Xtabay en Monterrey

El verdadero talento no tiene piedad
J.N

En 1947, la editorial Rinehart and Company de Nueva York publicó la novela Step down, elder brother, de la escritora mexico-norteamericana Josephina Niggli, quien había ya incursionado en la dramaturgia con obras de un acto y previamente publicara una novela titulada Mexican Village (1945), no traducida al español hasta la fecha. El título de esta primera novela revela lo que pudo haber sido el origen común de las literaturas chicana y fronteriza, pero para los mexicanos que no hemos tenido acceso a aquella, dicho origen es asimismo localizable en la segunda novela de Josephina, es decir, Step down, elder brother, única traducida en español con el título de Apártate, hermano, gracias al escritor oriundo de Monterrey, David Toscana, y publicada por CONARTE de Nuevo León en 2003… ¡cincuenta y cinco años después de publicada el original! A decir de Toscana, todo empezó cuando, leyendo una tesis de doctorado del crítico Ignacio Trejo Fuentes, el también escritor regio Eduardo Antonio Parra descubrió una mención a esta escritora que llamó poderosamente su atención. Solicitó el libro a una librería estadounidense y compartió su hallazgo con Toscana, quien se apresuró a traducirla.
Aún partiendo de la segunda y no de la primera obra de Josephina Niggli, es válido conjeturar que Apártate, hermano representa un hito tanto para el estudio de la literatura chicana como para el de la literatura fronteriza. Pero Josephina no cumple con el principal requisito para ser considerada “chicana” pues nació en Monterrey, Nuevo León, el 13 de julio de 1910, hija de inmigrantes estadounidenses, es decir, justo lo contrario: el chicano nace en territorio estadounidense como hijo de inmigrantes mexicanos. Josephina se trasladaría con su familia a San Antonio, Texas, a temprana edad aunque retornaría durante la adolescencia, lo que explica su familiaridad con el entorno y la sociedad regiomontana de la que realiza un retrato próximo a la autopsia. Como los escritores chicanos, sin embargo, se expresa en lengua inglesa y escribe desde los Estados Unidos. Fue, de hecho, directora de teatro y maestra de periodismo en la Western Carolina University durante veinte años (1956-1975). Lo que la inserta en el terreno del estudio de la literatura fronteriza es que sus personajes son mexicanos, que la trama se desarrolla totalmente en territorio mexicano, que aborda la problemática fronteriza del mexicano respecto al estadounidense y no a la inversa.Como los chicanos, los mexicanos de este lado buscan subrayar sus diferencias con respecto al sur y centro de la república, aunque no haciendo pastiche, deliberado o no, de la cultura mexicana, como sí hacen los chicanos que buscan diferenciarse del ciudadano estadounidense promedio, sino reinventando, más aún, reivindicando la mexicanidad, caso de los personajes de Apártate, hermano. Sería factible insinuar que los habitantes de la frontera norte representan esa nueva especie de mexicano a la que aludía José Vasconcelos (autor muy presente en el horizonte ideológico de Josephina), no sin cierto desdén: los posmexicanos que han dejado de ver en lo indígena un referente, que son pálido reflejo del conquistador español y han asimilado el modus vivendi y hasta la fisonomía de los colonizadores estadounidenses. Para los mexicanos de la frontera norte cuenta más el triunfo de la revolución, perpetrada gracias a sus abuelos, que la conquista española de principios del siglo XVI, su visión por tanto dista de ser derrotista o subyugada.
En la literatura chicana tradicional los personajes, aunque hijos de inmigrantes mexicanos, presentan una visión folclorista con respecto a México, al que recrean desde la perspectiva de una postal o de una película de Hollywood. Para los autores chicanos el único Norte que existe es el propio México con respecto a Estados Unidos, omnisciente Sur. No obstante, la obra de Josephina se circunscribe asimismo en el terreno del estudio de la literatura estadounidense, cuya influencia sale a relucir en el ritmo narrativo y en la estructura misma de la novela: resulta más viable identificarla con autores estadounidenses de su generación como Grace Metalious o Mary McCarthy, que con autores chicanos de la actualidad (recordemos que en tiempos de Josephina, lo que hoy llamamos literatura chicana era apenas un reducto, si acaso un subgénero). Josephina analiza la mexicanidad y el fenómeno fronterizo desde la propia experiencia, trascendiendo por mucho la limitada visión de la mayoría de los autores chicanos en quienes se advierte una mezcla de idealización y rechazo. Lo que sale a relucir en la prosa de Josephina es la nostalgia por lo que se conoció, por lo que se vivió, volcada en el regodeo en la descripción del paisaje: “El cerro de la Silla se perfilaba en el este y las flamas de los hornos de las fábricas dibujaban su silueta contra el cielo. Muy al norte se divisaba el brillo pálido de Ciénaga de Flores y más allá del horizonte estaban Laredo y los Estados Unidos.” (p. 332).
