La niña de la ventana





Para escribir necesitaba una técnica, que yo no tenía.
Era necesario encontrarla; nadie me la iba a regalar…


El escritor no se hace con recetas de cocina. Eso no es posible.
Los personajes no se aprenden, se descubren.

N.C


Más que una escritora, Francisca Luna fue su propia novela y Nellie Campobello el personaje que bordó delicada y amorosamente, como a un bello mantel, mucho antes de maravillarse con la existencia de los libros. Francisca, de hecho, no pisaría un aula antes de los veinticuatro años. Su paso por el mundo, aunque verificable, sigue siendo un enigma. Demasiados datos contradictorios, demasiadas enmendaduras, demasiadas aclaraciones no pedidas: Francisca-Nellie se rediseñó hasta desdibujarse. Su concepción misma es novelesca, fruto de la unión entre Rafaela Luna y el sobrino de ésta, Felipe de Jesús Moya Luna, apenas un año menor que su amada, quienes al parecer vivieron sin contratiempo su relación incestuosa, procreando siete hermosos niños de los cuales fue Francisca la tercera en orden descendente. Nació en Villa Ocampo, Durango, el 7 de noviembre de 1900, según documento fehaciente, sin embargo hasta la fecha de su nacimiento ha sido objeto de polémicas, pues la misma Nellie señaló haber nacido en 1909, de acuerdo con lo que rebeló en varias entrevistas. Si nació en 1900, hubiera sido Francisca una adolescente y no una niñita al instante de los sucesos narrados, tanto en Cartucho (1931) como en Las manos de Mamá (1937), por una voz infantil que, en automático, se ha asumido como autobiográfica: “Latente la inquietud de mi espíritu, amante de la verdad y de la justicia, humanamente hablando, me vi en la necesidad de escribir. Sabía que el ambiente en que yo vivía no era propicio a mi deseo (…). Busqué la forma de poder decir, pero para hacerla necesitaba una voz, y fui hacia ella. Era la única que podía dar el tono, la única autorizada: era la voz de mi niñez” (Prólogo a Mis libros, 1960).
Entre los siete u ocho años de edad, Francisca se trasladaría con su familia a Parral, Chihuahua, escenario de sus relatos. Felipe se incorporó, ciego de patriotismo, al movimiento revolucionario, de tal suerte que terminaría la niña por olvidar el rostro de su padre, del que no existe rastro. Su única figura paterna fue la de su abuelo materno, a quien Nellie llamaba “papá grande”, quien solía regalarle duraznos de color rosa a manos llenas. De tal manera que su madre se volvería no sólo predominante sino decisiva en la vida de aquella niña de trenzas claras y vivaz mirada color avellana que saludaba a los soldados desde su ventana, pues Rafaela, a quien las fotografías exhiben como una mujer delgada y de semblante dolorido, casi atormentado, velaría por sus críos, pistola al cinto y con tortillas chamuscadas, “húmedas de lágrimas” y un cigarrillo “estrella en sus manos”, en una modesta vivienda acondicionada como hospital clandestino para villistas alcanzados por las balas enemigas, a quienes cuidaría Rafaela con la misma devoción que a sus niños. Éste es el ambiente en que se desarrollan las travesuras de la niña para quien la muerte y sus muertos son tan cotidianos como su muñeca Pitaflorida: “Mamá le dijo a Felipe Reyes, un muchacho de las Cuevas, que nos cuidara y no nos dejara salir. Nosotras, ansiosas, queríamos ver caer a los hombres; nos imaginábamos las calles regadas de muertos. Los balazos seguían ya más sosegados. Felipe se entretuvo jugando con unas herramientas y saltamos a una ventana mi hermana y yo; abrimos los ojos en interrogación. Buscamos y no había ni un solo muerto, lo sentimos de veras; nos conformamos con ver que de la esquina todavía salía algún balazo, y se veía de vez en cuando que sacaban un sombrero en la punta de un rifle” (Cartucho, 1931).

