Rehabilitación de lo sensible


Mi único criterio moral es literario…

J.K

Mientras otras chicas hacían piras con sus brasieres, la jovencísima Julia Kristeva cuestionaba no al feminismo (como se ha dicho innumerables veces) sino a sus extremismos –me refiero concretamente al feminismo de los sesentas y setentas- por lo que terminó claudicando respecto a esta y cualquier otra militancia, “el espíritu se separa de los grupos, el pesar espera la lucidez”, de la cual esboza una burla nada sutil en su primera novela, Los samuráis. Enemiga de dogmas, incluso de los psiquiátricos y psicoanalíticos; particularmente de los políticos, ha sabido rescatar su individualidad, hasta del poderoso grupo que la vio nacer, reunido en torno a la vanguardista revista Tel Quel, fundada en 1960 por un joven y muy arrebatado Phillippe Sollers, y que tuvo en ella su gloria femenina (aunque no la única mujer), junto con Jacques Derrida, Roland Barthes, Michel Foucault, Gérard Genette y Umberto Eco, entre otros no menos notables. Un grupo, ha dicho Julia sin inmutarse, imperfecto como toda colisión de egos que pretenden crear una ruptura de cualquier tipo, y Tel Quel, a decir también de Julia, no era propiamente un modelo de tolerancia. Todavía le sorprende haber sido tan bien recibida, “Todos los grupos –dice convencida a Miguel Ángel Quemain- están basados en una relación homosexual masculina, es el fondo de cualquier sociedad.”(Vasos comunicantes, Resistencia, México, 2005, p. 91)
Julia Kristeva pertenece, pues, a la corriente fundada por el antropólogo Claude Lévi-Strauss –causante directo de que la muchacha se haya trasladado desde su natal Bulgaria hasta el Instituto de Antropología Social, en París-, en colaboración con otros brillantes teóricos como Barthes, Todorov y Christian Metz: el estructuralismo. Tendríamos que dedicar varias cuartillas para explicar en qué consiste esta corriente. Así, pues, me limito a señalar que esta búlgara eligió la lengua de Mallarmé para expresarse y la ciudad de Paris para radicar desde 1966. Ha ido más allá de la crítica literaria académica al incursionar en diversos géneros literarios, desde los tratados de semiótica y el psicoanálisis hasta la novela policíaca, lo que, por supuesto, le acarreó sinfín de críticas virulentas. A esta última, titulada Posesiones (aún no traducida al castellano), con una protagonista de nombre Stéphanie Delacour, periodista parisina que lleva seguimiento de un caso criminal junto con el comisario Northrop Rilsky, la denomina Julia su muy particular (aunque menor) revuelta. En 2003 repetiría la aventura con la novela Meutre a Byzance, tampoco traducida a nuestro idioma: “(…) en Francia –dice la escritora en entrevista con Miguel Ángel Quemain- hemos afirmado que el verdadero pensamiento es la literatura, lo hemos despojado de ese carácter decorativo, de divertimento espiritual, que tenían las “belles lettres” en la historia de la literatura francesa. Sostuvimos que la literatura no era solamente eso sino la verdadera vida del pensamiento.” (Voces cruzadas, p. 86).
Amor y maternidad, tópicos sobre los que el feminismo tendió una espesa tela de juicio por localizar en ellos el ancestral origen de la opresión de las mujeres, se cuentan entre las exhaustivas búsquedas de Kristeva, tanto en el terreno de la crítica literaria como en el del psicoanálisis que para ella no son lo mismo, más bien, casi lo mismo. Literatura: eterno punto de partida (¿sin retorno?), mientras que el psicoanálisis, nos dice, bordea la fe religiosa para prodigarla en un discurso… literario. El depresivo es, ante todo, un incrédulo del lenguaje. Lo que atrae a la joven Kristeva como abeja hacia el panal es el lenguaje… ese lenguaje incuestionablemente poético del psicoanálisis que bebe de las palabras, forjadoras de los signos en que se re-afirma el discurso inconsciente (como Narciso ante su imagen: lento pero certero). Estamos enfermos cuando no somos –o no logramos sentirnos –amados pues dejamos de ser la encarnación del objeto, esto es: lenguaje. La no somatización – enfermedad en sí misma: incapacidad para ser y significar –es la ausencia del lenguaje: “Nada menos seguro que el que la mujer sea más narcisista que el hombre, como sostiene Freud. Pero el que una mujer pueda replegar la sed insaciable de una bella imagen propia en el interior de sus entrañas o, más psicológicamente, del ensueño y hasta la alucinación: ésta es una verdadera resolución del narcisismo que no tiene nada de erótico (en el sentido griego), pero que es totalmente, dulce o fanáticamente, amorosa (…)” (Historias de amor, Siglo XXI, quinta edición en español, 2000, traducción de Araceli Ramos Martín, p. 97). Al respecto ahondará en Sol negro, depresión y melancolía: “(…) lo amo (parece decir el depresivo a propósito de un ser o un objeto perdido), pero aun más lo odio; porque lo amo para no perderlo, lo instalo en mí; pero aunque lo odio, este otro en mí es un yo malo, soy nulo, me mato (…)” (Monte Ávila Editores, Caracas, 1997, traducción de Mariela Sánchez Urdaneta, p. 15).
