Pasión de justicia




El escritor es la costilla de Adán del personaje.
N.G

¿Hasta qué punto puede considerársele a Lionel Burger un héroe contemporáneo? Se trata, por un lado, de un hombre blanco, de filiación comunista, feroz luchador contra el apartheid, esto es: una minoría de blancos esclavizando a la mayoría de la población sudafricano, compuesta por personas de raza negra. Sus mejores amigos son negros. Invita a niñitos de color a nadar en la alberca de su casa, para que sus hijos rubios convivan con ellos. Burger acepta con una sonrisa el veredicto de cadena perpetua, acusado de traición contra los colonizadores británicos de Sudáfrica, mismos que rehúyen caminar por la misma acera que un negro, “la condena a cadena perpetua —se dice en la página 166 de La hija de Burger (TusQuets, 2002, traducción de Iris Menéndez) —autorizó a Lionel a decir desde el banquillo “sería culpable si fuera inocente de trabajar para destruir el racismo de mi país. Si yo soy culpable de esa inocencia, no será la policía quien tenga derecho a prenderme.”
Pero resulta que Burger no se ha hundido solo. Arrastra en la vorágine a su esposa, a sus hijos y hasta a una abnegada amante negra a la que parece haber utilizado, como en realidad los ha utilizado a todos. Este es el lado oscuro del héroe: su sed de trascendencia, caiga quien caiga. Objetivamente hablando, no existe demasiada diferencia entre el mártir de izquierda y el industrial de derecha; entre Lionel Burger y Mehring, protagonista de El conservador, que se tiene por bueno por no hacer daño deliberado a nadie. Ambos son, sin embargo, profundamente egoístas.
La única sobreviviente de la familia Burger, la que da título a la que considero la obra maestra de Nadine Gordimer, será Rosa, inspirada, según revela la propia Nadine en Escribir y ser, en una muchacha absolutamente real y desesperada que la buscó para narrarle su ingrato destino como Hija del Héroe, circunstancia que le arrebata hasta el nombre, pues Rosa nunca será Rosa sino “la hija de Burger”, y todos se le acercan específicamente por eso, por ser la Hija de Burger, como Marcus, el sueco que la seduce pensando escribir la biografía de Burger y, de ser posible, hasta filmar una película inspirada en su vida. Para bien o para mal, Rose es sólo la Hija de Burguer: “No tengo pasaporte porque soy la hija de mi padre. La gente que se relaciona conmigo debe estar preparada para ser sospechosa porque soy la hija de mi padre.” (p. 81).
Nacida en el seno de una familia clasemediera, el 20 de noviembre de 1923, en Spring, población minera próxima a Johannesburgo (Transvaal), la sudafricana Nadine Gordimer, hija de un lituano judío (cuando Lituania pertenecía a Rusia), relojero de profesión, y de una inglesa, londinense para mayor exactitud, sería la séptima mujer y primera sudafricana en ganar el Nóbel en literatura, en 1991, tras una ausencia de nombres femeninos de más de treinta años, fenómeno que valdría la pena analizar, aunque no es el momento. Veinticinco años después del nacimiento de Nadine, en 1948, el llamado apartheid, es decir, la segregación de los negros, sería legalizado. Hasta entonces, la relación entre negros y blancos, que era exclusivamente de servidumbre de los primeros para con los segundos, se transformaría en confrontación racial que la escritora nunca estuvo dispuesta a consentir ni a perpetrar.
Nadine fue una rubia niña sobreprotegida a quien su madre llegó a inventarle una enfermedad del corazón para mantenerla recluida en casa, apartada de la realidad, es decir, de las cotidianas palizas propinadas a los negros en las calles, lo que no impidió que la inquieta chiquilla reparar en que los negros recibían trato de parias en su propio país. En medio de la soledad, inundada de dudas que nadie respondía satisfactoriamente y un grito atravesado en el pecho, Nadine se encontró a sí misma en la escritura contando apenas 9 años. Publicó su primer relato a los 15, en la revista Forum. Como Rose Burger, Nadine formó parte de una comunidad blanca segregada y convivió mucho más con jóvenes negros que con blancos, incluso en la universidad, lo que explicaría la gran verosimilitud con que aborda personajes negros, muchas veces protagonistas de su narrativa. Se educaría en el Convento de la Señora de Nuestra Misericordia, pero de algún modo la disciplina de escribir la liberó de sus ataduras convencionales y en 1948 escapó rumbo a Johannesburgo, matriculándose en la universidad de Witwatersrand, donde no habrá de obtener un diploma en Literatura pues la escritura termina por acaparar su tiempo, su mundo. Pasar de un ámbito a otro, vivir en el ojo del huracán, debe haber sido sumamente difícil para una muchacha que, además de su talento e inteligencia, era judía, rubia y hermosa, lo sigue siendo –“Menuda, dama de hierro de fuerte carácter pero coqueta al fin y al cabo, elegante a sus 84 años…”, escribe Javier Aparicio Maydeu. La dorada melena de Nadine entreteje hoy finos hilos plateados que acentúan el brillo de su mirada sensual.