Lo cierto es que la madre de Francisca, como la de la niña de los relatos firmados por Nellie Campobello, no sólo cuidó de los villistas lastimados sino que se permitió tener dos hijos más: María Soledad, mejor conocida como Gloria, nacida en 1911, producto de sus galanteos con un caballero estadounidense de origen inglés, Jesús Campbell Morton, y Raúl, “el angelote rubio de ojos azules y espaldas fuertes”, nacido el 1 de febrero de 1919, que, se afirma, fue en realidad hijo de la propia Nellie, es decir, nieto de Rafaela. Tenía Nellie 18 años cuando nace su hijo Raúl. Alfredo Vargas Valdés y Flor García Rufino han rebelado incluso la identidad del padre del niño: Alfredo Chávez Amparán, joven de buena posición económica y política que llegaría a ser gobernador del estado de Chihuahua entre 1940 y 1944. Éste enamoró a una Francisca de dieciséis años, pese a ser casado, con hijos. Entonces, se supone, Francisca todavía no sabía leer ni escribir –una versión alternativa señala que estudió en una exclusiva escuela para señoritas, la escuela Inglesa de la colonia Rosales de Chihuahua, aunque no existen pruebas al respecto- pero se desempeñaba como boletera del Teatro de los Héroes donde empezaría a soñar con el escenario y con los aplausos.
Raúl, el que sería el único hijo de Francisca, murió el 11 de mayo de 1921, sólo alcanzó a vivir dos años, llevándose a la tumba, al año siguiente, a una destrozada Rafaela. Nellie, acompañada por su hermana Gloria y sus hermanos, emprende entonces su odisea por la ciudad de México. Corría el año de 1923. En la capital las dos hermanas adoptarían el apellido Campbell, ya que contaban con el apoyo económico y emotivo del padre de Gloria.
Jesús Vargas y Flor García Rufino, coautores del revelador prólogo del facsímil Yo! Versos por Francisca (Nueva Vizcaya Editores, Universidad de Ciudad Juárez, 2004), primer libro publicado por Nellie, en 1929, las Campobello viajarían apoyadas económicamente por el padrastro de Nellie, padre de Gloria, Jesús Campbell Morton, quien las relacionó con las comunidades americanas e inglesas de la capital, circunstancia privilegiada que las acerca a los círculos de la danza. Viven en plan de niñas ricas, sin conocer jamás las penurias y mucho menos el hambre, y a la vuelta de un par de años se presentarían en el mismo Teatro de los Héroes en calidad de estrellas.

Aunque veinticinco es una edad ya avanzada para iniciar un entrenamiento dancístico, el hecho es que Francisca incursiona en el baile para acompañar y apoyar este interés de su hermana, el cual nace en el espíritu de Gloriecita cuando el papá de ésta las llevó a ver bailar a Pavlova, hacia finales de 1924. Después de recorrer diferentes escuelas de danza, Nellie y Gloria Campbell comienzan su verdadera formación en el ballet clásico, bajo el látigo de Stanislava Potapovich y Carol Adamchevsky, bailarines de fama mundial. Este último compañero de Nijinski en el teatro Marinsky. Los imposibles, pues, no existían para aquella joven pueblerina, de modales algo bárbaros, resultado de su familiar convivencia con los villistas, irreverente y francota. Al tiempo que se entrenaba como bailarina, Nellie cursó la primaria y la secundaria y en 1929 publicaba su poemario Yo!, bajo la escueta firma de “Francisca”. Dichos poemas, sin embargo, habían empezado a ser escritos muchos años atrás. Tanto la portada, donde aparece una niña de piernas largas y musculosas, como el comentario de presentación, corrieron a cargo del prestigiado pintor Dr. Atl, quien comparaba la agilidad de los versos con la de sus hermosos músculos de bailarina: “Francisca (...) un día se puso a escribir versos... y aquí están. Aquí están saturados de luz y de optimismo, espontáneos y bellos como los movimientos de su cuerpo cuando danza, vigorosos y flexibles como los músculos de sus piernas -conjunto de ritmos arquitecturados en columnas sutiles sobre los cuales ríe la vida y esplende el sol”.