El amor, como la escritura, reitera Julia Kristeva, son actos de placer y de guerra por antonomasia. La creación literaria es aventura del cuerpo, creada a partir de los signos que dan testimonio del afecto que empieza con la separación. Traspone el afecto en ritmos, signos y formas. Transforma lo “semiótico” y lo “simbólico” en signos comunicables de una realidad afectiva: “(…) Si el psicoanálisis considera que supera a la creación en eficacia, especialmente por reforzar las posibilidades ideatorias del sujeto, no obstante debe enriquecerse prestándole más atención a esas soluciones sublimatorias de nuestras crisis para convertirse no en un antidepresivo neutralizante sino en un lúcido contra-depresivo (…)” (Sol negro…, p. 27). Más que lacaniana, escuela a la que como psicoanalista se adhiere, Julia es absoluta e irremediablemente proustiana. La memoria no es sino prótesis del eros, afirma junto con el autor francés.
Pocos imaginaron que su espíritu e intelecto serían como su apariencia: exóticos, diáfanos, curiosos, intrépidos. A simple vista muñeca de porcelana a quien algún travieso gen remató con una brillante cabellera castaña rojiza, que todos creían teñida, sus rasgos orientales. Pero no: Julia Kristeva, como la Olga Morena de Los samuráis, es extraordinaria fusión de centro europea y china, “doctora tártara, báltica bibliotecaria”, con la cabellera siempre recogida en una coleta que hacía pensar en acariciable cola de ardilla; orgullosa de que los propios chinos la confundan con una de los suyos durante aquel inolvidable viaje emprendido con su grupo al país asiático. Me pregunto si se vería reflejada en esas niñitas chinas que le robaron por el corazón, más por su educado silencio que por su ternura. Un querido amigo que la conoce bien me dijo que su portentoso intelecto no le ha impedido regodearse un poco en el dolor de la pérdida la juventud y la belleza, razón de sus uñas casi obsesivamente manicuradas, a la par de un maquillaje tenue pero perfecto: nunca una raíz sin retocar o un pelo fuera de lugar. Pero ese mismo genio hace de su vanidad femenina algo desconcertante y conmovedor. Casi un intento de ser normal.
