Segundo rapto de Europa

Estoy creciendo. Estoy creciendo…y tengo miedo; porque nada escapará a la destrucción.

L.C

…A las pintoras surrealistas nadie las reconoce. Lo que en los hombres es creatividad, en ellas es locura.

Leonora, Elena Poniatowska, Seix Barral, México, 2011, p. 91


Mientras Crookhey Hall dormía, Leonora, segunda de cuatro hijos y única mujer, jugaba. Leonora, la de verdad, la pequeña hiena y no aquel cuerpecillo vaciado de espíritu que por las mañanas, autómata, se dejaba trenzar la espesa cabellera negra y rematar en moño, como un regalo lujoso. Esa que atendía, con ojos como platos, las lecciones de francés y piano mientras su yo real le musitaba obscenidades al oído; la que se conformaba con observar los inalcanzables juegos de sus hermanos. Lo único que la espabilaba era su lección de equitación, empezando por el ritual de ajuarearse –“armarse”-de amazona para, al cabo de un rato, volar aferrada a las crines de su yegua pinta, hasta que el viento le desbarataba las trenzas y le diera forma, contemplada en lontananza, de acrobática Medusa.

Pero… ¿a qué jugaba Leonora nocturna, sonámbula, hiena? ¿Con quién? Su madre y Nanny la habrán encontrado, alguna vez, exhausta y no dormida sobre un montón de dibujos preocupantes que exhibían criaturas con cuernos y siluetas de macho cabrío. Conforme creciera, las aderezaría con un sexo enhiesto. Lejos de convivir con hadas, unicornios y príncipes azules, Leonora se inclinaba notoriamente por gnomos, brujas, demonios y, en general, la mitología celta. Es posible que su madre la llevara alguna vez al médico y este palmeara el hombro de la señora, no se sabe si para tranquilizarla o imponerle resignación. Lo único apropiado en la niña… lo equilibrado… era su apariencia física, de la que su padre, un rico industrial químico, capitalista ejemplar, siempre se jactó. Nada que ver con la lady típica de apariencia remotamente caballuna: la tez cremosa contrastaba con el rizoso cabello oscuro y sus ojos, de un azul acerado, refulgían atrevidos sin llegar a arrogantes. De sus finos labios, sin embargo, brotaban palabrejas que pasmaban a sus escuchas… brebajes de otro mundo, seres que hacían correr a los demás niños: “¡Yo no quería otra cosa que ser buena con el mundo entero, y aquí estaba, atada como un animal salvaje!” No por nada fue expulsada sin miramientos de varias escuelas religiosas.

Leonora Carrington nació el 6 de abril de 1917, en Lancashire, Inglaterra, bajo el influjo del dios Marte. Al sonreír, lo mismo podían confundirla con Dios que con el Diablo, nada de medias tintas, “Vengo notando cierto dolor en las paletillas; eso me hace pensar que me están saliendo alas”. Sus padres nunca imaginaron… Nanny –hacedora de trenzas- nunca creyó…Leonora, en cambio, lo supo siempre: algún día desaparecería, no solo de Croohkey Hall, su casa, sino de esa tierra a la que no pertenecía. Reaparecería en un lugar remoto llamado Albedrío, donde podría ser Leonora hiena todo el tiempo y rascar la tierra con sus propias uñas y retozar sobre las hojas de otoño. Por entonces, sin embargo, se sentía extranjera en un cuento de hadas donde languidecía de aburrimiento: “(…) Me siento pequeña e ignorante, y eso no me gusta en lo absoluto. No lo puedo aceptar, quiero sentirme inmensa y poderosa (crees secretamente que soy una diosa con brevísimos instantes de encarnación) (…)” (“La puerta de piedra”, El séptimo caballo y otros cuentos, Siglo XXI Editores, México, Segunda Edición, 2007, p. 90).

En sus relatos reunidos en Memorias de abajo, Leonora alude más de una vez al que debe haber sido el más bochornoso día de su vida: su presentación en sociedad, equivalente, supongo, a la quinceañera mexicana, aunque las debutantes inglesas ya rondan los veinte y hasta más. Puedo imaginar a una Leonora desgreñada, demoliendo el peinado de tres pisos, renegando de las zapatillas y del vestido primoroso… rasguñando el rostro de su doncella, a la que deja sin cara en “La debutante”; sacando a empellones a la peinadora, gritando sin voz y sin freno. En el relato antes citado, nos deja entrever lo que pudo haber sido aquel desastre, que concluiría con corazones desportillados, el rubor de la familia y la jovencita Leonora medio borracha, a lomo de yegua, permitiendo que las ramas le hicieran jiras el vestido: “En la época en que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a los chicos de mi edad (…) El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y en cambio ella me enseñó su lenguaje (…)” (Memorias de abajo, Siruela, Barcelona. Segunda edición, 2001, traducción de Francisco Torres Olivier, p. 75).