A finales de 1929, Nellie y Gloria viajan a La Habana, donde pasan una temporada y bailan en el Teatro Campoamor, ya no con cuadros de ballet clásico, sino con danzas mexicanas. Ahí la prensa las identifica como las hermanas Campobello. Campbell, el apellido de origen anglosajón, ha pasado a ser Campobello. A su regreso a México, en la primavera de ese 1930, la Revista de Revistas incluye en sus “Temas mexicanos” a Nellie y Gloria Campobello con temas y apellido a la mexicana. Es a partir de entonces que se concretiza la nueva identidad de la bailarina y escritora en ciernes, como Nellie Campobello.
En La Habana, Nellie conoce al periodista y crítico, José Antonio Fernández de Castro -quien se convirtió en ese momento en agente y promotor de la obra poética de la joven-, a Federico García Lorca y al notable poeta de color, Langston Hughes, quienes mostraron gran admiración por su poemario Yo!, de 1929. Algunos de estos poemas serían traducidos al inglés por el propio Hughes, quien manifestó abiertamente su admiración por la bella poeta mexicana a quien obsequiaba cajas de chocolates (Nellie era una viciosa de los chocolates, asidua a la chocolatería Lady Baltimore, no obstante su estilizada y musculosa figura).

En la ciudad de México esperaba a Nellie un encuentro decisivo con el escritor Martín Luis Guzmán (1887-1976), director entonces del diario El Mundo y autor de dos clásicos de la literatura mexicana, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. Mucho se ha especulado sobre la naturaleza de aquella relación, quizá porque a muchos les habría encantado que los dos escritores emblemáticos de la Revolución mexicana se hubieran entendido en el amor, pero lo cierto es que Guzmán era un hombre casado y con hijos, y si bien es un hecho que influyeron mutuamente en sus respectivas obras, al grado de afirmar que el uno no hubiera escrito lo que escribió sin el otro, nunca nadie los vio tomados de la mano ni dejaron de hablarse de usted. Ambos compartían una devoción por Pancho Villa, al que reivindicarían en sus respectivas obras. En 1931 aparecería la primera edición de Cartucho, relatos de la lucha en el Norte de México, cuyo título alude al apodo de uno de los personajes, un joven soldado (los niños y adolescentes, según se plantea en estos relatos que son más bien estampas revolucionarias, formaron parte activa del movimiento revolucionario, y no resultaba raro que un menor fuera pasado por las armas sin miramientos). Sin embargo, la edición definitiva, en la que se dice intervino el propio Martín Luis, no apareció sino hasta 1940, junto con Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa y Ritmos indígenas de México, este último en co-autoría con su hermana Gloria. Respecto a Cartucho, señala Jorge Aguilar Mora, en el prólogo a la edición de editorial Era: “Cien años de soledad no hubiera sido posible sin Pedro Páramo y Pedro Páramo no hubiera sido posible sin Cartucho de Nellie Campobello. Ésta anticipa lúcidamente muchos rasgos que definirían el estilo de Rulfo: ese trato constante de las palabras con el silencio; ese parentesco en acción del silencio con la sobriedad irónica, tierna, de frases elípticas, breves, brevísimas, a veces casi imposiblemente breves” (Cartucho, Era, 2000, p. 10). Sin embargo, mientras que a Martín Luis Guzmán se le reconoce su carácter de autor de la revolución, a Nellie Campobello empezó a estudiársele muy recientemente.