Justo un año después de su ingreso a la universidad, vorazmente nutrida de Chejov y Proust, publicaba su primer libro de relatos, Face to face, al tiempo que contrae matrimonio. Su segunda unión con un empresario de nombre Reinhold Cassirer, también judío, refugiado de la Alemania nazi, coincidiría, cosa curiosa, con la publicación de su primera novela, en 1953, Los días mentirosos. Tiene una hija y un hijo de cada unión.
Imposible no relacionar a la autora con la joven Helen Shaw, protagonista de Los días mentirosos —“La primer novela siempre será autobiográfica”—, una bildungsroman que, junto con la historia de una jovencita de Transvaal que poco a poco se libera de un entorno opresivo, abre los ojos… se abren tanto los de la protagonista como los del lector, a las atrocidades que se perpetran en su país y llevan a Helen a involucrarse en movimientos rebeldes que pugnan por la institución de los derechos elementales para los afrikaner. Algo semejante ocurrirá con Toby, la heroína de A World of strangers (1958), que llega a una Sudáfrica sacudida por las atrocidades del apartheid. “La violencia –escribe en Un arma en casa –es el infierno común a todos los que están asociados con ella”
En 1956, a los treinta y tres años publica su más importante colección de relatos, La suave voz de la serpiente, a la que seguiría el también libro de relatos Seis pies de tierra. En 1960 obtendría el Premio W.H Smith and Son con los relatos de La huella de Viernes. En sus cuentos, Nadine va más allá de plasmar la vida cotidiana en Sudáfrica, cosa que por cierto hace espléndidamente y, como en sus novelas, recrea las tensiones entre blancos y negros durante el apartheid, lo que habría de ponerla en la mira de la censura oficial. Por lo menos dos de sus libros fueron prohibidos en Sudáfrica: Ocasión de amar (1963), historia de amor entre un pintor negro y una joven blanca, y El último burgués (1966). Lo importante, lo digno de admirarse, es que en todo momento haya escrito como si no existiera la censura. Nadine ha inmortalizado la cara más deleznable de la historia de su país: el racismo. Desde su primero hasta su último libro, el motor de su escritura ha sido la indignación hacia un sistema que esclaviza a la gente de color, lo cual no significa que sean estos víctimas permanentes de su narrativa, como sucede en la extraordinaria novela La historia de mi hijo (1991), donde el adulterio de un respetable páter familia negro, sorprendido in fraganti por su hijo, desencadena una tragedia familiar. Esta novela retrata a una familia negra que empieza a tener ciertos privilegios de blancos, narrado desde el punto de vista de un joven de color: “(…) era una doble libertad que me tomaba: evadirme al estudio y sentarme en la butaca marrón de terciopelo en un cine de un barrio donde vivían blancos (…) Nadie había tomado nota de dónde vinieron su bisabuelo o su abuelo: las manos rugosas de aquellas generaciones no escribían cartas ni guardaban apuntes (…)” (Norma Literatura, Bogotá, 1991, traducción de Hernando Valencia Goelkel). Casi al tiempo de publicar este libro, obtendría Nadine el Premio Nóbel de Literatura: “Debemos buscar el sentido –señala la autora-, la misma búsqueda de sentido que cometen esos actos violentos, la misma búsqueda de sentido que llevan a cabo aquellos que fueron víctimas.” El artista, para Nadine Gordimer, es un ser eminentemente político porque está siempre pendiente de lo que ocurre en el mundo y no puede (ni quiere) evitar ser moldeado por esos acontecimientos.