Josephina María Niggli, de las primeras autoras latinas aceptadas por una editorial estadounidense, era hija de Frederick Ferdinand Niggli, suizo nacionalizado estadounidense y de la violinista Goldie Morgan-Niggli de nacionalidad irlandesa. Frederick se había trasladado a México, concretamente a Hidalgo, en 1893 para hacerse cargo de una planta cementera. Al cabo de un tiempo se trasladaría a Monterrey donde nacería su primogénita. Tras el asesinato de Madero en 1913, Josephina, de entonces tres años de edad, fue llevada a San Antonio, Texas y durante siete años la familia Niggli vagaría por territorio estadounidense sin encontrar asiento, hasta volver al punto de partida, Monterrey, en 1920. Josephina volvería a San Antonio en 1923 para concluir la secundaria. A los quince años iniciaría por propia iniciativa sus estudios de filosofía e historia y tendría oportunidad de ingresar a una universidad católica donde obtendría durante varios años consecutivos un premio de poesía religiosa. En 1931 se marchó a realizar una maestría a la Universidad de Carolina del Norte donde estudió periodismo y teatro. Su primer texto periodístico, publicado en el diario Ecos de Denver en 1931, se titulaba “Turista en una ciudad mexicana”. En 1938 se montaría su primera obra de teatro titulada The red velvet goat, a la que seguirían otras tantas, aunque son sus novelas y muy especialmente la que nos ocupa la que le dieron fama en su país adoptivo. Escribió guiones fílmicos para la Twenthy Century Fox, entre otros, La marca del zorro y Sombrero, esta última adaptación de su propia novela, Mexican Villlage, así como varios episodios para la popular serie de televisión Twilight zone. En 1964 publicaría su última obra de teatro, última obra literaria también: Milagro mexicano. Fue distinguida con diversos premios, entre ellos la beca Rockefeller y el reconocimiento concedido por la Mayflower Asociation a la mejor novela gracias a Mexican village en 1946. Murió en Texas en 1983, a la edad de 73 años.
Apártate, hermano, a diferencia de la novela fronteriza tradicional que subraya una excentricidad respecto al sur y, muy concretamente a la ciudad de México, aún en medio de un discurso que pone en relieve las singularidades del ser de la frontera, presenta un discurso paralelo donde se refrenda la mexicanidad por encima de la cultura invasora de Norteamérica. De ahí que Domingo Vázquez de Anda, el protagonista, hombre conservador que se muestra exageradamente orgulloso de su origen noble, español por supuesto, en cuya genealogía no interviene la herencia autóctona, se enamore locamente de una mujer sureña, Márgara, quien curiosamente habita Monterrey casi en calidad de extranjera no obstante ser mexicana (más adelante descubriremos que se percibe como extranjera en su propio país), y donde sus rasgos indígenas son motivo de desconfianza. Ni siquiera el narrador reconoce abiertamente la belleza de Márgara: en un clima donde lo indígena es negado categóricamente, como los zares rusos negaron la hemofilia instalada en su sangre, al grado de que las sirvientas usan faldas cortas para distinguirse de las criadas oaxaqueñas que suelen llevarlas largas, parece poco probable que se reconozca la belleza de Márgara. Esta relación es mostrada casi interracial. Márgara tiene sus muy personales razones para vivir esa pasión en la clandestinidad, nada que ver con las de Domingo, que sabe que la sociedad racista y clasista en la que se desenvuelve no verá con buenos ojos aquella unión. Márgara, dadas sus características raciales, prácticamente no existe. Quien no sea una esposa en potencia, difícilmente será reconocida como mujer: “(…) Monterrey no es para el poeta, para el artista o el soñador. Pertenece al guerrero, al hombre con puños de acero. Monterrey no es ciudad para el débil. Manténte fuerte, Domingo. Manténte fuerte y conquístala.” (p. 73). Cosa curiosa, el hecho de que Márgara tenga cuarenta años, es decir, cinco más que Domingo, nunca es planteado como un inconveniente más.
