Sor Benedicta

(…) ni siquiera a un santo se le exige que renuncie a todas mis aspiraciones, a todas sus esperanzas y a todas las alegrías de la vida.

E.S

El 11 de octubre de 1998 fue elevada a los altares, con el nombre de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, la filósofa judeoalemana Edith Stein. El principal promotor de esta complicada canonización –más adelante entenderemos en qué radica su complejidad- fue nada menos que el Papa Juan Pablo II, que ya en su época de arzobispo de Cracovia se declaraba seguidor de esta extraordinaria mujer, hecho paradójico tratándose de un patriarca particularmente reñido con los preceptos feministas y reacio a siquiera debatir sobre el derecho de la mujer a ejercer una vocación sacerdotal.

Tras analizar algunas versiones de su biografía, mi desconcierto aumenta al toparme con una mujer que, sin lugar a duda, se habría unido al clamor de las feministas de la década de los setenta –aunque se identificaría más con el feminismo humanista que precedió a la tormenta- Fue, de hecho, una de las principales precursoras de dicho movimiento en la Alemania de principios del siglo XX y, ¡atención!, nunca se mostró arrepentida por ello.

Otro aspecto apasionante de su biografía es cómo su estudio de la filosofía la extrae del seno de una familia judía ortodoxa para instalarla irremediablemente en la fe católica y, finalmente, vestir el hábito Carmelita que la convertiría en Sor Benedicta. Esto no resulta del todo insólito si, al retroceder un poco, nos encontramos con una joven Edith a quien el fenomenólogo Edmund Husserl consideraba su más brillante discípula. Este solía hacer bromas respecto a lo mucho que la Iglesia le debía la canonización por encaminar tantas almas rumbo a sus filas, aunque otras versiones señalan que no fue Husserl, sino el también filósofo fenomenólogo del personalismo, Max Scheler, abiertamente difusor del catolicismo, quien iluminó la mente y el corazón de la jovencita Edith durante las conferencias que ofecier en Göttingen por invitación del propio Husserl. Es Scheler quien la inspira a elaborar su tesis doctoral sobre la empatía, la capacidad de conectar unos desde los otros.

Edith nace en Breslau, próspera ciudad industrial que hace frontera con la Danzig de Günter Grass, el 12 de octubre de 1891, justo el día de la Expiación (Yom Kippur), el más santo del calendario litúrgico de Israel. Ya de entrada, esto impide a Edith celebrar uno solo de sus cumpleaños pues se trata de un día consagrado al ayuno y la oración. La madre ve en esto una señal divina: la cuarta de sus cinco hijas está predestinada a grandes cosas. Augusta Stein ha enviudado al poco de nacer Edith, embarazada de Erna (la hermana pequeña y más amada por Edith) y de inmediato asume las riendas del negocio de maderas de su esposo sin permitirse el lujo de detenerse a llorar. No obstante que las universidades no admitirían mujeres sino hasta 1908, Augusta sueña para sus hijas un porvenir más luminoso que el matrimonio, por lo que se las ingenia para enviarlas a la escuela. La inteligencia de Edith dará de qué hablar desde la más tierna infancia, aunque como señala Joachim Bouflet, autor de la biografía Filósofa crucificada (Editorial Sal terrae, España, 2001, traducción de María del Carmen Moreno y Ramón Alfonso Díez Aragón) (…) a esta intelectual le resultan duras las tareas del hogar: barrer la casa, fregar los platos o quitar el polvo a un mueble, le parecen trabajos forzados que, no obstante, realiza con la misma aplicación que antes ponía en hacer sus deberes”. Esto no impedirá que Edith, ya convertida en tornera del convento, se entregue alegremente a los quehaceres domésticos.

