Hambre

….Porque sólo en el vértigo, en la furiosa energía del deseo, del suspiro sostenido del gesto que arrebata, puedo sentir la vida.
C.G
La chilena Carla Guelfenbein –que junto con Ana, la heroína de El revés del alma, dirá: “no soy una chilena tradicional”- se considera una escritora tardía porque empezó a escribir su primera novela, El revés del alma (Alfaguara, 2005), poco después de los cuarenta. En 1976, a consecuencia del golpe de estado de Pinochet, niña aún, se trasladó con su familia a Inglaterra donde cursaría biología en la Universidad de Essex, Inglaterra, y diseño en el St. Martin School of Artes de Londres. De regreso a su país de origen se desempeñó como diseñadora en varias agencias de publicidad, hasta convertirse en directora de arte y editora de moda de la revista Elle. Pero durante todo ese trote, Carla no pensaba sino en escribir, escribir y escribir, por lo que inició su peregrinación por talleres literarios. “En realidad –me dice –la literatura ha formado parte de mi vida desde la infancia. Mi madre es filósofa y supo guiarme hacia la literatura con gran sabiduría, y de ahí pasé a escribir diarios, pero confieso que fui cobarde porque temía que la escritura no me diera para vivir… esa es la verdad.”
Así entonces, El revés del alma es una primera novela que no lo parece, como si Carla se hubiera estado preparando arduamente, desde niña, para concretarla. Como a Ernesto Sabato, físico de profesión, la ciencia enseña a los futuros escritores el arte de la disciplina y la paciencia, pero sobre todo el infinito valor de las preguntas que, contrario a lo que se cree, valen no en la medida en que generen respuestas sino más preguntas y esa es una de las características de las novelas de Carla, que no resuelven conflictos sino los hace llegar al límite, con discretos empujoncitos.
La espontaneidad es, por lo mismo, otra de las grandes virtudes de esta autora nacida en Santiago, el 30 de diciembre de 1959, y ella misma reconoce que las historias brotan de ella como de una fuente de emociones. Nunca se propuso, por ejemplo, que uno de los personajes de El revés del alma, Daniela, padeciera bulimia… ni que Cata, la convencional madre de esta, terminara obsesionándose con Gabriel. Las cosas simplemente suceden y a través de tres novelas, Carla ha terminado por asimilar la magia de la escritura, abandonándose a la voluntad de sus personajes, algo que exige ejercitar arduamente la renuncia del ego.En su primera novela son tres los protagonistas: la seductora Ana que me recordó a la Tieta de Jorge Amado, una fotógrafa que regresa de Inglaterra para alterar la rutina de su conservadora familia: otra constante en la novelística de Carla. Cata, cuñada de Ana, típica señora de la high society que por lo mismo no se permite sentir, y Daniela, su joven sobrina, aspirante a actriz –audiciona para Yocasta y se queda con el papel del mensajero- esclavizada como su madre a un dios ligeramente distinto: el de la delgadez. Esta novela impacta por la descarnada descripción de la bulimia, en todo sentido: la percepción que la bulímica tiene de sí misma, la frustración de no alcanzar una delgadez imposible y el ansia de perfección que empuja al precipicio de la muerte. Reconoce Carla su familiaridad con el trastorno alimenticio de su personaje pues padeció anorexia a los diecisiete años, razón por la cual se nos muestra tan nítido el infierno de Daniela que no se remite a las comilonas sucedidas de vomitonas: están las marcas en las muñecas, que casi emparientan a las bulímicas como los yonquis: la marca de los dientes al morderse involuntariamente cuando se provoca el vómito con los dedos; está el regusto ácido en la boca y la sensación del estómago adherido a los huesos: “(…) esa euforia adictiva que subía por mi pecho y me enarbolaba la cabeza cuando veía los huesos de mis caderas dibujadas en mis jeans.”Alta, etérea de tan delgada, vibrantes ojos azules, Carla Guelfenbein considera que no es raro que autoras como Emily Brontë, Simone Weil o Virginia Wolf (quien tuvo recurrentes episodios de bulimia) hayan sufrido trastornos alimenticios, porque la posición del escritor, más la de la escritora, es vulnerable en extremo. Vivir repartida en dos mundos que exigen demasiado. En su caso particular, la escritura ha sido un cobijo, un refugio, jamás un detonante. Ana, por su parte, parece perfecta… y es que en tiempos como los actuales, agrega Carla, resulta casi imposible encontrar una mujer con una actitud tan cordial hacia la comida como su Ana. Daniela dice: “No quiero que Ana me vea comiendo desenfrenada. Su modo, en cambio, es delicado y sensual. La diferencia entre nosotras es evidente. Yo vomitando, ella cautivando; yo soñando despierta, ella viviendo; yo mintiendo, ella enseñándome su vida con la soltura de quien despliega un mapa.”
