Amar es todas las historias

He creído advertir en la reciente narrativa mexicana cierto pudor hacia la sexualidad, y más hacia el erotismo, los cuales se entre miran, apenas, tras fastuosos cortinajes verbales. Pudiera deberse a un inconfesable temor de autor a que “lo confundan” –no vaya a ser-, algo por demás corriente que no parece afectar gran cosa a los grandes narradores europeos.
Una de las razones por las que me ha cautivado la prosa de la también poeta Odette Alonso, es la soltura de su expresividad erótica, aún en escenas inocuas… como la descripción de un paisaje, o la forma en que un personaje apura un vaso de agua, si bien la voluptuosa fronda alcanza su máximo nivel al darse, por fin, el encuentro entre cuerpos. Lo que dichos pasajes reflejan es, ante todo, un delicadísimo entramado verbal que acaricia la desnudez simbólico del lector (a). Su forma de invocar ese mismo cuerpo –y evocar al sujeto de su deseo- es delicada, tierna, fina… aún tratándose de resquicios tenidos por escatológicos. Esto lo ha logrado Odette, según la escuché decir, sacudiéndose ese temor tan arraigado en la mayoría de las escritoras a que se les tilde de “cursis”:

(…) En la misma cama en la que dormíamos abrazadas, desafiando a sus padres y a sus hermanos, en la misma donde gemía bajo mi cuerpo y me pedía más y decía que hubiera querido tener un hijo mío. “Qué maneras tan curiosas de recordar tiene uno… qué maneras tan curiosas” y se nos unió la voz de Mónica, sentada entre las piernas de Renata (…)” (“Poema de Renata”, Con la boca abierta, Odisea Editorial, Madrid, 2006).

Odette Alonso Yodú nació en Santiago de Cuba, el 23 de enero de 1964, pero vive en México desde 1992. Su relación con los libros, rememora, empieza muy temprano, bajo la amorosa tutela de su abuela materna, una gran lectora que si bien nunca salió de Cuba, sentía haber recorrido medio mundo y vivido grandes aventuras, gracias a sus lecturas: “Le gustaban mucho Blasco Ibáñez y Pérez Galdós- recuerda Odette-. Además, en mi casa había un librero enorme y bellísimo que, aunque mayormente lleno de libros de medicina (mi abuelo paterno, al que ya no conocí, había sido médico), enamoraba a cualquiera.”
Tanto su padre como su madre, e incluso sus tíos, eran maestros, pero ninguno se inclinó abiertamente por la creación: “Leía desde la adolescencia; prefería las novelas de aventuras como Sandokan o El corsario negro, más que las “visionarias” de Verne. Después, leí mucha literatura policíaca, novela negra… Conan Doyle, Agatha Christie (a la que me gustaba adivinarle los asesinos a medida que iba dando pistas), Simenon, Dashiell Hammett, Raymond Chandler y los autores cubanos de este género.” Se declara, asimismo, afanosa lectora de Antonio Machado, García Lorca o José Martí; de los dramas de Shakespeare y Lope de Vega, los cuentos terroríficos de Allan Poe; de Borges, Cortázar, García Márquez, Benedetti, Roa Bastos y de Onetti, y de la literatura cubana contemporánea, particularmente la escrita por mujeres, “y, cada cierto tiempo, para “huir de la realidad”, thrilercitos a lo Pérez Reverte o Dan Brown”.
Odette llegó a México, más exactamente a Chetumal, Quintana Roo, a los veintiocho años, no con la intención de quedarse, sino simplemente a impartir una serie de conferencias y talleres literarios que se extendieron por Campeche y Yucatán. Luego de unos días, la joven cubana alimentó la obsesión de quedarse, “eran tiempos difíciles en Cuba, pleno periodo especial, no había ni qué comer, te vigilaban hasta la risa… Decidí quedarme acá.” La nostalgia por su isla, que es su infancia… que es su adolescencia, determina gran parte de su obra poética:

La Habana
al otro lado
es una mancha
una extensa muchacha de luces en la espalda
siempre llena de veredas y centauros.
