Pecadora de todos los santos



Aunque el nombre Sigrid Undset no diga a mucho a los lectores latinoamericanos, esta autora sigue siendo muy leída en su natal Noruega. Después de Bjornsterne Bjorson (1832-1910) y Knut Hamson (1859-1952), Sigrid sería el tercer autor noruego distinguido con el Nóbel de Literatura en 1928. Es muy comentado el hecho de que, quizá por timidez, y no obstante sus respuestas relampagueantes al preguntársele de asuntos políticos, rehusó brindar el clásico discurso de recepción del citado galardón, aunque donó el dinero del premio a familias con niños lisiados con quienes, por propia experiencia, se identificaba.
Contemporánea de Virginia Woolf, James Joyce, D.H Lawrence y su casi paisana Karen Blixen, Sigrid nació el 20 de mayo de 1882, en Kristiania (cuyo nombre fue cambiado por el de Oslo en 1925), aunque en algunas biografías se señala Kalundborg, Dinamarca, como sede de su llegada al mundo, si bien algunos de sus libros son tan noruegos como irlandeses los de Joyce. Fue hija de una distinguida señorita danesa llamada Charlotte Gyd de Kalundborg y de un arqueólogo danés de prestigio internacional, Ingvald Martin Undset (1853-1893), especialista en la Edad de Hierro en Europa que llegaría a ser catedrático de la Universidad de Oslo y director del Museo Noruego de Antigüedades, por lo que desde muy pequeña tuvo oportunidad de asomarse a una gama de tradiciones que habrían de marcarla en lo personal, pero también en lo artístico. Fue la única de sus tres hermanas que pareció interesada en seguir los pasos de su padre y por lo mismo su percepción de la historia no es la de una ciencia de cosas muertas, sino la de un organismo eterno que justifica la cultura de un pueblo y de una raza. Cosa curiosa: su vasta comprensión de las tradiciones de su pueblo jamás derivó en la frialdad o el desapasionamiento propios de los científicos, sino que exacerbó su hoguera íntima, como evidencian sus libros.
En su casa se hablaría casi exclusivamente francés y alemán, aunque su lengua de escritora sería el noruego. Ya desde niña, dicen, a Sigrid se le veía melancólica y pensativa, siempre armada de un libro y con las gordas trenzas de color castaño rojizo a medio hacer. Cuando no leía, sus extraordinarios ojos, que capturaban el tono preciso del azul lavanda de los cielos noruegos, recordaban la actividad de un hormiguero, atentísimos a detalles celestes y terrestres. Es muy probable que esos ojos traslúcidos miraran con atención a Olav Audunssön jugueteando en un estanque con su amada, la desaliñada Ingunn; que su olfato se habituara desde entonces al vino preparado por los monjes con manzanas y bayas del jardín y que ella misma realizara el antiguo ritual de rezar un Padre Nuestro ante los monumentos funerarios que se cruzaran en su camino, para a continuación dejar una piedrecilla con gesto solemne. Acaso fantaseara, como su Catalina de Siena, que a su vez fantaseó con Santa Eufrosina, con escapar de casa con atavíos masculinos para hacerse monje. Se apasionó también por el folklore de su región, especialmente las canciones que inspirarían gran parte de sus novelas donde recupera leyendas nórdicas y andanzas de héroes medievales. Sus pasiones alternativas: Shakespeare, Chaucer, Ibsen, Strindgberg, las hermanas Brontë y Jane Austen.
Al descubrir que padece una enfermedad mortal, el muy joven Ingvald –no cumplía los cuarenta aún- se obsesiona con la idea de que sus tres hijas (Sigrid la mayor y su favorita) deben recibir una esmerada educación que les permita subsistir. Sin embargo, Sigrid reconoce en su autobiografía haber sido una pésima estudiante, acaso demasiado distraída en cosas que la educación de una niña no considera importantes: "La Señora Nielsen (Ragna Nielsen, su profesora) me llamó al salón de clase vacío y me dijo: "Sigrid, querida, usted ha demostrado poco interés en el estudio, y hay muchos niños deseosos de ocupar su lugar, ¿está segura que quiere hacer examen de admisión?", "no, gracias", fue mi respuesta".
