Bendita pasión


Para Ignacio Trejo Fuentes

Todo pasaba en los portales, afirma la dama de las mascadas. Así, en tiempo pasado. Pero uno pasa por ahí y de inmediato evoca la frase… y recuerda que allí “estaba parado Espinosa cuando le dieron la puñalada que lo sacó del negocio de los cines (y) se paseaba Magdalena Maynes con sus vestidos nuevos antes de que la desgracia se le apareciera…” De todo ha pasado en los portales, desde enamoramientos hasta asesinatos. O las dos cosas al mismo tiempo. Incluso la escritura de un libro exitoso. Era la década de los ochenta. Principios. Una hermosa dama de tirantes pómulos y enormes ojos con chispas escribiría sobre una de las mesas de los portales, entre vapores de café poblano, aquella primera, inolvidable frase: “Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales (…) como si no hubiera otro lugar…”
En los portales, Andrés Asencio le arrancó la vida a Catalina Guzmán, quien como todas las heroínas de Ángeles Mastretta, la dama de las mascadas… como la propia Ángeles, tiene ojos grandes y chispeantes: “Ese par de ojos era la muestra más nítida de que su ahijada no conocería jamás la delicia de ser inocente.” (Mal de amores, Seix Barral, Biblioteca Breve, México, 2006, p. 47). En los portales, Catalina descubre que “quiere sentir”… del mismo modo que de niña descubre los helados, su segundo gran vicio. En los portales se sitúa el inicio de Arráncame la vida, primera novela de Ángeles Mastretta, Premio Mazatlán 1985) una joven graduada de periodismo en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. En 1985, año de su publicación, la escritura de mujeres contaba pocos ejemplos de voces que exploraran a fondo la sexualidad femenina. Desde la Jesusa Palancares de Elena Poniatowska, ninguna tan deslenguada y soez como Catalina Asencio, la Primera Dama que se entrena en el epicentro de la doble moral para mirar de reojo… la que desde la intimidad de la escritura quebranta y ridiculiza los estereotipos de feminidad ideal, de novela rosa: “Yo había visto caballos y toros irse sobre yeguas y vacas, pero el pito parado de un señor era otra cosa…”
Catalina Asencio, personaje harto contradictorio. Nunca sabemos si es una bon vivant o una inconforme; si de veras, de veritas es tan inocentona… o se hace; si es una suerte de Madame Bovary o la perfecta anti Madame Bovary. Una cosa queda clara: Catalina se las ingenia para gozar de la vida. Nada le niega a su cuerpo anhelante, ni siquiera los helados. ¿Egoísta o feminista incipiente? A diferencia de Emilia Sauri, heroína de Mal de amores (Premio Rómulo Gallegos 1997), quien es, sin lugar a dudas, una mujer consciente de su calidad de ser humano y pensante, esto es, feminista, Catalina simplemente se deja llevar por el tango de la vida. Pero este mero hecho, en una época en que la mujer era ángel del hogar y/o ratón de sacristía, llena de culpas y complejos heredados, hace de Catalina Asencio una subversiva: la única heroína que sale de su casa por el inocuo antojo de un helado y regresa convertida en adúltera. “El final no lo entendí”, confesaría la muy cándida Catín a su desvirgador y futuro esposo, tras aquel incomprensible –pero placentero-acto animal:

Todo el embarazo fui un fraude. Andrés no volvió a tocarme dizque para no lastimar al niño y eso me puso más nerviosa, no podía pensar con orden, me distraía, empezaba una conversación que acababa con otra y escuchaba solamente la mitad de lo que me contaban. Además tenía un espantoso miedo a parir. Pensé que me quedaría tonta para siempre (…) yo no era buen ejemplo de amor extremo (…) Pablo se encargó de quitarme las ansias esos tres últimos meses de embarazo y yo me encargué de quitarle la virginidad (…) (Arráncame la vida, pps. 36 y 37, Seix Barral, Biblioteca Breve, edición conmemorativa, México, 2008).

