El pulmón de Scherezada

Yo soy tantas historias que a veces es difícil elegir con cuál me quedo
A.M.H

Nacida por azar en Hyéres, Francia, el 29 de diciembre de 1936, hija de exiliados republicanos españoles de origen judío sefardí pero criada en México, en pleno auge del esteticismo nacionalista que atrajo a los poetas franceses que vieron en este país la encarnación de algo que perseguían, el mito, Angelina Muñiz-Huberman no podía ser otra cosa que trasgresora… empezando por trastocar el concepto mismo de “trasgresión”, habitualmente asociado al escándalo. Discreto, silencioso e íntimo ha sido el proceso de modelar una voz personal, en el caso de Angelina, quien toma al lector por sorpresa, en especial al que ha seguido sus pasos desde la primera –Morada interior (1972)- hasta la más reciente novela –La burladora de Toledo (Planeta, 2008)-, sorprendiéndose cada vez de los recursos narrativos de esta autora que no concibe fronteras, temporales ni geográficas, mucho menos biológicas cuando de explotar su imaginación se trata: “Para María Zambrano –escribe Angelina- (…) el tiempo se relaciona con el sueño. En la atemporalidad surge el verdadero acercamiento al sueño y el sueño, entonces, se vuelve tiempo. Un tiempo sin las ataduras convencionales (…) En la gran cuenta del universo nada termina ni empieza, todo es la lucha de las tinieblas y la luz que separa la frontera entre la inmanencia y la trascendencia.” (“El tiempo no es una medida”, En el jardín de La Cábala, CONACULTA, Col. El guardagujas, México, 2008, p. 54)

