Corazón de fiera

Para Eduardo Hurtado, que la puso en mis manos
Dudo que Virginia Woolf pensara en nuestra heroína cuando alude a Judith Shakespeare, la hipotética hermana del dramaturgo enorme, aunque por la época y las circunstancias sea la más próxima al arquetipo. La menciona, sin embargo, de manera más que directa en uno de los más célebres párrafos de Un cuarto propio: “Todas las mujeres debieran poner flores en la tumba de Aphra Behn, que se encuentra, escándalo mayúsculo pero a la vez bastante razonable, en la Abadía de Westminster, porque fue la que ganó para ellas el derecho de expresar lo que piensan…”
Aphra Behn, por otra parte, resulta demasiado divertida y astuta para amoldarse a los pasos de la sombría Miss Shakespeare, la que, de haber existido y poseído un genio equiparable al del hermano, difícilmente hubiera sido tomada en serio. Ignoro hasta qué punto son precisos los argumentos de los reivindicadores de Aphra, que, entre otras cosas, la citan como precursora de la novela epistolar, gracias a Cartas de amor entre un noble y su hermana (1684), publicada cuatro años antes que Pamela, de Samuel Richardson (1740), y, particularmente, de la literatura antiesclavista con El príncipe Oroonoko (1688) que, se piensa, pudo inspirar el Robinson Crusoe (1719) de Daniel Dafoe (aunque las historias son muy distintas: el héroe de Aphra es el esclavo). Hay quienes piensan, incluso, que la vida de Aphra pudo servirle de inspiración al mismo Dafoe para su Moll Flanders. Las heroínas de la propia Aphra se caracterizan por ser atípicas en la literatura de su tiempo: voluntariosas, cultas, astutas y orgullosas, algunas de ellas encantadoras arpías que aprovechan a su favor las debilidades de los hombres.De lo que no me cabe la menor duda, es de la enorme relevancia de esta mujer en el lento proceso de emancipación femenina y, sobre todo, de la profesionalización de las escritoras pues, en efecto, Aphra Behn fue la primera dramaturga y narradora inglesa en ser remunerada por sus textos, aunque -¡ojo!- en una época en que el simple hecho de que una dama obtuviera dinero a cambio de algo, incluso de su trabajo e ingenio, era igual a prostituirse. Se cree también que sus obras inspiraron nada menos que al misógino Rousseau y su filosofía naturalista: el hombre es esencialmente bueno. Por si fuera poco, se le considera precursora de la pantomima moderna gracias a su obra fársica “El emperador y la luna” (1677).
Ahora bien: Aphra fue la primera escritora remunerada de su país, pero antes de ella algunas damas representaron obras teatrales. Mary Pix y Susana Centlivre lo hicieron bajo pseudónimo masculino; Katherine Phillips y Margaret Cavendish con sus nombres reales. Pero a diferencia de Aphra, estas pertenecían a una clase social que les permitía recrearse en el arte sin preocuparse en qué comerían al día siguiente. Por otro lado, las obras de estas autoras lejos de perturbar y sacudir las buenas consciencias, las encantaban y divertían. Ninguna tocó temas tan incómodos y carraspeantes como la religión, la política, los derechos de la mujer, el racismo y la esclavitud, predominantes en la obra de la señora Behn. Todo esto pese a la abierta simpatía de esta hacia la monarquía, para la cual, como veremos a continuación, sobran razones. No han faltado las malas lenguas que insinúen, sin pruebas contundentes, que Aphra fue una de las muchas amantes de Carlos II, quien, según Ralph Patridge, se hizo diseñar una peluca con los rizos púbicos de cada una de estas. En lo personal, no me imagino a la fiera y sarcástica Aphra dejándose arrancar un rizo de ninguna parte.