(“Balcón al mar”, Cuando la lluvia cesa, Col. Torremozas, 174, Madrid, 2008, p. 12).

Actualmente, Odette Alonso es editora de la Dirección General de Publicaciones de la UNAM, “eso suena elegantísimo, pero no lo es. El ambiente es sumamente burocrático, tengo que cumplir estrictamente un horario aunque no haya nada qué hacer… Contrariamente a lo que se supondría, las conversaciones sobre temas literarios brillan por su ausencia.”
La escritura, sin embargo, es el oxígeno que purifica sus pulmones… y su alma: “tengo que hacerlo aunque no quiera porque si no, me asfixiaría. Ha habido momentos más difíciles, sobre todo en los encierros oficinescos, pero eso, aunque ha retrasado sustancialmente algunos proyectos, no ha podido impedir que siga escribiendo. Ahora mismo estoy sentada en medio de un pasillo por el que tiene que atravesar todo el que va hacia la oficina de mi jefe, prácticamente a la intemperie, con el garrafón del agua atrás de mí, la pantalla a la vista de todo el que pasa… Aquí no tengo la concentración necesaria para la literatura, pero escribo, por ejemplo, las crónicas del Parque del Ajedrez y de Sáficas, mis dos blogs”. Actualmente, Odette se encuentra en vías de concluir su segundo libro de relatos y tiene un par de novelas girando en su cabeza.
Odette se permite tocar asuntos delicadísimos con un desparpajo que, hay que decirlo, tiende a elevarse al nivel de su pulida prosa, producto, creo yo, de su naturaleza, pues si bien gran parte de su obra se ha escrito en México, la autora trae a su isla confundida con su sangre. Cosa no tan rara: gran parte de su producción literaria se ha publicado en España, los poemarios Cuando la lluvia cesa y El levísimo ruido de tus pasos (ellas Editorial, Barcelona, 2005), así como el irreverente libro de relatos, Con la boca abierta. Su primera novela, Espejo de tres cuerpos (Quimera, 2009), es su primer libro ciento por ciento mexicano. Las últimas tres editoriales donde ha publicado Odette, se especializan en temática lésbico-gay.La prosa de Odette, huelga decir, resulta excesiva para las grandes casas editoriales, donde las novelas sobre relaciones homosexuales continúan siendo territorio minado. En su novela, sin embargo, Odette va mucho más allá y avasalla radicalmente los tabúes. No solo aborda por perturbadora llaneza una historia de amor entre mujeres, sino que plantea las posibilidades de una condición “heteroflexible” y de que la maternidad no necesariamente es una bendición. Provoca un escabroso enfrentamiento entre una madre y una hija que no experimentan un mínimo respeto, la una hacia la otra.
Como en sus relatos, que si bien no alcanzan a prefigurar el audaz tratamiento de su novela, exhiben sin recato la hipocresía social que se golpea el pecho ante la posibilidad de que dos mujeres compartan algo más que consejos, esta transcurre en un ámbito del que los hombres están sutilmente excluidos, al menos como personajes “de peso”: apenas nombres, sombras, siluetas, diálogos sueltos. Padre Ausente. Amante Abandonador. Esposo Irresponsable. Pretendiente Indeseable. Los personajes femeninos se sostienen a través de tortuosos lazos de amistad y erotismo. Nada de medias tintas: o se odian o se aman. Aquí la medianía estaría representada por Malena, la prima de Ángeles, la protagonista. Todo lo demás son besos o rasguños. La narrativa de Odette, sin embargo, se aleja de la faceta político-social que caracteriza a la llamada literatura sáfica. Más que denunciar, la autora muestra la realidad –o una circunstancia de la misma- sin remilgos, apostándole al realismo pero sin sacrificar los elementos poéticos que de suyo se le desbordan.
