Arrancarse el Sagrado Corazón


La cultura es descubrir la verdad. MLM
Alguna vez –principios de los noventa-, escuché, en medio de un auditorio atestado de El Colegio de Sonora, a una escritora de gran fama –más famosa por entonces- jactarse de ser la primera escritora mexicana que creaba un personaje femenino gozoso y sexualmente deshinibido. Por lo general, dijo, todas, desde Rosario Castellanos hasta Inés Arredondo, abordan la sexualidad desde una perspectiva trágica y sufriente; auténtico fardo de culpas. No se lo dije entonces, demasiado tímida para levantar una mano y contradecirla, pero María Luisa Mendoza se le había adelantado por amplio margen. Sin importar que, producto de su primera incursión en el sexo, Ausencia Bautista, la protagonista de De Ausencia hubiera tenido que recurrir a los “trucos de la abuela” para contrarrestar los efectos indeseables de un instante de placer: “…los botones envaginados, los saltos de cama sin cama, el vil mosaico para que me baje a ver si libro este mes….” (Segunda Serie Lecturas Mexicanas, No. 23, Joaquin Mortiz, SEP, México, 1986).
De Ausencia, segunda novela de esta escritora y periodista—la primera fue, de gorostiziano título, Con él, conmigo, con nosotros tres (1971) —, y donde a decir de Martha Robles, “depura su propio exceso”, se publicó en 1974, época en que la manifestación erótica femenina era tachada, sin más, de pornografía, lo cual no impidió se le publicara, junto con otros grandes clásicos de su tiempo, en la gran colección Lecturas Mexicanas, coeditada por la SEP y Joaquín Mortiz. Novela, gozosa y gozable, irreverente y sensual; escatológica y conmovedora, protagonizada por Ausencia Bautista, hermosa y cachonda, dolor de cabeza de un padre viudo y nuevo rico, la que, no obstante pertenecer a lo más conservador de la sociedad mexicana, exhibe tal franqueza y desparpajo que resultan asombrosos aún para nuestro tiempo, “(...) con las rodillas padre, y los muslos padre, y el pedazo que no tiene nombre, con eso y todo lo mío, una vez, padre, perdóname ¡ay!”

De Ausencia Bautista ha dicho su propia autora, “(...) amo a Ausencia Bautista, mi personaje sensacional; quisiera ser ella digo, es un decir, para poder vengarme del amante cruel torturándolo lentamente al estilo japonés”. No obstante, el carácter hedonista de la mencionada novela –poseedora, además, de elementos fantásticos, como la asombrosa longevidad de la protagonista, que lo mismo alcanza lugar en el zeppelín que en el concorde- se centra muy particularmente en el lenguaje, como en toda la narrativa de esta autora mexicana –de quien, he dicho siempre, Daniel Sada es versión masculina-, nacida en la ciudad de Guanajuato, el 17 de mayo de 1931 –recientemente salió a relucir el año de 1927, -¡ah, eterna vanidad femenina!... ¡y eterna necedad de los investigadores empeñados en arruinar la coquetería de escritoras y algún escritor!-, en el seno de una familia de ángeles que emprenden vuelos de cristal cortado y señoritas que fuman a escondidas –como Ausencia, como María Luisa misma- y para quien cada palabra es fruta que voluptuosamente se demora en extraer de su cáscara, anticipando su delicioso sabor. Por lo mismo, creo, su periodismo resulta doblemente transgresor, por su crítica acerva a la contradictoria forma de ser del mexicano promedio, desde la intimidad del hogar –que es de la que se ocupa en sus novelas- hasta la vida pública. Como ella misma ha alabado en sus tres grandes amigas y colegas –Elvira Vargas, Rosa Castro y Elena Poniatowska- pioneras del periodismo en México, introductoras del diligente chasquido de tacones femeninos en redacciones de diarios impregnados de humo, experimentan la necesidad de ir más allá de la nota: de intimar con el lector. Rosa Castro aconsejaba a María Luisa, conocida ya como “La China”: “(…) las mujeres mexicanas están muy tímidas, llenas de prejuicios; sólo la experiencia las va liberando… Por eso digo que el o la periodista debe vivir… y deben tener posición política, claro que sí…” (“Trío de cuerdas: Elvira Vargas, Rosa Castro, Elena Poniatowska”, ¡Oiga usted!, Colección Poliedro de El Búho, Fundación René Avilés Fabila, Instituto Politécnico Nacional, p. 66). Su feminismo y su irremediable amor por los perros –aunque también ama a los gatos- tienen, por cierto, un origen común: de cuando se percató de que ni estos ni las mujeres eran admitidos en las cantinas. No lo eran tampoco los uniformados, pero en cuanto a estos la prohibición le resultó razonable, más después de atestiguar los hechos del 68, que retomaremos más adelante.
La China considera sin embargo que entre literatura y periodismo no existe más que un abismo virtual, más aún, considera que el verdadero escritor –allí está su padrino de primeras nupcias, Gabriel García Márquez, para constatarlo- es capaz de partirse en dos. El novelista, señala, puede decirlo todo, incluso la verdad que quema, mientras que el periodista exige quemar la alhóndiga, empezando por la autocensura. Tenemos, pues, que la única diferencia entre novelista y periodista, es que el primero despierta conciencias a través de sutilezas que el lector intuye auténticas y el segundo muestra al desnudo una realidad que incita, primero, al repudio unánime de la sociedad contra el poder, luego, quizá, a la revuelta: “un escritor que no denuncie la opresión, no es un escritor honrado, menos aún si nació en Indoamérica. Un escritor que no se indigne, y lo diga (…) no es escritor.” (“Conferencia en la Sala Manuel M. Ponce”, ¡Oiga usted!, p. 155).

