Juego de niñas

… Pero si aprendes a escribir mejor, poca falta de hará ningún color, con las palabras los tienes todos.
C.B

Sueña Carmen que su cama es océano, la mar oceánica; que la libreta es el barco y la pluma fuente, su remo. Ella, por supuesto, es la capitana y sus personajes, alucinante y variopinta tripulación. Tiene Carmen hambre y sed de épica. Nada la contiene, todo la desborda. “Soy más de ópera que de bolero”, afirma Carmen Boullosa, seguidora fiel de Katherine Mansfield y Jane Austen; incapaz sin embargo de ocuparse como ellas de la domesticidad pues, dicho por la propia Carmen, su tinta es muy cargada. “Adoro cocinar, pero no soy de sopitas de fideo sino de banquetes fastuosos… me encanta la exageración”. Ahí, en su cama, puede permanecer Carmen días enteros, años, si la dejan, enfundada en su camisón y las irremediables sábanas manchadas con su tinta cargada, si bien “mi espalda ya no me permite escribir todo acostada, lo hago sentada en un sofá… en mesa no, escribo una parte sobre el sofá, que instalé en la cocina… lo hago todo a mano y luego en computadora. He aprendido a usar la lap top como si fuera una libreta, sobre mis rodillas… pero como verás no me desprendo de la libreta. Necesito esta cercanía...” “Carmen”, en Granada, significa una quinta con huerto y jardín; también una composición poética: todo eso es Carmen Boullosa cuando recrea sus mundos sobre las rodillas, aislada por la espesa cortina de una larga cabellera castaña, exagerada como toda ella, flagrante desmentido contra Shopenhauer. Detrás de ella se oculta una fisonomía extraordinariamente parecida a la de su heroína reciente, la pintora de Cremona Sofonisba Anguisola, cuyo rostro parece demasiado pequeño para contener tan grandes ojos.
Juego tan peligroso como fascinante desde la infancia, la imaginación, según se aprecia en su maravillosa novela Antes, cuya narradora vive al acecho de las pisadas de la edad adulta y muere como niña, simbólicamente –como antes ha muerto su mejor amiga- cuando se presenta la primera menstruación: trágico cierre de lo que pareciera una historia de fantasmas: “(…) ya no soy la que fui de niña. Soy la que era, eso sí, soy o creo ser la misma desde el día en que nací hasta hoy, pero no tengo los mismos ojos. A mí misma me he impuesto la obscena tarea de deformarme, de quitarme la facultad de abrazar, de arrancarme las formas que ocultan un cuerpo.” (Editorial Vuelta, Col. La Imaginación, México, 1989). La alfombra mágica de su poderosísima imaginación la traslada a terribles mundos de donde la mujer –y mucho menos la niña- sale entera a menos que recurra a un eficaz disfraz de varón… y no me refiero solo al atavío sino a todo lo que implica la virilidad… el arte de la guerra, por ejemplo, como en Son vacas, somos puercos o Duerme. O el empecinado desarrollo de una vocación artística en pleno siglo XVI como Sofonisba Anguisola (1532-1625), la Sor Juana de la pintura renacentista, recreada en La virgen y el violín. Así pues, el de la identidad es el conflicto más recurrente en la atípica novelística de esta escritora mexicana. No la identidad arqueológica, la de la excavación de los orígenes, explica Carlos Rincón, sino como inventiva, como creación espontánea y voluntaria de una nueva personalidad, de un nuevo futuro, característica perfilada tras la reescritura del llamado “subgénero” de las novelas de piratas que Carmen retoma, revive y vuelve tan, tan suyo. Tal es el furor imaginativo de esta autora nacida el 4 de septiembre de 1954 en la ciudad de México, más exactamente en la colonia Santa María la Ribera, escenario de Antes, que no debiera sorprendernos que su llegada a Nueva York el 10 de septiembre de 2001 junto con sus dos hijos, donde actualmente radica –forma parte del cuerpo académico de la CUNY, de City College- coincidiera ¡por un pelo! con el desastre presuntamente perpetrado por musulmanes, descendientes de los personajes encantadores de La otra mano de Lepanto (Fondo de Cultura Económica, México, 2005), enfrentados a la irracional crueldad de cristianos muy poco cristianos, y quienes adoptan a una huérfana