Al arrancar Espejo de tres cuerpos, la más absoluta cotidianidad campea: Ángeles es una mujer como muchas: cuarentona, divorciada, entregada en cuerpo y alma a su plaza como profesora de tiempo completo en una universidad. Saberla divorciada, más aún, abandonada, sorprende apenas. Como tantas otras mexicanas, se hace cargo de la manutención de una hija adolescente, muy rebelde, Raquel, que se acerca peligrosamente a la edad en que otras chicas emprenden la huída del nido sin dar la mínima señal de querer dar ese paso algún día. El padre, por lo general ausente, solo reaparece para sermonear a su ex mujer y a su hija, que solo finge escuchar. Con todo, Ángeles es independiente porque aunque Raquel viva bajo su mismo techo, apenas se dirigen la palabra: Raquel está plenamente convencida, o al menos eso parece, de que la obligación moral de su madre es mantenerla y tolerarla, mientras que Ángeles, ilusamente, cree que su hija le guarda el elemental respeto. Se trata, pues, de una relación más de indiferencia que de rivalidad: la relación entre dos mujeres que apenas se conocen y que viven juntas y solas por un accidente del destino. Sus vidas darán un vuelco radical con la aparición de la atractiva y carismática Berenice, la maestra recién llegada a la universidad donde Ángeles es reconocida por su impecable trayectoria.
Pero Ángeles alberga una profunda soledad que, sin embargo, no ha querido paliar con los pretendientes de dudosa calidad moral que la han rondado, y esto es algo digno de encomio. Es entonces, en el punto más álgido de la soledad de Ángeles, que se presenta Berenice, mucho más joven que ella, llena de vitalidad, que la hace re aprender a divertirse y a interactuar con mujeres que, como la propia Berenice, desconocen el sentimiento de responsabilidad que ocasionalmente hace tambalear a Ángeles. La cercanía entre Ángeles y Berenice se estrecha cada día más… hasta dejar de existir sitio entre sus respectivas bocas. Ángeles, que nunca se ha sentido ni remotamente atraída por alguien de su mismo sexo, se deja seducir por Berenice. De entrada, claro está, la maestra experimentada se esfuerza por ocultar la naturaleza de su relación con la maestra algo más joven, pero al cabo de un tiempo, la pasión la rebasa, aunque ella le pone el nombre de “amor” y Berenice no duda en nombrarlo igual. Ángeles ha dejado de ser Ángeles y ello no pasa desapercibido para sus colegas, que inician un coro de murmuraciones. Lo peor es que Berenice no ha sido del todo sincera con Ángeles: no le ha confesado aún que lleva una relación de muchos años con otra joven de nombre Nidia, quien prácticamente renunció a sus privilegios de rica niña provinciana, de hija de político influyente, para seguir a Berenice, una muchacha pobre, en su aventura por la ciudad de México.
Tanto la psicología de Ángeles, como la de Berenice, son harto complejas. Odette Alonso logra construir personalidad íntegras, en el sentido de que sus personajes son seres humanos que, como tales, exhiben, a través del tiempo –la novela abarca varios años- una serie de características mutables, influenciadas por circunstancias exteriores. Ángeles, que de entrada parece lo que vulgarmente denominamos “mamá alivianada”, se transformará, paradójicamente, en la típica madre latinoamericana que espera –y exige – total subordinación de su hija, tras hacer pública su relación con otra mujer. Raquel, por su parte, podrá parecernos odiosa, pero podremos incluso identificarnos con ella al verla interactuar con una madre más bien egoísta que se asume dueña no solo de su propia vida, sino de la de su hija también… máxime cuando esta madre tradicionalmente sacrificada y asexuada lleva a vivir bajo el mismo techo de su hija a Berenice, que evidentemente no es una simple amiga: Ángeles subestima la inteligencia de su hija, además de imponerle la convivencia con una extraña. Raquel, por celos o rebeldía, o ambas cosas, se revuelve furiosa contra la amante de su madre, la intrusa, a la que baña de epítetos homofóbicos, de esos que uno no aprende de la nada. Ángeles, quien perdona a Berenice que callara lo de Nidia, apenas aquella abandona a esta, comete el error de romper drásticamente con los convencionalismos que, hasta ese momento, ha seguido al pie de la letras, lo cual afecta no solo la de por sí conflictiva relación con su hija, sino también con su ámbito laboral. Ante la temeridad de Ángeles y la veleidad de Berenice, destaca la brutal franqueza (¿lucidez?) de Daniela, otra lesbiana, amiga de esta última: “(…) Eso es, en definitiva, lo que nos diferencia de los heteros, que cuando se enfría la hoguera no tenemos que seguir fingiendo por los hijos o las propiedades (…)” (p. 78).