Ángeles Mastretta, mujer de ojos grandes, como el título de su más exitoso libro de relatos publicado en 1991, nació el 9 de octubre de 1949, en una ciudad que lleva en el nombre: Puebla de los Ángeles, aunque desde hace varios años comparte su vida con el también novelista Héctor Aguilar Camín en una señorial casa de San Miguel Chapultepec, en la ciudad de México. Como sus heroínas, Ángeles es una mujer de poderosa, casi intimadamente feminidad, en cuya grave voz y esbelta figura vibra la pasión por vivir. Ella, sin embargo, se define “miedosa empeñada en no serlo”. Una de las cosas que más la asustan, afirma, son el adulterio y la política… quizá por eso escribió Arráncame la vida, para exorcizarlos a través del humor. Escribe también para enamorarse, para activar la hormona de la ensoñación. Inicia su carrera como periodista, en 1979, en la revista “Siete” y en el diario vespertino “Ovaciones”. Según confiesa a Ana Anabitarte, se inspiró en su propio padre, periodista de vocación, para emprender esta carrera que desembocaría en la literatura: “Mi padre no vivía de la escritura pero escribía cada semana en los periódicos una columna de ficción. Inventó un personaje que se llamaba el Míserovendecoches que era amigo de un romano como Asterix que se llamaba Temístoclessalvatierra que venía de quién sabe donde y platicaba con el Míserovendecoches. Él nunca supo que yo me dediqué a la literatura porque murió cuando yo tenía diecinueve años, por eso yo siempre digo que se perdió la fiesta.”
Poco antes, en 1974, Ángeles había obtenido una beca del Centro Mexicano de Escritores, donde trabajó sus textos bajo la tutela de Juan Rulfo, “Le quise (a Rulfo) con toda mi alma y espero seguir viviendo para ver cómo se le reconoce. Tengo muy buenos recuerdos de él. Formábamos una pareja desastrosa al volante porque él era pésimo conductor y yo una distraída que siempre se equivocaba de camino. Un día chocamos contra otro coche y yo me bajé corriendo y le dije al conductor del otro auto que no se enojara porque había tenido el placer de chocar contra el maestro Juan Rulfo.” La fama, sin embargo, la cogió por completo desprevenida, pues aquella primera novela, que resultó ser Arráncame la vida, la escribió esencialmente por diversión y por necesidad.
¿Por qué digo que Catalina Asencio es la anti Madame Bovary por antonomasia? Porque ella no persigue el amor perfecto cuando engaña a su marido que, por cierto, nada tiene en común con el buenazo Doctor Bovary: Andrés es un político carismático y un encantador asesino. Lo que Catalina persigue con sus escapadas es sexo, darle gusto a un cuerpo que su marido raras veces deja de atender y desear pero que, como el del insaciable Andrés que va sembrando el mapa de niños bastardos, arde en antojos. Catalina no se percibe como mujer infiel. Desempeña su papel de esposa de gobernador de manera impecable. Hace todo cuanto se espera de ella y contribuye al asenso y estabilización de un esposo imprudente y bárbaro, al extremo de soportar las aburridas actividades de las primeras damas, a cual más pendeja, según sus propias palabras, aunque es mucho más feliz en compañía de mujeres clandestinas, las queridas de casa chica que tienen permiso de ser ellas mismas. Es, además, muy buena madre, no solo para Verania, su hija biológica, también de varios hijos ilegítimos de su marido que la adoran… en especial Lilia, que termina siendo vivo retrato de Catalina. Según la lógica de esta, que no se esfuerza demasiado por esconder su aventura con Carlos Vives –se ha habituado lo suficiente a aparentar y a mentir para que ahora le tiemble el pulso- cumple su misión en la vida y se merece el goce sensual que la salva por momentos de tanta hipocresía: “Me hubiera gustado ser amante de Andrés. Esperarlo metida en batas de seda y zapatillas brillantes, usar el dinero justo para lo que se me antojara, dormir hasta tardísimo en las mañanas, liberarme de la Beneficencia Pública y el gesto de primera dama. Además, a las amantes todo el mundo les tiene lástima o cariño, nadie las considera cómplices. En cambio, yo era la cómplice oficial.” (p. 65).