Si bien la literatura de Nadine es un reflejo de la vergonzante división racial que estigmatiza a sus connacionales, fue ella quien profetizó el radical cambio de esa sociedad en la asombrosa novela Un invitado de honor (TusQuets, 1988, traducción de Esteban Riambau), publicada originalmente en 1970, época muy anterior a la ascensión del primer presidente negro en la historia de Sudáfrica, Nelson Mandela. El personaje del presidente Adam Mweta, incluso, está claramente inspirado en el entonces preso político Nelson Mandela. Este perturbador fragmento describe nítidamente un porvenir que parecía imposible: “Ellos (los blancos) saben todos que al finalizar el año trabajarán por contrato, y eso quiere decir que serán sustituidos dentro de tres años. Y es que ellos nunca se han esforzado. Han conservado el empleo durante todos estos años, ¿qué quiere? No se necesitaban ideas, no era preciso moverse de la silla; bastaba con seguir emitiendo un sonido a partir de la caja mágica para mantener quietos a los nativos... y ahora, bum, todo ha desaparecido, incluso el único incentivo que tenían: su pensión. Son un espectáculo patético, amigo mío, y es poco lo que tienen para ofrecer cuando buscan empleo en la BBC. No van a encontrar ni uno. Quieren marcharse, ansían hacerlo. Cualquiera es capaz de ver que no pueden resistir verles las caras cuando trabajan con ellos (con los negros), la situación así no es muy agradable, como puede imaginar.” (p. 35). Señala Nadine en entrevista con José Gordon y Guadalupe Alonso: “Creo que fue Goethe quien lo dijo, y lo estoy parafraseando: donde quiera que vivas, en toda sociedad, cierras los ojos, sumerges la mano en lo profundo de esa cultura y de lo que extraes tal vez obtienes un gran de verdad (...) todo lo que podemos obtener, si somos escritores honestos, es un grano de verdad.”
La narrativa de Nadine está signada por esa imposibilidad de penetrar en los demás y en uno mismo. Ella misma no tiene idea de lo que albergan sus personajes, que nunca dejarán ver más allá de lo que ellos quieran, que puede ser mucho —como Rosa Burger— pero nunca, nunca suficiente. La justicia será un concepto harto subjetivo, por tanto, los luchadores sociales no serán necesariamente simpáticos o dignos de emular. Lo vemos no sólo en Burger, también en la insaciable Vera Stark, protagonista de Nadie que me acompañe (1994). ¿Hasta qué punto, parece ser la pregunta implícita en la obra de Nadine, se lucha por el bienestar del prójimo y no por vanidad? Luchadora social ella misma, no puede evitar ser pragmática, no obstante el amor y la pasión sean parte fundamental de su discurso, sobrio que no contenido. “Yo soy africana –ha dicho, apasionadamente – y el color de la piel no importa.” Vale la pena recordar que Nadine formó parte del ANC (Congreso Nacional Africano), cuando dicha organización era aún ilegal, además de ser la más querida amiga de Nelson Mandela. La mayor parte de las relaciones amorosas en la novelística de Nadine Gordimer serán peligrosas, inadecuadas, cuando no imposibles, aún dentro del matrimonio (la esposa de Burger le ama sin esperanza durante toda su vida), y si bien las diferencias ideológicas, religiosas o raciales parecen irreconciliables, el amor, parece decirnos Nadine, es justamente eso: la suma de las diferencias. Y entre más abismal la diferencia, más intensa la pasión. Consciente de su propia diferencia, que empieza por el hecho de pertenecer a una minoría blanca, minoría represora para colmo, Nadine Gordimer se esfuerza por entender al otro, por meterse en su piel, por mirar a través de sus ojos, por experimentar su dolor, por apropiarse de su rabia, de ahí novelas tan excelentemente logradas como la breve pero muy intensa La gente de July (Grijalbo, 1990, traducción de Laura Freixas), donde los blancos pasan a ser los perseguidos, aunque auxiliados por unos agradecidos criados negros.
Otra de sus más impactantes novelas lo es sin duda Un arma en casa (Byblos, Barcelona, 2006, traducción de Carmen Franci Ventosa) que, ante todo, plantea la pavorosa posibilidad de que unos padres no conozcan la verdadera personalidad de su hijo, sino hasta que este asesina a un amigo. Pero la cosa no termina en la búsqueda de un abogado que demuestre la improbable inocencia de Duncan, hijo de Claudia y Harald (ella doctora, él empresario), pues el hecho criminal descubre aspectos de la personalidad de Duncan que van más allá de un instinto criminal nunca detectado. Duncan, arquitecto de veintisiete años, ha ocultado a sus padres la parte esencial de su personalidad: “(…) La gente ambiciona que sus hijos lleguen más lejos de lo que ellos han llegado; el suyo ha hecho de este propósito un horror.” (p. 143).