Apenas muerto su padre, Sigrid es matriculada por su madre en una escuela comercial de Kristiania, donde aprende mecanografía y taquimecanografía, cosa que sin duda hubiera horrorizado a Ingvald que veía en Sigrid una diminuta versión de sí mismo. En honor a la verdad, no era para nada común para la época una mujer asalariada, por lo que pasar inadvertida, máxime siendo hija de casi un héroe nacional, le resulta imposible. El talento nato de Sigrid, sin embargo, impedirá que se perpetúe como secretaria, oficio que le permite apoyar económicamente a su madre y a sus hermanas menores durante diez años. Durante las horas muertas, en una oficina municipal, burlando a su jefe (alemán, por cierto), Sigrid va redactando la que será su primera novela, Fru Marta Oullie (1907), de contenido realista, que también va redactando por las noches en la cocina de su casa: Al parecer no tiene tanta confianza en su madre y hermanas como la hubiera tenido en su padre. Desde los 16 años intenta con ahínco escribir novela histórica, inspirada en las sagas islandesas, pero lo primero que consigue publicar, a los veinticinco años de edad, es una novela en tono realista –aunque muy influida por el naturalista Emile Zolá- que provoca un gran escándalo debido al desparpajo con que la escritora (tímida e introvertida) desarrolla un tema tabú desde la primera frase: "He sido infiel a mi marido". Sigrid, soltera y virgen aún, como sus admiradas Charlotte y Emily, que sin embargo parecen haber aprendido del sentimiento amoroso a través de apasionadas lecturas. La publicación de Marta Oullie le vale, no obstante, una beca gubernamental que le permite abandonar su aburrido empleo y consagrarse a la primera de una saga de novelas histórico-románticas: La hija de Gunnar.
No es fácil para Sigrid publicar sus primeras novelas históricas. Los editores exigen más y más historias de mujeres pecadoras y fustigadas por sus pasiones. Lo cierto es que el de Sigrid Undset es uno de los discursos más profunda y desvergonzadamente femeninos que puedan existir y, a decir de algunos de sus críticos, en esa libertad discursiva que nada esconde ni finge está la clave de su gran poder: “Es la mujer que escribe para la mujer –se lee en el prólogo anónimo de sus Obras Completas (Janés Editor, Barcelona 1956, traducción de Manuel Bosch Barrett) -, que se apasiona por las cualidades de sus personajes y no puede disimular la piedad por sus defectos, que no es piedad a secas, sino de conocimiento y comprensión.” En realidad, nada es “a secas” en el temple de Sigrid Undset. No concibe abismos entre lo efímero y lo eterno, entre la luz y la sombra, entre la insignificancia y la totalidad. Su pluma se ha forjado, como las espadas de los reyes, para las épicas grandiosas y sin embargo prolongará su vertiente realista: publica Jenny en 1911, donde aborda la historia de una pintora que se suicida a consecuencia de una crisis amorosa, y Vaaren (Primavera), en 1914. En la saga de Olav Audunssön, protagonizada por un héroe de la Noruega recién cristianizada –siglo XII-, bajo el reinado de Harald, demostraría también una muy peculiar sensibilidad para diseñar caracteres masculinos, no menos loable: los héroes varones de Sigrid se ruborizan, se retraen… lloran.
Gracias a esa misma beca, la joven escritora decide mudarse a Roma donde de inmediato se le acoge en el círculo de artistas noruegos, entre ellos el pintor Anders Castus Svarstad (1869-1943), de quien se enamora locamente y a simple vista, no obstante que en Noruega él tiene mujer e hijos. En Anders se inspira para el personaje protagónico de La máquina de hilar, publicada también en 1911, tachada de inmoral por la crítica conservadora. La nieve se convierte en fuego en presencia de esta arrebatada pareja de artistas. La máquina de hilar, que brinda la visión pre-cristsiana de la autora sobre el amor, Roma y el temperamento artístico, fue recientemente traducida al español, directo del noruego, por Tina Nunnally, quien restaura algunas partes omitidas -¿censuradas?- de la traducción inglesa. Nunnally ha traducido también la trilogía de Kristin Lavrandotter para la Editorial chilena Encuentro.