Catalina gusta mucho de su esposo quien, contrario a la mayoría de los hombres de su círculo, no exigen a su mujercita santa fingirse virgen perpetua. Catalina y Andrés gozan infinitamente el sexo. Catín siempre lo desea… un poco menos cuando descubre que Andrés tiene las manos manchadas de sangre. Que es un asesino. Sabe silenciar su conciencia a tiempo para poder seguir compartiendo la cama, el amor y la vida con ese hombre. Carlos Vives, el director de orquesta, representa hasta cierto punto la redención porque es de izquierda, porque es un idealista y está en contra de lo que Andrés representa, con todo y que este lo aprecia sinceramente por ser hijo del que fuera su mejor amigo. Ya antes de conocer a Carlos, Catín ha desarrollado cierta conciencia política, aunque siga gozando en la intimidad del hombre por el que debiera experimentar aversión: “Yo leía el periódico a escondidas. Cuando Andrés lo aventaba y salía mentando madres, yo lo recogía y lo devoraba, a veces no entendía por qué se enojaba.”
La rebeldía está a punto de erupcionar dentro de Catalina cuando conoce a Carlos. En realidad ni un solo detalle ha escapado a su mirada curiosa y ávida: Durante la gubernatura de Andrés Asencio, que corresponde a la de Maximino Ávila Camacho (personaje en el que, se supone, está inspirado el personaje de Andrés), Carmen Serdán conquista el derecho al voto para las mujeres en Puebla, que se convierte así en el primer estado de la república mexicana en alentar la participación cívica de las mujeres. La primera vez que Catalina acude a las urnas, vota por el candidato de oposición –al fin que el voto es secreto- para, según sus propias palabras, sentirse un poco menos culpable del desastre que representará Fito, el relevo de su marido en la silla. No puede reprimir su compasión -¿simpatía?- por los idealistas que pretenden liberar el país de alimañas como el propio Andrés Asencio: “Volví al grupo de las mujeres. Prefería oír la plática de los hombres, pero no era correcto. Siempre hablando de partos, sirvientas y peinados. El maravilloso mundo de la mujer, llamaba Andrés a eso.” (p. 73).
Catalina aprende a moverse como pez en el agua en ese mundo de doble moral que en el fondo desearía violentar. Emilia Sauri, en cambio, se opone a aparentar que es quien no es. Ambas viven bajo el cobijo de un padre amoroso y condescendiente, con la diferencia de que Diego Sauri, el boticario del pueblo, sueña para su única hija un destino más amplio que el de ama de casa y comparte secretos de su oficio con ella. Diego Sauri no hubiera tolerado que Emilia se casara con alguien como Andrés Asencio, ni aunque la desvirgara para asegurarse su permiso. Cosa curiosa, Emilia pertenece a una época anterior a la de Catalina, quien vive el México post revolucionario. El México de Emilia, en cambio, suspira aún por un héroe que libere la patria, concretamente un hombre pequeño que representa una gran amenaza para el dictador Porfirio Díaz. Emilia, contrario a la muy burguesa Catalina, se cría en el seno de una familia de ideales libertarios, cuya casa tiene siempre abiertas sus puertas para quienes compartan sus sueños… los hermanos Serdán, por ejemplo. Mientras que en Arráncame la vida la infidelidad conyugal es moneda corriente, los personajes de Mal de amores se caracterizan justo por lo contrario: “(…) Eso de pensar todo el tiempo en el mismo hombre, de tener los deseos puestos en él desde la primera infancia, de extrañarlo desde el primer día y de llevar dos años sin tratos sexuales, con ningún otro (parece) una costumbre escandalosa, una actitud más transgresora e inmoral que cualquiera de las que pudieran ocurrírsele a la sucia mente del pastor protestante (…)” (p. 261).