La condición de exiliada, de la que no es posible desprenderse, por muy bien que te integres a la patria adoptiva –Angelina se nacionalizó mexicana en 1942- ha sido ventajosa en el caso de esta autora, quien al escribir a partir de una memoria colectiva integrada por ancestros, progenitores, educadores y la búsqueda de una identidad propia a través de la literatura, encuentra múltiples temas, voces, posturas y enfoques desde los cuales narrar. “Quien ha perdido su tierra, aun una mala tierra no se olvida. Y menos sus relatos.” (La burladora de Toledo, Planeta, México, 2008, p. 46). Como Elena/ Eleno, el protagonista hermafrodita de La burladora de Toledo, Angelina ha logrado hacer de su origen y de su proceso de integración cultural punto de partida para contar historias. Todo empieza con la asimilación de las nuevas palabras; con el desentrañamiento de la palabra misma que equivale a vaciarla de significado: re-significarla, re-patriarla. Solo así se alcanza la libertad absoluta: concediéndosela al lenguaje antes que nada, volviéndolo parte de la experiencia vital: “Una vez que se comprende el exilio como el vaciamiento de significados –escribe Angelina en El canto del peregrino -, la búsqueda poética se trasciende a sí y es ella, exilio. Más que en ningún caso, el poeta exiliado es el que debe crear lenguaje de la nada.” (Sinaia 3, UNAM, Barcelona, 1999, p. 90) Lo mismo se ha sumergido en los aspectos diversos de su origen sefardí –historia, cultura, lengua, literatura-, que en los orígenes profundos de la patria que la acoge. Más que adecuarse a un mundo que no era el suyo, lo conquista a través del conocimiento y, sobre todo, de la imaginación. Inxilio, diría ella: exilio hacia adentro, hacia uno: “(…) las primeras descripciones del descubrimiento del Nuevo Mundo no tomaron la realidad como tal, sino como se deseaba que fuese, según el modelo preconcebido. En un principio, los descubridores y exploradores utilizaron un lenguaje estereotipado para describir lo que poblaba su memoria y no lo que realmente veían. Sus fuentes, desde las bíblicas hasta las clásicas, se entretejían sin criterio alguno.” (“Imaginación y realidad ante un nuevo mundo”, La sombra que cobija, Aldus, México, 2007, p.p 26 y 27).
Hija de un periodista, cuyo oficio debe haber influido en su necesidad de trasladarse con su familia a un lugar desde el cual poder expresarse, Angelina cogió la pluma desde muy pequeña, a escondidas de su padre, renuente a que su hija siguiera sus pasos. La madre, en cambio, impulsó su incipiente vocación a través de lecturas y narraciones que incendiaron la imaginación de aquella niña de rizos oscuros y traviesos ojos color avellana, “fue mi esposo, Alberto Huberman, quien me animó a publicar”, agrega sonriente la escritora, quien publicó su primer libro a los treinta y cinco años. Lo anterior no significa que su padre no la hiciera depositaria de historias que avivaran la hoguera de su alma que, dicen, es donde en verdad se sitúa la imaginación. La que Angelina narra en El sefardí romántico, por ejemplo, cuyo protagonista, Mateo Alemán II, fue amigo de infancia de aquel. Notable por su capacidad imaginativa y la sencillez con que adaptaba el mundo a sus necesidades, y no a la inversa, aquel Mateo Alemán II, tataranieto del I, debe haber motivado al padre de la escritora el equipararlo con su hija, quien, como toda niña aficionada a las historias, como el propio Mateo, debió padecer lo que a principios del siglo XX denominaban “culillo de mal asiento” y hoy recibe el técnico nombre de hiperactividad.Del mismo modo que Mateo se evapora con la mismísima Josephine Baker, Angelina permite a sus alas llevarla cada vez más lejos, más arriba.
A la fecha, la doctora Huberman, catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, ha acumulado una cuarentena de títulos que abarcan novela, relato, ensayo y poesía. Se le cita como introductora de la novela neohistórica y de la mística sefardí a la narrativa mexicana, así como inauguradora del género de las seudomemorias; ganadora inaugural del Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 1993 con Dulcinea encantada, ha obtenido también los premios Xavier Villaurrutia, Magda Donato y José Fuentes Mares, entre otros. Considero, sin embargo, que el mayor homenaje es su inclusión en una antología titulada Cuentistas mexicanos inclasificables, donde comparte cartel con Salvador Elizondo y Francisco Tario, entre otros.
Mujer de seductora ternura que trasciende hasta sus libros, donde las personajes —niñas, adolescentes o adultos inquietos… ángeles sexuados, la más candorosa herejía… o Trotsky, el exiliado por antonomasia— deambulan con libertad gatuna por los laberintos de la vida y la pasión, redimiéndose más por actos subversivos que a través de un discurso feminista, aunque mucho hay de esto en la visión de Angelina. Cada una de estas heroínas, Scherezadas de sí mismas, tienen el preciado don de la imaginación que hace de ellas seres absolutamente fascinantes y, ¿por qué no?, envidiables. “(...) descubrí que la imaginación es la única realidad”, diría la mujer sin edad de Dulcinea encantada, atrapada en pleno Periférico, que ajena a los estériles bocinazos y la boba conversación de sus compañeros de viaje, se visualiza como la amada de Amadís de Gaula, ejercicio que la lleva a reconstruir su inevitable infancia como hija de refugiados de la guerra civil española. Al igual que don Quijote, que se inventó su propia Dulcinea y a su vez fue introducido como personaje en La burladora de Toledo por quien eligió a Dulcinea como alter ego, esta Dulcinea de carne y hueso es “librista”, delira por las novelas de caballerías y sueña reencontrar a su Amadís con sólo cerrar los ojos. A este respecto, ha dicho Luzma Becerra, en Territorio de leonas, que Angelina “(...) se corporeiza en sus textos, así como también la literatura precedente, sus lecturas (...).” “Mis personajes—dice Angelina—son herejes, marginales, viajeros medievales. Me gusta rescribir la tradición”. En este sentido, profundamente europea, Angelina es también una enamorada del mito. Una recicladora de mitos. Y una de las condiciones sine qua non del mito es transgredir el espacio temporal.
Desde los títulos de sus obras, Angelina evidencia su pasión por la literatura del Siglo de Oro, como Molinos sin viento (Aldus, 2000), que forma parte de una trilogía autobiográfica, donde reelabora su infancia y adolescencia poblada de libros y fantasmas que nutrieron su vocación literaria; o Areúsa en los conciertos (Alfaguara, 2002) cuyo título alude a un personaje de La Celestina, de Fernando de Rojas. La protagonista, así nombrada, es una desenfrenada hembra, vulgar pero sabia, de una sabiduría empírica, por supuesto, y muy divertida; una puta llamada Areúsa. La diferencia entre Dulcinea y Areúsa, es que esta no imagina: ella es la imaginación personificada, la imaginada. Derivado quizá de la afición melómana de su autora que no se pierde un solo concierto dominical en la sala Nezahualcóyotl (escenario central de la novela), Areúsa penetra en la música con todos sus sentidos hasta, en su calidad de elemento dúctil, volverse nota de Alban Berg. Se involucra en una tórrida aventura con Jan Hanna, un director de orquesta, y Salomé, mujer de dos mil años perseguida por la cabeza colgante del hombre que no la quiso amar. El erotismo poco ortodoxo estará muy presente en esta como en casi todas sus novelas de reciente factura. En Areúsa en los conciertos, por ejemplo, se embarca en el inimaginable mundo de la prostitución infantil, a través de la contemplación de un cuadro terriblemente sórdido de Murillo —“Cuatro figuras en un escalón”—que representa a un grupo de profesionales del sexo entre quienes destaca un niño pequeño que muestra el trasero. La diferencia entre Angelina y otros que han escrito sobre lo mismo, queda maravillosamente explicitada en la página 177: “El ascetismo es el mayor erotismo (...) Por eso, también están metiendo a los niños en la pornografía. Claro, para acabar pronto con ellos y que no caigan en el pecado del amor.”
Angelina no necesita describir gráficamente el acto sexual. Dota de significado tal a las palabras, que estas adquieren las más inusitadas formas ante los azorados ojos del lector. Es en la sexualidad y el erotismo donde la trasgresión sutil de Angelina Muñiz-Huberman encuentra su terreno más fértil, la trasgresión máxima, como en La burladora de Toledo, cuya protagonista posee las características suficientes para complicarle su vida erótica: situada en la Nueva España el siglo XVII, Elena, que también es Eleno, es una esclava mulata que ha aprendido los oficios de la medicina –suficiente para hacer de una mujer sospechosa de brujería- y posee la capacidad para enamorarse indistintamente de varones y de mujeres. Tiene en común con su autora, sacar provecho de sus aparentes desventajas: la ambigüedad sexual le permite lo mismo pasar por doncella que alistarse en el ejército y ejercer los oficios que domina, casi todos varoniles. Angelina afirma haberse inspirado en un personaje histórico sobre el que estudió bastante, “la primera mujer cirujana de la historia”, aunque al final creó su propia Elena de Céspedes.Por otro lado, identificada con los seres socialmente anómalos, pudiera decirse, enternecida, Angelina se ocupa de un personaje hermafrodita para desarrollar una inquietud que comparte con autoras más jóvenes como Ana Clavel y Cristina Rivera Garza: la des/construcción de los géneros femenino y masculino; cuestionar la vigencia de estereotipos y arquetipos que han contribuido a la particular opresión ideológica de unos sobre otras, y viceversa. El cuestionamiento respecto a la inmutabilidad del deseo recorre la narración de las insólitas aventuras de este personaje asimismo insólito: “El monstruo atrae, es señalado, tiene dotes especiales, puede prevenir sobre el futuro. Sobre todo, es diferente, totalmente diferente. Especial. Se sale de la norma, atrae y repugna. Se le ve con insistencia y horror o se evita su vista. Nadie quiere ser como él. Y, sin embargo, cualquiera podría ser un monstruo: tú, yo, todos. Pero si fuéramos todos, dejaríamos de serlo. Seríamos la norma (…) la aventura de trasgredir el traje te convierte en otra persona (…)” (p. 105). Se le ha cuestionado a Angelina el que su protagonista del siglo XVII exprese obsesivamente su preocupación respecto a asuntos tan contemporáneos como el racismo, la homofobia, la igualdad de los sexos y el respeto por los derechos humanos, y lo haga además en términos de principios del siglo XXI. Personalmente considero que, en este sentido, el personaje está plenamente justificado, pues desde un principio se nos presenta como alguien capaz de mirar más allá, de adelantarse peligrosamente a su tiempo. La propia Angelina ha escrito sobre el recurso del mito como respuesta a una concepción del mundo donde cualquier límite entre realidad e imaginación queda anulado: “Lo fantástico se acepta y no provoca desorden. Antes bien, constituye el factor ordenador y esclarecedor” (“Mitos precolombinos”, La sombra que cobija, p. 25) Existe testimonio inquisitorial sobre la existencia de Elena de Céspedes, pero la inexactitud del informe y la imposibilidad de confirmar la historicidad del hecho, hace de esta mujer una leyenda… un mito. Además, pareciera decir Angelina, si es aceptable fugarse desde el presente hasta el pasado, como en Dulcinea encantada… ¿por qué no a la inversa? En realidad todas las novelas de Angelina Muñiz Huberman fluctúan entre pasado y presente, más, conjugan simultáneamente todos los tiempos. En El sefardí romántico, por ejemplo, es la propia autora quien, desde su “hoy” construye el vínculo presente-pasado. En Areúsa en los conciertos, una misma personaje recorre el vórtice de tiempos idos y venideros, mientras que en La burladora de Toledo, Elena tiene la inteligencia, más que el poder, de evocar el futuro desde el pasado