El desvelamiento de la verdadera personalidad de Duncan, sin embargo, es apenas un aspecto de la novela. Está también la inquietante presencia de Hamilton Motsamai, al parecer, único abogado capaz de liberar a Duncan… un abogado negro. Pese a mantener una actitud más bien neutral respecto a la segregación racial de Sudáfrica, Claudia y Harald Lindgard se llenan de inquietud ante el hecho de que sea un hombre de color quien asuma la defensa de Duncan, aunque todo parece indicar que solo Motsamai puede salvarlo, que sólo él cuenta con los subterfugios necesarios, con el talento, pues… aunque contratar a un profesionista negro es del todo novedoso, cuando no hacía mucho se ponía en duda la capacidad intelectual de los negros. El roce con el imponente abogado, que se vuelve cotidiano, los lleva a reflexionar sobre su posición ante el conflicto político, y si bien la certeza de que jamás han atentado contra la integridad de ningún negro tranquiliza su conciencia, no logran escapar a sus prejuicios: “Ella (Claudia) no era de esos médicos que, en su trabajo, tocan la piel negra igual que la blanca pero conservan prejuicios liberales contra la capacidad intelectual de los negros. No obstante, ahora sí se lo plantea, y él también; en el lodo en que ahora se ahogan, donde se ha cometido el crimen, los viejos prejuicios todavía reptan hacia la superficie (…)” (p. 51)
El abogado, por su parte, está lleno de prejuicios contra los blancos y las mujeres. Prejuicios, no necesariamente odio –Motsamai se nos presenta demasiado pagado de sí mismo, muy vuelta en todo para suponer que alberga odios-, quizá no otros sino los mismos que otros han manifestado hacia él. Motsamai concluye, casi en el acto, que lo que impulsó a Duncan a jalar el gatillo contra su amigo fue un lío de faldas. Aparentemente no se equivoca pues, en efecto, la novia de Duncan, Natalie, fue sorprendida por éste mientras follaba con quien sería su víctima: “(…) Con las mujeres, ya sabes lo que pasa: son muy astutas. Y ella empieza a chorrear encanto como si fuera un grifo cuando se siente acorralada. Tengo que dirigirla con paciencia, sin que se dé cuenta, para que se condene mientras cree que está hablándome de él. Hay que saber tratar a estas mujeres (…)” (p. 101).
Naturalmente, como en toda novela de Nadine Gordimer, las cosas son más complejas de lo que parecen. En el vasto y prolijo mundo narrativo de esta autora, un asesinato por celos parece improbable por banal. Las relaciones humanas en el contexto de una Sudáfrica inmersa en vendettas, en crímenes recitados junto con el reporte del clima, en intercambios de balas entre taxistas y pasajeros y riñas mortales en las discotecas, suelen estar por encima de la vanidad y del amor. Lo político, lo identitario: profunda herida colectiva que se impone a cualquier baja, vulgar pasión: “(…) esta utilización del nombre de pila de un hombre negro no es un signo de igualdad, eso no basta, sino señal de aceptación, de que él te da permiso para que accedas a su poder sin sentirte intimidado (…)” (Un arma en casa, p. 121)
Nadine Gordimer ha recibido un total de catorce títulos honorarios en las universidades de Yale, Harvard, Columbia, York y Cambridge (Inglaterra), entre otras, así como once premios literarios. Contrario al otro sudafricano laureado con el Nóbel en 2003, J.M Coetzee, que se retiró a vivir a Australia, Nadine sigue viviendo en Sudáfrica, en su antigua casa de Parktown, donde sufriera un asalto en octubre de 2006, que, por fortuna, no pasó del susto: “Cuando un escritor marcha al exilio –ha dicho la autora- pierde su lugar en el mundo” Sigue siendo, además, presidenta del Pen Club Internacional, organización formada un año antes de que Nadine naciera: 1922. Su más reciente novela es Atrapa la vida (2005).


Nadine Gordimer sobre el racismo