Más ciervo que condor


“(…) al margen de los meetings feministas, la mujer ha forzado ya todas las puertas de hierro forjado que eran las profesiones: es cajera en los bancos, y los libros mayores no le conocen fraude; es médica en los hospitales y juez de menores… Sus colegas refunfuñaron al dejarle entrar, y están arrepentidos de un desprecio tan tonto; es creadora en la novela, bellamente audaz en las artes plásticas, y no le asustan las duras ingenierías y la arquitectura más cualitativa.”
“Sobre la mujer chilena”
G.M

Sus ojos verde agua son lo único en que se ponen de acuerdo sus biógrafos. Inmensos ojos verdes que otorgan a sus rasgos autóctonos la irónica belleza del choque de razas: quéchua y vasca. “Cuajarones verdes (...) Nunca los ojos de un ser humano, me han parecido tan humanos”, dice Ciro Alegría. “Verdes eran y enormes como si hubieran querido abarcar el mar y la tierra toda. Pero tristes como la nostalgia de algo buscado eternamente a sabiendas de que jamás será hallado”, dice Gladys Rodríguez Valdés. Fuera de este rasgo, pudiera decirse que cada uno tiene su propia Gabriela.
Nacida Lucila de María del Perpetuo Socorro Alcayaga Godoy, un 7 de abril de 1889 en Vicuña, provincia de Coquimbo, Chile, la que sería Nóbel de Literatura, única mujer hispana en ganarlo hasta la fecha, Gabriela Mistral encierra, desde su origen, la paradoja de un espíritu entre pasional y casto. Fue, como Sor Juana, profana hija de una noche de vorágine, y su madre, Petronila, tenía ya otra niña de padre desconocido, Emelina, cuando sucumbió al animal brillo de los ojos verdes de un trovador trotamundos de paso por el pueblo. Gabriela sabría, sin embargo, que se llamaba Jerónimo. Algún nombre había que darle. “La palabra padre significa ausencia”, dice el gran escritor cubano Ciro Alegría en un librito sencillísimo pero hermoso que tuve la suerte de encontrar en la venta de saldo (a 1 peso) en una librería de viejo: Gabriela Mistral íntima (Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1980). Otras versiones menos románticas afirman que Gabriela alcanzó a presenciar las palizas de un padre borracho sobre su madre abnegada y sumisa. Nada expresiva respecto a su infancia, nos hace suponer que fue niñita oprobiada por carecer de paternidad. En su espléndido libro, La pasión de los poetas (Alfaguara, 2002), el poeta argentino Jorge Boccanera revela que Gabriela fue violada a los siete años, tragedia que habrá de confinarla irremediablemente en un refugio de poesía. ¿Hasta qué punto, sin embargo, el carecer de imagen paterna y vivir entre mujeres rebeldes, la condiciona a ser autosuficiente por el resto de su vida?