En 1937 publicaría Nellie una especie de continuación de Cartucho en el que se alude de forma mucho más directa a los miembros de la familia que apoyó a los villlistas, protagonistas de Cartucho, aportando textos mucho más redondeados y apegados al concepto tradicional de cuento, lo que evidencia que su autora continuó puliendo su de por sí prístina prosa: Las manos de Mamá, cuya protagonista llamada simplemente Ella, se destaca por ser a un tiempo la madre abnegada y una madre absolutamente sui generis para la época, que se permite defender a sus críos como leona y abrirle la puerta a la visita nocturna del amor; la madre que hace milagros con un par de tortillas tiesas y que con jirones que transforma en ropa para cubrir del frío a sus hijos: “¡Pobrecita máquina que nos regalaba bastillas mientras el cañón nos regalaba muertos, muchos muertos!” (Las manos de Mamá, 1937). Una de las heroínas más genuinas y enternecedoras de la literatura mexicana. Al mismo tiempo que Nellie presentaba Las manos de Mamá (1937), que considero su más hermoso libro, se le designaba directora de la Escuela Nacional de Danza (END) del Instituto Nacional de Bellas Artes, al frente de la cual desempeñará un papel memorable, desde 1937 hasta 1984. Prácticamente envejecería en su cargo y llegaría al extremo de enfrentarse a las brigadas de choque del gobierno de José López Portillo, pistola en mano, como hiciera Rafaela, cuando en 1977 comenzó la batalla por despojar a la Escuela Nacional de Danza, de manera arbitraria, del predio que se le había otorgado por decreto presidencial, para cederlo a la embajada de Cuba. Finalmente ganó esta última y se instala en el antiguo Club Hípico, sede de la Escuela Nacional de Danza, la sede diplomática cubana. Mientras que la Escuela Nacional de Danza se traslada a un predio que tiene una casa habitación (que ocuparía Nellie) en la avenida Manuel Ávila Camacho, con la supuesta seguridad de un decreto presidencial.
Pero sus enemigos no desisten, y se le destituye de su cargo de directora, después de cuarenta años de trabajo al frente de la END. Nellie vuelve a dar la batalla. La protesta unánime de la comunidad artística y cultural ante tamaña arbitrariedad, y el hecho de que una muy resuelta Nellie amenace con prenderse fuego en pleno Zócalo si no se le reinstala, obran el milagro de cancelar los oscuros planes de la oficialidad. Esta lucha sin cuartel, esta suerte de revolución doméstica, sin embargo, dejará a la indómita Nellie física, moral y mentalmente exhausta.
Porque el cuento de hadas tiene un final grotesco, casi insoportable, tanto que dan ganas de no contarlo, pero el hecho es que la maestra Campobello confió ingenuamente en Cristina Belmont, ex alumna y docente de la Escuela Nacional, y el esposo de ésta, Claudio Niño Cienfuentes. Nellie vivía sola en la casona de Ezequiel Montes 128, en la colonia Tabacalera. La pareja terminó posesionada de la casa de la escritora y bailarina, y Nellie no tardaría en ser recluida dentro de su propio hogar.
Irene Matthews, una de las biógrafas de Nellie, la conoció en 1980, antes del secuestro perpetrado por sus verdugos, y describe a una Nellie guapa, cortés, elegante, que la recibió con alegría, le habló de su infancia, bailaron, salieron a cenar, la volvió a visitar al día siguiente y Nellie le mostró su casa, sus fotografías y le presentó a cada uno de sus gatos. Cuando Matthews regresó con el propósito de entrevistarla, en 1984, la situación era otra: “Fue difícil hablar íntimamente porque siempre estaba presente Claudio, interrumpiéndonos o insistiendo en distraerte de modo inoportuno” (Nellie Campobello, La centaura del Norte, pp. 18-19).
Es entonces que entra a cuadro la bruja del cuento: María Cristina Belmont, quien en forma inexplicable se fue apoderando de la voluntad, de la existencia misma de Nellie, volviéndose, junto con su esposo, Claudio Niño Cienfuentes, conocido también como Claudio Fuentes Figueroa (sólo los artistas y los criminales tienen más de un nombre) y sus dos hijos, Claudio y Cristina, a quienes Matthews describe, me temo que sin exagerar, como ogros dignos de Perrault (feroces, feos, malvados), en los carceleros y verdugos de la artista.
Los Cienfuentes Belmont empezaron a rondar a la solitaria (y bienhechora) Nellie en 1975, pretextando encontrarse en la más dramática miseria. La escritora, sin hijos ni parientes que velaran por ella -Gloria había muerto en 1968, con la salud minada por los excesos-, prácticamente se hizo cargo de los cuatro miembros de esta estirpe criminal, quienes en 1982 habrían de mudarse como si tal cosa a la mansión de la colonia Tabacalera. Nellie era famosa por su altruismo, particularmente si había niños de por medio. Al poco tiempo, no sólo despidieron con lujo de fuerza a Carmelita Huerta, ama de llaves de Nellie, sino que se enseñorearon de la casa y se autoungieron representantes financieros de una Nellie secuestrada en su propio domicilio.
El 18 de febrero de 1983, Nellie se presenta por última vez en la Escuela Nacional de Danza. La maestra Campobello desapareció misteriosamente de la escena y de la vida social y no faltan allegados que acusen de plagio a sus autoungidos cuidadores y representantes financieros. Ante la inexplicable ausencia de la querida maestra Nellie de la escuela a su cargo, se interpusieran denuncias contra sus plagiarios pero estos contrarrestan las acusaciones cuando en febrero de 1985, último día en que se vio con vida a Nellie Campobello, se presentan a comparecer junto con ella en el juzgado. Nellie, en silla de ruedas, a decir de testigos, parecía narcotizada o alcoholizada. Sencillamente no era ella, no la vivaz Nellie, la de los sonrientes ojos color avellana. Bastó sin embargo su sola presencia para que la siniestra pareja fuera liberada de sospecha. No se volvería a saber de Nellie Campobello hasta que años más tarde se hallaron unos despojos mortuorios que, según investigación forense de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, se estipuló, en 1998, pertenecían a Francisca Moya Luna, Nellie Campobello, muerta el 9 de julio de 1986 por inanición.
Los asesinos, huelga decir, permanecen en libertad, se murmura, gracias a sus nexos amistosos con un ex presidente de México, disfrutando de la fortuna de Nellie valuada en varios millones de dólares, la cual incluye casas, joyas, documentos inéditos de Pancho Villa y obras de José Clemente Orozco. Terrible final para una de las artistas más memorables del siglo XX, todavía no justamente reconocida. Nellie Campobello clama justicia, no sólo como ser humano, también como la magnífica escritora que fue y a la que recordaremos como la niña que desde su ventana agitaba su manita a los hombres de Pancho Villa, llena de ternura por sus amigos tan flacos, los muertos.
El caso de Nellie Campobello no es único, en cuanto a que la obra literaria de autoría femenina, aquí y en China, suele ser tardíamente reconocida y, reconocida y todo, no resulta extraño que los críticos se empeñen en minimizar su importancia. Para bien o para mal, fueron los hechos de nota roja que empañan el alegre recuerdo de Nellie lo que produjo una resurrección de su nombre, y, por ende, la curiosidad de las nuevas generaciones de críticos respecto a su peculiar obra. “La fuerza del estilo de Nellie Campobello, señala Blanca Rodríguez, superaba con creces el de las pocas escritoras que publicaban por los años 20”.

