Lenguaje secreto



“Desde pequeña se supo capaz de regir algunos de sus sueños, de comprender súbitamente, en medio de la peor pesadilla, que ella, y sólo ella, era la dueña absoluta de aquella mágica sucesión de imágenes y que podía, con sólo proponérselo, eliminar a determinados personajes, invocar a otros o acelerar el ritmo de lo que ocurría. No siempre lo lograba –para ello era necesario adquirir la conciencia de la propiedad sobre el sueño- y, además, no lo consideraba especialmente divertido. Prefería dejarse embarcar por extrañas historias, como si sucedieran de verdad y ella fuera simplemente la protagonista, pero no la dueña, de aquellas imprevisibles aventuras.”

“El ángulo del horror”, Todos los cuentos, Tusquets, Barcelona, 2009, p. 217)

¿Cómo es que de pronto los juegos de infancia dejan al descubierto el horrible secreto? Una estrofa, un cambio de palabras, pronunciarlas al revés. Un lenguaje que se olvida en la edad adulta, y si regresa es porque tenemos cuentas pendientes con el niño o niña que fuimos. ¿Y por qué pareciera que no existen palabras para describir ese horror mudo de la infancia? Los niños, los ignorados, a quienes todo se les oculta y sin embargo ven más allá que cualquier adulto. Un hermano muy añorado por su hermana regresa de estudiar en el extranjero y nadie dudaría que se trata de él, el mismo que se fue… excepto la hermana que detecta un cambio tan sutil como aterrador. De nuevo asistimos a una asombrosa habilidad para describir con un lenguaje casi cifrado. En el caso específico de Cristina Fernández Cubas, de las escasas autoras en lengua castellana que se especializan en el género gótico y, más raro aún, en el relato, parece haber asimilado sin problema lo peor de la condición humana, no necesariamente adulta, parapetada muchas veces tras la inocencia. Pero también en la ignorancia, para nada exclusiva de los niños. La tabula rasa es la superficie idónea para que el diablo deje su huella indeleble.

Nacida en Arenys del Mar, Barcelona, en mayo de 1945, estudió, como las heroínas de sus relatos en un macabro internado barcelonés que debe haber tatuado su espíritu en el que se advierte un temperamento trágico fusionado con un sentido del humor que llega, por momentos, a ser desternillante. Estudió Derecho y Periodismo, ejerciendo este último durante varios años. Ha sido reiteradamente comparada con los grandes maestros del horror, incluso de la novela negra y fantástica, como Poe, Lovecraft, Conan Doyle, Chesterton… incluso Kafka. Y si bien Cristina debe haber abrevado con fluidez de cada uno, ha logrado un estilo absolutamente personal en el que horror, poesía y pétalos de rosa conviven sin invadir sus respectivos terrenos. Tal es el prestigio de esta narradora, autora asimismo de dos novelas no tan geniales como sus relatos –El año de gracia y El columpio- y una obra dramática –Hermanas de sangre-que algunos han manifestado extrañeza ante el hecho de que no haya obtenido… ¡el Nóbel de Literatura!, mínimo, el Príncipe de Asturias, donde los nombres femeninos casi brillan por su ausencia. Casada con el también escritor Carlos Trías Sagnier, hermano a su vez del filósofo Eugenio Trías y del abogado y político Jorge Trías Sagnier; Cristina alcanzó cierto prestigio dentro del periodismo. Por cuestiones de su trabajo vivió dos años en Sudamérica y todo un invierno en El Cairo, donde, al tiempo que aprendía árabe, se inspiraría en Egipto para escribir una primera colección de relatos que no por poéticos dejan de ser inquietantes: Con Agatha en Estambul, aunque su debut en el género negro lo hizo con un relato titulado “Algunas muertes de Eva Andrade”, publicado en la revista Gimlet. No imaginó por entonces que terminaría traducida a nueve idiomas, entre ellos el mandarín. A la fecha ha publicado un total de y la reciente compilación de sus mejores relatos simplemente titulada Todos los cuentos, se ha hecho acreedora al Premio Salambó.