Para unos, los menos (los envidiosos, dice Alegría), era tacaña y dura. Quienes tuvieron el privilegio de ser amigos de la “insoportable demócrata” dicen que era como el ogro de los cuentos: gruñona en apariencia pero con un corazón de niña palpitando al interior de su corpulencia. “Cierto orgullo de la desgracia la yergue de pronto como a la caña pisada”, escribiría la propia Gabriela, refiriéndose al carácter de la mujer chilena en general. Niña de sensibilidad herida. Siendo pequeña, una maestra cegatona que no la oía ni respirar la diagnosticó autista. Se aplicó entonces al estudio no por deber, como la mayoría de los niños, sino por placer. A los 15 años presentó su solicitud de ingreso a la Escuela Normal, deslumbrando a los sínodos con su notable cultura. El encanto se rompe al advertir en sus escritos cierta “tendencia socialista”. Se le cierran las puertas de la Normal, lo que de ninguna manera le impedirá ser maestra. Las vocaciones de verdad son indestructibles. Lucila, como se llamaba entonces, concentraría sus energías en educar a niñas pueblerinas. En su ensayo, “l pueblo araucano”, incluido en el libro Ensayos políticos, recuerda la escritora su dura experiencia como maestra de un Liceo de Niñas de Temuco, adjunta al juzgado que ella denomina “sucia casa de pleitos, resolvedora de riñas domingueras”. Reconoce Gabriela guardar amargos recuerdos de aquella hazaña pedagógica, la cual revivía cada tanto al caer en sus oídos el familiar tamborileo del acento araucano. Por muy defensora de los indígenas siempre lo fue más de las mujeres de estos y no podía evitar que la irritaran las apologías ercillanas al recordar las expresiones de las mujeres envilecidas por aquellos hombres violentos, tanto los de la raza propia como los blancos: “(…) una cosa me clavaba siempre en la puerta del colegio, expectante y removida: la lengua hablada por las mujeres, una lengua en gemido de tórtola sobre la extensión de los trigos, unas parrafadas de santas Antígonas sufridas que ellas dirigían a sus hombres, y cuando se quedaban solas, una cantinela de rezongo piadoso o quién sabe si de oración antigua, mientras el blanco juzgador, el blanco de todos los climas, ferozmente legal, decía su fallo sin saber la lengua del reo, allá adentro.” (Fondo de Cultura Económica, Santiago, 1994, Selección, prólogo y notas de Jaime Quezada, p. 49). Gran parte de su trabajo, lo realizó la joven maestra a favor de las niñas y de las mujeres, muchas veces sin esperar a cambio más que el elemental derecho a comer. Fue testigo y mediadora, durante todo ese tiempo, de asuntos que marcaron su ceño y su corazón como niñas estupradas, mujeres violadas, amas de casa vituperadas, etcétera. La indignación y la impotencia fueron, junto con el amor y el idealismo, motor de su escritura justiciera.
Lucila adopta el nombre de Gabriela Mistral tras emplearlo como seudónimo para participar en un concurso de poesía. Obtiene su nombre pluma de la combinación del nombre de pila de su poeta favorito, el italiano Gabriele D’Annunzio, y el apellido de otro poeta amado, el francés Fréderic Mistral. Tiene 25 años y es sumamente tímida, tanto que al resultar ganadora decide pasar inadvertida entre el público asistente a la premiación. Según relata Boccanera, se enamora ahí mismo, a primera vista del poeta Manuel Magallanes Moure (1878-1924), bastante guapo por cierto, quien preside la frustrada ceremonia. Unos insisten en pintarnos una Gabriela asexuada que no admitía ser tocada por hombre alguno. Otros, como Volodia Teitelboim, la vuelven portadora de ardientes anhelos. Gladys Rodríguez Valdés, la más cursi, se regodea en su ideal de doncellez anómala tras la que se escuda una sexualidad algo torcida, aludiendo a su estrecha amistad con la escultora Laura Rodig y la profesora Pina García. Ciro Alegría nos habla de su miedo al amor que, omitiendo el episodio de la violación, adjudica a su traumática experiencia con Romelio Ureta, su primer novio, que se suicidó de un balazo en la sien, dicen, cuando cometió un desfalco en su trabajo. Para entonces, Gabriela y Romelio habían terminado su noviazgo y ella se sentía terriblemente insegura de su amor, sobre todo tras haberlo visto con otra. Le impactó