La relación de las protagonistas no se diferencia demasiado a la de una pareja heterosexual. Berenice hace vivir a Ángeles el mismo infierno de celos que la hizo pasar su ex marido. Finalmente, si la divorciada ultra decente que era Ángeles se hubiera acostado con un hombre y lo hubiera llevado a vivir bajo el mismo techo de su hija, la gente la habría juzgado con la misma ligereza… y el resultado habría sido similar. La diferencia estriba en que, de haber sido varón, Berenice no hubiera perdido su empleo y todo habría quedado en un chisme que iría perdiendo interés con el tiempo. Berenice es, a todas luces, víctima de discriminación laboral, por más excuses que le den para justificar su despido. Permanecerá, a fin de cuentas, al lado de Ángeles. Su juventud y talento, ella lo sabe, le permitirá encontrar otro empleo más pronto que tarde, pero perder de vista a Berenice despertará en Ángeles la celotipia propia del que ha sido abandonado y teme volver a pasar por la experiencia. Lo que Ángeles pierde de vista, es que el verdadero peligro para su relación está en casa: Berenice todavía es una muchacha… y una muchacha es incapaz de responsabilizarse de sus emociones y su ímpetu carnal puede llegar a ser más potente que su sensatez, por lo que empieza a obsesionarse nada menos que con Raquel, la misma que la aborrecía al principio… que convertida en una atractiva joven empieza a provocar descaradamente a la amante de su madre, ¿deseos de revancha… o qué?Odette Alonso no pretende plantearnos un mundo idílico donde las mujeres se aman en forma distinta a la de las parejas heterosexuales, antes bien, recrea el mundo posterior a la explosión de fuegos artificiales que nos ciegan y no nos dejan pensar. Lo central aquí no es que las pasiones fluyan exclusivamente entre féminas, sino exhibir lo incierto de la naturaleza humana. Ni héroes ni villanos. Ni buenos ni malos. La narrativa de Odette abarca la inconmensurable gama de emociones y sentimientos y despoja a las relaciones amorosas de toda idealización. La traición, sin embargo, no es el conflicto central de Espejo de tres cuerpos, sino la posibilidad de traicionar lo que se ama, a pesar de amarlo, y cómo las cosas reencuentran su cauce sin la intervención divina.




Cuento de Odette Alonso

ANIMAL NOCTURNO



Premio XII Concurso "Mujeres en vida", convocado por el Centro de Estudios de Género de la Benemérita Universidad de Puebla (BUAP), marzo 2008.

―Yo soy un animal nocturno ―dijo Claudio apenas cerró la puerta del carro.
“Ay, no mamen”, había dicho unos segundos antes cuando nos vio en el asiento trasero, “pásese uno para acá, que no soy su chofer”. Fer me dio un empujoncito y Claudio lo miró por el espejo retrovisor con esa sonrisa de medio lado bailándole en los labios.
Hacía un par de horas, Rodrigo me había dejado en la junta semanal del periódico. Notibreves del Arenal. Director fundador: Don Fabricio Martínez Islas. Así decía el cabezal. En dos líneas, a ocho columnas. Rodrigo conocía al responsable de la sección de espectáculos, un gordito que aparecía en las fotos de cada número al lado de cabareteras y travestis con arreglos frutales en la cabeza y bikinis que poco dejaban a la imaginación, y le pidió que me recomendara con don Fabri. El señor aceptó, aclarando de antemano que la labor era voluntaria, que ninguno de ellos cobraba un quinto y que si llegaban a ganar algo, se repartía proporcionalmente según lo que cada quien hubiera aportado. “Así vas practicando tu profesión”, dijo Rodrigo y le pareció fantástico que al menos dos veces a la semana pudiera dejarme allí y largarse a su casa, con su mujer y sus hijos. Allí, en el periódico, conocí a Claudio y a Fer. Claudio tendría unos treinta años y era vendedor de autos; Fer acababa de terminar la carrera pero no encontraba trabajo. Se habían hecho tan amigos, que solían compartir los reportajes y entrevistas.
