La patria anochecida

...cómo en la muerte
empieza la vida
N.S
Pocos fueron los artistas que sobrevivieron al holocausto cultural, cuando el Tercer Reich cortó una de las más ricas arterias del arte judeo alemán. Nelly Sachs, más que sobrevivir, zozobró. Estuvo a un paso de refrendar lo expresado por Primo Levi (¿o fue Adorno?), respecto a que después de Aushwitz no podía continuar escribiéndose poesía. Terminó demostrando que la poesía no solo era posible, sino vehículo último para restaurar la cultura masacrada. Parafraseando a otro Nóbel de Literatura, el antillano Derek Walcott, los autores aquí citados pertenecen a esa clase para quienes la muerte de las civilizaciones es arquitectónica, no espiritual. En 1966, en circunstancias excepcionales, la poeta sueco-germana de origen judío, compartió el Nóbel de Literatura con el israelí Shmuel Yosef Agnon (1888-1970), autor, entre otras, de la extraordinaria novela épica de pioneros emigrantes de la Alemania nazi titulada Only Yesterday (1945). Sería, además, la primer mujer judía en obtener dicho galardón. Donó la mitad del monto económico del Premio, así como gran parte de las regalías de sus libros, a los emigrantes judíos sin hogar, aquellos con quienes tenía una tragedia en común. Ya en 1962 se había implementado un premio que ella fue la primera en recibir y que de ahí en adelante llevaría el nombre de Nelly Sachs, en Dortmund, Suecia, sede, por cierto, del estreno de la obra maestra de la autora, Eli o la pasión de Israel, transmitida por radio, a manera de ópera, con música del compositor también judío, Moses Pergament, a finales de los cuarenta. Poco más tarde sería llevada a escena por primera vez, en esa misma ciudad.
Como Thomas Mann y Herman Hesse, escritores de nacionalidad alemana, también galardonados con el Nóbel, Nelly padeció la persecución del nazismo, incluso después de cancelado el régimen, viviendo en una ciudad segura y tranquila como Estocolmo. Algunas de sus cartas al poeta francés de origen rumano, Paul Celan (1920-1970), otro Perseguido con quien la unió una entrañable amistad, como esta, fechada el 16 de agosto de 1960, exponen el coagulo dejado en su alma por la mutilación de su fe, con minúscula… la Fe mayúscula le permitió reanudar el camino, una y otra vez: “(…) Paul, todavía no estoy libre, la red de angustia y espanto que han arrojado sobre mí todavía no se ha levantado (…)” (Paul Celan/ Nelly Sachs, Correspondencia, Editorial Trotta, Madrid, 2007, Traducción de Antonio Bueno Tubía, p. 44).
Leonie “Nelly” Sachs nació el 10 de diciembre de 1891, en Berlín, Alemania. Vivió su infancia y adolescencia en Tiergarten-viertel, uno de los más elegantes barrios de Berlín. Empezó a elaborar versos, muy jovencita, quince años a lo mucho. Versos de amor, es de suponerse. Ese rasgo de su poesía –lo amoroso, lo sentimental –no la abandonaría ni en sus instantes más desgarradores, aunque llegará a transformarse en llanto quieto, pudibundo, avivado de pronto por arrebatos de ardor místico. Hija de un inventor e industrial diletante de nombre William Sachs y de Margaretha Karger, como toda niña de clase media alta, tomó clases particulares de danza y música. Soñó ser bailarina antes que escritora. Sus versos primeros hacían referencia al baile y a la música y solía bailar mientras su padre interpretaba torpemente algún ballet al piano. Familia profundamente religiosa pero abierta al arte y, por consiguiente, a la vida, a la experiencia, de ahí que la hija haya conseguido combinar magníficamente ambos aspectos.
La máxima inspiración literaria de la joven Nelly fue nada menos que la escritora sueca Selma Lagerlof (1858-1940), primera mujer en obtener el Nóbel de Literatura, y con quien iniciaría nutrida correspondencia desde su adolescencia. A Selma dedicó Nelly su primer libro, Leyendas y relatos (1921), única colección de cuentos de su autoría. Aunque en Lagerloff encontraría la primera inspiración, cuando a los quince años tuviera en sus manos la novela Gösta Berling (1891), Nelly cimentaría la parte madura de su obra, la parte herida que redactó durante los tiempos de persecución y hambre, en el Zohar, en la tradición cabalística y en el jasidismo. Su obra es, ante todo, profundamente religiosa. Si se me permite el término: científicamente religiosa. La joven escritora publicó puntualmente en los periódicos durante más de una década. En 1933 moriría su amado padre, pero lo que silenciaría su pluma por muchos años, lo que estuvo a punto de callarla para siempre fue el arribo al poder de los Nazis en 1930. La vida se tornó insoportablemente solitaria y miserable para Nelly y Margaretha, su madre, máxime tras estallar la Segunda Guerra Mundial.