Hija de un barbero de nombre Bartholomew Johnson y de una nodriza llamada Elizabeth Dunham, Aphra no parecería destinada a grandes hazañas. Se ignora la fecha exacta de nacimiento, aunque sus biógrafos han aventurado el 10 de julio de 1640. Según la carta de bautizo, fechada el 14 de diciembre del mismo año, vio la luz primera en Harbledown, Canterbury. Llega al mundo en una de las más oscuras épocas de la historia de Inglaterra, en el marco de los conflictos entre republicanos, liderados por Oliver Cromwell, y el rey Carlos I, que terminaría siendo decapitado nueve años después del nacimiento de Aphra. Por fortuna para ella y todos los artistas de su tiempo, el protectorado del puritano Cromwell duraría poco, apenas cinco años. Le sucedería su hijo, quien solo permanecerá un año y medio en el poder, hasta el glorioso retorno de Carlos II, hijo del infortunado Carlos I, que disolvería el Parlamento sin tentarse el corazón. Pese a su vida disipada y su radicalidad para gobernar, el nuevo rey, criado en Francia –“trato fácil y conversación abierta”, sería de los elogios de Aphra a la educación francesa- resultó ser un diletante, por la que el teatro inglés renacería de sus cenizas gracias a talentos como George Etherege, William Wycherley, William Congreve, John Dryden y la propia Aphra, que solo contaría con la solidaridad de este último. Es fundadora, junto con todos ellos, de lo que dio en llamarse “Teatro de la Restauración”
Muy poco se sabe de la infancia y vida familiar de la escritora. El hecho de que una niña de la clase a la que, en teoría, pertenecía Aphra aprendiera a leer y a escribir, en una época de particular subordinación de las mujeres, resulta harto insólito. En algunos documentos consta que un grupo de señoras piadosas recorría conventos para enseñar “lo básico” a las niñas pobres. Que entre lo básico estuviera la alfabetización, no me convence del todo. Sin embargo existe otra versión, dejada por escrito de “una dama que la conocía”, de que su padre estaba emparentado con lord Willoughby, quien al morir cedió su título así como algunos bienes al barbero Johnson. Se sabe que a los veintitrés años, la enigmática Aphra, que se hacía llamar Astrea, se encontraba en una colonia azucarera en Surinam, en la costa este de Venezuela, entonces colonia inglesa –que años más tarde pasaría a manos de los holandeses- donde se mercaba con esclavos negros, experiencia de la que surge la sorprendente novela El príncipe Oroonoko, narrada por ella misma y en la que interviene como personaje innominado. Aquí se lee que la narradora se encontraba en estas tierras acompañada de su madre, un hermano y una hermana de los que no se sabe nada. Se menciona asimismo al padre de la entonces miss Johnson: “Mi estancia (en Surinam) iba a ser corta (…) porque mi padre murió en el mar y nunca llegó a tener el honor que se le había otorgado (ser vicegobernador de treinta y seis islas y del territorio de Surinam en el continente), ni el usufructo que esperaban sacar de estos territorios (…)”Si atendemos a lo escrito por Aphra, la labor de la todavía no conocida escritora, consistía en entretener con lecturas piadosas a los esclavos negros y contribuir a la conversión de estos al cristianismo. A Imoinda, la amada de Oroonoko, la señorita Johnson la instruye en “todas las labores en las que yo había sido instruida y le contaba historias de monjas (…)” De entrada, para quien conozca la errática vida de Aphra Behn –o lo poco que sobre la misma puede afirmarse- esta aseveración les parecerá harto sospechosa. Más adelante, sin embargo, la narradora dejará al descubierto un tramo de su verdadera creencia, al aludir a los blancos que una y otra vez traicionan la confianza del noble príncipe africano, trastocado en esclavo:

El gobernador que había oído sobre las amenazas de César (nombre cristiano de Oroonoko) (…) convocó a un concejo que (sin ánimo de ofenderlos, ni de burlarme de aquel gobierno) estaba constituido por villanos tan notorios como los que se llevan a Newgate (prisión londinense) y, posiblemente, eran procedentes de allí. Ellos no entendían ni las leyes de Dios ni las del hombre y no tenían la clase de principios que hacen a las personas merecedoras de tal nombre (…)” (El príncipe Oroonoko y otros relatos, Siruela, Madrid, 2008, traducción y edición de Jesús L. Serrano reyes, p. 188).

Las dudosas personas a las que Aphra se refiere, son los llamados Oliverianos, partidarios de Cromwell. En aquel momento la mejor conocida como Astrea tenía una misión patriótica, más allá de cristianizar esclavos: seducir a William Scot, hijo de Thomas Scot, secretario de estado de Cromwell. Esto, por supuesto, no se menciona en la novela. Aphra/ Astrea, quien se decía joven viuda, había sido insertada en aquel edénico escenario en calidad de espía, para mantener a Carlos II informado sobre las actividades de los republicanos cromwellianos. Se le había otorgado, según cuenta, la mejor casa de la colonia, de nombre Saint John’s Hill, erigida sobre una enorme roca de mármol blanco, bordeada por un río cristalino y una hilera de raros árboles que reunían toda la gama de verdes. Todo parece indicar que la joven cumplió a cabalidad la misión, no solo porque entró y salió sin despertar sospecha, sino porque sus servicios serían requeridos de nueva cuenta. Por otro lado, y según lo describe la propia Aphra, que no escatima detalles escalofriantes en esta narración, se exponía a una muerte y a un deshonor peor que la misma muerte en caso de ser descubierta: una espía no habría sido tratada con mayores consideraciones que una esclava que intentara fugarse.