En cuanto a su caótico espíritu, pasa Edith del escepticismo al ateísmo porque en su religión nativa no encuentra lo que desesperadamente persigue…ella misma no sabe qué. Esto no significa que haya permanecido indiferente pues desde niña vive agobiada por dudas teológicas y escatológicas que a su vez la conducen a buscar respuestas en la filosofía que, obviamente, no hará sino generar más dudas. Invertirá múltiples lecturas en discernir su camino, pero un libro en particular se lo allana: Vida de Santa Teresa de Jesús, sobre la que escribirá las más admirables líneas que se conozcan a propósito del pensamiento de esta santa. Al cerrar el citado libro –la cita Renata Posselt en el libro Edith Stein. Una gran mujer de nuestro tiempo (MonteCarmelo, Burgos, 1998)-dije para mí: “Ésta es la verdad”. En el libro de Bouflet se hace hincapié en las dificultades que acarrea su conversión, respecto al núcleo familiar. Su madre se ve gravemente afectada por la decisión de su hija, pero, mujer inteligente al fin, Augusta Stein termina respetándola. Erna, su hermana menor, empieza a practicar el catolicismo de manera soterrada.


“….lo sobrenatural (…) cualquier impulso que mueva al hombre a entrar en sí mismo y lo encamine hacia Dios, debe ser visto como efecto de la gracia, aun cuando proceda de hechos y motivos naturales. Pero lo que hasta este punto el alma conoce de Dios, y de las propias relaciones con él, procede de la fe, y la fe viene del oído (…)” (“El Castillo del alma”, Escritos espirituales, Edith Stein, Biblioteca de Autores cristianos, Clásicos de la Espiritualidad, edición preparada por Francisco Javier Sancho Fermín, Madrid, 2010).

En 1911, Edith se convierte en una de las primeras mujeres admitidas en la Universidad de Breslau y dos años después, impulsada por la deslumbrada lectura del segundo volumen de Investigaciones lógicas, de Husserl, llega a la muy prestigiada Universidad de Göttingen donde enseña el citado filósofo (por ahí han pasado también Lou Andreas Salome, Martin Heidegger y Hannah Arendt) No le resulta fácil llegar a su admirado Husserl que cuenta entonces 54 años y vive sumido en reflexiones, pero finalmente lo logra…y de qué manera. Al huraño maestro le sorprende constatar que esta pequeña joven de enormes ojos negros ha leído de principio a fin y sin resuello la más intrincada de sus obras: “Es usted una heroína”, le dice, sinceramente pasmado, no obstante su proverbial soberbia. La amistad entre el filósofo y su alumna será entrañable, indisoluble, al grado de atrevernos a afirmar que Husserl fue el mejor amigo de Edith y Edith la única amiga verdadera de Husserl, lo cual no impide que ella tenga que lidiar con los prejuicios de todo tipo del profesor, que le cuesta postergar por años la lectura de la tesis con la que finalmente ella obtendrá su doctorado en fenomenología. Ella se encarga, además, de poner en orden los manuscritos de su profesor y asistirlo en sus clases. Con ello no intento insinuar que haya sido una ratita de biblioteca: En términos generales, Edith era una chica como cualquier otra, más aun, se caracterizaba por sobresalir en deportes como el tenis y el canotaje, es muy afecta a las excursiones, al teatro, a la música (Bach es el único dios que conoce entonces), al baile, y no le pone reparos a beber cerveza en compañía de amigos. También llega a enamorarse del también filósofo Hans Lipps, aunque sus biógrafos han optado por omitir este detalle. Siendo autor católico, Bouflet, a quien considero fiable –aunque se calcula n unas 150 biografías publicadas de la hoy santa- lanza un acre reclamo contra este deliberado ocultamiento: “(…) ¿cómo reaccionan ante la lectura de los coqueteos de juventud de Teresa de Jesús, que ella misma confiesa en su autobiografía?”, quizá en ello radique la verdadera causa: Edith jamás desvela otro amor que no sea el que siente por Cristo, no obstante sus apuntes acerca del concepto del amor: “(…) Solo “haciéndose uno” es posible un conocimiento propiamente dicho de las personas”.

Edith no logra ser admitida como catedrática en Göttingen: se admite a mujeres como estudiantes, pero pasarán muchos años antes de que puedan postularse como académicas. Es contratada como profesora en un bachillerato para señoritas manejada por monjas y por un salario bajísimo. Le ofrecen, sin embargo, algo que Edith aprecia todavía más que un salario digno: una habitación tranquila y espaciosa donde escribir a sus anchas. Es ahí donde emprende la traducción de De veritae, tratado de Santo Tomás de Aquino. No solo logra la más perfecta traducción al alemán de que se tengan noticias, sino que se compenetra con la obra a tal grado que realiza un estudio comparativo entre el tomismo y la fenomenología de Husserl. A este seguirá Ser finito y ser eterno, publicado en México por el Fondo de Cultura Económica en 1994 y donde con mayor claridad se aprecia el proceso mediante al cual Edith se compenetra con el catolicismo.