Pero el hambre no es exclusiva de Daniela, ni siquiera de esta novela. En cierto modo también su madre y su seductora tía están hambrientas. Y de algún modo, pareciera decir Carla Guelfenbein, el ser contemporáneo tiene que vivir con hambre, privado de determinados placeres, no necesariamente culinarios, porque Cata ni siquiera sabe qué se le antoja, hasta que conoce el joven Gabriel, mientras que Ana está cierta de que lo que ansía es el amor, pero no tiene idea de con qué se come eso. Sabe que ama a Jeremy, pero ante la nula certeza que tiene de ser plenamente correspondida, confunde el miedo con compulsión sexual. Aunque en apariencia es la más realizada de las tres (Daniela y Cata son mujeres incompletas, inacabadas, idénticamente inmaduras pese a la brecha generacional que las separa) presenta rasgos de inmadurez. Ella podría decir, junto con Daniela, que como en las pesadillas de Salinger, el paso de la edad adulta podría representarse como niños cayendo por un despeñadero: hacerse adulto es un golpe demasiado fuerte del que sin embargo apenas nos enterarnos y Ana está por despeñarse. Daniela dice esto que muy bien podríamos decir muchos, la mayoría de las mujeres, hasta Ana: “Tengo la sensación de haber nacido así, envuelta en un manto que llevaba la palabra “miedo” estampado en él, y que me cubrió y oscureció el sol, y opacó lo bello que pudo haber en mí.”Aunque de principio asocié a Carla con Ana, ella asegura que tiene bien poco de sus tres personajes, pero tiene algunos pedazos…de hecho toda mujer puede recoger pedazos de sí misma en cada una de ellas. Con la que menos se identifica, eso sí, es con Cata, excepto porque, como esta, lleva veinte años casada. Dice, sin embargo, que se quedó con las ganas de explorar con mayor profundidad los caracteres masculinos, aunque ya en su segunda novela, La mujer de mi vida, cede la voz principal a un varón. Es en El resto es silencio donde logra la hazaña, en el más puro estilo faulkeriano, de una novela totalizadora, con un narrador universal constituido por un hombre, una mujer… y un niño de doce años, esta última hazaña particularmente difícil si tomamos en cuenta que no se trata de un niño cualquiera, sino de uno enfermo y empeñado en encontrar la verdad de la muerte de su madre: “Tommy fue la semilla de la novela- me explica Carla-. La primera imagen que tuve fue la de un niño debajo de una mesa grabando las conversaciones de los adultos con su MP3 y esa imagen dio origen a la novela. Detrás de ese niño advertí una historia que ya empezaba a conmoverme y me aferré a él. Me llevó a buscar la memoria de mi infancia, no en términos biográficos, sino de la percepción del mundo, así como la observación de mis propios hijos. Volví a vivir ese mundo vasto, caleidoscópico que es la infancia, que en cierto modo es el mismo que vivía la gente de la Edad Media, que convivía con los demonios y los ángeles, a quienes sentían tan de carne y hueso como ellos mismos. Para ellos ese mundo era tan real como para nosotros salir a la calle y tomar un taxi.”Tommy, continúa Carla, adquirió una autonomía muy grande y empezó a mostrarle cosas que no le habían interesado hasta entonces como el mundo de las estrellas, de los alacalufes… el Internet, en cuyo manejo Tommy es todo un experto… “de verdad no sé usarlo, pero él por su condición física, que lo ha llevado a ser un niñito bastante solitario, tiene a través de Internet una ventana al mundo que le da un sentido de pertenencia al universo. Todas esas cosas fueron surgiendo de él mismo. Esta cosa que tiene con la poesía de Vicente Huidrobo, cómo usa las palabras y lo que él descubre de las palabras tiene mucho que ver conmigo, con mi visión de las palabras, pero él las ve más allá que yo incluso y me hace ir más lejos y eso.”

