Apoteosis

¿No querías ser una escritora intimista y profunda? Pues lo intimista y profundo es así; llega al desgarro y a la destrucción…
AB

Ángela Becerra es una aparición. Una madonna prófuga de la inmovilidad a que la condenaba el marco. Ángel en rebeldía. Ser atemporal que puede darse el lujo de no portar gota de maquillaje y resplandecer con imperturbable belleza. Luce, asimismo, como alguien sin historia que sin embargo es capaz de inventarse una y mil y mudar de vida como de zapatos.
Nacida el 17 de julio de 1957, en Cali, Colombia, Ángela publica su primer libro, en el género poético, a los 44 años: Alma abierta (2001). Fungía entonces como vicepresidenta de una de las más prestigiadas agencias de publicidad de España, país donde reside desde 1988. De buenas a primeras, canjeó fama y fortuna por un amor errática y hasta entonces clandestino: la literatura. Fue como publicista, sin embargo, que empezó a desarrollar eso que algunos insisten en desdeñar pero existe y se llama “inspiración”. “Mezclo tu alma/ entre mis gestos/ y ya no sé si son míos,/ ni mirar/ en los objetos…/ Tu latir/ en mis secretos….”
Resulta difícil ubicarla en un campo tan competitivo y sin compasión como el de la publicidad… a simple vista. Porque Ángela, como sus fabulosas heroínas, es engañosa. El carácter pulsa en las tensas venas de su cuello y le traspasa el verde de sus ojos que pasan de lago sereno a volcán cuando alguien insinúa que escribe “novelas de amor”: “Los sentimientos no son exclusivos de las mujeres. Todos estamos aquí porque hemos sentido. Da la sensación de que si una habla de emociones es sentimientos, es consecuencia de ser mujer, pero muchos de mis escritores favoritos que son hombres hablan ampliamente de los sentimientos, como José Luis Sampedro, JM Coetzee, Sandro Marai, etcétera. Seguimos, desgraciadamente, arrastrando los estereotipos y en la medida en que las mujeres no hagan ver que las emociones son propias del género humano, las seguiremos arrastrando.”Hay en ella algo nostálgico, casi hiriente. Algo que impone respeto pero, al mismo tiempo, invita a la especulación. Rehúye las etiquetas y sin embargo resulta inevitable, dada la manía de “garciamarquezar” a todo autor colombiano, aunque sea a la fuerza. Fue a partir de la segunda novela de Ángela, El penúltimo sueño, ganadora del Premio Azorín 2005, que le colgaron una que no alcanzo a descifrar: idealismo mágico. Pero en la literatura de Ángela Becerra no hay Macondo, sino una Colombia en perspectiva, como contemplada desde la mirilla de un avión, a un tiempo lejana y perpetua que reproduce fiestas, helados y tundas de la infancia y amerita las más poéticas descripciones de una prosa que es, en esencia, poesía: “(…) la piel de este país acariciaba (…) Sobre una trenza de montañas azuladas se vislumbraba una extensa zona de retazos almohadillos, que desde arriba formaban una colcha vegetal indescriptible. Una apoteosis frugal de café, flores, palmeras, ríos serpenteantes, cascadas, lagos… verde, mucho verde estallando vital ante sus ojos (…)” (Lo que le falta al tiempo, Planeta, México, 2007, p. 207). La “Colombia buena”, dice ella.
No hay más magia que la cotidiana, esa que solo el ojo entrenado es capaz de advertir… pero allí está, ofreciéndose desnuda para quien se atreva a confrontarla. No hay beso apasionado que no sea más ancho que el océano, como en la vida real. Idealismo… a menos que la urgencia de salir de uno mismo sea idealista. Los personajes de Ángela exudan pasión erótica y creativa y a veces se nos revelan castos hasta la agonía. Se autoescriben. Se autorretratan. Pero también arrastran pesados abrigos de pesimismo y dolor, llevando debajo de él al niño o niña callados que fueron. Lo mágico, en todo caso, lo reemplazaría por milagroso, si se me permite la herejía, claro. Por otro lado, las novelas de Ángela Becerra tienen mucho –o todo- de thriller. Nadie lo ha insinuado siquiera, ni la propia Ángela, aunque sonría enigmática cuando sugiero que parece seguir la premisa borgeana de “toda buena novela es en el fondo una novela policiaca”.Las novelas de Ángela Becerra observan algunos puntos en común: heroínas hipersensibles, con el dolor a flor de piel, como las llagas de una santa…habilidosas en el aspecto psíquico, misteriosas, solitarias… despiertan violentos instintos de protección en hombres maduros que, por lo general, resultan malheridos en la contienda contra los fantasmas que apresan a tan delicadas criaturas. La amiga, casi hermana de una santa que no es de yeso, sino un dulce cadáver incorrupto oloroso a lavanda cuya hagiografía bergmaniana reposa al fondo de un cofrecillo… una restauradora de libros con una vida destrozada que intenta rescatar su libro de alma de un íntimo alluvione. Ámbitos ultrasofisticados, contrarios, en teoría, al misticismo que impregna los cabellos de estas mujeres y contrastan con estos como gotas de sangre sobre la nieve. Lejanas… remotísimas… como si estuvieran simultáneamente en muchos sitios y épocas, dispersas en trocitos que exhiben insospechadas facetas de sí mismas. Artistas casi siempre. La Mazarine de Lo que le falta al tiempo, anda y desanda las calles de París con pies descalzos, seguida de cerca por los viejos miembros de una secta que han extraviado algo que ella tiene en su poder… como la Ella de Ella, que todo lo tuvo, recorriendo una Florencia perennemente lluviosa, apoyada en singular bastón, buscando frenéticamente los cuerpos de su esposo e hija cuyo recuerdo está a punto de escapársele de las manos: “Su soledad era su