensación de no estar a la altura, de enfrentar el rechazo de una sociedad.” (“Terapia”, p. 72)
Varios relatos de Aura, de hecho, exponen ese circuito de veleidades por el que deambulan las “jóvenes promesas” que muchas veces permanecen estancados en dicho rol con el paso de los años, es decir, eternas promesas, larvas perpetuas a quienes la soberbia les impide cerrar el ciclo, quizá para ahorrarse la responsabilidad que representa ser un creador adulto, circunstancia que no se limita a criticar sino de la que, a todas luces, rehuyó, ya por sensatez, ya por temor a traicionarse a sí misma, o ambas cosas: “ (Borgini) cuelga en el limbo fronterizo entre los antiguos escritores nuevos y los nuevos escritores nuevos. Se puede decir que es un escritor medianamente nuevo cuyas primeras incursiones como escritor nuevo causaron cierto revuelo y crearon grandes expectativas en la escena literaria internacional.” (“Un secreto a voces”, p. 75).
En cierto modo, Aura parece un misterio hasta para su esposo. Un ser enigmático, ensimismado en una euforia perenne que supongo propia de los predestinados a morir demasiado jóvenes… los que intuyen que tienen los minutos contados para ganar en madurez y experiencia, por lo que no sorprende que algunos textos reunidos en este libro póstumo resulten hasta cierto punto ingenuos. Dotada de una extraordinaria capacidad autocrítica, Aura debió intuirlo, razón por la que estos textos debieron esperar el fallecimiento de su autora para ver la luz. Pero cuando digo que son ingenuos no trato de decir que sean malos. Digo exactamente eso: que fueron escritos por alguien que empezaba a despertar al mundo, y sin embargo alcanzó un nivel de excelencia estética digna de ser destacada. Este coctel molotov de inexperiencia vital y talento literario produce en el lector accesos de ternura. Y si bien no fue incluido un solo texto que no posea valor, algunos parecieran relatos inacabados o esbozos de relatos, incluso de novelas, lo que, de ser cierto, constituye una ojiva para asomarnos al aspecto más puro de la intimidad de la artista.
Pero esa ingenuidad se concreta a los relatos: sus ensayos son de una lucidez admirable, fruto de una pluma no solo brillante, sino también amena. No hay en ellos rigidez académica y mucho menos el engreimiento típico del joven genio que se asume más inteligente que su receptor. Sus obsesiones literarias bordean la obra de autores que, no por contrastantes, dejan de pertenecer a un mismo árbol genealógico, que es el de los inconformes; el de los que se esfuerzan por quebrantar el orden y hacer tambalear al canon: Roberto Bolaño, César Aira y Borges. Otro de sus ensayos realiza un ejercicio comparativo, verdaderamente admirable, entre el Wyoming de Annie Proulx, autora excepcional pero apenas reconocida como autora del relato que inspiró la inolvidable película Secreto en la montaña, y el Comala de Rulfo y el Macondo de García Márquez. Aura parece verse reflejada en todos ellos, pero no se trata de una cuestión de estilo, sino de visión del ejercicio literario: “(…) No digo que la literatura no sea una profesión seria, porque lo es, pero cuando se toma a sí misma muy seriamente, el resultado puede ser un poco como un melodrama cursi e intelectual sin la diversión del melodrama de telenovela (…)” (“Found in Translation, Dos escritores del sur”, p. 96). Estos autores enseñaron a Aura su más importante lección como escritora: la sencillez puede ser un acto de rebeldía sin cuento si se le esgrime en medio de las caretas de la falsa literatura, es decir, la que adorna mucho y no cuenta absolutamente nada. Como Borges y Bolaños, tan opuestos y complementarios, entendió que “escribir y destruir; ocultarse y ser descubierta” es el leit motiv de la verdadera literatura.