Hoy en el colegio leímos a un poeta que se llama Vicente Huidobro.
Descubrí que las palabras sirven para expresar y entender asuntos que de otra forma sería imposible. Como por ejemplo: “Pienso en ellos, en los muertos. En los que yo vi caer. En los que están grabados en mi alma. En los que aún están cayendo en mis miradas”. Cuando el profesor de lenguaje nos leyó este poema, el corazón me dio un vuelco. Nunca imaginé que pudiera existir un lugar muy pero muy adentro de nuestro cuerpo, donde todos fuéramos iguales. Si no, ¿cómo explicar que el señor Huidobro, que murió hace sesenta años, hable de lo que me ocurre a mí?” (p. 186)


El resto es silencio es una novela en apariencia sencilla, compuesta sin embargo por caracteres complejísimos que intentan explicarse a ellos mismos y logran, a través de la exposición de sus respectivas problemáticas, una empatía extraordinaria con el lector. Los Montes constituyen una familia singular en el fondo, pese a que socialmente se desenvuelven como cualquier otra de la clase alta santiaguina. Juan Montes, exitoso cardiólogo, casado con una mujer absolutamente sui géneris, Alma, aparentemente muy distinta a su esposa anterior, Soledad, ya muerta, a quien también se le da voz en la novela; Tommy, hijo de Juan y Soledad, llega a encariñarse mucho con Alma, en primer lugar, porque su nombre es el mismo del radiotelescopio más grande del mundo, y la ciencia es algo que interesa mucho al niño. Por Lola, la hija de Alma, no experimenta mayor afecto, pero nada que enturbie la armonía familiar. Lo que se vuelve turbio es la relación conyugal de Juan y Alma, quien a su vez comparte su soledad de esposa de médico exitoso con Tommy, hijo del mismo: “Cuando era más pequeño pensaba que si detenía el tiempo, papá ya no volvería a salir. Un domingo por la mañana llevé a cabo mi misión. Rompí la cuerda de su reloj para evitar que siguiera avanzando. Es obvio que el tiempo siguió su curso y yo me gané una buena reprimenda.” (p. 99).
Pudiera decirse que Alma y Tommy tienen una vida al margen de la de Juan, que al momento de iniciar la novela se encuentra particularmente preocupado por el progreso de un chiquillo de la misma edad de su hijo que padece la misma cardiopatía de este al nacer y al que acaban de realizarse un transplante. Las circunstancias lo llevan a poner en práctica la paternidad con este paciente que le recuerda a su hijo, a quien no encuentra oportunidad de mostrarle el gran amor que le tiene, ni sabe cómo expresarlo como no sea sobreprotegiéndolo. Esa es la razón por la que se ha callado la verdad sobre el deceso de su madre, hasta que el propio Tommy, muy amante de grabar las conversaciones de los adultos en su MP3, escondido debajo de la mesa, descubre la terrible verdad gracias al imprudente comentario de una de las señoras que acompañan a Alma: “Juan decide no hacerlo todavía más diferente de lo que ya es- explica Carla-. Protege a su familia de esta derrota que opta por asumir solo, pero evidentemente también hay un trasfondo social: el suicidio sigue siendo un estigma, un lugar donde no se entra y es terriblemente castigado por la religión y ciertos grupos. En el libro hay una crítica social, aunque no sea central, respecto a este cuidar las apariencias, pues la familia de Juan decide ocultar no solo esto, sino también otros hechos, como el que Soledad era judía, y que Tommy tampoco tardará en descubrir.”