Catalina, por su parte, nunca experimenta la necesidad de seguir a un hombre hasta el fin del mundo. Ni siquiera tras el asesinato de Carlos que la deja devastada. Se esfuerza por encontrarle sentido a esa vida que se empeña en compartir con Andrés, el muy probable asesino de su amante, quien ni siquiera le recrimina su infidelidad. Como si no supiera. Esa es la forma en que ama este hombre brutal. Daniel, el amante de Emilia, huye de ella, No existe razón para no estar juntos: sus respectivos padres son los mejores amigos del mundo; Milagros, tía de Emilia, ha criado a Daniel como a un hijo y le ha transmitido su ideal. Prácticamente se han criado juntos. Él, sin embargo, no está tan evolucionado como Emilia, no sabe tantas cosas; se reconoce débil y vulnerable ante la arrolladora personalidad de su amada y acaso por no sentirse a la altura, toma las armas, primero, a favor de Madero. Luego, cuando este ha llegado a la presidencia sin que la situación del país se modifique significativamente –los pobres siguen siendo pobres; los hacendados siguen siendo amos y señores de sus tierras-, se alza contra el mismo. Cuando Victoriano Huerta asesina a Madero y usurpa la silla presidencial, Daniel encuentra otro espléndido motivo para reunirse con la bola: lo hará en nombre de aquel que tras su asesinato ha recuperado la jerarquía de héroe. A Emilia no parece quedarle más remedio que aguardar cual Penélope la resolución del conflicto que todavía hoy parece lejano. En medio de la espera, sin embargo, no se limita a tejer y destejer: Emilia estudia, acude a la universidad en territorio estadounidense… la Universidad de Northwestern, a estudiar medicina –en México eso hubiera sido casi imposible, aunque para entonces ya estaría ejerciendo Matilde Montoya, la primera mujer graduada como médica en la UNAM- y, de vez en cuando, lanzarse a la búsqueda de su único y terco amor. Mientras Catalina se deja raptar o seducir, Emilia coge sus maletas y se lanza, sola y su alma, en pos del maltrecho Daniel que sin duda necesitará sus servicios médicos. Ambas heroínas se parecen entre sí tanto como el silencio y la elocuencia: Solo la pasión las emparienta.
Arráncame la vida y Mal de amores son, en sí mismas, novelas antagónicas. Mejor lograda, literariamente hablando, la segunda, donde Ángeles alcanza ese tono personalísimo que mezcla folclor y poesía. Gana, sobre todo, una asombrosa precisión para definir los caracteres de sus personajes. La primera persona de Arráncame la vida, narrada por Catalina, no le permite abarcar entrañablemente al resto de los personajes, pero el narrador omnisciente de Mal de amores admite esta y otras licencias que Ángeles aprovecha al máximo. Arráncame… bordea el terreno de la novela picaresca. Mal de amores es, inequívocamente, una historia de amor, algo que los críticos suelen deplorar… para lo que puede importarle a esta autora traducida a catorce idiomas: "Nadie puede decirme que el amor es algo frívolo", señala en entrevista con Loreley Gaffoglio, para el diario argentino La Nación: He dedicado mi vida a reflexionar sobre lo paradójico de los comportamientos humanos predominantes: el poder y el amor, que son lo que nos mueve y conmueve"
Ángeles Mastretta, quien colecciona mascadas como Emilia colecciona cajas de habanos, no se caracteriza por ser escritora prolífica: “No escribo por el éxito o por la venta de libros sino por la necesidad vital de aclarar mis dudas y llegar a todo tipo de públicos. Intento liberar a las personas: busco la justicia, revelo la pasión que nos lleva a enamorarnos de un ser humano o del entorno que nos hace libres, pero que también nos llega a ahogar. También escribo para sentir que me enamoro. Para mí la literatura es una locura permitida que te lleva de viaje por otras vidas”, confiesa a Ana Anabitarte. Entre su primera y segunda novela median diez años, periodo durante el cual publicó libros ligeros como Mujeres de ojos grandes, que surge tras la enfermedad de su hija menor –quien, por cierto, se llama Catalina-, que al permanecer en cama es arrullada con las anécdotas familiares de su madre que fueron tomando forma de relatos; la compilación de entregas de su columna “Puerto libre” de la revista Nexos, reunidas en su libro así titulado en 1994 y los ensayos reunidos en El cielo de los leones.
Su más reciente libro es otra colección de relatos: Maridos (Seix Barral, México, 2007), donde desfilan tantas otras Catalinas y Emilias con diversas perspectivas del amor. Ángeles publica este bello libro en una época radicalmente distinta a la que vio nacer Arráncame la vida: ahora el pudor de las escritoras no radica en el erotismo llano, sino en las historias de amor. Vuelve a ser, por lo mismo, subversiva. Ser una misma, como Emilia Sauri… como Catalina Asencio tras la viudez, puede ser el máximo acto de rebeldía. Aunque las nuevas Emilias viajan mucho más ligeras de equipaje: “No sacó de aquel techo ni un alfiler, ni un peine, ni un zapato, se fue a la calle igual que siempre: tras besarlos a todos y cargando sólo con su agenda electrónica y su bolsa en desorden, con su cuerpo en dos partes y su pelo amarrado, como si nada le pasara y todo le doliera.” (“Con todo y todo”, Maridos, p. 27)