gitana, María, recién fugada de un convento donde se le ha despojado de la única herencia de su padre, humillada y explotada como tantas infortunadas jovencitas en la lujuriosa España del siglo de Cervantes. En el seno de este clan morisco, donde las mujeres gozan insólito nivel de igualdad con los varones, al grado de recibir instrucción militar por parte de los patriarcas, aprende María a dominar el arte de la espada como aquel otro que fluye por sus venas de bailaora: “(…) Las guerreras moras no se ahorraron con ellos (los cristianos invasores) ninguna crueldad. Sobre cada uno de los soldados en que ponen las manos cobran venganza. Las madres dan cuenta de sus hijos muertos. Las hijas, de sus padres perdidos. Las hermanas, de los hermanos que han perdido por las tropelías de los cristianos, los malos tratos, prisiones sin motivo, o los violentos abusos de la justicia castellana (…)” (p. 24). Su amor por un caballero cristiano, sin embargo, orillará a María la baiolaora a usufructuar la identidad del varón Pincel para pelear codo a codo con su amado contra los moros, sus salvadores de antaño, violando así la promesa hecha en conjunto con sus cuatro hermanas espirituales, de las cuales la pelirroja Zaida, también disfrazada de varón tras ser vejada hasta la ignominia por los cristianos, buscará a María para vengarse. En medio de su desenfrenada aventura y un arrojo no lo bastante valorado por el hombre por quien traiciona a sus amigos y maestros de vida, María coincidirá nada más y nada menos que con un excéntrico soldado de nombre Miguel de Cervantes Saavedra quien, convaleciente por la malaria y una mano recientemente cercenada, se prestará a armar caballero a la joven travestida (las doncellas travestidas son una constante en la obra de Cervantes), sin decidirse a incorporarla oficialmente: “El hombre –se nos dice de Cervantes- no era demasiado robusto, pero tenía una cara fenomenal. Ésta era tan grande y de tantos colores y texturas que vista así de cerca parecía un paisaje. En medio de la cara, casi al centro, como dos pequeños errores, le chisporroteaban dos ojillos redondos y negros, rodeados por ondas de piel, aquí rojizas, allá moradas, las más lejanas de los ojos eran blancas, desaparecían como devoradas por la protuberante nariz (…) Los poetas sólo andan entre poetas y todos entre sí se detestan, ¿qué para que andan juntos?, ¿Qué por qué se detestan? ¡Porque son poetas!” (p.p 383 y 384) El Cervantes de Carmen no es aún el autor de Don Quijote de la Mancha, aunque sus actitudes desvelen a un héroe sin duda quijotesco. Las heroínas de Carmen parecen, asimismo, brotes de simiente cervantina, aunque sus caracterizaciones y fingimientos resultarán letales para ellas y quienes las rodean; hipérboles de la transición femenina, del recato y la inercia a la independencia y la facultad de tomar decisiones, como la paradigmática Claire Fleury/ Clara Flor, heroína de Duerme, perfecta fusión de la legendaria pirata Anne Bonny y el Orlando de Virginia Wolf; o Lear, de Cielos en la tierra, heroína con nombre de rey trágico que desde un remotísimo futuro intenta descifrar un texto del siglo XX, traducción a su vez de otro escrito en el XVI, lo que da pie a una de las novelas más complejas de la literatura mexicana contemporánea.En varias de sus novelas juega Carmen la alternancia temporal pero, más que la ciencia ficción –género donde se insiste en insertar a Cielos en la tierra-, busca proveerlas de un carácter lúdico que permita quebrantar el orden de la naturaleza y, con ella, la asignación cultural de los roles femenino y masculino; pervertir el cliché y recrear la feminidad. Aún las niñas presas de hogares disfuncionales, como las protagonistas de sus dos primeras novelas, Antes y Mejor desaparece, ejercerán indiscriminadamente el poder de su imaginación, más destructivo que maravilloso pero maravilloso a fin de cuentas: “(…) Se puede deducir que para Boullosa, la literatura es una suerte de conjuro, una forma de exorcizar esta suciedad fantasmal que tiene su origen en las instituciones, en la escuela, en la familia, en la iglesia”, señala Jean Franco.