El primero de sus libros en ser publicados, sin embargo, es Mi hermana Elba (1980), cuyo relato que da título al libro es uno de los mejor logrados de su cuentística, impecable de suyo. Ya desde entonces deslumbró a los más exigentes con una narrativa que fluye serena, sin predisponer al lector, lo cual, en teoría, no correspondería a las características del género que la ocupa. En Mi hermana Elba recorre meandros insospechados, entre bruscos cambios de coloratura y escenarios y vuelcos inesperados de la trama. Pareciera que la flacucha Fátima, quien sin ser la protagonista acapara nuestro interés, como se ha apoderado de la voluntad de la niña narradora, quien se introduce como espectro en los rincones prohibitivos de la escuela-convento, como pudieran serlo los dormitorios de las monjas, llevando de la mano a una narradora que tiembla de pies a cabeza, adquiere –y hace adquirir a su acompañante- el don de la invisibilidad que les permite salir ilesas de lo que sin duda sería un terrible castigo, de ser descubiertas. A mitad del relato, sin embargo, quien cobra notoriedad es la pequeña Elba, quien sufre una especie de autismo y desde las primeras líneas parece anunciar un triste desenlace. Ocurre, pues, la tragedia que deja pasmado al lector, y tras lo que pareciera ser el hecho más significativo en la vida de la hermana mayor, ocurre lo que había esperado desde niña: el chico que ama en secreto la besa en la mejilla durante el velatorio de la pequeña Elba. La frase infantil y escrita en mayúsculas con que cierra el relato, corta de tajo la atmósfera de predestinación y tragedia que habían predominado hasta ese momento, y en ello, considero, consiste la belleza de este relato.

En “El legado del abuelo” (El ángulo del horror, 1990), otro de esos relatos en el que los niños juegan un papel decisivo, el narrador empieza relatando el día en que fue absolutamente ignorado por los miembros de su extensa familia: cuando murió el abuelo. Él, reprimido por lo general, pudo haberse ido a jugar pelota o hacer diabluras sin que absolutamente nadie se percatara, pero sin tenerle especial amor a aquel abuelo obeso y demandante que pasaba el día exigiendo y dirigiendo los actos de los habitantes de la casa, opta por cumplir su deber de nieto y permanecer frente al féretro del anciano al que, por alguna extraña razón, no considera muerto. A través de estos ojos inocentes e imaginativos, descubrimos la conspiración por la herencia de unos hijos y nietos que parecen más muertos que el propio difunto, y es que en aquella casa siempre se ha realizado una especie de culto a la muerte, como si en el fondo todos sus habitantes se preparan para “el gran día”, más que si se tratara de una boda o graduación: “(…) Su madre, la abuela, falleció en un hospital tras una intervención quirúrgica que se delicado corazón no pudo resistir. Y mucho después, cuando le llegó el turno a su pobre marido, era ella la que precisamente se encontraba en la clínica dando a luz a su único hijo. Y entonces se volvía hacia mí, como si durante todo aquel rato se hubiera olvidado de mi existencia y la recordara de súbito: “¿No has localizado a nadie todavía? Insiste, hijo, insiste (…) Y enseguida, devolviéndome a la invisibilidad de la que me había sustraído, volvía a preguntarse por sudarios, vestidos y mortajas.” (p. 195)


Este dulce humor negro se observará en sus relatos más lúcidos como “El provocador de imágenes” (incluido también en Mi hermana Elba) o “La noche de Jezabel” (Los altillos de Brumal, 1998), donde juega despiadadamente con el lugar común de los relatos de terror desmenuzados durante tertulias nocturnas, ante el fuego del hogar, por el simple placer de estremecerse de miedo. ¿En qué derivará la inocua obsesión de un viejo por repetir una y otra vez la misma leyenda, adornándola cada vez más? ¿Cómo es que la chica que da nombre al relato hace pasar como vivencia personal un relato de Edgar Allan Poe-“El retrato oval”, sin que nadie, excepto la narradora, caiga en cuenta de ello? El lugar común se torna, entonces, francamente lúdico: “(…) Si la aparición en cuestión es masculina, vendrá vestida de negro, un traje de buen corte aunque un tanto pasado de moda. Si la aparición es mujer, tenemos muchas probabilidades de encontrarnos frente a un traje vaporoso, un tejido liviano de color blanco, que se agite con el viento…” (Todos los cuentos, p. 157)