La historia del progreso de Monterrey corre paralela a la de la emancipación de los hijos de la familia Vázquez de Anda. Curiosamente, no es el padre quien decide el destino de sus hijos (porque en esa época era el padre quien lo decidía), sino el tío Agapito, es decir, el hermano menor de don Pedro Vázquez de Anda. Agapito nunca pudo engendrar hijos propios con Tecla, su mujer, y termina adueñándose de los de su hermano, músico frustrado. Al parecer su poder económico rebasa cualquier débil intento de los sobrinos por zafarse de su dictadura. Domingo mismo ha tenido que renunciar a su deseo de estudiar medicina para consagrarse a las bienes raíces y se espera que Cardito, el hermano menor, se olvide de estudiar derecho para dedicarse a ser banquero. Y si bien Agapito considera que las mujeres son de su casa, ha dispuesto que Brunilda, la hermana menor, estudie música en Nueva York, no obstante carecer la muchacha de talento e inteligencia, mientras que Sofía, la hermana mayor, gran lectora y muy inteligente, es confinada a una frivolidad que en el fondo desprecia. Pero Sofía resulta más rebelde que Domingo, que no se rebelará sino hasta pasados los treinta y cinco años, impulsado por su amor a Márgara.
Paro Agapito Vázquez de Anda, como para cualquier patriarca de la alta sociedad de Monterrey, la familia es una empresa y sus miembros, el producto a vender. El matrimonio significa pactar un contrato provechoso para ambas partes. Probablemente sea la razón por la que Domingo permanezca soltero a los 35 años, aunque puede deberse también a una decepción amorosa. Su enamoramiento por Márgara, tras haber adorado a Doris, una gringa, se produce de manera harto extraña, dantesca dirían muchos: acude a un estudio fotográfico acompañado a su amigo Tito, quien planea hacerse un retrato para obsequiárselo a su madre el día de su cumpleaños, y atisba por entre un cortinaje la larga cabellera y la morena mitad de un rostro femenino que pertenece a una mujer trajinando entre los cuadros. Más tarde, la fugaz pero espléndida visión de la empleada, que resulta ser hija del siniestro propietario del estudio, empatará en la caballeresca imaginación de Domingo con la de la Xtabay del autor yucateco Antonio Mediz Bolio, mujer demonio de las leyendas mayas: “¡Jamás volvió nadie que a la Xtabay haya seguido! Y todos los que la vieron la siguieron. ¿En dónde están, que no vuelven? Nadie lo sabe, dicen todos.”
La lectura de estas líneas acrecienta la ansiedad de Domingo por una mujer a la que ni siquiera ha mirado bien. No cabe duda de que estamos ante una especie de caballero andante que sueña con la realización de un amor imposible, a través del cual emanciparse de la dictadura familiar; que proyecta este mismo anhelo en la posibilidad de asumirse ángel guardián de Serafina, la bonita y joven sirvienta a la que su hermano Cardito ha dejado embarazada, el que a su vez ha enfermado muy convenientemente para no enfrentar sus responsabilidades. Aunque las relaciones amorosas entre criadas y patrones parecen parte de la cotidianidad (finalmente quien carga con las consecuencias es la muchacha), Domingo no está dispuesto a permitir que a Serafina la maten a golpes en su casa, ni que su sobrino quede desamparado, así que le procura alojamiento y cuidado sin importarle que la paternidad de la criatura le sea adjudicada. En tanto, la bella Verónica Miranda, una joven que procura que las pastas de los libros combinen con la decoración de su cuarto, agobiada como todas las jóvenes en edad de merecer de Monterrey por la idea de “casarse bien”, le tiende una trampa al atractivo solterón, Domingo Vázquez de Anda.