Aún hoy la obra de Nellie exhibe una originalidad extraña, residente no propiamente en su candor, sino más bien en la malicia que resuma ese candor y sólo puede ser propia de una niña; en esto y en la visión que nos brinda de los hechos revolucionarios, nunca antes planteados desde una perspectiva intimista, doméstica, femenina. Estoy convencida de que un corpus de la literatura mexicana queda irremediablemente coja sin las maravillosas estampas de Nellie Campobello, y que, a la luz de los hechos y de las omisiones imperdonables, habría que establecer para su revisión un enfoque de género que rehabilite el nombre de esta formidable escritora mexicana: Nellie Campobello.

2 comentarios:

litaperezcaceres.blogspot.com dijo...

Querida Eve: soy una asidua lectora de La trenza y me encantó esta nota sobre Nellie Campbell. Realmente indigna que se proceda de esa manera, criminal, contra una mujer que ha valido su peso en oro, por su sensibilidad y por su manera de escribir. Eso lo percibo a través de los datos de tu nota acerca de ella, porque, a este mi país, no han llegado sus obras. ¿De qeu editorial es Las manos de mamá? Un abrazo, te admiro. Lita.

Julio Romano dijo...

Mtra. Eve Gil
Buen día. Mi nombre es Julio Romano Obregóny estudio la maestría en Literatura Mexicana enla Universidad Veracruzana, en Xalapa. Mi tesis de grado versa sobre la novela "Transpeninsular" de F. Campbell (el desierto y F. Jordán en esa novela, más en concreto), y sé que usted ha escrito algo sobre él. Lamentablemente, no he podido encontrarlo, aunque lo he encontrado citado.
Ojalá pudiera usted indicarme en dónde puedo encontrar al menos algo de lo que usted ha escrito sobre Campbell.
Sin más, le deseo un buen día y quedo de usted.
baideuei.jro@hotmail.com