Nacida en Bulgaria, el 24 de junio de 1941, tuvo una infancia accidentada pero divertida. Ingresó al parvulario justo en el instante en que las dominicas francesas eran expulsadas del país, por lo que se crió entonando “Arriba parias en la Tierra…”, en vez del tradicional cántico “Cristianos, es la hora solemne…”, quizá por ello contempló con cierta condescendencia los desmanes comunistas de sus compañeros en La Sorbona: “(…) en realidad es curiosa la fe de esos ingenuos que corren con todo candor hacia un mundo de opresión (…)” (Los samuráis, Plaza & Janés, traducción de Xavier Gispert, Barcelona, 1990, p. 88). Sería la razón por la que fungió como testigo activo pero distante de los hechos de mayo del 68, por solidaridad con su entonces novio, el filósofo Phillippe Sollers (Burdeos, 1936), hoy su esposo, fervoroso comunista en su juventud, que en Los samuráis aparece bajo la identidad del alocado Hervé Senteuil, “Hervé está a favor de todo lo que molesta y, cuando no hay nada, lo inventa (…)”. Julia ha sabido siempre ponerle diques a sus pasiones, no lo bastante pesados como para no darles oportunidad de escabullirse. No quedarse en la superficie sino bregar hasta el tope, como en sus controvertidos estudios sobre Céline cuyo antisemitismo intentó comprender antes que atajar o justificar. Igual hizo con los ideales de sus compañeros de generación en La revuelta, resultado de su visión delicadamente construida de los hechos del 68, “(…) la vida psíquica sabe que su salvación reside en brindarse el tiempo y el espacio necesario para las revueltas: romper, rememorar, rehacer.” En su revoltosa búsqueda de experiencias radicales e insólitas, probó el hash con miel para entender por qué estaba tan de moda en su círculo. Los samuráis, pues, es un poco lo que Memorias de una joven formal para Simone de Beauvoir –aunque se le ha comparado también con Los mandarines, donde Simone retrata a sus coetáneos-, aunque Julia tome distancia respecto a sus personajes autobiográficos, hecho que pudiera interpretarse como el equivalente de la reserva (que no pudor) de Simone. Julia, contrario a Simone, no esperó por el hombre que la forjara, más bien se forjó al margen de los hombres sin dejar de observarlos con apasionada atención. De ahí, quizá, su feminidad desprejuiciada que de pronto recuerda los manierismos de Proust. Como el novelista francés que la obsesiona, Julia luce convencida de que hay muchas más clases de mujer que las heterosexuales y las lesbianas. Hay mujer-mujer y mujer-hombre: “(…) el sexo de la identidad –escribe en El tiempo sensible, Proust y la experiencia literaria –asegura nuestra unidad física, sin embargo y siempre, intrínsecamente amenazada (…) Algunos intentan contrarrestar esta perturbación encontrando un lugar reconfortante dentro del lenguaje convencional: su sintaxis estricta compensaría la sexualidad errante (…)” (p. 117, Eudeba, Universidad de Buenos Aires, 2005, traducción de Jaime Arrembide).
En su magnífico ensayo en tres tomos, El genio femenino, aborda Julia tres circunstancias esenciales con las que ella misma ha cohabitado: la vida, la locura y las palabras, encarnadas respectivamente en Hannah Arendt, Melanie Klein y Colette. Escribe Julia: “(...) vivieron, pensaron, amaron, trabajaron con hombres, con sus hombres: a veces sometidas a la autoridad de un maestro o dependientes de su amor; a veces asumiendo el riesgo de esas insurgencias de inocencia inapelable; siempre arrancando su independencia más o menos respetuosa”. La joven Julia, apolítica, “la ardilla”, como Phillippe la llamaba –Simone de Beauvoir era “el castor” para Sartre-, no tenía entonces más ideal que estudiar, leer, aprender, viajar… y construirse como mujer. Y en este último aspecto es profundamente debeuvoriana (quizá solo en ese). Más que pupila, sombra o devota de Phillippe, como fuera la propia Simone de Sartre… o Hannah Arendt de Heidegger –es más probable que lo haya sido con respecto a Barthes, abiertamente homosexual-; Julia ha sido su cómplice… y este, al parecer, él también de ella. Sin grandes alardes, este macho rubicundo y sensual que es Phillippe Sollers ha indagado con seriedad y compromiso en el tema del feminismo, aunque para ello ha preferido la narrativa que el ensayo, “El feminismo –ha dicho monsieur Kristeva – es un movimiento capital en los últimos años, que va más allá de la izquierda occidental y que resulta irreversible.”