Es sabido que a su retorno a Inglaterra, en 1664, Aphra se casó con un mercader de origen holandés, presumiblemente llamado Johannes Behn, nombre holandés (algunos dicen que alemán), detalle que mueve también a la sospecha, dado que por entonces la guerra entre Inglaterra y Holanda estaba en su punto álgido. El dato de que el señor Behn, comerciante acaso, murió durante la epidemia de peste que asoló Inglaterra, indica que su hipotético encuentro con Aphra tuvo lugar en Londres. Nuevamente nos topamos con una nebulosa en la biografía de la escritora, quien sería oficialmente viuda un año después de su matrimonio. La viudez le conferiría una mínima respetabilidad que requería para moverse en sociedad. Fue durante su supuesto matrimonio con el oscuro señor Behn, que nuestra heroína escribió su primera obra dramática, “El joven monarca”, que no se montará sino hasta 1679. En 1666 se le encomendará otra misión de espionaje que la obliga a asentarse durante un año entre Brujas y Amberes, aventura de la que bien poco se sabe. Se especula que a su retorno, la señora Behn realizó trabajos como copista y asistente y adaptadora del también dramaturgo Thomas Killigrew (1612-1683). Coincide con la fecha en que la escritora estuvo pisó la cárcel por primera vez, a consecuencia de una serie de deudas contraídas tras la peste que forzó el cierre de los teatros durante dieciséis meses, aunque se ignora cómo libró la condena. ¿Intervención de Carlos II? ¿Pagó sus deudas gracias al montaje relativamente exitoso de su primera obra llevada a escena, “El matrimonio forzado”? El hecho es que Aphra tuvo más problemas con la ley que el común de los dramaturgos, a los que casi siempre se les amonestaba por el contenido de sus obras. En 1677, tras la puesta en escena de su obra “Los caballeros desterrados”, basada en “Tomaso o El vagabundo”, del propio Killigrew, de quien aprendió los primeros tecnicismos teatrales, fue acusada por este de plagio. Al desconocer el texto de Killigrew me resulta imposible discernir si la acusación fue justa o motivada por los celos de su primer promotor. El hecho de que, con todo y que Killligrew era un hombre sumamente influyente, nada menos que ayuda de cámara del mismo Carlos durante su exilio en Madrid, donde transcurren las obras en pugna, no impidió que Aphra la librara por segunda vez tras aceptar incluir un post scriptum aclaratorio en la edición impresa de la misma obra. Dicen que tanto Carlos como su hermano Jacobo quedaron absolutamente maravillados con la versión de Aphra, tanto, que pidieron se le representara en la corte. En 1682, es arrestada por tercera ocasión debido al prólogo y epílogo de la tragedia anónima “Rómulo y Hersilia”, se ignora el motivo. Pese a que el rey era admirador de las obras de Aphra, sus obras se representaron siempre en la Compañía del Duque de Davenport, cuya representante oficial era la viuda de William Davenport, supuesto hijo ilegítimo de sir William Shakespeare, hasta la fusión de ambas compañías en el mismo año de su último arresto. ¿Por qué el rey Carlos no incorporó a Aphra a la compañía real, siendo una dama de probada lealtad a la corona? Otro hueco sin llenar.Si nos atenemos a la narradora de El príncipe Orronoko, Aphra experimentó en Surinam peligros que deben haberla blindado contra el hambre, la mezquindad y la envidia de sus colegas. Alude, por ejemplo, a su encuentro cercano con un pavoroso tigre, acaso la especie más grande del mundo, cuya sola visión lo paraliza a uno de pavor. Cuando Oroonooko/ César le da muerte al monstruo y le extrae el corazón, los blancos que le acompañan, entre ellos “Astrea” o la señorita Johnson, contemplan anonadados aquella mole inmensa que trae incrustadas tres enormes balas. Aquella bestia había muerto y revivido tres veces, tras serle atravesado el pecho en cada una. Esto sin contar la convivencia de la escritora, que entonces solo escribía cartas a sus amigos, con los indígenas que solían mantener competencias de resistencia en las que se desfiguraban y atomutilaban. Nada grato debe haber sido para la joven dama contemplar aquellos rostros desnarigados, deslabiados y desojados, que con escalofriante exactitud describe en su relato. A esto, súmesele las experiencias previas de Aphra como mujer, peor aún, mujer bella e inteligente –tuvo que serlo para llevar a cabo sus misiones que provocan compararla con Mata Hari- debió padecer en un mundo especialmente hostil para alguien de sus características. Los retratos coinciden en mostrar a una mujer de ensortijados cabellos castaños rojizos, mirada desafiante, altanera incluso, labios finos y hombros muy redondeados: “(…) Era más que evidente que no le faltaba en absoluto (a Oroonoko) el valor personal del otro César y que realizó hazañas tan memorables que, su las hubiera llevado a cabo en otra parte del mundo repleta de gente e historiadores, le habrían dado el debido reconocimiento. Pero su mala suerte fue nacer en un mundo oscuro, donde sólo una pluma de mujer podía permitirse ensalzar su fama (…)” (p. 157).