No es que lo sobrenatural esté ausente o insinuado apenas, sino que los personajes, o no lo perciben o están tan inmersos en dicha atmósfera que no la resienten, es decir, lo viven como parte de su cotidianidad. La consecuencia de esto, concluirá el lector, no puede ser otra que ausencia: ausencia de Dios, de miedo o, en su defecto, un miedo enfocado hacia aspectos concretos y carnales. Sí y no. Y en ello radica otro rasgo distintivo de la narrativa de Cristina Fernández Cubas. “Hablaba en serio”, se queja el disertador sobre los tipos de espíritus que existen en “La noche de Jezabel”, y esa parece ser la voz de la autora que, a diferencia del indignado Mortimer, está esbozando una sonrisa irónica.
Conforme Cristina ha progresado en su escritura –aunque desde su primer libro exhibió un talento casi sin parangón- ha afinado el elemento más destacable de su estilo, hasta convertirlo volverlo arma blanca: la sutileza. De tal suerte que sus más recientes libros, como sería el caso de Los parientes pobres del diablo, donde el elemento onírico resalta como en ningún otro, reproducen atmósferas aterradoras precisamente por su dulce quietud que no deja de evocar a la muerte. Y es que “el diablo” de Cristina, a veces hecho de nylon, no pierde sus actitudes de encanto, prudencia y suavidad que lo vuelven más benigno de cualquier ángel. Por momentos esa sutileza hace pensar en Poe, pero como bien señala Antonio Masoliver Ródenas, no se advierte en su escritura nostalgia del pasado y en cambio sí una huida radical de los tópicos, aunque ella jamás ha negado ser irredenta admiradora de Poe desde niña. El autor inglés ubica sus narraciones en ámbitos donde lo anómalo transpira en los espejos, en el sonido de una respiración irregular, mientras que Cristina nunca abandona la cotidianidad, donde se dan las revelaciones más escabrosas. No son los recintos los que influyen en los personajes. Pudiera decirse que es justo al revés: los personajes impregnan de su esencia cuanto tocan. La dinámica parte de alguna idea que se instala casualmente y va agigantándose hasta trascender la obsesión misma, y entonces los pensamientos de los personajes incitan a mirar el entorno con ojos distintos, a tratar de descubrir el demonio agazapado bajo el sillón, como en el intrigante relato “Helicón” (El ángulo del horror), en el que la fobia de Ángela por todo aquello que sea doble produce en el narrador protagonista la idea algo perversa de idearse un hermano gemelo. Aquí el terror se genera en la mente de los personajes… en el hecho de que Ángela sea matemática y no haga sino narrar historias en que aparecen dobles, no necesariamente humanos, con lo que termina por sugestionar a todos a su alrededor. Los espejos pierden de repente su atributo utilitario para incorporarse a una pesadilla íntima que envuelve a todos los conocidos de Ángela. Pudiera, pues, decirse que si bien la autora no cree en el mundo sobrenatural, reconoce que nuestra mente puede generar torturas sin cuento sobre nuestros cuerpos y engendrar monstruos para los que no alcanza la imaginación pero sí el inconsciente. En el mundo de Cristina Fernández Cubas, un huevo de yema doble y una mermelada de zarzamora bastan para desencadenar un horror fascinante.


Pero a medida que este conflicto llega a confundir –que nunca a aburrir-, refulgen alusiones a lo incierto de las relaciones humanas, en particular las que se dan entre hombres y mujeres –aunque muchas veces la parte negativa recaiga en extrañas conductas femeninas, más frecuentes que las masculinas-, lo que no impide que Cristina sea considerada una escritora feminista, cosa que no niega: “Me explicaré. Cuando un hombre entrega las llaves de su piso a una mujer –la réplica de las llaves de su piso, para ser exactos –lo hace con la intención manifiesta de probar ciertos extremos. Amistad, generosidad, confianza… Pero también, íntimamente convencido de que esa mujer, como contrapartida a nuestra amistad, generosidad y confianza, llamará a la puerta, avisará a través del interfono, o se tomará el trabajo, por puro formulismo, de utilizar la cabina de la esquina para anunciar su llegada. Nunca alguien como Violeta Imbert. Jamás una mujer como Violeta Imbert (…) A Violeta le arrebataba irrumpir en las casas a las horas más peregrinas (violando) la parcela absolutamente necesaria para que uno disfrute, por unos momentos, de la insustituible compañía de sí mismo.” (“Helicón”, pps 176-177)

En un país, España, donde el género cuentístico es frecuentemente subestimado por las grandes editoriales, Cristina Fernández Cubas se erige reina indiscutible. “Algo misterioso ha de tener el género que para que se haya dado lugar a tantas y tantas páginas sobre sí mismo”, escribe la propia autora. Pero lo más loable es la desenvoltura con que se mueve en territorios impregnados de secretos vergonzosos, sin llegar a ser realmente asfixiantes, como si en el fondo simpatizara con la vergüenza: sus personajes siempre encuentran una escapatoria, aunque sea a través de los sueños. Presiento que ni la propia Cristina sabe hasta dónde llegaran sus creaturas, aspecto particularmente notable en la nouvelle Los altillos de Brumal, en el que una heroína desdibujada, sin profesión ni personalidad definida que puede ser cualquier mujer, de cualesquier edad, emprende una metafórica búsqueda de sí misma al fondo de ella, de donde extrae una infancia ensombrecida por los odios y prejuicios de su madre. Las cosas van sucediendo, deteniéndose ocasionalmente en aspectos banales en apariencia que, como una bola de nieve, adquieren una grandeza cada vez más aplastante. Y es que a veces, pareciera decirnos la autora, el simple hecho de abrir un libro, aunque sea de recetas de cocina, puede desatar los demonios de la Caja de Pandora: “(…) Leí “Brumal”. Y al instante me sentí muy pequeña y también muy alta, inmensamente feliz y desesperadamente desgraciada, mientras la habitación se poblaba de niñas vociferantes y burlonas, enfundadas en delantales de rayadillo, adornados con lazos de colores, dispuestas a reír hasta la saciedad ante aquel hombre que, por desconocido, les provocaba en su ignorancia, tantas carcajadas y tanto desprecio.” (p. 127, Todos los cuentos, Tusquets, México, 2009).