Esta desgracia habría de trastocar para siempre su percepción de la vida y, por consiguiente, su sentido de la Poesía. Madre e hija fueron recluidas en un campo de trabajos forzados donde morirían varios miembros de su familia. Lograron huir, en condiciones no muy claras, rumbo a Suecia, al parecer por intermediación de Selma Lagerlof, querida mentora de Nelly, quien intervino a favor de ellas ante el Príncipe Eugenio para que les autorizara visas. Ni Nelly ni su madre sabían hablar jota de sueco. Para cuando llegaron a Estocolmo, Selma había muerto. Nelly tenía que sacar adelante a una madre anciana y enferma y se instalaron en un edificio del barrio Bergsunds-tran, situado junto al lago Malär, al sur de Estocolmo, sede de la clase proletaria. Nelly, sin embargo, llegaría a escribirle a Celan: “(…) Suecia, la hierba del instante con el verde dorado de los sueños imposibles (…)”. Aprendió el idioma con sorprendente facilidad y se dedicó a traducir poesía del sueco al alemán. Esta lengua habría de enamorarla hasta la perturbación, a través de su fanática lectura de poetas nativos tales como Gunnar Ekelöff y Karl Vennberg. Según sus biógrafos, la imperturbable Nelly no dejó traslucir su angustia y el profundo daño psicológico sufrido a consecuencia de la persecución, sino hasta después de la muerte de su madre, en 1950, año en que se le recluyó por primera vez en un sanatorio psiquiátrico. Francamente escribiría a Celan, quien padeciera también desarreglos psíquicos que lo llevarían al suicidio, el 4 de noviembre de 1960: “(…) Ya pronto me dejarán salir del hospital para mudarme a una casa de reposo. Tal vez pase pronto la noche y el guarda empiece a anunciar la mañana. Desde hace 8 años, el doctor está satisfecho pues de nuevo puedo comer y ha desaparecido el tormento peor. Así que ya no necesito más tratamiento de electroshock (…) El susto por las persecuciones sigue muy vivo. Aquí en Beckomberga –desde hace años me habían amenazado con enviarme aquí- todos, médicos y enfermeras, son tan amables y buenos conmigo que uno se olvida por completo de que está en un manicomio (…)” (p. 50). Pudiera decirse que, como para la panadera de “Eli”, Nelly llevaba dentro de sí los pasos de la soldadesca nazi. A lo que más le teme el demonio –y aquí el demonio se manifiesta en los nazis –es al espejo del amor: “(…) riqueza es un judío:/ una cueva de hielo para una lágrima helada (…)” (p. 35).
Aunque nunca dejó de escribir, nunca, aunque fuera cartas que incineraba apenas haberlas escrito, Nelly publicó su primer libro de poesía, primero en este género y en ser publicado tras más de treinta años, a los 56: En las casas de la muerte, en el que emplea el talante profético del Antiguo Testamento. La razón por la demoró tanto para darse a conocer como poeta pudo ser la parálisis sufrida a raíz de un violento interrogatorio por parte de los nazis en 1939 y su fuga casi suicida, con su madre a cuestas. Fue en Suecia donde desarrolló su proyección literaria y montó sus primeras obras dramáticas, entre las que destaca la fascinante triada de La pasión de Israel. Lo que de entrada unió a Nelly y a Celan, fue la “terquedad” de escribir en su lengua materna, el alemán, siendo que dominaban la lengua de sus respectivas patrias adoptivas. Uno y otra estaban de acuerdo en que era lo único que los nazis no habían logrado arrebatarles, su única posesión valiosa. Esta preservación o purificación del idioma, llegó a convertirse en centro de la obra de Nelly. El uso del alemán representaba, hasta cierto punto, una re-apropiación del mundo al que por derecho pertenecía –arena, polvo y estrellas-; un recuperar la lejanía de una infancia feliz y hacerle lugar en el dolor de la edad adulta: “En silencio nos deslizamos por esta escarpada roca del horror/ que nos mira con esas muertes poseídas de estrellas/ placentas congeladas en polvo/ donde el canto del pájaro se extinguió/ y el labio amortajó al vino del idioma (…)” (Poema para Paul Celan, Correspondencia, p. 16).