Aquella noche, don Fabri había suspendido la junta por falta de quórum. Le hablé a Rodrigo y el celular estaba apagado. Insistí sin resultados. Ya me estaba poniendo nerviosa de imaginarme caminando sola hasta el metro por esas calles oscuras cuando Fer me dijo:
―No te preocupes, Carito, te damos un raid. Vamos a tomarnos una copa, ¿no quieres acompañarnos?
Fer me simpatizaba. Siempre sonriente, bromista.
―Es que tengo mucha tarea... ―le dije no muy convencida. Y al rato ya estaba con ellos, avanzando a la velocidad que nos permitía el congestionamiento en los semáforos.
―¿Tú nunca sales? ―preguntó Claudio, mientras mentaba madres con el claxon― En las noches, no sé, a dar una vuelta…
―La verdad, muy poco. Con esto de la inseguridad…
―¿Cuál inseguridad? ―me interrumpió― ¿A poco crees eso?… Por favor, Caro, tú eres una chava lista… ¡Ésta es la ciudad más grande del mundo! Checa porcentajes según los niveles poblacionales…
Todas las veces que traté de responderle me interrumpió con una nueva andanada de argumentos que se contraponían a los míos. Los ánimos estaban bastante alterados cuando Fer cambió el tema:
―Caro, este hombre es especialista en la vida nocturna. Ni te imaginas... Yo he conocido cada lugar... ¡Híjole!...
―Los voy a llevar a un antro de cubanos donde se toman los mejores mojitos de la ciudad… ―dijo Claudio y lo miró por el retrovisor, con la sonrisa de medio lado― y donde están las mejores mulatas.
La barra era el único lugar iluminado. La mesa era mínima y alrededor había cuatro banquetitas muy pegadas.
―Qué les sirvo ―preguntó la mesera con sonrisa coqueta. Era muy joven, de pelo corto, nada fea.
―Tres mojitos ―ordenó Claudio sin consultarnos―, bien servidos.
Y la barrió con una mirada que a ella no pareció disgustarle, porque cuando dijo “enseguida”, los ojos le brillaron en medio de aquella oscuridad con un destello que nos bañó a los tres. En cuanto se alejó, Claudio siguió gritando por encima de la música:
―Fabricio es un pinche viejo idiota que siempre quiso ser periodista. Cuando inventó el pasquincillo, descubrió que podía obtener algunas ventajas, pero no tiene ni la más puta de idea de cuántas…
Todos los comentarios que traté de hacer en favor de don Fabri fueron inútiles. Ni siquiera los escuchaba. Y para colmo, la música tropical a todo volumen.
―Pregúntale a este güey si no le he enseñado más en un par de meses que lo que Fabricio le enseñaría en toda su vida. ¿Sí o no, Fer?
―La neta, sí ―respondió el otro, complaciente, alzando la voz lo más que pudo.
Los mojitos estaban sobre la mesa. Y a esos siguieron otros tres y botanas típicas y otros tres mojitos más. Cada vez que pasaba junto a la mesa, Claudio atraía a la mesera y le susurraba al oído. Ella sonreía, hacía ojitos, asentía, le tocaba levemente el hombro. A la mitad del último trago, la muchacha, con su bolsa al hombro, dijo:
―Cuando gusten.
Fer no pareció asombrarse en lo más mínimo y respondió con una sonrisa y un guiño a mi gesto mientras caminábamos hacia la salida.
“Ya me fregué…”, me dije cuando el carro atravesó la oscura entrada de un hotel. Subimos al vestíbulo y, contrario a lo que pensaba, no fuimos hacia los elevadores sino hacia la puerta de vidrios coloreados de un pequeño cabaret. En el escenario, iluminada por un seguidor, una mujer vestida de lentejuelas cantaba boleros.