sobremanera enterarse de que lo único que cargaba Romelio al matarse, era un retrato de ella. Escribiría Gabriela: “¡Oh no! ¡Volverlo a ver no importa dónde, / en remansos de cielo o en vórtice hervidor,/ bajo una luna plácida o en un cárdeno horror!” (Desolación). Así pues, mientras Rodríguez Valdés le endilga “una vida sentimental parva”, Boccanera cita al pianista Alfredo Videla Pineda y al poeta Jorge Hübner Bezanilla, que se inspiró en ella para su libro Poemas. El amor por Magallanes Moure, ampliamente correspondido por otra parte, nunca se realizó carnalmente por tratarse de un hombre casado. En los últimos tiempos surgieron rotundas pruebas del amor de Gabriela por la poeta neoyorquina Doris Dana, su albacea testamentaria y quien se hiciera cargo de la poeta durante sus últimos años, si bien esta negó hasta el final que Gabriela tuviera tendencias lésbicas: “Ella no tuvo vida sexual, que yo sepa”, declaró, misteriosa. Dana, quien fuera también una de las más queridas amigas de Truman Capote, se desempeñó como guardiana de los secretos de la gran poeta hasta su muerte, acaecida en 2002. Fue ella quien se encargó de editar el Poema de Chile, a la muerte de Gabriela, tarea que le llevó dos años y se concretó por fin en 1957 y siempre lamentó que los chilenos no lo valorasen lo suficiente. Las poetas se conocieron en el Bernard College, donde Gabriela acudió a dictar una serie de conferencias, pero no fue sino hasta después que Doris publicó su colección de ensayos titulada La estatura de Thomas Mann, donde figura un texto sobre la chilena, que ellas entraron en confianza cuando coincidieron durante unas vacaciones en México, en Jalapa para mayores señas, en 1946. En ese entonces, la poeta chilena se hacía acompañar de su secretaria Coni Saleva, mientras que la temeraria Doris recorría aquella abrupta geografía a bordo de su propio auto, donde terminarían acompañándola Gabriela y Coni. Se quedarían en Veracruz y de ahí, partirían Doris y Gabriela rumbo a Italia, donde arrendaron una casita en Rapallo, sin separarse nunca más, aunque Coni sería sustituida por una secretaria napolitana de nombre Fabricini. Juntas estaban al momento de morir Gabriela en la casa de Doris de Rode Island, en 1957. A decir de la poeta estadounidense, que era entonces la típica americana linda y emprendedora de mejillas como manzanas, nunca conoció a alguien que se preocupara menos de sí mismo que Gabriela. A diferencia de Doris, que provenía de una acaudalada familia, Gabriela no tuvo dinero sino hasta después de ganar el Nóbel y su compañera deja constancia de su rectitud de hierro en ese sentido: “(…) Era cónsul en todos los países donde ella andaba y recibía un salario de 100 dólares al mes. Ganaba lo que necesitaba para vivir del periódico El tiempo de Colombia. Eduardo Santos era jefe y daba un fondo. Ella mandaba muchos ensayos porque no le gustaba recibir dinero sin trabajar. La única casa que tuvo en Santa Bárbara la compró con el dinero del Nóbel, pero después la vendió en 100 mil dólares, que no era mucho en ese tiempo (…)” Afirma, asimismo, que contrario a lo que se ha dicho sobre el agrio carácter de Gabriela, ella no la vio enojada ni una sola vez.
Amor más grande aún, si se puede, el que tuvo Gabriela por Gingin. “(...) el amor de madre en mucho se asemeja a la contemplación de las obras maestras”, dice Bocannera. Tanto Teitelboim como Alegría afirman que Gingin era hijo de un desconocido medio hermano de Gabriela que acababa de enviudar. Otros conjeturan que el padre de la criatura era el crítico y filósofo barcelonés Eugenio D’Ors (1881-1954). Doris reveló que el muchacho era hijo biológico de Gabriela, pero en ese momento hubiera sido escandaloso ventilarlo: “El padre de Gingin no tiene nombre. No es una persona conocida. Ni ella recordaba su nombre. Era un italiano. No era amigo de ella ni nada. Era una casó que pasó en un momento de pasión y resultó un niño. Pero ella después nunca vio a ese hombre. Estas cosas sucedieron mucho antes de que yo la conociera. Después Palma Guillén la acompañó a dar a luz en Francia. Ella lo llevó a Italia hasta que llegó Mussolini, el fascismo, y para evitar que él viviera la guerra lo llevó a Brasil donde murió.”