Cuentos infinitos
Por: Cristina Fernández Cubas
Hay casi tantos cuentistas como maneras de afrontar un cuento. Un buen relato queda en el lector hasta mucho después de terminar su lectura. El bicentenario de Edgar Allan Poe, pionero del cuento moderno, coincide con "un momento maravilloso".
Hace unos días, desayunando en el café de costumbre, me hice con el único periódico libre que quedaba en la barra. Eran ya casi las once y me sorprendió encontrarlo en buen estado. Empecé por el final, una entrevista. O, mejor, por una de las respuestas que un lector anónimo se había molestado en destacar envolviéndola en un trazo verde que recordaba a una nube. Hay gente que tiene la manía de garabatear en periódicos ajenos, y otra, entre la que me cuento, que no puede resistirse a mirar sus dibujos, subrayados o signos. El entrevistado era John Michael Bishop, rector de la Universidad de California, premio Nobel y autor de notables descubrimientos en el campo de la investigación médica. Me llamó la atención que, hablando de sus hallazgos, insistiera en la importancia de "seguir la nariz", algo que, en principio, no me pareció demasiado científico. Continué leyendo. "La nariz", en efecto, era una forma de nombrar la intuición, pero -como aclaraba enseguida- una intuición "que se alimenta de conocimientos racionales: de tantas cosas que no sabes que sabes. Y de repente... ¡conexión! ¡Los conectas! Te puede pasar en la ducha, en la carretera, o en el laboratorio, o en sueños...". El lector anónimo había subrayado en sueños. Miré alrededor. Dos oficinistas, el peluquero del barrio y un grupo de estudiantes extranjeros. Cualquiera de ellos, además de un bolígrafo verde, podía haber tenido un sueño revelador aquella noche. Y volví a la nube. A la respuesta de J. M. Bishop, la frase que, entonces me di cuenta, iba mucho más allá del campo de la investigación científica. Pensé en el cuento. Y pensé también que aquella frase me había gustado, mucho antes de saber que me había gustado.
Muy a menudo el proceso de escritura se asemeja a un largo pasillo en el que nos adentramos con cierta tranquilidad y paso firme. En el largo pasillo, se abren puertas, se adivinan ventanas, se dibujan altillos, o se presienten sótanos o pozos profundos.
En el territorio del cuento suelen concurrir un montón de factores a menudo absurdos; por lo menos, contradictorios. El cuento no goza de la misma aceptación en todos los países, cosa sabida, ni tampoco del mismo respeto. A veces, incluso, en casos extremos, cuentistas y lectores -el lector juega un papel importante en lo que estamos hablando- tienen la sensación de pertenecer a una secta, una singular hermandad de iniciados protegida por infatigables estudiosos que desenvainan la espada a la menor ocasión en defensa del género. Aunque ¿quién lo ataca? Nadie, que yo sepa. Por lo menos abiertamente. Se trata, a lo sumo, de un silencio, de un "pasar por alto", de situar el género-cuento en un lugar más que discreto de unas hipotéticas estanterías. Y sin embargo ¡cuántas veces se rompe este silencio! A los novelistas se les pregunta por sus novelas. A los cuentistas por el cuento. Algo misterioso debe de tener el género para que haya dado lugar a tantas y tantas páginas sobre sí mismo. Y en los intentos de aproximación, en las numerosas "poéticas" -que, otra curiosidad, además de a los poetas, únicamente se nos pide a los cuentistas- encontramos una serie de premisas en la que casi todos los autores estamos de acuerdo. Hablamos así de esfericidad, del valor de la mirada, de la importancia de "lo que no se dice", de concisión, de intensidad, de economía, de equilibrio, o de que, posiblemente y a la postre, un buen relato es el que va más allá de la palabra "Fin" y persigue al lector hasta mucho después de haberlo concluido. Pero ahí empieza y acaba la concordia. Porque hay más. Y en esas tentativas de aproximación -palabra que prefiero a "definición", por lo que esta última pueda tener de carcelaria- siempre asoma algo que, de repente, nos aleja. No sabemos lo que es. ¿Y para qué saberlo? Tal vez en eso estribe la esencia secreta de un buen cuento. Un soplo, una presencia ausente que felizmente se resiste a ser encasillada. Algo muy semejante a una chispa, un fogonazo, la "conexión" de la que hablaba Bishop, y que puede ocurrir en cualquier momento. "En la ducha, en la carretera, o en el laboratorio, o en sueños...".