―¡Qué pena, licenciado! ―alcanzamos a oír al capitán― El show está por terminar. Apenas un par de canciones.
De todos modos, nos acomodó en una mesa de pista y trajo cuatro cervezas bastante tibias. Chocamos las botellas con un colectivo “salud” y las bebimos al tiempo que la cantante terminaba su presentación. Después de los aplausos, las reverencias y los besos al aire, se encendieron las tenues luces y hubo música grabada. La mayor parte de los espectadores liquidaban sus cuentas y salían sin prisa. En el salón fueron quedando unas pocas parejas, algunas bailando en la pequeña pista.
―La noche es joven, chamacos. Hay otro lugar... ―dijo Claudio, como maquinando.
Alzó la mano y el mesero regresó con otras cuatro cervezas y la cuenta, que pagó en efectivo. El alcohol ya hacía sus estragos cuando salimos. Las luces pasaban demasiado rápido delante de mis ojos y sentí que me mareaba. Respiré profundo, tratando de que no se dieran cuenta. El coche se detuvo delante de una puerta estrecha y pobremente iluminada por unas lámparas de neón lila. El valet parking saludó como quien conoce. Adentro, el salón era más grande de lo que imaginaba. La mayor parte de la concurrencia eran hombres que bebían y jugaban dominó. Se escuchaba un murmullo general que a veces estallaba en carcajadas o gritos. El mesero puso al centro de la mesa una botella de tequila rodeada de caballitos. Claudio sirvió y brindó. Los vasitos chocaron con ruido de vidrios. Ellos lo tomaron de un solo trago, nosotras sólo un sorbo.
De pronto se abrieron las cortinas, la música subió de tono y tres mujeres bailaron sobre el escenario. Claudio volvió a llenar los caballitos y esta vez vacié el mío de un trago. “Ay, Carolina, tanto feminismo y ve dónde estás”, pensé entre brumas. Las tres bailarinas estaban desnudas de la cintura para arriba. Los senos rebotaban a uno y otro lado, cosa que era celebrada con largos chiflidos y gritos obscenos. Se arrancaron los bikinis de un jalón y abajo estalló la algarabía más ensordecedora. En medio de ella, un hombre se levantó violentamente de la mesa de al lado y empujó a otro, que cayó al suelo cuan largo era. El primero sacó una pistola y todos recularon haciendo un círculo. Las desnudas seguían bailando como si nada pasara. El caído se levantó torpemente, agarró una botella por el cuello y la rompió contra la mesa más cercana. El líquido se derramó en todas direcciones. Con el borde irregular, como cabello de Bart Simpson, se le fue encima al de la pistola, que no conseguía apuntar con la mano temblorosa.
―Vámonos de aquí ―dijo Claudio escondiéndose nuestra botella en el bolsillo interior del saco.
―Adónde va tan apurado, caballero… ―lo interrumpió un hombre vestido de negro.
―Espérenme en el coche. Ve encendiéndolo, Fer ―y le aventó las llaves y el ticket del valet.
Lo vimos alejarse con el brazo echado sobre los hombros del tipo, hablándole al oído mientras sacaba del bolsillo del saco la credencial de prensa. No sé cuánto tardó, pero creo que sólo unos minutos porque aún estábamos fuera del coche.
―Listo ―dijo―: cortesía de la casa ―la expresión de Fernando era la de quien tiene ante sus ojos a un héroe y no puede creerlo―. Te lo he dicho: la charola es la charola. El cuarto poder, carnal… A ver, hazte para allá.
Fernando se sentó a mi lado en el asiento trasero. Los ojos todavía le brillaban y miraba la nuca de Claudio con una expresión de estúpida admiración. El coche transitaba por una avenida que no pude identificar.
―Oye, Claudio ―pregunté con la lengua trabada y la pronunciación más lenta que los pensamientos―, ¿te parece que eso no es inseguridad?
―¿Qué cosa?
―La pistola, la botella...