Inexplicablemente (o no tanto) ignorada por los prejuiciosos críticos literarios de su país, ha sido objeto de un simposio internacional en Berlín en 1997, Conjugarse en infinitivo, en ocasión de su obtención del premio Anna Seghers, cuyas magníficas ponencias fueron compiladas en un libro del mismo título por Bárbara Dröscher y Carlos Rincón (Editorial Tranvía Sur, Berlín, 1999), pero acaso la más incomprendida de sus novelas sea Treinta años (Alfaguara, 1999, Punto de lectura, 2003). Escrita con intención clara, por demás ambiciosa: emular a Cervantes cuando, a través del Quijote, parodió las novelas de caballerías y terminó escribiendo un epitafio al género. Carmen hace lo suyo con el realismo mágico pues Treinta años es una parodia de esta corriente, italiana de origen y adoptada y asumida latinoamericana; rodea la vida de Delmira, su heroína, otra niña insólita, de incidentes que traen a Gabriel García Márquez y a Isabel Allende a cuento. Delmira, habitante de un Agustini parecido a Macondo (la alusión a la poeta uruguaya es intencional, homenaje asimismo a la más amada poeta de Carmen), vive el asombro del mismo modo que vive Alonso Quijano las aventuras de los caballeros míticos aunque a la inversa, pues al ser Delmira el único personaje cuerdo, se percata del exuberante absurdo que la rodea. Independientemente de que la autora logra su objetivo de homenajear y matar, todo en un mismo paquete, al realismo mágico, logra una novela espléndida y riquísima en matices: “Al siguiente domingo, la vieja Luz amaneció con las llagas de Cristo (…) Ya para entonces, la vieja Luz levitaba con todo y silla de palo e insistía en palmear las manos para que cantáramos ella y yo juntas, según la costumbre, mientras mi abuela la reprendía porque salpicaba de sangre la cocina (…)”
Ha dicho Carmen Boullosa: “Es mejor trabajar con mentiras como materia prima, con piedras reales y no con recuerdos personales: ésos son carne y realidad, para usarlos el novelista los saca de contexto, los fragmenta, los rompe, los despinta, los vuelve piedras, sólo piedras”. Quizá de ahí parta La novela perfecta (Alfaguara, 2006), donde su protagonista es exactamente lo opuesto a ella, empezando porque es varón y además un escritor holgazán que accede –o accesa-, feliz de la vida, a un experimento cibernético que le permitirá con pura imaginación obtener “la novela perfecta”. De la novela histórica pasa Carmen, otra vez, a la novela futurista y a cada cual le aplica un lenguaje, un caló exclusivo de ese mundo específico; del barroco-chilango de La otra mano de Lepanto pasa al cholo-chilango de La novela perfecta sin menor dificultad… y para variar se cerciora de que su obra se autodestruya al final, nunca más justificada esa destrucción que en La novela perfecta, donde lo que se pretende demostrar es que no puede existir novela, mucho menos perfecta, si no es a través del lenguaje. Leamos la autocrítica de Vértiz, el escritor holgazán que pretendió escribir sin lenguaje: “(…) supe el defecto mayor de mi modo de narrar: nunca cobraba verdadera forma la casa, el lugar donde estuvieran las personas; el edificio nunca mostraba su geometría; a la manera, digamos, del Ridotto, las escenas ocurrían como en retratos de cámara. La escena que había hecho de la ciudad tampoco daba una idea de un Todo, miraba como a través de un catalejo, enfocándose en un círculo, desdibujando el entorno. Más que desdibujando: no dándole forma…” (p. 145).