Boccanera consigna que la propia Gabriela, al morir, confesó a Doris que era hijo de su sangre. El chico se suicidó en plena adolescencia, cuando se encontraba estudiando en Brasil, según cuenta Alegría, porque fue engañado por una mujer de la vida airada y se convirtió en blanco de las crueles bromas de sus amigos. Gabriela escribiría precozmente, antes de cumplir los treinta años, cuando a Gingin le faltaban varios para nacer: “Decía: ¡un hijo! Como árbol conmovido/ de primavera alarga sus yemas hacia el cielo./ ¡Un hijo! Con los ojos de Cristo engrandecidos/ la frente de estupor y labios de anhelo!” (Ternura). Huelga decir que en Chile todavía se rechaza la versión de que Gingin haya sido hijo biológico de Gabriela.
Ni la concesión del Nóbel en 1945 le sirvió de consuelo a la poeta en su feroz dolor de madre, de bestia herida. Eso es todavía más importante que su orientación sexual, pues Gabriela debe haber vivido su maternidad clandestina con mucho dolor. Las fotografías de la Academia Sueca nos devuelven a una mujer alta y fornida cuyo talante tímido es el mismo que a los 25 años le impidió subir al proscenio a recibir su premio, con una inconmensurable tristeza en la mirada verde matizada por una sonrisa a medias. Gabriela, la que se identificaba más con el ciervo que con el cóndor del escudo chileno, a pesar de haber contemplado el limpio vuelo de este sobre la cordillera: “(…) Me rompe la emoción el acordarme de que su gran parábola no tiene más causa que la carroña tendida en una quebrada. Las mujeres comos así, más realistas de lo que nos imaginan.” (“Menos cóndor y más huemul”, Escritor políticos, p. 39).
Con el monto del premio adquirió la casa en Santa Bárbara, California, el único dispendio de su vida. En esa casa vio Alegría a Gabriela rodar ladera abajo como una niña, cosas, señala, que hace cualquier india de los Andes, joven o vieja, porque Gabriela se llamaba a sí misma “india”, renegando iracunda de la porción española de su sangre, no obstante su rendida admiración por San Juan de la Cruz y Miguel de Unamuno (al que sin embargo no le perdonaba “ciertas ideas” que tenía de los indios). Como toda escritora, ostenta Gabriela hábitos extravagantes: se levanta a desayunar a las seis de la mañana, siempre sola, aunque tenga huéspedes, porque comer acompañada le “espantaba las ideas”. Luego se sienta en su sillón favorito, dice Alegría, sosteniendo el fajo de papel en una tablilla provista de presa de resorte: “Escribía los poemas de corrido, de cuando en vez, pero luego hacía un moroso trabajo de refinamiento y depuración (...) a veces permanecía trabajando todo el día y aún en la noche (...) Si el cansancio le hacía flaquear el cuerpo, acostábase y continuaba escribiendo en la cama. Lo mismo hacía Balzac.”
Gabriela estaba muy involucrada con la cultura mexicana. En 1922, invitada por José Vasconcelos en persona, llegando a Veracruz es recibida por Jaime Torres Bodet y la profesora Palma Guillén, dice Rodríguez, hermosa mujer que “repara en los largos y mal acomodadas faldas de Gabriela, en su pelo recogido en austero moño y en los zapatones de taco bajo” y quien al parecer sería una de sus incondicionales amigas de toda la vida. En esa ocasión escribe, con la selva tropical por fondo, consagrada a las bibliotecas populares y ambulantes y a fomentar la cultura en el medio rural, Lecturas para mujeres. Permanece dos años en México para regresar en 1948, ya como Nóbel pero tan dispuesta como siempre a leerles poemas a los campesinos y a los indígenas. Aunque aquejada por la diabetes, de la que se cuida religiosamente por temor a perder la vista, muere, qué ironía, de cáncer en 1957, en su casa de Estados Unidos. Su último libro, Lagar, se publicaría tres años antes. Dice Alegría: “Gabriela Mistral era contradictoriamente americana. Como artista y desde luego por serlo grande, pudo elevar su caos al plano de la belleza y convertirse en un signo de América."

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