―¿Inseguridad?... ―soltó una carcajada― Desde que el mundo es mundo, los borrachos pendencieros cargan pistola. Si uno no se para delante del cañón, no pasa nada. Cualquiera lo sabe; eso está en el decálogo del buen antrero.
Iba a responderle, pero los ojos me daban vueltas. El alumbrado hacía en los cristales formas que se distorsionaban con la velocidad.
―Estoy mareada ―le dije a Fer, que bajó el vidrio de la ventana y tomándome la cabeza con sus manos, la recargó en su hombro.
El carro volaba sobre el asfalto, parecía un juego de feria. En las bajadas de los puentes sentía que el estómago se me pegaba a la garganta.
―Bájale tantito, bróder —dijo Fer—. Caro se mareó.
―Ni aguantas nada, maestra, yo que pensaba llevarte al arrancón…
El asco me llenó la boca. Traté de decir algo, pero no pude. Cerré los ojos. Sentí que el carro se desaceleraba poco a poco. Los abrí y delante de ellos, más allá de la ventanilla, estaba el cartel de neón de un motel y una barrera amarilla y negra que subía para dejar pasar el coche. Volví a cerrarlos y cuando recobré la conciencia ya estaba acostada en una cama y Fernando me ponía una toalla mojada sobre la frente.
―A ver, levántate ―me dijo―, vamos al baño a que te eche agua.
El mundo daba vueltas a mi alrededor, un bulto asqueroso y urgente me subía desde el estómago. Apenas llegué frente al lavabo, de mi boca salió un mar incontenible, rojizo y ardiente. Fernando sostenía mi cabeza y dejaba correr el agua.
Cuando alcé la vista hacia el espejo, no era yo la mujer que me miraba detrás de unas ojeras pavorosas. Quise decirle que ya me sentía mejor, pero la vista se me nubló y las piernas me flaquearon. Una nueva arqueada fue el preludio de otro vómito y de la oscuridad. Cuando desperté, estaba tirada en la regadera, desnuda, con el calzón empapado y unos hielos adentro, quemándome la piel. “Ay, güey, ya me quitaron los riñones”, pensé alarmada y busqué en el espejo la famosa inscripción escrita con lápiz labial. Pero en ese mismo momento Fernando entró al baño con una taza de café muy cargado.
―A ver, Caro, tómate esto.
Traté de cubrirme los pechos lo más que pude. Él, sin embargo, no parecía darle importancia a mi desnudez. La verdad es que no estaba nada sexy. “Un hombre que te ha visto volver el estómago y desmayarte de peda, no va a querer cogerte después”, pensé más aliviada.
Cuando terminé el café, Fernando me levantó en brazos, me acomodó bajo las cobijas y me arropó como si fuera un padre o un hermano. Trajo del baño una toalla y empezó a secarme el cabello. “Lo que toda mujer soñaría”, me dije todavía con la vista nublada y muy débil, “un hombre tierno que no quiera aprovecharse de una”. Lógicamente, me equivocaba. Unos segundos más y la toalla voló por los aires y él saltó fuera del pantalón como en una carrera de sacos. Hurgó la mano bajo las cobijas, bajo mi calzón y metió el dedo dentro de mí con la misma naturalidad de quien fuera a probar el mole de su madre. En un segundo estaba encima y en un segundo más, adentro. “Bien merecido te lo tienes, Rodrigo”, pensé y, entonces, tocaron a la puerta. Un toque desesperado.
―Ábreme, güey, que se muere esta vieja…
Fernando saltó de la cama y se metió en el pantalón como quien vuelve a la carrera de sacos. Claudio estaba sin camisa y los ojos, rojísimos, se le salían de las órbitas.
―Le dio una cosa a la cabrona… Vente.
―Es la puerta de al lado ―me dijo Fernando antes de salir.
Milagrosamente, me sentí más despejada. Me levanté de la cama y empecé a vestirme hasta con soltura. Salí al pasillo y caminé en la dirección señalada. Toqué. Fue Fernando quien abrió la puerta con cara de susto. Sobre la cama, con el torso desnudo y los ojos en blanco, estaba la chava desmadejada. Su rostro tenía un color verdoso. “Así debí verme hace un rato”, pensé, “qué horror, Dios mío, qué nos dieron…”
―¿Y si la llevamos a Urgencias? ―propuso Fernando asomado encima de su rostro como si buscara algo.