La pluma de Aphra cobra un vuelo inusitado y entre una obra y otra escribe novelas, relatos y poemas. Inspirada casi siempre en hechos reales: las anécdotas desarrolladas en la multicitada Oroonoko y La hermosa casquivana o los amores de Tarquino y Miranda, más que literatura son textos casi periodísticos dada la fidelidad con la que reproduce hechos que en su momento conmocionaron a la sociedad. Quizá debido a su empeño por apegarse a la realidad, estas historias se caracterizan por giros bruscos y alteraciones súbitas en su desarrollo. Algunas de sus obras dramáticas, asimismo, recrean circunstancias políticas de su tiempo como “La viuda Rantere” (1869), inspirada en una rebelión de Nathaniel Bacon en Virginia. Durante mucho tiempo Aphra trabajó codo con codo con John Dryden, quien a su vez sería modelo de Alexander Pope con sus textos políticos y satíricos. Monárquico devoto como la propia Aphra, no obstante haber fungido como asistente de John Thurloe, secretario de estado de Cromwell. Sus obras se presentaban casi siempre de manera simultánea y Aphra lo apoyó con traducciones y prólogos, si bien, se dice, tuvieron conflictos de índole moral cuando Dryden se convirtió al catolicismo; Aphra incluso le escribió un poema satírico que aludía a su nueva condición. Todo esto tenía lugar mientras Inglaterra se veía envuelta en otro conflicto político tras un atentado contra Carlos II y su hermano Jacobo, duque de York, a quien el monarca deseaba como sucesor en vez de uno de sus muchos hijos ilegítimos, a quienes, sin embargo, había dotado de títulos y tierra. Un año después del atentado, en 1685, el monarca murió de uremia, una disfunción renal y su hermano pasó a gobernar Inglaterra con el nombre de Jacobo II, de quien por cierto también dijeron había sido amante de la escritora. Este habría de disputarse la corona con Guillermo de Orange, que pasaría a ser su yerno por su matrimonio con María, hija del sucesor de Jacobo. Todo esto perjudica las actividades artísticas y culturales, también respaldadas por el sucesor de Carlos, quien habrá de huir a Francia en 1688. el rey Guillermo negó todo apoyo a los dramaturgos, cuyo estilo de vida lo escandalizaba y asqueaba. Aphra tuvo que dedicarse también a la traducción. Entre otros, tradujo a Le Rochefocuald y a Esopo.
Aunque sus comentaristas han hecho demasiado hincapié en la vida libertina de Aphra, que dada la ausencia de datos al respecto pudiera darnos mucho a dudar o, mínimo, hacernos admirarla por su discreción y su admirable capacidad para confundir a sus detractores, fue una autora asombrosamente prolífica. Moriría repentinamente el 16 de abril de 1689, poco antes de cumplir cincuenta años. Su amante de entonces, John Hoyle, otro oscuro personaje del que solo se sabe que “era bisexual” (se le arrestó bajo los cargos de sodomía en 1687), escribiría el siguiente epitafio en la tumba de la escritora que se encuentra, como se ha dicho ya, en Westminster, donde yacen los restos de la mayoría de los célebres escritores de su tiempo: “Aquí yace la prueba de que el ingenio nunca puede ser suficiente defensa contra la inmortalidad”.