Sigrid y Anders logran casarse en 1912 y marchan juntos a Londres, acaso huyendo de habladurías. Los acompañan, sin embargo, los tres hijos pequeños del pintor a quienes la escritora criará como suyos. Esos siete años que permanecen juntos marca un paréntesis en la actividad creativa de la escritora, consagrada a los deberes domésticos y al amor mientras Anders pinta como loco. Como nunca. Durante ese lapso, Sigrid da a luz tres hijos que suman seis con sus hijos adoptivos. Su segunda hija nace con retraso mental y eso termina por separar a la pareja en 1919, año en que Sigrid retoma la pluma con renovados bríos. Entre 1920 y 1922 publica la exitosa saga de Kristin Lavrandotter, donde reconstruye con asombrosa meticulosidad la vida de una mujer en la Noruega católica de los siglos XII y XIV, la hermosa y orgullosa hija de un señor feudal que se casa con un hombre básicamente indigno, Erlend, en la que los biógrafos han creído advertir detalles del carácter y la biografía de la propia Sigrid, por entonces muy lectora de Dostoievsky. En esta novela se advierten los primeros destellos de la conversión al catolicismo de la autora, que habría de bautizarse como tal en 1924. Narra la experiencia de su conversión en las novelas Gymnadenia (1929) y La zarza ardiente (1930). No se trata, hay que puntualizar, de un mero trámite sino de una genuina metamorfosis que, lejos de afectar el fogoso estilo narrativo de Sigrid, lo exacerbó. En 1940 se trasladaría a los Estados Unidos debido a su pública oposición al nazismo y posterior ocupación del ejército alemán a Noruega, pero retornaría a casa cinco años más tarde, apenas concluir la Segunda Guerra Mundial. Se lee en el prólogo a sus Obras Completas: “Hay en ella una pasión indestructible, la de la auténtica libertad en la que se trata de descubrir siempre una verdad humana más consoladora que la que nos rodea, más universal y de cada uno. Por esto, durante la última guerra mundial, cuando los alemanes invadieron su patria, huyó de ella, pero no se refugió en esta huída como muchos hicieron. Sigrid Undset fue una mujer combativa, dispuesta a luchar siempre por unos ideales que arrancaban en su niñez y habían regido su vida como una norma de comportamiento y de vida misma (…)” Pudiera decirse de Sigrid lo mismo que de su Catalina de Siena nos dice ella: había aprendido a hacerse una celda en su alma. Un lugar privado y secreto al que, contrario a lo que pudiera pensarse, tenían acceso sus mejores amigos. La conversión al catolicismo de la escritora produce un escándalo superior al de su primera novela, pues Noruega, por entonces, es un país de mayoría protestante y, sobre todo, anti papista. Ello no impide que sus lectores de siempre se enamoren de su muy católica Kristin, dicen, el personaje más emblemático para los noruegos después del Peer Gynt de Henryk Ibsen –también oriundo de Kristiania - y encarnada en el cine por la actriz más amada de Suecia, Liv Ullman, dirigida por Sven Nykist, colaborador habitual de Ingmar Bergman.