Y mientras Tommy calla muchas cosas, no solo lo que ha descubierto respecto a su madre, sino el hecho de que está siendo víctima de una especie de bulling a través de Internet, aprehende otras tantas en su afán por sentirse más cercano a la madre que apenas conoció. Alma, por su parte, enfrenta los fantasmas de su pasado. El retorno de un viejo amor que, en medio de una borrachera, terminó acostándose con la madre de ella, aunque él ignora el parentesco entre la señora y la que estuvo a punto de ser su novia. Leo inicia un sutil cortejo en torno a Alma y le hace ver que él tiene para ella la pasión a manos llenas que ya no obtiene de Juan. Alma, sin embargo, frena ese impulso inherente a su naturaleza de vivir grandes aventuras al recordar que Juan se enamoró de ella cuando estaba embarazada de la hija de otro hombre, que a no le importó y aun así la convirtió en su esposa, acto subversivo por donde se vea, máxime si tomamos en cuenta que el padre de Juan, que odia a los judíos, es una especie de dictador doméstico, “sin duda simpatizante de Pinochet”, dice Carla, riendo, “Tampoco yo estoy por el adulterio per se, dudo que sea una forma de vivir, de hecho puede llegar a ser muy destructiva… pero tampoco me parece un pecado en el sentido de que cada uno se ve enfrentado a situaciones tan particulares y Alma, viniendo de una familia disfuncional, que ni siquiera fue a la escuela porque se le educó en una comunidad hippie, con una madre bastante promiscua, que en la novela se presenta una vuelta de tuerca respecto a esta madre, sintió siempre la carencia de un refugio porque la familia no es esta institución inamovible que se instala en la sociedad. Para mí la familia es un refugio de afectos. Mientras no exista eso, ni los papeles, ni las bodas ni los pajes tienen ningún sentido.”
“He llegado a pensar –prosigue la autora-que la gran maldición que nos dejó Dios es la gran contradicción entre amor y deseo, porque el deseo es centrípedo, va a buscar afuera lo que no tiene y se alimenta de la posibilidad de llegar y el amor no soporta esa fragilidad, esa precariedad, esa constante inseguridad que produce el deseo y tiende una red alrededor de su ser amado y lo protege de lo que está afuera, con tal fuerza que ahoga el deseo. A veces pienso que esa fuerza avasalladora del deseo es algo a lo que tiene derecho todo mundo porque nacimos con esa posibilidad y por consiguiente es un derecho, pero también está lo otro, la unidad irrompible que nada la avasalla, que es el compromiso con otro ser humano, que te da paz, tranquilidad y felicidad y puedes vivir saltando de un lado a otro, pero no dura mucho.”
Lo anterior viene a confirmar que El resto es silencio es una novela sabia… por mucho que Carla no sea psicóloga… por mucho que se le eche en cara ser best seller, cosa que logró desde su primera novela. Su encanto o talento, o como guste llamar, radica en conectar profundamente con sus personajes, quienes a su vez crean una fuerte empatía con el lector. Se declara incapaz de construir un personaje como estereotipos pues posee una profunda capacidad para la compasión que plasma admirablemente en su literatura, “lo que me interesa, dice, es buscar los motivos de los personajes, no juzgarlos”.
Carla se considera no narradora, sino novelista. Nunca ha sentido la inquietud de escribir relato, ensayo y mucho menos poesía, aunque su prosa, incluso su conversación ante una taza de café, denota gran familiaridad del lenguaje poético. La novela del momento, que en este caso abarca los años previos e inmediatamente posteriores al golpe de Pinochet, abarca todo su mundo: “Solo puedo escribir novela. No “me nace” entrar al ensayo o al relato a pesar de que me han invitado a colaborar a Babelia –suplemento de El País- o en el ABC, pero soy tan perfeccionista que siento que le quito tiempo a la novela y no quiero que nada me saque de allí. Ya de por sí el mundo me saca ocasionalmente, no quiero más cosas que me saquen y yo defiendo mucho esa libertad creativa… aunque no descarto la posibilidad de incursionar alguna vez en el ensayo.”