Pero lo que mejor se le da a Carmen, ya lo ha dicho, es lo barroco, lo excesivo, como en El velázquez de París y La virgen y el violín, que pudiéramos denominar “novelas-mural”. El velázquez…, en particular, es protagonizada por un hipotético cuadro del pintor aludido cuyo periplo seguimos como si de un caballero andante se tratara. La segunda es una recreación, a partir de los pocos datos que de ella se conocen, de la pintora Sofonisba de Anguissola y su obra, a la que, como el mítico cuadro de Velázquez, inventado por Carmen, contemplamos a través de la magia de la prosa boullosiana. El velázquez de París (Siruela, Barcelona, 2007), arranca con el rescate de la mencionada obra, atribuyéndosele tal hazaña a un mozuelo de doce años llamado Mají que forma parte de la servidumbre del palacio que la alberga. Difícilmente un muchachito moro, que no ha tenido acceso a la educación (ni siquiera sabe leer) se sensibilizaría al grado de exponer su propia vida para salvar un velázquez de las llamas, pero da la casualidad de que Mají desciende nada menos que de los antiguos señores del mismo palacio, para ser precisos, de Muhammad ben Abd al-Raaman, ben Hayan, de mediados del siglo XI, y, según afirman su tía y su mamá, su bisabuela aparece retratada en aquel cuadro. Pese a que, como en todo cuadro de Velázquez también llamado “el Shakespeare de la pintura”, La expulsión de los moriscos es multitudinaria, es decir, poblada por cientos y cientos de personajes, Mají tiene perfectamente bien ubicada a su ancestra, básicamente el único valor que para él encierra aquel marco. Durante la travesía emprendida por Mají para salvar no al cuadro sino a su ancestra inmortalizada en él, y a la que se incorporará una singular pareja de amantes formada por una gitana y un cura apóstata, asistimos no solo a la recreación de la mítica obra sino a su paulatina destrucción que representa la ceguera de las mayorías ante el valor del arte: La expulsión de los moriscos será tasajeada, dividida, cercenada, meada por un burro, salpicada de sangre, hecha tiras… para finalmente sobrevivir al ultraje, poseedora de ese poder autoregenerador de las grandes obras.
La virgen y el violín (Siruela, 2008) no solo mantiene el aliento épico de Carmen Boullosa, además es la primera novela que escribe, ha dicho, con una consciencia feminista, si bien su obra ha recibido mucha atención por parte de esa vertiente crítica y es, en mayor o menor medida, feminista también. La intencionalidad feminista está en redimir la memoria de una pintora cuyas obras han sido adjudicadas a pintores que ni siquiera se le parecen, como Sánchez Coello (el “Salieri” de Sofonisba en la corte de Felipe II), el Greco, su admirado Tiziano… incluso Leonardo Da Vinci y el propio Velázquez. De hecho fue durante su investigación para El velázquez de París que Carmen supo de la existencia de Sofonisba, a quien Velázquez admiraba tanto, pero tanto, que, a manera de homenaje, dice Carmen, le copió un Cristo que ha pasado como “el Cristo de Velázquez”. Como bien señala la autora en la nota final de esta novela, resulta casi ridículo pretender arrebatarle su autoría a una pintora inimitable, pero la historia, escrita por una abrumadora mayoría masculina, se ha encargado de borrar los logros estéticos y científicos de las mujeres. Carmen, sin embargo, se lo toma con calma, con sentido del humor, y más que hacer de Sofonisba un icono del feminismo sufriente, nos la presenta como modelo del artista comprometido consigo mismo y con su arte, que renuncia a los bellos trajes y a los adornos para acarrear la bata azul que la denunciaba como artista de la corte de Felipe II. Como Sor Juana, Sofonisba llega a convertirse en una atracción de esta corte particularmente licenciosa de la que, según Carmen, su heroína permanecía al margen pues había prometido conservar su virginidad para su