A partir de su primer libro de poemas, Nelly se convirtió en voz emblemática de las víctimas del Holocausto. Le siguieron muchos más, como el maravilloso Vuelo y metamorfosis, de 1959, pero la obra por la que se volvió popular en su natal Alemania fue una obra dramática en verso llamada “Eli”, que se estrenó en la radio alemana en 1958. En español aparece compilada bajo el título La pasión de Israel (Grijalbo, España, 1973, Traducción de María Rosa Borrás). En esta obra, se recrean las escenas, los sonidos, las sensaciones experimentadas por los habitantes de un pueblo durante la ocupación nazi. Eli, a quien se alude en el título, es un niño de ocho años al momento de ser asesinado durante la captura de sus padres. La mayor parte del tiempo se está invocando al niño, a través de lo único que ha quedado de él, una camisa manchada de sangre, no solo se rememora el terrible instante, sino que se intenta recuperar las raíces cortadas de tajo por los invasores: “(…) Entonces comenzaron a resonar en el oído los pasos/ los pasos pesados,/ los pasos fuertes,/ pasos que decían a la tierra: / te rompo (…) ¿Oyes también ahora los pasos?/ Los llevo dentro de mí,/ andan durante el día/ andan durante la noche,/ tanto si hablas tú, como si hablo yo,/ los oigo siempre.” (p. 11)
Los poemas de Nelly subvierten el horror sembrado por el nazismo pero logran la magia, asimismo, de embellecer el horror. Abundantes en lúcidas metáforas, tan desesperanzados como bellos. Una de sus temáticas recurrentes es la culpa, la sensación de vivir una vida prestada, usurpada… de haber sobrevivido a costa de la muerte de otros; no deja de llorar a quienes no consiguieron burlar al mortal enemigo. Muchos de estos sentimientos se encuentran asimismo plasmados —y compartidos— en la correspondencia que Nelly intercambió a lo largo de dieciséis años con otro Nóbel en lengua alemana, el francés de origen rumano Paul Celan, también exiliado de la guerra, en Francia, y con quien tenía en común una sensibilidad desbordante que, inevitablemente, habría de propiciar una atracción mutua, no obstante que él, nacido en 1920, era mucho más joven. La escritura y la tragedia los unía irremediablemente. Posiblemente este poema de Nelly lo exprese mejor: y pongo mi pie vacilando/ sobre la cuerda que se estremece/ de la muerte ya empezada/ Pero así es el amor…
La correspondencia con Paul Celan, sería iniciada por la propia Nelly, el 13 de diciembre de 1957. En aquella primera carta, la poeta escribe al poeta que ha conseguido su dirección postal a través de su editorial en París, donde Nelly se encuentra al instante de escribir. Es decir, se hallan en la misma ciudad, pero ella considera más pertinente escribirle que hacerle una visita: “(…) tiene usted la fuerza para expresar el misterio que calladamente se abre (…) También yo he de seguir ese camino interior que parte del “aquí” hacia el inaudito padecimiento de mi pueblo y que prosigue a tientas desde el tormento.”. La respuesta de Celan no es tan entusiasta como se hubiera esperado, incluso, inicia la carta pidiéndole a Nelly un favor: que le haga llegar unos poemas de su autoría, inéditos, para incluirla en una selección de textos en alemán que trabaja el poeta en colaboración con la también poeta y narradora austriaca, Ingeborg Bachmann. Poco a poco, Celan va abriendo su corazón ante la espontánea ternura de su correspondiente en Suecia, quien llegará a visitarlo a él, a su esposa, Giselle y a su hijito (Nelly está verdaderamente enamorada del pequeño), “familia de ojos profundos”, nombra ella a los Celan. Algunas frases inconexas y lagunas en la correspondencia, sugieren que tanto Nelly como Paul temían que su correspondencia estuviera siendo intervenida o interceptada. Le escribe Nelly el 18 de junio de 1960: “(…) y yo tenía la carta de Gisele y la foto de Paul y dos veces Buber. Y lo puse todo junto a las otras cosas amadas y luego dormí y estaba de nuevo entre vosotros. E hice todo tal y como tú, Paul, querías –destruí la carta con los ojos cerrados en la oscura irradiación del dolor.”
Nelly Sachs, no obstante haber reiniciado su escritura a una edad madura, cosechó muchísimos premios en sus dos patrias, Alemania y Suecia, los cuales, necesariamente, habrían de desembocar el Nóbel. Mosé Korin, quien la conoció bien, refiere a “Su delgada figura, su alta y tierna voz, los amables movimientos de sus manos y esa especial sensibilidad para contactarse con todos los que la rodeaban.” Por desgracia, su poesía, muy poco conocida en español, se ha ido cubriendo de polvo, aunque el vigor de sus palabras y de su dolorosa ternura la vuelvan asombrosamente actual ante esta nueva relectura. Murió de cáncer el 12 de mayo de 1970, fecha en que, bendita ironía, murió también el autor con quien compartió el Nóbel, Sh. I. Agnón.

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