“La debutante”, como la obra literaria de Leonora, mucho menos conocida que la pictórica y, sin embargo complementarias, forma parte de una autobiografía en clave donde las jóvenes de largas cabelleras fragantes se entienden y tutean con las bestias. Incluso copulan con ellas. Leonora, ajena al género humano y amante de los extremos, nunca entabló una amistad duradera con sus compañeras de colegio, ni con chicas ni chicos de su exquisito círculo. Pagana. Outsider. La amazona, capaz de cabalgar sonámbula, pertenecía a un reino infranqueable. No sería sino hasta poco antes de los veinte, siendo alumna de la Academia Ozenfant de arte –única protección contra sus convulsiones rabiosas- que conoció a quien le abriría las puertas del reino al que realmente pertenecía: el pintor alemán, nacionalizado francés, Max Ernst (1891-1976), también psiquiatra y maestro de sordomudos, diecisiete años mayor que ella, vinculado carnalmente nada menos que con Peggy Guggenheim. Se conocieron, la aprendiz y el artista, durante una cena ofrecida por Ursula Blackwell, esposa del arquitecto Erno Goldfinger. La mutua fascinación hizo el resto.

Ese mismo año, 1936, Leonora escaparía de su casa para alcanzar a su amante en París. Pasión fulgurante. Jabalí. Complejo de Europa. Propiciando la posesión del toro. “Desposada del viento”, la llamaba Max. “No ha leído nada, sino que se ha bebido todo…”

En París, Leonora se integrará de lleno, no solo al movimiento surrealista, también al Knustler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales anti fascistas. En aquella época, recuerda Leonora, las mujeres eran vistas por los surrealistas como meros objetos: “Ser mujer surrealista quiere decir que eres la que cocina la cena de los hombres surrealistas”, aunque muy pronto ella les haría saber que antes les volcaba el contenido de la cacerola en la cabeza que cocinarles. A través de Max, exploraría Leonora el psicoanálisis, cosa que habría de fascinarla e imprimirle un significado adicional a su obra, aunque, señalan los críticos, es su obra pictórica de los años sesenta la que más evidencia sus lecturas de Carl Jung. La influencia de Lewis Carroll, autor que también descubrió durante su convivencia con Max, es evidente. Su literatura, escrita casi íntegramente en México aunque en lengua inglesa, exceptuando El séptimo caballo, ilustrada por el propio Max Ernst, es rica en simbología mística y religiosa, mucho más que sus cuadros, aunque dichas alusiones adquieren, sin aspavientos, un cariz pagano, acaso influida por la religiosidad característica de su patria adoptiva.

La autobiografía (ni tan) fantasiosa, Memorias de abajo, parte del momento en que Leonora se ve sola en el París ocupado por los nazis, con el pasaporte de un ausente Max en su poder, el que conservó incluso tras extraviar el propio. La autora afirma no haber sentido miedo, y de hecho ese sentimiento está ausente del relato. Gracias a unos amigos logró llegar hasta España, la roja tierra teñida por la guerra civil, que inflamaría su ánimo guerrero al contemplarla desde la terraza de su habitación en un hotel vacío: “Subí corriendo a la azotea (…) y lloré, contemplando la ciudad encadenada a mis pies, ciudad que era mi deber liberar (…)” (p. 13). Si nos atenemos a la versión literaria, sufriría allá una violación tumultuaria y una confinación indefinida en un psiquiátrico de Santander. Quienes la conocen avalan esto último. Leonora narra estas experiencias desgarradoras como quien narra un sueño, fuera de su cuerpo…y hasta se da el lujo de exponer su veta humorística: “(…) Cuando volví a ser dolorosamente razonable- escribiría con fecha Martes 24 de agosto de 1943- me dijeron que durante varios días me había comportado como diversos animales: había saltado a lo alto del armario con la agilidad de un mono, había arañado, había rugido como un león, había gañido, ladrado, etc.” (p. 19). Es afamada la resistencia de la artista a hablar de su vida privada, así que cualquier versión podría ser la buena… o ninguna.

Esa renuencia podría verse reflejada en la frase con que inicia esta misma entrada: “Temo caer en la ficción, veraz, pero incompleta” Los extremos, ficción y realidad, representan el talón de Aquiles de Leonora: sencillamente no conoce, no concibe frontera ni límite entre los dos, suspendida en un mundo muy personal que otros juzgarían fantástico. Pudiera pensarse que los relatos de Leonora, que como buenas piezas surrealistas carecen de nudo y desenlace, definido al menos, no son otra cosa que interpretaciones verbales de sus propios cuadros, aunque también su reinterpretación a un mundo que no ha dejado de producirle extrañeza: una explicación para sí misma de las experiencias que los ajenos a su cuerpo describirían con vulgaridad intolerable. Tras su experiencia psiquiátrica, acarreando apenas un bolso con sus papeles –“cualquiera que estos fueran”- un lápiz, una cajita con polvos Tabú y un labial Tangee, Leonora, quizá bajo el efecto de un rosario de medicamentos, bellamente despeinada, se topará en un restaurante en Madrid con el que habría de ser su segundo esposo, el poeta mexicano Renato Leduc (1898-1986), veinte años mayor que ella, quien de entrada le brindó refugio en el Consulado de México: “El embajador se portó maravillosamente conmigo, después. Tuve que entrar a verle, y dijo: “Está usted en territorio mexicano. Ni siquiera los ingleses pueden tocarla”. No sé cuando apareció Renato. Al final dijo: “Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…” (p.54).