En sus novelas sucesivas trata la relación amor-odio entre Kristin y Erland y su fatal desenlace a costa de la peste negra. El concepto pecado ronda sin tregua a los personajes de Sigrid, particularmente en las novelas de su época de conversa como Orquidea salvaje (1929), aunque despojado de un significado negativo. El pecado es la oportunidad de rectificar. La lección de la vida. "Epopeya doméstica", nombran algunos críticos a sus novelas históricas que, en efecto, desarrollan en forma admirable las costumbres de la época abordada; un sistema arrebatador del drama contra un fondo social cuidadosamente estudiado con el que esta autora da un vuelco total al romanticismo. Hay que recordar la voluntad de Alfred Nobel de premiar al autor que brinde "el trabajo más excepcional de una tendencia idealista" (Gidske Anderson dixit). Fue duramente criticada por las feministas al recalcar que la maternidad es el deber más alto al que una mujer puede aspirar. Algunos de sus libros católicos, como la apasionante biografía de Santa Catalina de Siena, no obstante enaltecer en apariencia la castidad, la esclavitud doméstica y la actitud de permanente sacrificio, tienen rasgos que pudieran calificarse de “feministas”.
En este libro, por ejemplo, increpa, no sin sutileza, la percepción que de la santidad femenina se tiene en las diversas religiones, no exclusivamente en el catolicismo y la insistencia en satanizar la belleza y sexualidad femeninas, no obstante ser María, Madre de Cristo, el santo más arraigado en la conciencia de los pueblos que adoran al mismo. Defiende, asimismo, la igualdad entre hombres y mujeres, claramente proclamada por el mismísimo Jesucristo, y la contribución innegable de las mujeres en la construcción de la Iglesia Católica y el posicionamiento de la misma ante el mundo, dejando entrever su rebeldía respecto al acaparamiento del poder eclesiástico por parte de los varones, recordándonos en el ínter que el mismísimo San Pablo, a quien se le considera un misógino, tuvo discípulas: Lidia y Tiatira. Sin ellas, sin las mujeres, ni Jesucristo ni Pablo hubieran llegado demasiado lejos: “(…) Jesucristo ignoró el muro invisible cuando requebró el alma humana, al hombre creado a su imagen, creado como hombre y mujer (…) Nuestra naturaleza es tal que jamás dos individuos son exactamente iguales, y por otra parte, las distintas muestras de nuestra vida están condicionadas, entre otras cosas, por el sexo del individuo, aparte de los distintos fines, anhelos, deberes y exigencias impuestos por las formas sociales y por la posición del hombre y de la mujer en la sociedad, en todos los tiempos de la historia de la Iglesia” (Ediciones Orbis, Aguilar, Barcelona, 1986, traducción de Javier Armada). Qué extraordinariamente vigente nos parece el discurso de Sigrid, con respecto al actual discurso feminista que desenmascara los roles del hombre y la mujer en la sociedad como parte de un performance y no de la naturaleza. Extraordinario en especial si tomamos en cuenta que se trata del prólogo a la biografía de una santa de la Iglesia Católica.
En 1939 Sigrid pierde a su madre y a su hija por una misteriosa enfermedad, justo un año antes de que Noruega padezca la ocupación alemana. Su hijo mayor, Anders, muere en el frente a los 27 años de edad, muy cerca de donde se ubica el hogar de los Undset y la escritora escapa a Suecia con el único hijo que los sobrevive. Sus libros serán prohibidos por los nazis, luego que realiza una crítica abierta y valiente en su contra. Ese mismo año, 1940, Sigrid se exilia junto con su hijo a los Estados Unidos desde donde apoya activamente el movimiento de resistencia a través de encendidas disputas y discursos, “(…) Sería más fácil ablandar una piedra que arrancar de mi corazón tanta resolución. Perdéis el tiempo luchando contra ella.”. Es durante su exilio que escribe la maravillosa saga de Olav Audunssön, la más noruega de sus novelas. Sin embargo, logra regresar a su amada tierra en 1947, para pasar ahí sus últimos años. Muere en Lilenhammer, el 10 de junio de 1949, tímida e inesperadamente, poco después de haber sido condecorada con la cruz magnífica de la Orden de St. Olav, santo en honor al cual nombró a su héroe literario. En 1951 se publicó póstumamente su novela sobre Catalina de Siena, su obra más conocida en castellano.

Lee la Autobiografía de Sigrid Undset (en inglés) aquí