―No seas pendejo, güey, ¿no estás viendo?
En la mesita lateral había un papel desdoblado con restos de polvo blanco. “¡En la madre!”, me dije sin decir palabra.
―¿De dónde sacaste eso, Claudio? ―parecía que Fernando me hubiera leído el pensamiento.
―Ay, por favor, no preguntes idioteces…
―¿Ella...? ―insistió Fernando levantando la barbilla.
―Ella no ―respondió Claudio―. Nada más está bien peda.
―Esa bebida tenía algo ―dije sin que ninguno de los dos pareciera oírme―. ¿Ya le pusieron alcohol en la nariz? A que lo huela…
―No es mala idea ―aprobó Claudio―. Ándale, bróder, pide alcohol.
Fernando salió de la habitación y regresó unos segundos después con un algodón mojado y un frasco de plástico. Puso el algodón sobre la nariz y ella reaccionó. El color le volvió a las mejillas y empezó a balbucear. Claudio la incorporó y la abrazó contra su pecho.
―¡Qué susto nos diste, mi chava! A ver, huele un poquito ―y le puso el algodón entre las manos.
“Hijo de su puta madre”, pensé mientras la veía empezarse a despabilar entre sus brazos.
―¿Qué hacen ellos aquí? ―preguntó la muchacha con expresión de asombro y de vergüenza.
―Nada, no te preocupes ―le dije―. Vístete, que ya nos vamos.
Salí del cuarto. Fernando se adelantó a traspasar la puerta de nuestra habitación:
―Vente, Caro.
―Aquí te espero.
Y me quedé en el pasillo. Con un rictus de contrariedad entró y salió casi inmediatamente, metiendo los brazos en la chamarra, abotonándose la camisa. Caminamos hacia el estacionamiento y abordamos el carro en silencio. Íbamos saliendo a la avenida cuando Claudio le preguntó:
―¿Por dónde vives?
Y la muchacha dio una dirección en el fin del mundo. “Aquí nos amanece”, pensé, pero la ciudad a esas horas no es la misma. El carro volaba sobre las calles vacías y muy rápido llegamos al fin del mundo, lleno de callecitas laberínticas, y la dejamos delante de una puerta pintada de rojo.
―Pásate para acá, bróder ―pidió Claudio.
Fernando se sentó adelante. El carro volaba más rápido que antes.
―No corras así, pendejo, nos vamos a matar ―exigí con una serenidad que hasta a mí me asombró.
Claudio miró a Fernando con expresión de burla.
―¿Y desde cuándo Miss Security da las órdenes, tú?
Los dos rieron a carcajadas. Sentí nuevamente la revoltura en el estómago. Las manos me temblaban y a una plancha de calor sobre la nuca le seguía una aguja helada que recorría la médula y me llenaba el cuerpo de un sudor asqueroso. Preferí encomendarme al Santo Cristo de Limpia, como decía mi abuela, y cerrar la boca. Ya clareaba cuando el carro se detuvo con un frenón de miedo ante la puerta de mi casa. Bajé sin despedirme.
―¿Y ahora qué piensa la señorita reportera de la inseguridad en esta gran ciudad? ―preguntó Claudio con su mueca morbosa y el brazo flexionado sobre la ventanilla.
Me tambalee un poco al querer enfrentarlo. Ahora eran las piernas las que me temblaban.
―Aparte de los borrachos y el patatús de tu mesera, esto es el paraíso, güey… ―le dije― Eso mero: el paraíso del güey.
No sin trabajo metí la llave en la cerradura y la hice girar. Claudio pisó hasta el fondo el acelerador, que chilló estruendosamente. Tras un segundo de indecisión, en el que pude ver su sonrisa y la sombra de Fernando al otro lado, el carro salió volando rumbo a la esquina. Las llantas rechinaron como gatas en celo al dar la vuelta y se oyeron todavía unos segundos más. Cada vez más lejos.