Olga, a la que de aquí en adelante me permitiré llamar con su verdadero nombre, Julia, decía, fue más observadora privilegiada que temeraria activista, lo cual no le impidió ciertos arrebatos como, por ejemplo, casarse con su alocado Phillippe. En su mundo, un mundo que combatía frontalmente los convencionalismos, el matrimonio era una transgresión. Esto y no la orgía. Esto y no que el querido profesor Bréhal, nombre bajo el cual se agazapa Roland Barthes en esta novela, acepte magnánimo las pleitesías de hermosos jóvenes. Antes de llegar al matrimonio, el cual por cierto se efectúa al poco de conocerse, Julia acompaña a Phillippe en alocadas aventuras, y cuando este sucumbe al deseo de hacer feliz a su madre, una aristócrata católica, Julia vuelve a ser su más querida cómplice. No es sumisa, en lo absoluto. Se deja llevar por el placer que le produce la compañía de este hombre tan radicalmente distinto a ella: pasional, arrebatado, histriónico, que nunca le reclama ni cuestiona nada porque tampoco quiere ser reclamado ni cuestionado. “El amor –declara Julia en entrevista con Ger Groot- es el cenit de la subjetividad (…) solo somos personas cuando nos situamos frente a otro. Nunca de forma aislada. Lo que nos convierte en personas es el vínculo con el otro, la relación de amor (…)” (Suplemento Laberinto de Milenio, sábado 30 de agosto de 2008, México, p. 6)
Hervé/ Phillippe es un poco la versión heterosexual del Charlus proustiano. El único compromiso de Julia es para consigo misma. Jamás pierde su libertad, ni cuando se entrega gozosamente a la maternidad como una perpetuación de su proyecto intelectual: “Un embarazo es la más absoluta de las complicidades (…) Cuando te arrastra, el diluvio de la biología –por un embarazo o una enfermedad-, te separas de los humanos, pero tu aparente soledad está repleta de especies animales o vegetales cuyo destino has elegido compartir el azar de tus sueños (…)” (p.p 308 y 310). Pero Olga Morena no es, presiento, el único personaje autobiográfico de Los samuráis. Tal es el empeño de Julia por dividir su faceta como literata de la otra, de la de psicóloga, que se escinde en dos personajes femeninos. El otro es la doctora Jöelle Caburus, quien, como Olga, se asume también observadora pero desde la perspectiva del autorizado a emitir un veredicto: en primera persona. Joëlle Caburus, versión adulta de Julia, ejerce la crítica no sobre los textos, sino sobre quienes los escriben y consideran que ello los incorpora a una especie de elite cuasi celestial: “Todo ese mundo intelectual y literaria que frecuenta su seminario: me pregunto qué entienden. Y sobre todo, ¿cómo se puede escribir novelas –es decir, construir falsedades, un mundo tal como se desea y no tal como es- cuando todo el mundo está enfermo de mentiras? Se cree que se cura la mentira mediante una mentira piadosa (…) El escritor persigue a un perseguidor (…)” (p.p 64 y 65, cursivas del original).
A través de estos dos personajes, la autora no solo deslinda a la Julia literata de la Julia psicoanalista, también a la Julia joven de la madura. La Julia madura contempla a la Julia joven, cuya cola de ardilla y salientes pómulos llaman poderosamente su atención, aunque se refiera a ella, no sin malicia, como “la atracción de la temporada”. La doctora Caburus juzgando a la pequeña novia de Hervé, auto reconociéndose en ella como un ser susceptible de sufrir pérdidas. Julia juzgando a Julia, renegando un poquito de sí. La única similitud entre las cuatro Julias son sus intereses temáticos, especialmente el estudio de la emoción amorosa que, como revela en su impactante ensayo Historias de amor, no necesariamente se da en la potencial pareja sexual sino también a manera de transferencia, entre psicoanalista y paciente, y es que el amor, nos dice la autora, es una forma de miedo –al menos se manifiesta a través de los mismos síntomas-, algo ubicable en la frontera del narcisismo y la idealización: “(…) Cuando uno escribe una novela es necesario hacerlo con el corazón, es una necesidad que se apodera de ti y no te deja más opción que sumergirte en el recuerdo y en las sensaciones, en una manera de temblor, dolorosa y evidentemente, muy ligada a los sentimientos (…)” (Voces cruzadas, p. 89).
Ahondar en lo femenino, tan ligado al narcisismo, ha llevado a Kristeva a buscar posibilidades de resignificación, para lo cual parte del estudio de la obra de Proust. Comparte con su maestro Barthes la obsesión por esta obra monumental, aunque la de Barthes haya sido una obsesión más próxima a lo estético y a las potencialidades de la novela como género. A Kristeva le intriga más las variedades de identidad sexual localizadas en esta obra monumental. Un interés, sí, estético, pero también psicoanalítico… aunque hay que recordar que para Julia lo uno es casi indiscernible de lo otro. Dedica un voluminoso (y fascinante) libro, El tiempo sensible, Proust y la experiencia literaria, a descifrar los caracteres sexuales, tanto de los personajes como del propio autor.