Se declara abiertamente feminista, milita en el Partido Demócrata, defiende la causa de la República de Weimar después de la guerra y, como señala, Bouflet, está consciente de que el mundo de la mujer, en ese momento y más que nunca, debe ir más allá del tradicional KKK (Kíder, Kirche, Küche, niños, iglesia y cocina). A nadie sorprenda por tanto que haya sido una feroz opositora del naciente Nacionalsocialismo. Incluso es de las primeras en alertar a la sociedad judía respecto a lo que se avecina, tras una lectura de Mein Kampf, de Hitler. Edith ha obtenido para entonces un discreto cargo, para nada a la altura de su genio, en la Universidad de Münster, donde los estudiantes se han visto exaltados por la propaganda nazi. Escribe una cara al Papa Pío XI que, dicen, influyó en el proyecto de la encíclica Humani Generis Unitas, donde se llama a la humanidad a unirse contra el antisemitismo. Por desgracia, la muerte sorprendió al entonces Papa antes de darse a conocer dicha encíclica.

Edith es despedida de Münster y es entonces cuando, decepcionada, se retira al Carmelo. Aunque tiene en contra su origen judío y una edad avanzada para el noviciado (42 años) recibirá el hábito durante la Fiesta del Buen Pastor, el domingo 15 de abril de 1934, al cabo de dos años de su llegada. En el claustro redacta Edith sus mejores ensayos, así como la parte autobiográfica de Ser finito y ser infinito y se centra en la figura de San Juan de la Cruz, coetáneo y amigo de su admirada Santa Teresa. En 1941 la Gestapo allana por sorpresa el convento y Edith es arrestada sin miramientos. Se dice que la ya para entonces Sor Benedicta esperaba que esto ocurriera de un momento a otro, habiendo expresado su intención de no oponer resistencia si se trataba de compartir el destino de su familia y, particularmente, el destino de Cristo:

“ (…) Todo hombre tiene que sufrir y morir. Pero si él es miembro vivo del cuerpo místico de Cristo, entonces su sufrimiento y su muerte reciben una fuerza redentora en virtud de la divinidad de la Cabeza. Ésa es la razón objetiva por la cual todos los santos deseaban el sufrimiento. No se trata, pues, de una tendencia perversa por el sufrimiento. A los ojos de la razón natural aparece esto como una perversión, pero a la luz del misterio de la redención es lo más razonable. Y de este modo los que están unidos a Cristo permanecen incluso inquebrantables en la experiencia subjetiva de la noche oscura de la lejanía y el abandono de Dios; qizás permite la divina Economía de la Salvación el sufrimiento para liberar a quienes están atados (…)” ( “El misterio de la Navidad”, Escritos espirituales, p. 33)

Se sabe además que los nazis fueron especialmente crueles con los judíos conversos al catolicismo, a quienes colocaban en una barraca especial. Según testimonio de un comerciante judío de Colonia, sobreviviente de aquellos horrores, “Muchas madres parecían sumidas en una especie de postración vecina a la locura. Se limitaban a gemir, como locas, abandonando a sus hijos. Sor Benedicta se ocupó de los niños pequeños, los lavaba, los peinaba y les procuraba los alimentos y los cuidados más indispensables.”

El 9 de agosto de 1942, sor Benedicta, Edith Stein, uno de los más privilegiados intelectos del siglo XX, es llevada junto con su hermana mayor Rosa a la cámara de gases, en Aushwitz-Birkenau.
Fragmentos de la película La séptima morada, inspirada en la vida de Edith Stein, con subtítulos en español

1 comentario:

pirugenia dijo...

me impactó mucho el poema de la escritora y monja Stein a "las almas tristes", cosa que me sonó muy poco católica y que además me llamó la atención por provenir de una escritora supuestamente feminista; no he podido encontrar mucho sobre el tema y tampoco encuentro el libro; se lo di a mi hija, durante su etapa de filósofa feminista y no le prestó la menor atención por considerar que "de monja no puede salir cosa buena" (mugido más explicable que por su edad, por el siglo nuestro)
María Eugenia Sáez