Tanto los ensayos como los relatos de Aura nos permiten conocer un poco de su vida; en casi todos está presente, aunque sea envuelta en la piel de un varón –intuyo que sus narradores varones se le parecen más que las chicas tenues, frívolas o sombrías que pululan por sus tramas- no obstante que, como señala Goldman en su prólogo, el evaporarse de su propia escritura era uno de los retos que la joven solía imponerse. Varios de sus relatos aluden a su lugar de origen, a la experiencia de verse orillada a cruzar la frontera ante la ausencia de oportunidades en su país; a sus centros de estudios, a los sitios recorridos, al hecho de ser hija de madre sola, como en el breve pero conmovedor “Un poco de humor, madre”, donde en breves líneas define el terror de la madre ante la realidad de una hija de trece años “y menstruante” que perpetúe la historia de abandono y dolor: “(…) La madre soltera, sobre todo, está sobrada de sospecha; preñada de vaticinios rigurosos sedimentados en estadísticas, censos, casos inejemplares (…)” La autora logra mantener bajo perfecto control sus emociones. Sus relatos incitan más a la reflexión que a la empatía, y es que si bien no se exalta, ni se apasiona, ni se arranca las vestiduras, desvela una conciencia crítica que no pocos encontrarán sorprendente en alguien tan joven. Esa ingenuidad que mencioné al principio no equivale a ceguera, y Aura traía el mundo en que se desenvolvía pegado a los huesos. Me atrevería a afirmar, incluso, que su vida tuvo momentos más desdichados y difíciles de lo que sus relatos nos permiten suponer.
Pese a tal corazonada, veo en las fotos a una muchacha con la sonrisa más angelical, particularmente en las fotografías del día de su boda en que la felicidad bordea su cabeza en alusión más que obvia a su nombre, “Una tarde de otoño de 2002 en la ciudad de Nueva York conocí a una linda chica mexicana de brillantes ojos negros, la sonrisa más dulce y un adorable espacio entre sus dientes. Esa noche, en un bar de Brooklyn, la escuché declamar de memoria un largo poema del poeta inglés del siglo XVIII, George Herbert….” Aura Estrada y Francisco Goldman se casaron el 20 de agosto de 2005, en Atotonilco, Guanajuato y amigos de todo el mundo acudieron a su boda. Su felicidad no alcanzó dos años de duración, pero a juzgar por la felicidad que aún brilla en los ojos claros del escritor, confundida entre las lágrimas, deben haber sido extraordinariamente dichosos. Como escritor que es, Goldman comprendió que su amada no moriría del todo mientras no muriera su obra, por lo que no solo se dio a la tarea de compilar el material que los muchos escondites de “la ardilla” le permitieron rescatar, sino además instituyó un premio literario para autoras menores de 35 años, dotado con 15.000 dólares que el pasado año cayó en manos de Susana García Iglesias, escritora marginal que se dedica a cuidar mascotas y a servir en un bar -¡como salida de un cuento de Aura!- y tuvo derecho además a gozar de una residencia para escritores en Wyoming.

FRAGMENTO DEL RELATO “AUTORIDADES CORRUPTAS”INCLUIDO EN MIS DÍAS EN SHANGHAI
¡PAISANO! No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino lo que TÚ puedes hacer por tu país.
Puedes empezar por abandonar todas tus pocas pertenencias (aquí se incluye la familia): esposa, marido, hijos, abuelos, suegras, sobrinas, nietos, tías, tíos, primos….
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¿Acaso no es un gran país el que envía a sus ciudadanos a países lejanos y no tan lejanos? ¿Acaso no es un gran país el que instiga, a través de la injusticia, un sentido de aventura en sus ciudadanos?
¿Acaso no somos todos santos, sobre todo porque permanecemos en el anonimato total, acordado por estadísticas exactas?
Gracias por todo el disturbio y el motín, buen disturbio y buen motín para mantener a los ciudadanos despiertos. Buenos para mantener a los ciudadanos de una nación al borde de la guerra civil, nada más para que las coas sigan poniéndose interesantes.
Gracias por negarnos a mis hijos y a mí una casa decente, un trabajo decente. Un sueldo decente, una vida decente. Por ponernos a todos en tal estado de miseria que hasta la posibilidad de la muerte se reveló, después de una noche de hambre, como un proyecto atractivo para el futuro.