Religiosamente proustiana (Proust, novelista de cabecera de María Luisa, cosa extraña en lo absoluto), su golosa búsqueda de palabras la lleva a revolotear entre anacronismos con olor a naftalina y neologismos de cuño propio que producen ese “efecto de la madalena” que la caracteriza. “Las palabras —escribe en su autobiografía Menguas y contrafuertes, publicada en la antología Mujeres que cuentan (Ediciones Ariadne, 2000) —son tan vivas que se vuelven ascuas en el aire”. Luzelena Gutiérrez de Velasco afirma que, más que escritora, estamos ante una restauradora “que logra atrapar la riqueza del lenguaje y ponerla a funcionar a partir del deseo”. Descendiente de una familia de eminentes políticos, cuyo antepasado más lejano es ni más ni menos que el escritor Joaquín Fernández de Lizardi, reencarnado al parecer en su ingeniosa tataranieta, el primer recuerdo de María Luisa, mejor conocida como “La China”, dada la oblicuidad de sus brillantes ojos castaños, son los brazos de su padre, Manuel Mendoza Albarrán, que la acarreaba en sus campañas proselitistas, aunque no llegó a la diputación federal pues le robaron las urnas en Celaya, “como a mí luego me iba a pasar”. En entrevista con Patricia Rosas Lopátegui, declara: “Soy la clásica niña de una ciudad recoleta donde la sociedad era única e impenetrable, vigilante del entorno, guardadora eterna y celosa de la honra ajena de boca en boca. De allí quizá mi temor primario a las relaciones y la dificultad para creer de veras en ser querida, amada, celada, etcétera….” (Excélsior, Mayo 17, 2009)
No tiene empacho en confesar que su primer título universitario, concedido por la Universidad Femenina de México, la acredita como diseñadora de interiores, aunque más tarde cursaría Letras Españolas en la UNAM. En realidad, María Luisa no ha dejado de escribir un solo día de su vida, ni uno: en pupitres de escuela de monjas, en camas de hospital, en endebles mesillas de hoteles, en atestadas redacciones de periódicos y revistas, “entre hora y cita y labor.” En más de una ocasión ha declarado – y yo le creo- que escribe “para no morirse”: “…Padezco de esas manías persecutorias que da el amor por los detalles: describir una mano para mí es posibilidad de rápida novela: mano con montañas, ríos y lagos, escaleras, tumbas de hijos, líneas de vida y de muerte… muerte… muerte.” (“La vocación”, ¡Oiga usted!, p. 32.) Siendo jovencita, exhibiendo aún rodillas con rastros de su manía por treparse lo mismo a árboles de magnolias que a postes de luz, se inicia como periodista en El zócalo, y de ahí salta a Cine mundial, Novedades, El Universal, El sol de México y Excélsior. Fue locutora de radio y conductora de televisión durante la década de los 70, y a partir de 1980, titular de un programa de Imevisión que todavía muchos recuerdan, Un día un escritor. A través de su experiencia periodística, concretamente como crítica sociopolítica, en que había que ser particularmente selectiva con esas frutas espinosas que son las palabras, María Luisa, fue cultivando esa suerte de ironía preciosista emblemática no solo de su escritura, sino de su lenguaje cotidiano y característico de sus discursos políticos y conferencias, reunidas varias de ellas en su más reciente libro ¡Oiga usted!, donde hace gala, sí, de un lenguaje impecable, pero también de un diestro manejo de la ironía que no perdona a nadie, hombre, mujer o quimera; mucho menos a patriarcas y políticos (¿cuántos de estos rústicos hombrecillos no se habrán quedado con la duda de que “intentaba decir” la dama?): “El mexicano –escribe María Luisa- ama disimular. Disimula desde que nace su miseria, su ignorancia, su angustia, su soledad, su impotencia, su decadencia, su vejez, su muerte (…) Por eso le hacemos a la buena educación, por eso “aquí tiene usted su casa”, “ para servirlo” “¿mande usted?”, “ya sabe que todo lo que se le ofrezca”, “encantado de conocerlo”, etc. Por eso “pues ahí pasándola” “así así”, “ahí nomás”, “¿cómo se llama?”, “¿verdad?”, “digo”, “¡ay sí!, etc.” (“Como México no hay tres, ¡Oiga usted!, p. p 87 y 88).
A nadie sorprendió, por lo mismo, que se presentara más tarde a pelear una diputación, la cual obtuvo. Reconoce, sin embargo, haberse sentido terriblemente ajena al quehacer político, aunque la sensación de no pertenencia le ha sido familiar desde siempre pues “jamás fui niña-niña, ni estudiante-estudiante, ni casada-casada porque, carente de hijos existió la pesarosa diferencia (...) en mis conflictos de muchachita enferma y lectora no me permití ser mujer por lo que usted quiera y mande”. Desatenderse tras ser testigo presencial de la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, desde su cuarto de planchar, inquilina de uno de los edificios situados frente a la Plaza de las Tres Culturas, escondite que no abandonaría hasta presenciar, vuelta estatua de piedra, cómo los militares, armados ahora con detergentes, retiraban la sangrienta evidencia de la masacre. La escritora deja asentado su espanto en un capítulo de su novela Con Él, conmigo, con nosotros tres (cronovela) (Premio Marga Donato, 1972), que originalmente se titularía Tiniebla Tlatelolca –ni modo, no eran tiempos de alborotar al avispero- de los más estremecedores que recuerdo haber leído sobre el asunto, aunque se le cite poco: “(…) Ayer chirrido locomotriz, tránsito de campanas, humaredas, faro horizontal, aguinaldo de plumas, ronquidos, triquitraques; hoy recuerdos de ayer, pasado de un romance que fue, cuna de sangre, sangre de buena cuna, muerte sin buena cama, verdes los cerros, aullidos los vientos. Fríos los mis pies e las mis manos. Sacar sangre de las piedras es posible, las de sus manos blancas hurgando Sagrados Corazones, la su azúcar quemada ¡mamá!, ¡papá!, ¡agua! porque ya me voy a morir ¿verdad?, batallón Olimpia, olímpica ilusión, mira el cohete verde como reverdece, porque ya me voy a morir. Así es Tlatelolco, guerras para qué os quiero. No ha sido una derrota.” (Editorial Joaquín Mortiz, 1971, 3ª edición, 1975)