marca, una dolencia grave y sin ningún tipo de cura que se le manifestó desde su nacimiento y fue creciendo hasta adueñarse de ella (…) La convertía en víctima y verdugo. Le daba y le quitaba. La sometía y sodomizaba, pero también la hacía dueña y señora del mundo etéreo y ficticio que le regalaba lo que nadie más le daba: un universo infinito.” (Ella, que todo lo tuvo, Planeta, México, 2009, p. 175).Más que caracteres, Ángela diseña soledades. Cada personaje es un islote, particularísimo microcosmos que conlleva su genealogía de abandonos. “Soledades que se rozan”, es como ella define el leit motiv de Ella, que todo lo tuvo (Premio Planeta-Casamérica, 2009) pero podría muy bien explicar sus novelas previas. En la novelística de Ángela Becerra no hay personajes secundarios, mucho menos incidentales. No desdeña al potero, a la doncella, al barman, cada uno situado en lugares estratégicos y dotados de identidad, cuando menos de alma (¡cuando menos!) Lo mejor es que cada soledad, enorme o pequeña, perenne o efímera, elegida o impuesta como nombre propio, caso de la protagonista de El penúltimo sueño, y cada una transcurre ante nuestros ojos como las líneas de un librito abierto dentro del Gran Libro. Indudable que estemos ante seres de carne y hueso, por singulares o abominables que nos resulten sus secretos: el secreto, tratándose de Ángela Becerra, es consecuencia o propiciador de la Soledad. En este y solo en este sentido admitiría una correspondencia entre ella y el Otoñal Patriarca de la literatura colombiana: “García Márquez es un referente… como los rusos… como Virginia Woolf…
La casualidad también es consuetudinaria en la obra de Ángela, un personaje más y representa algo muy concreto: como en la vida real, ningún encuentro es fortuito. Nada escapa a la razón, ésa para quien las explicaciones a veces no bastan o salen sobrando… y todo puesto en función de la apoteosis del nudo conductor que, tras el aluvión, puede alcanzar la calma.
El erotismo en esta narrativa es un paulatino y casi desesperante ascenso al éxtasis, dicho en todos los sentidos imaginables. Para nada casto: lo que demora hasta la locura puede ser más bien perverso. Festín de los sentidos, anticipación gozosa de un orgasmo lo bastante torrencial para devastarlo todo a su alrededor. Se le puede empezar a invocar a través de una pluma deslizándose por la espalda, o un puñado de nieve vertido entre los muslos. Más que suceder, florece. Consumación sacrílega del amor prohibido que se nos revela, ante todo, como milagro estético. La noción de “pecado” se nos presenta bellamente transfigurada, asociada más con ángeles que con demonios; ajena a silencios y a silicios, purificada por el arte: el sexo contemplado como un cuadro. Caricias que son pincelazos o versos. Un sentido artístico incluso superior a los celos, como en Lo que le falta al tiempo, en que dos mujeres enfrentadas por el amor de un amor trascienden su condición de rivales como vírgenes en comunión, la madura encontrándose en los ojos de la joven, vueltas una al extremo de la complicidad. El artista no sabe odiar, pareciera decir Ángela Becerra. Razón y sentimiento volcados en una percepción hermosa no solo del mundo sino de los instintos tenidos por “bajos”.Esta inclinación por volver objetivo lo que de suyo es subjetivo, pero sin negar la emotividad de personajes tan extraordinarios como Sara Miller, la fotógrafa de Lo que le falta al tiempo, nos habla de complejísimas arquitecturas novelísticas que no pueden sino provenir de una pluma inconforme. Ángela Becerra, casi etérea a simple vista, exhibe un temperamento narrativo muy próximo al del violento Cádiz, el pintor de Lo que le falta al tiempo, que de la virginal Mazarine… de la tortuosa Ella, que no puede evitar partirse en dos, la restauradora de libros y la enigmática Donna di Lácrima, imponente en su expresivísimo silencio, que de Lívido, el frágil librero que de tan tímido emana frío. La comunión de los opuestos, presente y pasado, dos caras de una misma moneda, amalgama letal.
Lo mejor de todo, sin embargo, es la generosidad con que Ángela comparte el origen de sus ideas con el lector, a manera de epílogo: la mención del cadáver incorrupto de santa Clara Mártir durante una cena con unos amigos, inspira la trágica anécdota de Sienna, doncella medieval perpetuada en Mazarine… la súbita y reiterada aparición de una dama abrigadísima en el Harry´s Bar de Florencia y quien junto con el abrigo parece cargar una tristeza asimismo abrumadora, hace a Ángela, cargada siempre con una libretita, “a la caza de historias”, inventarle un esposo y una hija desaparecidos, literalmente hablando: ¿a qué peor disyuntiva podría enfrentarse uno que de que lo mejor te ha ocurrido en la vida no haya sucedido jamás? Y en cambio, cuán nítidas son las infancias desdichadas, marcadas por el abuso y la desconfianza de una madre que no supo protegerte: “Qué frágil es el universo de la palabra, figuras de cristal que se astillan; qué difícil la gramática del alma (…) Sin embargo, tratando de ocultar, mostramos más. Quizá lo que no se dice es lo más sonoro. El silencio muchas veces es el gran sonido del miedo al dolor.”
La generosidad de la autora va todavía más allá al desbaratar su propia aura de misterio y revelarnos que Ángela Téllez, la diseñadora de las portadas de sus libros, es su hija mayor… que María, la menor, anhela convertir en películas las complejas novelas de mamá, y que desde hace unos diez años está felizmente casada con “Joaquín”.

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