En México encontraría acomodo para su desmesurada ansia de vivir, aunque ganarse a los mexicanos, quienes ante los extranjeros muestran una ambivalente actitud de xenofobia y adoración, no le resultó tan fácil, especialmente porque lejos, muy lejos estaba de la sumisión y el recato que observaba en las mexicanas. Años después, principalmente a través de sus cuadros pero también de sus relatos, Leonora plasmaría su fascinación por la cultura que la había acogido, como el relato “La invención del mole”, incluido en El séptimo caballo y otros cuentos, donde, a través de un ingenioso diálogo entre Montezuma y un sacerdote católico, contrapone la magia y ancestral sabiduría de los pueblos indígenas, con el oscurantismo e intolerancia de la Iglesia Católica. Su primer admirador en México sería el poeta, mecenas y coleccionista escocés, también “chamán”, afincado en la Sierra Huasteca, Edward James (1907-1984), quien, en 1947, organizaría para Leonora una primera exposición de sus cuadros… ¡en una mueblería neoyorquina! Sería hasta entonces, en plena adultez y en México, que Leonora, hiena sabia, potra blanca, conocería la amistad de las mujeres… Mujeres como ella, un poco diosas y un tanto brujas: en primerísimo lugar la española Remedios Varo (1913-1963), esposa del escritor, también surrealista, Benjamín Péret, a quien Leonora no vacila en denominar “mi gemela”, a un tiempo hombro para llorar, comparsa de aflicciones y hermana de lienzo. Juntas padecieron todo el rigor del machismo e hicieron frente común en su contra. La indignación feminista las unió todavía más que sus notorias coincidencias estéticas. Otras leonas con quienes fundó Leonora un territorio de sueños: la también pintora, argentina, Leonor Fini (1908-1996), a quien conoció durante su estancia en París, y la fotógrafa de guerra húngara Kati Horna (1912-2000), también radicada en México. Las mujeres exponentes del surrealismo, concretamente pintoras como Leonora, Remedios y Leonor, además de Kay Page y Dorotea Tanning, quien fuera mujer también de Max Ernst, se distinguían de los varones, a decir de la crítica de arte Whitney Chadwick, por dotar su arte de una magnificación casi monstruosa de la naturaleza donde resaltan los poderes regenerativos de esta, con una intención claramente irónica con respecto a las violentas alucinaciones eróticas que predominaban en la obra de los varones surrealistas.

Se especula respecto a que Leonora se casó con Leduc solo por la urgencia de salir de Europa, razón por la cual tuvieron una unión tan breve, de 1942 a 1943. Quedaron, no obstante, como buenos amigos. Tres años después, siendo ya pintora de prestigio internacional, se casaría con el fotógrafo húngaro, radicado en México, Imre “Chiqui” Weisz, con quien engendraría dos hijos: el pintor Pablo Weisz, quien ilustró un libro de su madre, La trompeta acústica, y el escritor Gabriel Weisz: “Mi madre –escribe Leonora- vino a verme a México cuando nació mi hijo Pablo en 1964 (…) No volví a ver más a mi padre.” Aunque indomable, según revela Elena Poniatowska, Leonora aprendió a coser para “con hilo cósmico” confeccionar muñecos para sus hijos, no muy distintos a los que las madres pobres hacen para sus hijas.

Sobreviviente última del surrealismo y, quiero suponer, abuela majestuosa que entretenía a sus nietos con historias de fabulosas criaturas lascivas, Leonora Carrington se mantuvo activa hasta el último aliento, particularmente en el terreno de la escultura, siempre con algo nuevo para exponer. En su prólogo a Memorias de abajo, el filósofo Fernando Savater realiza un comentario de sorprendente mal gusto, que nos hace atisbar los alcances del pensamiento machista, aún entre los intelectuales: cuenta que la pintora los dejó plantados a Claude Lévi Strauss, a Octavio Paz y a él, en una cena que el poeta había organizado en honor al propio Savater, desplante que Lévi Strauss comentó de la siguiente manera: “Pues yo prefiero que no haya podido venir. La conocí hace treinta años. Era tan hermosa y estuve tan enamorado de ella que no sé cómo habría soportado verla hoy.”¿Por qué no se le ocurrió al señor Savater que Leonora abortó su cena para no tener que ver en su estado actual al no tan guapo pretendiente desairado?

Es muy probable que Leonora no haya alcanzado a leer la novela que lleva su nombre, con la que Elena Poniatowska obtuvo el Premio Biblioteca Breve 2011, aunque sí tuvo tiempo de enterarse. Apenas un mes después de la publicació de esta magnífica novela que sin duda le hace justicia, Leonora, la última surrealista, murió a los 94 años, a consecuencia de una neumonía, la madrugada del 26 de mayo de 2011. Su última voluntad fue no recibir ningún homenaje de cuerpo presente.