Es posible que tampoco en este punto estemos todos completamente de acuerdo. Existen casi tantos cuentistas como maneras de afrontar un cuento, e, incluso, si un autor nos abre su trastienda, nos percataremos enseguida de que cada relato ha obedecido a un impulso diferente. Sería absurdo pretender encorsetarlos. Hay cuentos que se escriben de un tirón, con una facilidad pasmosa, como si estuvieran dormitando en un lugar recóndito del cerebro y el autor, en funciones de amanuense de sí mismo, no tuviera más misión que arrancarlos de su letargo y transcribirlos. Otros, en cambio, actúan como auténticos secuestradores. Surgen de pronto, se instalan en nuestra cabeza, en el papel, en nuestra vida, malogrando el menor intento de deserción, conminándonos a entregarnos en cuerpo y alma, y dejándonos prácticamente sin aliento. Sólo al final, al término del cautiverio, volvemos a ser lo que fuimos y respiramos liberados. Cortázar, que conocía de sobra estos arrebatos, los llamó "cuentos contra el reloj", apreciación únicamente aplicable al género, porque parece más que improbable que, en ese especial estado de posesión, se pueda empezar y acabar una novela sin que el autor perezca en el intento. Pero no siempre la creación resulta tan rápida o compulsiva. Muy a menudo -y apelo ahora sobre todo a mi experiencia- el proceso de escritura se asemeja a un largo pasillo en el que nos adentramos con cierta tranquilidad y paso firme. Tenemos un objetivo en la mente y un itinerario en la mano. Creemos -de ahí nuestra aparente decisión- saber adónde vamos. Pero no está tan claro que así sea. Porque aunque, como dijo Borges, resulta "un gran alivio conocer el final", eso no implica que, forzosamente, lleguemos a donde nos habíamos propuesto. En el largo pasillo, a derecha e izquierda, en el techo o bajo nuestras pisadas, se abren puertas, se adivinan ventanas, se dibujan altillos, o se presienten sótanos o pozos profundos. Y el autor, muy dueño de seguir implacable el trayecto previsto, puede, al contrario, ceder a la tentación de curiosear, traspasar puertas, asomarse a ventanas, o preguntarse qué es lo que se oculta bajo sus pies o se esconde en el interior de los altillos. Corre el riesgo de perder el rumbo, cierto. O de perderse, en todos los sentidos. Aunque también es posible que, después de sus pequeñas incursiones, vuelva al plan originario y termine arribando a puerto enriquecido. O quizás el puerto -el "alivio" de Borges- no sea, como creíamos, el destino final, sino tan sólo una escala que deje entrever otro puerto. O una sucesión de puertos. Cuando esto ocurre -así, de pronto, sin previo aviso- el autor se siente como un mago que acaba de sacar un animal vivo de la chistera. Una paloma o un conejo que no recordaba haber escondido en el forro de la levita o en sus enormes bolsillos de doble fondo. Y se asombra, claro está. No podría ser de otra manera.
Pero no estoy hablando de magia ni de milagros, sino de algo tan simple como la chispa, el fogonazo; la súbita conexión con esas "cosas que no sabemos que sabemos". Y, sin embargo, allí están. Como en los bolsillos del prestidigitador olvidadizo, o como en la vieja e inhóspita posada española, minuciosamente descrita por Richard Ford, entre otros viajeros de talento, y rescatada por Jünger en las últimas líneas de su Visita a Godenholm. Nuestra posada es un cruce de caminos, un intercambio de historias y vivencias. Pero también un lugar de desabastecidas alacenas en el que los huéspedes, en definitiva, no encuentran "más que lo que traen consigo en su equipaje". Palabras que en su día me impresionaron, y que, si alguien husmeara en mis estanterías, descubriría todavía hoy subrayadas en rojo. En un tímido, respetuoso y cada vez más desvaído trazo de lápiz rojo.
Tomado de El País