amado Renzo, hacedor de instrumentos musicales perteneciente a una familia dedicada a este arte que los vuelve ricos pero no aristócratas… y el padre de Sofonisba, con tal de obstaculizar el matrimonio de su aristócrata –pero pobre- primogénita, opta por instalarla en el lugar indicado para dar rienda suelta a un talento que él mismo reconocía… tanto, que es el padre quien percibe las ganancias obtenidas por la venta de los bellos cuadros de su hija, las cuales acumula para pagar las dotes de sus hijas casaderas. Sofonisba no solo pinta madonas sino escenas de la vida cotidiana, que no por cotidianas dejan de ser mal vistas… como un cuadro donde un grupo de risueñas muchachas –una de ellas que ríe de manera abierta, diríase, descarada, escandaliza al mismísimo Miguel Ángel- departen en torno a un tablero de ajedrez, actividad, por cierto, poco propia para una dama. Sofonisba vive malas experiencias, con las que muchas mujeres exitosas de la época actual podrían identificarse -¿la propia Carmen, por ejemplo?-… y la cosa empeora tras una viudez que la deja vulnerable y a expensas de enemigos y enemigas gratuitos:

Los aristócratas la despreciaban y la temían. No provocaba admiración sino desprecio. Sus colegas sí respetaban su arte, había un número importante de pintores en Sicilia, también entre ellos hacía olas Sofonisba, acarreaba muy a su pesar tempestades (…) No ganaba un céntimo por sus magníficos lienzos, no era un rival: sólo por esto le perdonaban la vida. Si los hubiera vendido, tal vez la habrían matado a ella antes que al marido (…) “siempre se sabe acomodar en el lugar apropiado”, corrían chismes de todo tipo, que si Campi la había corrido del taller, que si Miguel Ángel le había corregido los dibujos por quedar bien con su padre (…) Los pintores creen que es una traición que deje Sicilia, se dan por ninguneados. Los jóvenes sienten un desamparo, los maduros y viejos amenaza, es mejor tener cerca de la rival femenina donde creen que pueden hundirla (…)” (p. 213)

Aunque salta a la vista una exhaustiva pesquisa del personaje en cuestión por parte de la autora, Carmen privilegia la agilidad de su relato y su fervor por las palabras por sobre la verosimilitud que, dicho sea de paso, no parece preocuparle demasiado. Su principal interés es mantener en vilo al lector, hacerlo sentir en pantuflas, como en casa. Como se siente la propia autora mientras escribe. Así entonces, nos entrega otra divertida trama que borda el lenguaje de la época con mexicanismos, e involucra nada menos que al nieto de Moctezuma, un poco a manera de guiño cómplice con el lector.
Para Carmen lo más amado es el lenguaje. Lo ha demostrado a través de la poesía también, género con el que, pocos saben, debutó como escritora. El género poético, lejos de poner freno a su desbordante imaginación, ha sido otro campo fértil para la misma y su “tinta cargada”. En este campo ha destacado con La salvaja y, más recientemente, con Salto de mantarraya (y otros dos) (Fondo de Cultura Económica, Letras mexicanas, 2004), exhibiendo sin recato ese asombroso dominio del castellano, de los castellanos, que le permite inventar otros tantos en función de su muy personal universo mágico-bélico. Ha incursionado en el cuento, género al que no era muy adepta, a través del libro El fantasma y el poeta (Sexto Piso, México, 2007), que recupera sus obsesiones novelísticas: el arte, los personajes históricos, los fantasmas, la reinvención de obras míticas –en este caso un cuadro inconcluso de David-, la recreación de escritores –Octavio Paz, protagonista del relato que da título al libro- y una muy, muy fuerte presencia autoral: “(…) Camina con paso rápido. Literalmente está dentro de su poema, en ese límite donde el oído percibe para tomar y hacer parte de la sinfonía que dentro de sí está sonando..." (p. 97)
Fragmento en PDF de La virgen y el violín