María Luisa, la dama de los zapatos lindos… la que tiñe sus cabellos de barrocas pero hermosísimas tonalidades, tan particulares como su escritura… la que ni por accidente se deja ver sin una impecable cubierta naranja u ocre en sus labios… a la que no se le concibe sin mascotas —sus actuales compañeros son un perro de nombre Leonardo Da Vinci alias Francisco Mendoza y un gato llamado Teodoro W. Adorno en honor a Julio Cortázar, y cuenta, además, con el mejor ensayo que he leído sobre los perros en la literatura incluido en ¡Oiga usted!, titulado “Los perros en general” —fue también de las primeras escritoras latinoamericanas que se rebeló contra el discurso patriarcal a través de la parodia del mismo. De Ausencia fue un abierto desafío a los convencionalismos, como también El perro de la escribana (1982), con otra heroína sin pelos en la lengua, Leona Piedecasas, y su elaborada construcción barroca que aturde al lector pero no lo aleja, al contrario: lo baña de curiosidad. Pese a la sofisticación de su prosa no existe en ella frivolidad que no sea estrictamente calculada. Ha recreado su ciudad natal en todos sus libros, particularmente el más autobiográfico, Fuimos es mucha gente (Punto de lectura, 2003), que considero su mejor novela. En ella recrea una infancia guanajuatense no tan idílica como pudiera suponerse, en la que los ángeles duermen la mona cuando la protagonista, la propia China, sufre un intento de violación a los diez años, a manos de un primo que consuma sus aviesas intenciones con otra prima más pequeña. Y si bien el humor que le caracteriza no se ausenta ni siquiera en momentos traumáticos como este, la introducción revela a una autora para quien la madurez física, emocional e intelectual no es ajena en lo absoluto al miedo y a la desesperación. Una niña juguetona quien, inmersa en sus juegos de palabras, se pregunta de pronto si su compañero de juegos, el lector, estará dispuesto a seguir jugando, al verla de pronto tan crecida. “¿Conque ésta es la edad? El miedo, la advertencia atávica, el temor agazapado de morirse”.