El afán por cuidar las apariencias alcanza tales niveles de absurdo, que uno no puede evitar preguntarse si la verdadera intención de Josephina no sería escribir una sátira sobre el Monterrey cosmopolita y pueblerino a un tiempo. El Monterrey de la infancia y adolescencia de Josephina donde de continuo se alude a la mezquindad de los regios. Los chistes se suscitan uno tras otro en boca de los propios regios, que parecen habituados a reírse de sí mismos… ¡pero cómo fastidia escuchar los mismos chistes en boca de un taxista chilango!, “La voz aguda y con sonsonete, tan diferente a los tonos norteños, le ofendió más que las palabras.” (p. 447). La cultura amanerada, mero ornamento, relumbrón; el dispendio para llevar a los escenarios de aquella boyante ciudad a cantantes de ópera de la talla de Herifitz y Enzio Pinza, parecieran desmentir la proverbial “codera” de los regios, al tiempo que alardea y compite ante un centro que considera tener el monopolio de la cultura y el refinamiento.
Josephina Niggli exhibe la intimidad de la familia Vázquez de Anda que pareciera de pronto una metáfora de aquella industriosa sociedad, recurriendo a reminiscencias shakesperianas (no olvidar que la autora estudió teatro y fue directora de escena), donde las parejas se conforman y desconforman a placer de un dios caprichoso: Jorge Palafox quiere pedir la mano de Sofía, pero Sofía, que por cierto se atreve a hacer abiertamente lo que sus hermanos ocultan, se enamora de Mateo, el chofer… y Verónica asegura estar enamorada de Tito, quien a su vez pide la mano de Brunilda, quien espera que sea Jorge Palafox quien la pida, y Domingo se compromete con Verónica amando a Márgara, quien a su vez teme que el hijo que espera Serafina sea de Domingo. Son los personajes femeninos quienes parecen mejor dispuestos a quebrantar el orden de lo establecido, a diferencia de los varones, cobardes y obedientes hasta el último minuto. Son los personajes femeninos quienes mejor reflejan el espíritu adolescente, competitivo y rebelde de la ciudad fronteriza: “Sofía-Monterrey, Monterrey-Sofía, una era símbolo de la otra. No Sofía Vázquez de Anda sino Sofía la entidad, la nueva generación que, como el cerro de la Silla, rechazaba la alineación tradicional de las cordilleras y se mantenía aislada, en su grandeza solitaria, dominando el valle con las manos en los muslos, la cabeza recargada en el cielo, su arrogancia ondeando con el viento, ridiculizando la enemistad del resto de la república, contando sus chistes con orgullo y, de ese modo, derrotando a los chistes desde antes de su nacimiento.” (p. 421).
La frontera se manifiesta de muchas formas en Apártate, hermano. La física que separa a México de Estados Unidos es la más constante, aunque es la del propio México, invisible valla entre Norte/Sur la que se nos presenta como la más temible, simbolizada en la relación de Domingo y Márgara, quien posee un horrible secreto relacionado con el pasado de su padre y el pasado revolucionario de México, no del todo olvidado a esas alturas. Pero aún cuando Domingo descubre la verdad y los obstáculos parecen desvanecerse en el agua, levanta su propia frontera entre él y Márgara. Antes de esto, ellos han cruzado el Río Bravo, tomados de la mano, en una circunstancia harto especial que los fuerza a experimentar el dolor físico-moral de la ilegalidad; la sensación de hurtar lo que les pertenece: “(…) Domingo deseaba caer de rodillas, sumergirse en el agua para beber, para continuar andando, con Márgara por delante. Los cabellos de ella se liberan de los pasadores y se derraman sobre los hombros. En algún lugar del pasado remoto, Domingo ya había vivido esa escena y ahora experimentaba todo de nuevo: su garganta sedienta, la mujer que corría adelante, el agua que lo cautivaba.” (p. 485).
En ese sublime instante de la literatura, en que se evaporan las fronteras de todo tipo, las de clase, las culturales, las ideológicas. Domingo deja su identidad en las aguas del Río Bravo. Vázquez de Anda va quedando atrás, muy atrás. No es más un empresario regio, no más un hombre de la frontera, no más un niño bien. Desnudo en medio del Río Bravo es solo un mexicano a merced de la Xtabay.
Un mexicano enfrentado a su reflejo en el espejo de la ignominia.





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