Para eso sirven los escritores. Para incluir los mundos separados y hacerlos uno. Son los monoteístas del texto. Los monotextistas. Que provienen de los politextismos y los reducen a la unidad todopoderosa, ubicua, eterna, del sonido que no suena, que se lee… (p. 152).

Angelina, todopoderosa en su escritura, frágil en apariencia, máxime cuando pasa su mano suave por el lomo de la gatita color perla que ronronea en su regazo, suele recibirme en su casa con jugo de manzana y galletas de chocolate —mezcla que, por algún motivo, remite al sabor de sus novelas y relatos—. Me ha confesado que padece una enfermedad que, como a Juan García Ponce, ha sido lo bastante generosa para concederle permiso de escribir un libro tras otro con el afán de quien teme ser silenciado por la muerte: esclerosis. Paul Klee, pintor que adora y de quien tomó el epígrafe para Dulcinea encantada, también compartía su mal, que no es un castigo sino la materialización de ese dios-capataz que es el arte y que, a cambio, le ha permitido conservar el brillo infantil de sus ojos grises y la capacidad para hacer angélicas diabluras.
Biblioteca de Angelina Muñiz Huberman, aquí

1 comentario:

Aurore Dupin dijo...

Ésta mujer es una joya. Trata a las palabras muy a lo Octavio Paz.