Católica y priista confesa (ni modo: hay cosas que nos marcan de por vida), María Luisa ha recibido infinidad de premios, entre ellos el Bernal Díaz del Castillo y el Nacional de Periodismo. En el 2001 fue galardonada con el José Rubén Romero por su novela De amor y de lujo (TusQuets, CONACULTA, 2002), donde mezcla la vida de un personaje inolvidable, Lisandra, con las lecturas de esta, un tanto Quijota pero de novelas históricas. Afecta al chisme, Lisandra, alias la Infantita, se obsesiona con la trágica historia de los últimos zares de Rusia, al grado de ya no saber donde empieza su realidad guanajuatense y terminan las pasiones de la corte de los Romanov. “Lo más acongojante para mí —se queja Lisandra —es constatar que mi piel va adquiriendo una inusitada apariencia de papel crepé. Lo descubrí al estar leyendo en mi cama y elevar el brazo para mover la pantalla de la lámpara de noche.” (p. 23). Como en todas las novelas de María Luisa Mendoza, la alta frivolidad alcanza niveles insospechados al ser recreada con el lenguaje recobrado de otro tiempo por una escritora eminentemente posmoderna en sus planteamientos e ideologías, “(...) mi creación es ahora el amor (...) No me junto, no me adhiero, no pertenezco, soy expatriada.”
Esta declaración tiene mucho que ver con una sensación que persigue a nuestra autora y para la que no le falta razón: la vida no es la misma de cuando Elvira, Rosa, Elena y ella taconeaban por terrenos vedados a la mayoría de las mujeres. El mundo literario en México no solo no ha dejado de ser machista: lo es incluso más que antes, cuando a los varones los dejaban perplejo el talento y desparpajo de una China Mendoza. Una serie de jóvenes desconocidos para el público lector –de a de veras- se han asumido jueces, que no críticos, del devenir cultural mexicano, con el impulso de un señor Krauze que ocupa –así lo considera él y quienes lo rodean -el trono de Octavio Paz, sin méritos reales para suponer semejante cosa, y desprecian ostensiblemente a los autores clásicos, particularmente si son mujeres…particularmente si asumieron algún cargo político dentro del partido de cuyas fuentes se atragantaron durante años y hoy afirman repudiar. Ante semejante panorama que, por fortuna, no impide que la buena literatura, la verdadera literatura llega a quien la busca, a quien sabe reconocerla, no es raro que nuestra China querida exclame a voz en cuello ante el micrófono de la prestigiada investigadora Rosas Lopátegui: “¡Estaría loca si no fuera feminista…!”

María Luisa "La China" Mendoza sobre Luis Donaldo Colosio

2 comentarios:

Blackbird fly dijo...

Yo tuve la oportunidad de verla en el Coloquio Cervantino de hace como 3 años en Guanajuato. Qué manera de escribir su ponencia...

dovalpage dijo...

Es una mujer maravillosa y,como sus personajes, sin pelos en la lengua!